1. La solemnidad se ha enquistado en el mundo del arte, con sus alforjas repletas de Grandes Causas aderezando los proyectos que triunfan. Y acarreando, de paso, el peligro de que el artista acabe como “el niño del espejo”; repitiendo -con la mano cambiada- los vicios y ademanes de unos poderes que deplora.
  2. Por esto, de vez en cuando, conviene soltar lastre dramático y buscar guarida en la risa. Siempre viene a la mente el Duchamp del urinario en la galería y el bigote en la Gioconda, aunque el fundador del Arte Contemporáneo no fue el primero en hacerle cosquillas al arte. Ya los primeros grabadores modernos -Françoise Langlois, Nielo Nelli, Pierre Bertrand, Jean de Gourmont- habían experimentado la guasa. Tanto como Giordano Bruno, Aby Warburg, Rabelais, Erasmo de Rotterdam o Arthur Koestler se habían entregado al carcajeo. De ello dan cuenta Emilio Temprano (El arte de la risa) o José Emilio Burucúa (La imagen y la risa), que siguen el rastro de unas mofas fraguadas en la política o en la anatomía, la sofisticación o la rudeza, la fisiología o la cultura.
  3. Frente a quienes le confieren un carácter risible a las propuestas artísticas, se alzan aquellos que responden con la reafirmación del carácter artístico de la risa. Artistas que saben reír, como Magritte, Calder, Miró, Erwin Wurm, Lázaro Saavedra, Lars Arrhenius…
  4. Si en la tragedia –según Oscar Wilde-, “lloramos, pero salimos ilesos”, de la comedia salimos riendo pero escaldados. A veces, incluso, con alguna lesión irreversible.
  5. Hay una risa que brota del maniqueísmo propio de su alineación binaria: el bien y el mal, el gordo y el flaco, el rico y el pobre, el culto y el bruto…
  6. Y hay una risa que simula la obediencia hasta que, en el momento menos pensado, sorprende con su latigazo. Consideremos algunos artistas clasificados dentro de la “otredad”, que acabaron burlándose de los mitos exóticos del multiculturalismo ingenuo. Pensemos en otros, del mundo ex-comunista, que se valieron de la sátira para digerir su estrenada democracia liberal. Esto fue lo que hicieron antiguos enemigos del estalinismo -Kundera, Komar y Melamid, Boris Mikhailov- para mitigar su desubicación en el nuevo mundo: sacar a relucir una socarrona “risa del Este”.
  7. Chaplin, Buster Keaton, los hermanos Marx o Peter Sellers se reían bastante de sí mismos. Y no por autocríticos o humildes, sino porque ese ejercicio les proporcionaba un salvoconducto para reírse de cualquier cosa sin tener que cubrirse las espaldas. Para ellos, la auto-risa del arte era el primer paso para acometer la demolición de todo lo demás (de todos los demás).
  8. Puesto que se vale de fórmulas que no deben repetirse (perderían su efectividad), hay en lo cómico algo efímero y evanescente. Un estado de excepción, o de mundo al revés, tal como entiende Mijaíl Bajtín el carnaval, esa maquinaria engrasada para canalizar la violencia.
  9. Claro que, por desgracia, ni la vida ni el arte son siempre un carnaval. Y es ahí, en lo más trágico, donde el cine ha encontrado petróleo, con ese apego a unas vidas de artistas tan torturadas como sobreactuadas. El Van Gogh de Kirk Douglas, el Jackson Pollock de Ed Harris, el Francis Bacon de Derek Jacobi o el Jean-Michel Basquiat de Jeffrey Wrigth…
  10. Un artista de vanguardia no necesita reírse mejor. Le basta con reírse primero.