Altar a El Dany en Cayo Hueso / Foto: El Estornudo

Altar a El Dany en Cayo Hueso / Foto: El Estornudo

 

«Y si camino Cayo Hueso, la gente me descarga…»

Yomil y el Dany

En la calle San Francisco, Cayo Hueso, cuentan que ayer murió Coco. «Fue de un infarto», dicen, y también que no están muy convencidos de esa versión, que «hay algo de intriga», que «no pudo ser así». Coco, de 31 años, era un tipo duro, atlético, sano, que no agarraba ni un resfriado aunque pasara la noche jugando básquet bajo la llovizna fría. Ahora, sin embargo, prefieren no pensar en eso y guardarle luto por nueve días, que es lo correcto.

Anoche mismo inició el luto con una marcha en su honor. Fue una caminata fúnebre, sí, pero también alegre, como aseguran por el barrio que le hubiese gustado. A la cabeza fueron sus amigos más íntimos, con paso lento, llorando. Detrás, gente de todas partes que cantaba y bailaba con velas encendidas, flores y bocinas en las manos. Aunque el dolor era compartido, algo diferenciaba la manera en que lo percibían unos y otros. Para los primeros había muerto Coco: el vecino de la cuadra, el chamaco que se convirtió en hombre junto a ellos y se fue a vivir a otro lado, a recorrer el mundo, pero siempre guardó algo de tiempo para visitarles. Para los segundos, en cambio, había muerto El Dany: un reguetonero exitoso, un ídolo a imitar en el vestir, una voz que los puso a bailar en las discotecas del país y también en la intimidad de sus hogares, desde una bocina, cuando tenían algo que celebrar.

Vecinos rodean el altar a El Dany / Foto: El Estornudo

Vecinos rodean el altar a El Dany / Foto: El Estornudo

El cielo amanece nublado en Cayo Hueso y las calles están casi vacías. De la caminata de anoche queda un solitario altar de flores y cera derretida en la esquina de San José y San Francisco, a los pies de un poste de electricidad al que le han clavado un rústico aro de básquet. Unos viejos que comparten un desayuno de aguardiente me aseguran que fue Dany quien hace años puso el aro allí. No existen pruebas de que sea cierto, pero tampoco hay quien les desmienta. Han pasado poco más de 24 horas desde que muriera, este 18 de julio, Daniel Alejandro Muñoz Borrego –Coco, El Dany–, y ya una estela de anécdotas y hechos difícilmente comprobables comienzan a tejerse alrededor de su figura, como una leyenda.

Al fin comienza a llover. Una mujer se aproxima al altar con un ramo de girasoles y se detiene frente a la foto de Dany que alguien sujetó con puntillas justo debajo del aro. Después se agacha, acomoda sus flores junto a las demás y se seca las lágrimas, bajo sus gafas oscuras. Logro interceptarla antes de que se marche. Le pregunto si eran cercanos, si lo conoció, dónde, si sabía algo de él que pueda contarme.

–No, no sé mucho. Sé lo mismo que cualquier fanática. Yo lo escuché cantar con Jacob y con Yomil varias veces. Fui a muchos de sus conciertos y me aprendí de memoria sus canciones, las oigo todo el rato, bailo con ellas –contesta.

Le digo que con eso me basta, que tal vez sabe todo cuanto hay que saber.

***

El Kende frente al altar de El Dany / Foto: El Estornudo

El Kende frente al altar de El Dany / Foto: El Estornudo

Son muy pocos los amigos de Dany que se han despertado. Luego de la marcha, pasaron la madrugada conversando, consolándose unos a otros en un espacio más íntimo, con la música de Coco de fondo. El Kende, uno de ellos, es el primero en salir de su casa. Trae una banquetica de madera, la pone frente al altar y se sienta callado. A su alrededor la gente pasa y, aún bajo la llovizna fina, se detienen para hacer fotos. Incluso, hay quienes paran sus autos en la esquina, toman fotos y dicen cosas como «pobrecito, tan joven» o «es una pena, aquí cualquiera está prestado». A veces le preguntan por Dany al Kende, pero este no responde. Por los alrededores todos hablan de lo sucedido ayer en Cayo Hueso, pero aquí, en esta calle, hay un silencio pactado.

El Kende y demás amigos frente al altar de El Dany / Foto: El Estornudo

El Kende y demás amigos frente al altar de El Dany / Foto: El Estornudo

El Kende tiene menos de 20 años. Estudia en un tecnológico, aunque sus aspiraciones profesionales no pasan de seguir sumando seguidores al canal de Youtube donde cuelga sketches humorísticos, casi todos relacionados con la cotidianidad de su barrio. Hace unas semanas la policía lo detuvo por violar las medidas de distanciamiento social mientras realizaba un video con sus amigos en una azotea. Yomil y el Dany emprendieron una rápida campaña en las redes por su liberación y en unos días el Kende volvió a las calles.

–Yo no solo le debo mi libertad, sino mi carrera. Soy youtuber gracias a él y a Yomil, que me embullaron a hacer mis videos, los compartieron y como que me prestaron a muchos de sus fanáticos –dice muy serio, sin apartar la vista de la foto de Dany.

Un papel doblado en el suelo, justo entre las flores, llama su atención y lo agarra. En la cara visible de la hoja puede leerse «Para el DANI», junto a un dibujo que parece un corazón quebrado, todo hecho con bolígrafo. Lo abre y en el interior descubre otro dibujo: un ojo gigante, varios corazones y unas palabras debajo:

«Eres el mejor.

                    Te quieren: tus fanáticos»

–Pinga esto…ñó –dice Kende, y vuelve a la banquetica de madera con las manos en la cara, como quien no quiere que le vean llorar.

***

Vecina ante el altar de El Dany / Foto: El Estornudo

Vecina ante el altar de El Dany / Foto: El Estornudo

Los viejos de la cuadra dicen que Dany era «un buen chamaco, alegre, metido siempre en su música»; los muchachos, algunos casi niños, que «era un buen hombre, un sensei de la música y la moda»; y todos terminan diciendo: «no es justo que se haya ido así». La injusticia que encuentran en una muerte natural, y la tristeza con la cual hablan de él, dan cuenta de que en Cayo Hueso algo se rompió ayer de forma irremediable. En Cuba lamentaron una gran pérdida para el género urbano y el final de uno de los grupos más exitosos de los últimos años. Aquí, en cambio, pareciera que con Dany murieron las esperanzas de muchos jóvenes que aspiraban a lo que él había logrado: escapar del hacinamiento y la escasez, tener un carro lujoso, ropas, a sus familias bien atendidas, viajar por el mundo, y todo eso sin renunciar a sus raíces.

Ahora, con sus amigos frente al altar de flores, la calle se ha vuelto una suerte de mueso en su honor. El nostálgico recorrido por la vida primera de Dany es de apenas cien metros. Comienza frente a casa de su madre, donde jugaba de niño al taco. En ese entonces le decían «el hijo de la quemá», aunque poco después comenzaron a llamarlo Coco por su manía de mantener afeitada la cabeza. Tuvo otros motes, como Zurdo (en el pre), Calvo o Danilo. Dany, por su parte, era el nombre artístico que empezó a usar cuando integró, junto a Roberto Hidalgo (Yomil), el dúo DpuntoD y se iba a cantar a las peñas del reparto, sobre todo en una escuelita de karate cercana a la casa. Quizás Sensei (maestro) fue el único apodo que escogió con total libertad. Dicen que le gustaba mucho, que era «su marca».

Vecino ante el altar de El Dany / Foto: El Estornudo

Tío de El Dany ante el altar / Foto: El Estornudo

El pequeño agro de la esquina era otro de sus lugares favoritos. Ya convertido en un artista famoso, Dany pasaba varias veces a la semana por aquí –siempre sobre las cuatro de la tarde– para conversar con los dependientes, entre los que se encuentran su tío materno y algunos muchachos de la zona. Luego de comprar frutas y viandas, cruzaba la calle y se las llevaba a su madre y a su hermana. Más tarde –cerca de las ocho– caminaba hasta el aro de básquet y llamaba a sus amigos para jugar al menos una hora, antes de montar en su carro e irse a casa, donde le esperaban su esposa y su hija.

Una persona que pasa y se para ante el altar de El Dany / Foto: El Estornudo

Una persona que pasa y se para ante el altar de El Dany / Foto: El Estornudo

Pocas cosas le gustaban más que el básquet y dice que era muy certero en los encestes. Desde niño, Dany sintió fascinación por este deporte, en parte por lo mucho que admiraba a los raperos norteamericanos de los 90’. Además de asumir sus poses, llegó a vestirse como ellos: camisetas anchas, gorros o pañuelos en la cabeza, cadenas, zapatillas coloridas; un estilo que supo adaptar a las maneras caribeñas y que sus compañeros, de alguna forma, intentan imitar.

Durante los últimos partidos que disputó en el barrio, Dany se quejó de un ligero  dolor en una pierna. Todos, incluso él, lo adjudicaron a un golpe o a una mala caída. Los dolores se volvieron más intensos y le obligaron a ingresar en el hospital Calixto García. Allí murió, según una nota de la Dirección Nacional de Salud de La Habana, a causa de «un evento cardiovascular agudo» que inició como «un cuadro clínico de manifestaciones neurológicas periféricas».

***

Altar de El Dany / Foto: El Estornudo

Altar de El Dany / Foto: El Estornudo

Clavada al poste del aro, justo bajo la foto de Dany, una rústica corona de flores sujeta un listón morado donde se lee: «A Daniel Muñoz, del combo de San Francisco».

–Así le dijimos siempre a la banda de la cuadra, desde chiquiticos. Aquí no somos socios, somos hermanos –me explica alguien, y luego dice que no dejarán de rendirle tributo, porque él no los olvidó.

Aún con fama y dinero, recalca, no dejó de ser el Coco de Cayo Hueso.

El combo de San Francisco se agrupa en la esquina. Varias personas se van sumando y minuto a minuto, hasta entorpecer el paso de los autos en la calle. Las flores se amontonan en el altar. Alguien llega con el balón descolorido con el que solían jugar religiosamente en las tardes.

–¿Echamos un play, como le gustaba?

–No, asere, no – contesta otro–. Si escucho esa pelota rebotar, me rajo en llanto aquí mismo, y no quiero eso.

–A Coco le gustaba el básquet, pero más le gustaba la música. Lo que toca es música –decide uno de los miembros del combo, y luego ordena que le traigan una bocina junto con la imagen de su amigo que tiene guardada en casa.

La bocina, sin embargo, es demasiado pequeña. Un vecino les presta entonces otra mucho más grande, que conectan mediante un complicado sistema de cables y extensiones a un tomacorriente de su sala. El balón, por su parte, es colocado con sumo cuidado en el aro, junto a un ramo de flores envueltas en papel plateado que desde anoche descansa allí arriba. El combo pide silencio. Tras unos pocos acordes de guitarra flamenca, irrumpe la voz de Coco: «Si mañana amanece…»