—Lo que más me gusta del Muke —explica el Mojo— es que no me dice comemierda por ser vegetariano.

Durante diez años el Mojo militó solo con su abstinencia y sin proselitismo en contra del consumo de todo tipo de carnes.

—Puedo estar sin comer un día entero, me pones un bistec del tamaño de un plato y no lo miro, no lo toco, lo tengo incorporado. Hay una cuestión ética en el medio —abunda—. Leyendo me di cuenta de que no hacía falta comer carne roja para que tu organismo funcione óptimamente. Por otro lado, estaba también eso de matar animales. Saqué un cálculo ¿cuántos millones de habitantes hay en la tierra? Imagínate que todos quieran comer carne como quieren comer carne los cubanos, ¡sería de pinga!

Un día, delante del Muke, el Mojo mordió una hamburguesa y se dijo que no había que ser tan radical. A partir de entonces admitió pescado y pollo, nunca carne roja.

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Sobre el único asunto que el Muke modula la voz para hablar y se manifiesta circunspecto es sobre Dany y el Club de los berracos. Inicialmente no creyó en el proyecto. Aún cuando le dio su apoyo y conocía ya la historieta de Víctor Alfonso, una corazonada, acaso un tecnicismo lógico de programador, le hizo creer que la serie no iba a funcionar. El Vito, resuelto y silencioso –es practicante de Tai chí–, se saltó el mal augurio y le pidió al Muke que solo le buscara un software fácil de aprender. Usualmente puede ver explotar una vaca delante de sí sin mover una ceja. La vaca se despedaza y el Vito sigue adelante. El Muke adiestró a su amigo en Flash, y meses después el Vito distribuyó de memoria en memoria el divertido primer capítulo de Danny y el club de los berracos. Lo importante de esta serie es lo que hablan, no cómo se mueven.

Para el lector no avisado, esta es la primera serie de dibujos animados salida de un proyecto independiente en Cuba. La erección más larga —figura retórica que el Muke suele usar—. La erección más cumplida y sistemática, con estándares específicos de calidad, con licencia de estilo y autoría, sin que medien distracciones como un trazo de alta precisión, ni catalizadores en metálico, sino las pulsiones creativas de un grupo de inclasificables artistas de las artes marciales, la programación y la música, nucleados alrededor de la carrera de Arquitectura de la Facultad de Construcciones de la Universidad Central de las Villas.

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En la sala de la casa del Mojo hay un par de retratos enmarcados: uno de Buda y otro de Taisen Deshimaru, primer patriarca de Occidente del budismo zen. Sobre un pequeño librero descansa un tarro con incienso y un japamala, especie de rosario para la meditación con 108 cuentas en el que podrían estar grabados, según Wikipedia, cada uno de los 108 nombres principales del dios Visnú. El Mojo ha leído varios libros sobre el tema, como mismo los ha leído sobre programación, Capoeira, Aikido, Ishayas, guitarra clásica y barroca.

El Mojo aprueba la acción de congregarse en cuanto esta no tupa el entendimiento individual del universo. Para él no hay pasado ni futuro, sino presente inmediato. Encontró la autoconfirmación en el ensimismamiento del budismo zen y la lutería. “Y ahora está realizando lo que para él es un viejo sueño”, advierte el Muke.

—Cuando tengo un instrumento frente a mí —el Mojo se refiere a una guitarra, una viola, o un chelo—, no hay otro interés que me mueva, sino solucionar un pequeño y determinado problema en sí. Eso es muy zen. Todo lo que hagas conscientemente al cien por ciento y sin afán, eso es zen.

—¿Pero tu afán no puede ser, por ejemplo, terminar el instrumento?

—No. Si tu afán es terminarlo, entonces te apuras, te preocupas por el tiempo y haces una mierda. ¿Comprendes? No estás disfrutando el proceso. Hacerlo sin afán, eso es zen.

El Mojo es famoso por dos hábitos zen: a) puede hacer cualquier cosa de valor agregado que se proponga, b) siempre y cuando su interés no se agote.

Cuando está motivado se convierte en lo que Steve Jobs llamaba “un jugador de primera”, si pierde el interés se vuelve una piedra indiferente.

—Antes tenía miedo —confiesa el Mojo—. Me daba miedo perder el trabajo, me daba vergüenza decir que había dejado la universidad porque me había aburrido, pero ahora no, ahora me siento bien, rico, chévere, pura gozadera.

 

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[Play] El Muke es el prota. Está nervioso, lleno de sangre y muy cansado. Huye de alguien. Le rodean escombros, latas, papeles, charcos de orine. Avanza a grandes zancadas hasta que se deja caer detrás de una pared carcomida. Acerca su cabeza al borde y mira: el Robot, una especie de arácnido estúpido con tronco, brazos, cabeza y un gran ojo ciclópeo, pasa de largo, camina un par de metros hasta que se detiene y se vuelve hacia donde se esconde el Muke. Del brazo tenaza le surge un cañón de ametralladora, se coloca en actitud marcial y se abalanza hacia la pared detrás de la cual se esconde su objetivo. [Stop]

Tanto la animación como su inserción en el video son perfectas. Al diseño general, sobrio y sin efectismos, se suman los movimientos fluidos y un cuidado por la textura metálica color mostaza de la coraza del robot, que simula el ordinario desgaste de la pintura sobre el acero inoxidable de equipos que han sido sujetos a un largo uso, o a frecuentes reparaciones. Tienen algo competitivo. Una pequeña mina, fortalecida con esta última sensibilidad tercermundista. Un robot estilo transformers suele pecar de cierto narcicismo hollywoodense que la escala criolla del robot del Mojo y el Muke hace regresar a la tierra, a la realidad real, al reino de este mundo.

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El Muke decidió ser músico y fue a convencer a Silverio, el promotor del Mejunje, para que le diera un espacio a su grupo Pan Caliente, que apenas tenía cuatro o cinco días de constituido y ninguna canción montada. El Muke, el Vito, el Mojo, y otros amigos, estaban entusiasmados con los discos de Habana Abierta, toda Cuba estaba encantada con Habana Abierta y ellos quisieron hacer algo parecido. El rockason no era solo una mezcla explosiva de rock con timba que se podía bailar como casino, era un desparpajo, una manera también de cagarse en todo.

Para ese entonces los tres tenían ya asimilado el imperativo de ser protagonistas y no espectadores; cuando Silverio les concedió un espacio para la semana próxima, se motivaron más y montaron unos números que el Muke no le mostraría hoy a nadie. O sí, a una sola persona: “de vez en cuando me hace ilusión torturar al Vito”.

La figura se repitió en su decisión de aprender Capoeira. Buscaban información, hacían el ridículo, aventuraban hipótesis, trabajaban según el principio del ensayo y el error.

Según el Mojo, el Muke estuvo más de 15 años estudiando por sí solo el 3D Studio, dándose cabezazos hasta que al final encontró una metodología para asimilar conocimientos sin la ayuda de instructores. El precio es el tiempo.

—Lo que yo tardé años en aprender, porque en Santa Clara no había nadie que nos enseñara —explica el Muke—, un profesor te lo puede transmitir en tres meses.

Por la fecha de Pan Caliente pasó por Santa Clara una gira del grupo Síntesis. El Muke observó a la multitud que acudía lentamente al concierto y le pareció ridículo el papel de esperar. Toda esa multitud bajo las estrellas.

Esperando.

Esperar una gira de estas.

Ridículo bajo las estrellas.

Pan Caliente fue la protoforma de respuesta a ese problema que ahora comienza a cuajar en Onirama. Onirama es el grupo de animación que necesita su ciudad. Su propuesta de desarrollo, su salto al vacío, su asidero moral.

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Desde el tercer año de la carrera de Arquitectura, el Muke había logrado un viejo sueño de la niñez: ser científico. Había sido captado para el Centro de Investigaciones de Métodos Computacionales y Numéricos en la Ingeniería perteneciente a la Universidad Central de Las Villas (UCLV) y había cumplido el encargo, junto a un amigo, de programar un videojuego con gráficos 3D para un empresario extranjero. Al mismo tiempo hacía bufonadas que lo distinguían como una especie rara entre el alumnado: salir en calzoncillos y envuelto en una sábana a almorzar, y en la puerta del comedor decir que estaba ensayando una obra de teatro sobre los romanos y la crucifixión de Cristo; o demostrar —el vapor de agua estuvo a punto de asfixiarlo— que su cuerpo podría asearse con todo y ropa en la máquina fregadora de bandejas del comedor universitario.

Obtuvo casi todo lo que se propuso bajo el signo de “solo tienes que hacerlo y ya”, pero estaba aún lejos de lo que más le apasionaba.

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La madre del Muke, al tanto de su ardor por la animación, se había enterado de un curso que convocaba el ICRT en La Habana. El Muke y el Vito hablaban, imitaban voces, y gesticulaban como cartoons, así que se presentaron a pruebas.

El Vito no pasó.

Según el Muke, que vio el examen de su compañero, “él hizo algo lo suficientemente raro como para que lo creyeran no apto. Seis años después, con el éxito de Dany… —cuenta el Muke tartamudeando—, el re-re-re-re-reeenovado personal de animación del ICRT besaba las alfombras por donde pasaba el Vito”.

A la hora de la arrancada del curso, comenzaba el segundo semestre del último año de la universidad. Tendría que escoger entre arquitectura o animación. Su curiosidad por el 3D y la programación, su personalidad cómica, las arrugas tempranas alrededor de las sienes y la boca, todo parecía un sedimento de su afición por el dibujo animado. Calculó además que, de graduarse, seguirían dos años de servicio social: tiempo suficiente para rendirse y desaparecer en la multitud bovina que marca tarjeta y hace cumplir planes. Lo arrojó todo por la ventana.

Redactó una petición de baja y se corrió la voz. Un profesor sensible al Muke fue a por él y le aconsejó que probara primero, que al menos inventara una excusa y pidiera una licencia estudiantil. El Muke miró al profesor como si escuchara a un embaucador, buscando una doble intención, como si el universo quisiera obtener algo del Muke que el Muke no quería para él. Alivió el rostro, hizo una mueca histriónica de complacencia, y siguió el consejo. “Ese profesor era un gran tipo, lo mejor de la Facultad”.

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Moderna, libre e inteligente, Barbarita puso en crisis el modelo familiar tradicional al convertirse en psicóloga infantil. Se separó del padre del Muke desde el embarazo y quedó a cargo de su educación. No obstante hay señales manifiestas en el hogar de que sólo en ese sentido el Muke fue lo que se llama “un hijo único”. Los tics de esta especie tipificada de varón urbano —un cinismo e individualismo autista, un sometimiento edípico al control materno, un sometimiento fascistoide al orden y limpieza en el entorno hogareño y su proyección al exterior— son derribados por la informalidad con que se suele recibir a los colaboradores que el Muke invita a su casa durante días, lo mismo para repasos escolares, construcción de software, dibujos animados, o para componer alguna pieza musical. El desdén por el adorno, la funcionalidad de los objetos, la falta de confort, la pobreza, emulan coherentemente con un festival de individualidades comenzando por las obsesiones del Muke, y pasando por las de su madre, su abuela Carmita (cartomántica, medio unidad), su novia Gabi, hasta la perra minusválida que mira al vacío y le ladra al aire.

El Muke prepara animadores en 3D, la mitad de la conferencia la dedica a la astronomía / Cortesía del autor

El Muke prepara animadores en 3D, la mitad de la conferencia la dedica a la astronomía / Cortesía del autor

Tuvo un Nintendo en la secundaria básica, pero ya desde niño asistía a sesiones de video juegos que la madre quiso diversificar con otras tareas, como el dibujo, las lecturas y los juegos en la calle. “Los juegos por computadora, la relación con la pantalla, generan agresividad y actitudes competitivas. El niño tiende a aislarse, a perder habilidades de socialización, nada de eso sucedió con él”, dice Barbarita.

Los juegos que frecuentaba el Muke eran del género RPG (Role-playing game), o sea, no exterminaban zombis o naves espaciales.

—Eso me permitió desarrollar dos cosas, mi inglés y mi interés por los gráficos —dice—. Como era niño aún tenía paciencia para buscar palabra por palabra en un diccionario.

—Siempre fue un niño obstinado en el mejor sentido de la palabra —explica Barbarita—. O sea, perseverante. Heredó de su padre el amor por la pintura y de su línea materna la vena musical.

¿Ser tartamudo pudo condicionar la búsqueda de algún tipo de vindicación personal ante la sociedad? “No”, desmiente Babarita. “Cuando niño lo llevé al logopeda y el doctor me dijo que tartamudeaba porque tenía una aceleración en el curso del pensamiento, o sea que pensaba más rápido de lo que hablaba. Y que con el paso de los años eso iría desapareciendo. No creo que eso haya sido una barrera que creó angustia en él. Los tartamudos suelen ser creativos”.

Del mismo modo, según la madre El Muke ha tenido un devenir sexual normal. Incluso envidiable en el sentido de que aunque “está más feo que una noche oscura”, dice bajando la voz, “las novias le llueven, y sufren, y han venido a verme llorando por él.”

El Muke tiene una tesis empírica: cuando una persona se ríe constantemente de lo que tú dices, hay muchas posibilidades de que esa persona tenga una puerta abierta para ti. Incluso sin que esa otra persona lo sepa, tiene una puerta abierta para ti.

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El Muke no tenía ni amigos ni familiares en La Habana. La pisaba por primera vez gracias a aquella prueba de animación. No sabía dónde meterse. Para el examen Vito y él habían logrado colarse en la beca de 12 y Malecón, en un cuarto de cinco muchachas estudiantes de Biología a las que él luego pidió albergue durante los tres meses que permaneció en el curso. Como su abuelo materno, que fue un notable tramposo de naipes marcados y dados cargados, el Muke ideó un truco para poder alimentarse sin que le agarraran. Al enterarse de que no todos los estudiantes iban a efectuar comida, se procuró, del cesto de la basura, las planillas numeradas donde se llevaba el control de los becados al entrar al comedor. Entre los números que nunca eran tachados eligió el que consideró menos memorable. Escaneó un carnet, lo retocó en Photoshop y teniendo en cuenta el piso donde pernoctaba se autoasignó a la carrera de Biología.

Según el Muke, el curso quedó por debajo de sus expectativas. De sesenta participantes quedaron seis, pero la principal causa del éxodo fue que no todos tenían un interés genuino por la animación. Para hacer la menor estancia posible en la residencia, pasaba todo el día en el edificio del ICRT de 23 y M, pues las clases comenzaban al medio día.

Se arrimó a una mesa de animador poco preferida que le permitieron usar para librarse un poco de él y allí, con abundante papel, experimentó el verdadero oficio, el control del tiempo del animado, y otros trucos básicos. Dibujaba mucho, y al final del día lo montaba en un aparato de fotografía que cuadro a cuadro propiciaba la animación. Ahí, otra vez por sí mismo, aprendió a animar.

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Se puede decir que Gabi, como directora de animados, es una rareza. Este grupo creativo de Santa Clara ha conseguido, gracias a una sinergia única, que una mujer dirija a un equipo sin ser precisamente animadora. La regla dice que casi siempre el director es un lobo solitario y miope que se aleja de la civilización durante meses ante una pantalla de computadora y programas gráficos, hasta salir con un material de cinco minutos al que él mismo y un primo-hermano sin brújula le han puesto voces. Este caso se distingue porque Gabi solo crea la historia y da órdenes que un equipo de dibujantes, pagados o no, ejecuta coordinado por la labor de producción y atracción del Muke. Ella elabora el story board, encarga dibujos, fondos y examina el trabajo hecho.

Cuando el Muke se planta, rompe su camisa y le canta al universo que él está entre los dos o tres mejores animadores en 3D que tiene el país, Gabi levanta una ceja y sonríe. Es una muchacha enfocada e inteligente cuya punta de la nariz comienza a hincharse por el embarazo. El Muke, que tiene una fuerte vena pedagógica, habla de cosas técnicas y ella escucha. El Muke se distrae de sus obligaciones como marido y Gabi monta cara y lo llama a contar.

Como pasa a menudo, ambos se juntaron en la universidad siendo él profesor y ella alumna. Ella cursaba el tercer año y el Muke había sido su profesor en modelación 3D. La colaboración entre ambos se extendió y el Muke fungió como su tutor en una tesis bastante rara en la carrera: crear una herramienta informática para lograr soluciones arquitectónicas simuladas en 3D. Lo que más le atrajo al Muke de Gabi fue que no solo le interesaban los temas de conversación que él le solía ofrecer, también los estudiaba. El Muke no es precisamente un hombre guapo, pero Gabi se rindió frente a su pesado egocentrismo respaldado por años de estudio.

No era una alumna ordinaria. Se inclinaba hacia la programación, una disciplina más afín a las matemáticas cibernéticas que a la arquitectura, y por su rendimiento académico a finales del cuarto año fue seleccionada para un viaje a esa especie de gran museo de la arquitectura moderna que devino Alemania a partir de la segunda mitad del siglo XX. Que su vida rebotase hacia la animación después de conocer al Muke puede tener una explicación comprensible: en Cuba a un arquitecto se le hace casi imposible desarrollar el filón artístico de su oficio. La animación, que lleva elementos de diseño y arte, le pareció una buena puerta de salida. Y no le ha ido mal, de hecho, ha obtenido resultados inmediatos. En cuarto año de la carrera, y sumada ya a Onirama, realizó Huesitos, su primer cortometraje, por el que obtuvo el premio de animación de la Muestra Joven de 2015.

Gabi / Cortesía del autor

Gabi / Cortesía del autor

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Como tienen un solo libro, el Muke y Gabi se alternan A Breef History of Time: from the Big Bang to the Black Holes, de Stephen Hawkings. La ley de gravedad, el universo de las partículas elementales y las conjeturas del científico parapléjico son actualmente un tema frecuente de sobremesa. El Muke también hace conjeturas. Algunas, reconoce que son soberanos disparates, otras están por el camino correcto. Su real escuela ha sido la de sostener una conjetura hasta que su uso empírico le demuestra que se ha equivocado o que ha dado en el blanco. Aunque parece un viaje demasiado fortuito por un teatro oscuro, no ha sido este sino el método que la ciencia se ha planteado desde que comenzó a gatear. Así se descubrió la penicilina. Su pasión por la ciencia parece en todo caso una pasión por la pequeñez. La pequeñez de una cabeza ante las fuerzas cruzadas y caóticas que rigen el endemoniado universo allá arriba, allá afuera, a millones de años luz.

Desde hace un tiempo trabaja en dos cortometrajes de animación que fueron apoyados en la Sección Haciendo Cine de la Muestra Joven del ICAIC. A la par organiza y enseña a un grupo de animadores que capta en sus clases opcionales de animación en la Academia de Artes Plásticas local y coordina el equipo que trabaja para Gabi, también apoyada por el Haciendo Cine. Estos muchachos que forma podrán ser los futuros animadores de Onirama. Al final de cada encuentro, que va a impartir a sus domicilios, puede desviarse hacia la física, y la astronomía. ¿Qué es la antimateria? ¿Qué significa el volumen de una estrella enana? ¿Por qué si la materia tiende a la fuga el ser humano no estalla en millones de trozos púrpuras? Y por qué tanto el conocimiento de Neptuno, último planeta del sistema solar, y otro 99 por ciento de las certezas humanas se basan en algo que no son exactamente certezas, sino meras conjeturas.

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Las dos mejores obras de Vito, Lavando calzoncillos y los seis capítulos de Dany y el club de los berracos, pueden tomarse como extensiones de este grupo de artistas. Lavando calzoncillos da cuenta de cómo se teje el conformismo contra el cual el Mojo, el Muke y Vito se han plantado. Las berraquerías del club de Danny se podrían tomar como las ingenuidades propias de esa adolescencia prolongada que ciertas personas de ingenio arrastran hasta edades avanzadas.

El Vito ha decidido distanciarse de la animación y probar el cine de ficción. El Muke, luego de dos cortometrajes difíciles de desentrañar, Dios que un pepino y Otro animado que no es para niños, se ha propuesto contar historias lineales que puedan ser comprendidas por el gran público. El Mojo —voz oficial de Mauricio en Danny…— continúa con su potencial en clave zen, que a veces le permite llegar a niveles impresionantes de rendimiento intelectual.

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Nelly, convaleciente del moquillo, a veces sufre convulsiones / Cortesía del autor

Nelly, convaleciente del moquillo, a veces sufre convulsiones / Cortesía del autor

Nelly, la perra del Muke, debe ser asistida tres veces al día para orinar. El Muke la carga, le busca la vejiga, se la aprieta, y hace salir un chorro amarillo-verdoso con un fuerte olor  —por caracterizarlo de algún modo— a azufre salado. La perra enfermó de Moquillo hace más de un año y quedó totalmente paralítica. El Muke la ayudó a recuperarse: le construyó un andador, le compró vitaminas y controladores del sistema neurológico. En términos prácticos es una perra inútil que apenas ladra y que mira a su dueño, a las visitas, a todo el que le pasa por el lado, con una extraña y terrible humildad. Todo el cuerpo y la cabeza le tiemblan de forma permanente. Cuando defeca sobre un almohadón impermeable que le hicieron, se arrastra para no ensuciarse –este es uno de los grandes progresos que ha hecho- y para que no la anden lavando siempre. Por la noche duerme en el comedor, por el día el Muke la entra a su cuarto y le habla. Cuando come, el arroz y el resto de la comida se salen del plato, y se riega en un radio pegajoso de 30 centímetros que el Muke o Gabi recogen pacientemente. Nadie en su hogar habla en términos de dignidad e igualdad animal, pero a Nelly la tratan como a un ser humano.

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La idea inicial del Muke fue quedarse en la Habana después del curso de animación. Se hace eminente una propuesta de trabajo en el propio ICRT, pero un accidente doméstico fortuito le cambia los planes. Por esos días su abuela de 70 años coloca mal el pie derecho (o izquierdo), sufre una caída en el baño, se fractura el fémur y él tiene que regresar a cuidarla. Durante el año en que Carmita permanece en cama, el Muke la atiende por las noches y su madre por el día. En ese lapso funda Pan Caliente y termina la licenciatura en arquitectura. Este episodio, la abuela postrada, ¿pudo tener algún peso en su decisión de quedarse? ¿Qué extraña alquimia molecular lleva al Muke a tomar conciencia o partido por una opción que el resto de la personas generalmente no asume, aunque generalmente considera plausible? Olvidándonos del Muke: ¿que hace que determinadas personas puedan llevar a cabo proyectos que todo el mundo suscribiría?

Una cierta, una oculta, una oscura violencia, sólo delatada por eventos de tartamudeos que van y vienen, se encierra en la manera paciente en que Muke desgrana sus ideas y cuida su ortografía (“Tengo una ortografía quirúrgica”). Todos los días asiste al gimnasio y pone en tensión cada músculo y tendón de su cuerpo estudiado con placer por él. Explica que la mejor manera de derribar a un hombre es pegándole en la frente. Ha peleado pocas veces en su vida. Pero la tesis del golpe en la frente —proporcionada por un amigo, no por el Ju-jitzu, ni la Capoeira que practica— la probó en su última bronca. Un sujeto le atacó de frente. El Muke sacó el puño derecho y dirigió un golpe seco justo al centro de la frente de su adversario. El sujeto quedó tambaleándose. Como medida de prevención el Muke creyó necesario darle otro golpe. Recogió el brazo, y lo volvió a sacar en dirección a la frente del contrarió, que cayó de rodillas mirando al vacío y totalmente aturdido. El Muke agarró su bicicleta y se marchó tranquilamente.

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Carmita es quien mejor lo cuenta: Harold Díaz Guzmán Manresa tiene unos seis años y su maestra lo regaña por no querer dibujar. Carmita recibe la queja y le pregunta por qué al nieto; Harold responde: “porque no me dio la gana”. Es castigado, no puede jugar, y se acuesta durante horas en la acera mirando una rastra. La rastra se retira, Harold agarra una tiza y comienza a dibujarla justo en donde estuvo parqueada. La memorable pieza abarca sólo la parte inferior del vehículo, los cables, las tuberías, la barra de transmisión, el chasis, las gomas, las cajas de herramientas y el guardapolvo. La abuela y la madre se aproximan y examinan la obra. Barbarita lo asume como otro indicio de que su hijo puede ser especial (un hijo, aun siendo especial, es un ciclista que avanza a ciegas, que se malogra o triunfa). Carmita le pregunta por qué ha dibujado solo la parte inferior. Harold se encoge de hombros. Carmita le pregunta por qué, si ha dibujado la parte inferior del camión, no dibujó en la clase como le ordenó la maestra. Harold responde: “porque no me dio la gana”.

Una década y media después aproximadamente, y por una actitud similar, Harold decidió tener un apodo diseñado por él mismo: “El Muke”.

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En el quinto piso del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficas, donde ha radicado desde su fundación la Muestra Joven, hay una serie de fotografías de grandes cineastas cubanos. El primero que salta a la vista es Tomás Gutiérrez Alea, en la foto lleva una carpeta en la mano, parece que va molesto por algo. Siguen otros: Sara Gómez, Nicolás Guillén Landrián, Santiago Álvarez, Humberto Solás… Justo al lado de la foto de Fernando Pérez hay un espacio vacío. Durante más de un año estuvo pegado allí un trocito de cartón que identificaba una hipotética figura del cine cubano. El rotulado, que era una broma, ya no está, algún malintencionado eliminó un cartoncito que decía: “El Muke”.

* Una versión de este texto apareció en el número 395 del Caimán Barbudo. Para el Estornudo su autor ha preparado una versión enriquecida.