Ciudad de Wuhan

Ciudad de Wuhan / Foto: Pixabay

Jorge Carrión acaba de dar por inaugurado el siglo XXI. Lo ha hecho a propósito de Lo viral, su más reciente ensayo-dietario-documento sobre los días de confinamiento. Aunque estamos en 2020, y aunque no es la primera vez que se refiere a estos comienzos, para Carrión es asumible la hipótesis de que el siglo XXI ha empezado justo ahora y en Wuhan, la ciudad China en la que se desató la pandemia que ha modificado nuestras vidas.

Hace más de treinta años, Josep María Martí Font concedía ese honor inaugural a 1989. Enterrar la Guerra Fría era suficiente para confirmar la inauguración de la nueva centuria y adelantarse una década al calendario oficial. De hecho, Martí Font fijó el cambio de siglo en un solo día, aquel 9 de noviembre en que se vino abajo el Muro de Berlín, para dar por consumado el siglo XX.

Si leyéramos a Alexei Yurchak y su Everything Was Forever, Until it Was No More –algo que sólo podríamos hacer en ruso, inglés y coreano, pues al mundo editorial iberoamericano no le interesa esta obra imprescindible que ya ha cumplido quince años–, tal vez aceptaríamos 1991 como arranque de este siglo, año en que se dio por amortizada la Unión Soviética. Esto, desde luego, siempre que nos saltemos el desastre nuclear de Chernóbil en 1986, una frontera bastante plausible entre los dos últimos siglos (idea que queda reforzada en más de un titular describiendo la Covid-19 como el «Chernóbil del siglo XXI»). O que esquivemos otros hechos importantes, como la guerra de los Balcanes, una cruenta demostración de que el viejo ordenamiento de los Estados-Nación de la Guerra Fría había pasado a mejor vida, indicando que la victoria estaba en la reunificación (Alemania) y la derrota en la separación (la URSS, Checoslovaquia o Yugoslavia, que se partieron en más de una veintena de países).

Frente a debacles de esta ralea, es normal que casi nadie recuerde el temor ante aquel famoso Efecto 2000, el llamado «bug del milenio». Por esa fecha, se llegó a dar por sentado que los ordenadores colapsarían, dado que la cifra «00» ya aludía al año 1900 y no serviría para definir el nuevo año. Toda una venganza del siglo XX, que nos obligaría a retroceder cibernéticamente cien años. La sangre no llegó al río y nuestras computadoras sí llegaron al nuevo milenio, pero los gobiernos aflojaron centenares de millones en su profilaxis digital para estrenar sin demasiado sobresalto el año-siglo-milenio nuevo.

Al año siguiente, exactamente el 11 de septiembre de 2001, el siglo XXI entró a lo bestia en los anales –y análisis– de la historia con los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York. A partir de allí, la vieja confrontación bipolar de la Guerra Fría mutó hacia una batalla contra el terrorismo que dejó averiada la eternidad liberal prometida para el postcomunismo.

La furia originaria no acaba ahí. Así que el año 2008 no fue menos rotundo a la hora de marcarle otro estreno al siglo XXI. Por un lado, la crisis financiera del capitalismo fue leída como una debacle cuyos efectos serían parecidos al derribo del Muro para el campo comunista. Por otro, los Juegos Olímpicos en Pekín oficializaron, en clave espectacular, el poderío del modelo de chino y un cambio sustancial en la hegemonía del mundo. «Si se ha dicho que el siglo XX empezó en 1914, es probable que algún día se diga que el siglo XXI comenzó en 2008», escribió entonces Josep Ramoneda, perplejo ante el despliegue tecnológico en el famoso Nido de Pájaro.

Si en 1989 el paso a la producción digital significó una mutación en el sentido del trabajo, en este 2020 la pandemia ha servido para afianzar una transformación en el espacio de ese trabajo. Hace treinta años se tiraban muros que dividían países. Hoy esos muros empiezan a levantarse otra vez, pero el departamento de derribos ha pasado a ocuparse de las fronteras que atomizan el ámbito laboral y el doméstico.

En 1989 millones de personas quedaron a la intemperie, una vez demolido el Estado vigilante y a la vez protector del comunismo. ¿Qué mejor paliativo, ahora, que hacer descansar la explotación en tu propia casa, con techo, sofá, Internet y a resguardo de cualquier cosa parecida a una comunidad? Si esto que he venido pensando en las últimas décadas fuera así, entonces el siglo XXI llevaría treinta años intentado culminar su parto en la historia.

Y si París, según Enrique Vila-Matas, no se acaba nunca, lo que le pasa al siglo XXI es que no consigue empezar. Lo ha intentado en Berlín, en Moscú, en Nueva York, en Pekín. Y en 1989, 1991, 2001, 2008, 2020… Demasiado origen para tan poco destino.

Por ese camino, y en el caso dudoso de que la humanidad conozca próximos siglos, este que ha comenzado tantas veces tal vez sea conocido como el siglo que nunca existió.

Porque bastará otra catástrofe, o un rebrote majadero de esta última, para que decretemos el año, mes, semana o día en que acabó el siglo XXI. Ese que pasará por nuestra vida sin saber que pasó, aunque dejándonos marcados a fuego los estragos de su tránsito.