Jacobo Londres / Imagen: Paolo De

Jacobo Londres / Imagen: Paolo De

Empieza con Jacobo diciendo en un teatro Karl Marx lleno de ustedes: «¿En qué tumba sin memoria enterraron los restos de la imperiosa necesidad de hace unas semanas de cambiarle el nombre a este teatro?» ¿Pudo acaso Jacobo, sin ideas de pérdida, arriesgar en apuestas con unos coroneles en el Comité Central que dicha inconstancia se manifestará del mismo modo en sus ansias por la libertad de Cuba? Argumenté ante mí: se pelean por un nombre, una idea, agotan energías y duermen enfadados por algo subjetivo, entre gritos que, saben bien, tendrán alcance igual a cero.

Ay, incluso exagerándola y por motivos estratégicos, hice mi apuesta en contra de ustedes, y había que ver a aquellos coroneles, risueños si bien perdedores, burlándose asombrados de ustedes que dicen tomar partido y olvidaron lo del nombre del teatro en solo día y medio, la magnitud exacta reflejada en mi apuesta. Reí con ellos, pero con risa falsa, pónganse jacobinos, soy contrainteligente para infiltrarme con un plan, y todo por ustedes. Para la próxima, del barullo de sí mismos apartaos, que Jacobo no se puede controlar con las apuestas.

Hice mis mediciones y descubrí que falta un equilibrio jacobino, hay yin y yang mal calibrado por haberle tirado mucho homenaje a Marx y poco a Engels, que ni la barba más corta tenía para tomar decisión tan arbitraria, así que investigué al güeso en la Internet profunda, fuentes activas y pasivas, y en unas minutas secretas sin espinas y desmenuzadas a las que tuve acceso en el Comité Central descubrí el secreto: Engels tenía la barba más oscura, lo cual representa juventud y al gobierno anciano de Cuba tal significado no conviene. Engels encarna una oposición relativa, concepto jacobino ya aprobado en la academia inspirado en cuando Einstein le decía a su esposa: «La que estás molesta eres tú, no yo». Engels es un error de programación en la matrix comunista, un hueco sensible por donde puede rajarse la tela ideologicona de la dictadura.

Así que inicié mi plan declarando en tono visiblemente disgustado a los coroneles del Comité Central cómo las doctrinas marxistas estaban perdiendo relevancia entre los jóvenes cubanos, si bien mi fervor casi me traiciona cuando ellos, bien imaginativos, me propusieron un sincretismo entre Marx y la virgen de la Caridad del Cobre. Les dije con rapidez y horrorizado que no era buena idea: la barba desaliñada de Marx no resultaba tan cálida y los tres pescadores se asustarían y enfilarían tal vez hacia Miami. Nos quedaríamos sin virgen madre, sin pescado y con tremendo conflicto de tipo Iglesia-Estado. Y entonces les hice la propuesta de la construcción, con el pretexto de refuerzo ideológico, de una sala adicional al teatro Marx, la Federico Engels.

La Engels será un lugar de reflexión u oratorio donde, pegadas a las paredes, podremos leer las páginas de El manifiesto comunista, destacando en letras grandes y doradas las partes escritas por Engels. Colocar correctamente la proporción de tamaño mayor de las letras engelsianas con respecto a las letras marxistas será lo que causará un cataclismo jacobino que, insensible a ser contenido en la pequeña sala Engels, se botará a las calles. Saldremos de allí arropados por un balance finalmente correcto entre Marx y Engels y, ebrios de ideología, nos sentiremos a gusto para pedirle al gobierno que siga subiendo los precios, suplicaremos a los represores que nos golpeen preventivamente, nos refugiaremos en ilusiones de abundancia al repetir ese fragmento de realidad emancipante de la vecina gritando que llegó la carne, y cuando siga sin llegar a cada instante nos acomodaremos felices en esa certidumbre.

Las consignas brillarán con nuevas fuerzas en estructuras más jacobinas: «Viva el gobierno comunista, donde no hay que liberar a los presos políticos, ya que al hacerlo se probaría que existen y el gobierno afirma que no. Libertad para nadie. Viva lo que no existe, vivan sus ausentes lágrimas en cárceles vacías». Mi esperanza inconfesada a coroneles es que, al ver nuestros grotescos reflejos en ese espejo de ilusiones de libertad que nunca fuimos, huyamos avergonzados a nuestro interior, manos buscando un apretar enloquecido de botones que nos reinicie bajo otra materia. Engels, místico tiro de billar al final de la noche: salte la bola rompiendo el tocadiscos absoluto que entona la Marcha del pueblo combatiente, banda sonora de nuestra vida, deshágase el hechizo colectivo. Entonces nos abrazamos, hay elecciones libres, y otras mitologías.

O tal vez no es sino borrachera, de la cual me levanto temprano con resaca en una de las carpas que hemos puesto durante la construcción de la sala Engels. En los huecos hechos para los cimientos miro al fondo, presiento el burbujeo telúrico-ideológico, mas desde el centro del mundo, bajo cabillas, me adivina la tortuga que lo sostiene, y en lo que llega el saludo de su espinazo frío a mi espinazo frío (o materiales) ya toda mi generación ha muerto. Así que me disculpo si los he hecho venir hasta aquí, tanto después, solo para inaugurar la sala Engels. Aunque quién sabe y no haya desde hoy nada mejor que salir de un concierto en el Marx y entrar a la Engels, bajo la bombilla parpadeante leer al azar una página de El manifiesto comunista, dejarte guiar por ella como un oráculo en tu noche. Gracias a que se te fue la última guagua alcanzas un pan con tortilla, caminando en la madrugada ves las cositas, sonidos, relaciones, y piensas: soy un elegido, la felicidad no podía ser tan directa, soy especialmente indirectón, soy el elegido del pan con tortilla.