Mujer caminando

Foto tomada de Pxhere

Como casi todos en Cuba, me fui de casa cuando comencé el Preuniversitario, con 15 años. Desde entonces no he vuelto a tener casa. Andar demasiado ligera por el mundo da miedo.

Luego del Pre vino la Universidad, la beca de Tercera y F, y luego los alquileres en Centro Habana, el Cerro, el Vedado, y las casas de los amigos. Luego, México.

En todo este tiempo no he acumulado nada. No tendría una herencia para dejar, ni un cuadro, ni una vajilla, ni una colección de sellos o mariposas o discos de vinilo, ni un reloj antiguo, ni unos pendientes.

En mis muchas mudanzas jamás he tenido que cargar con camas, sillas, fogones o calderos. Me he agenciado lugares que tienen todo cuando llego y se quedan con todo cuando me voy. Nunca han sido míos y yo nunca les he pertenecido.

Tengo par de maletas con ropa; el resto lo he tirado a la basura en los aeropuertos de diferentes ciudades. Me ha pasado así: repleto la maleta cada vez que me voy de un lugar, me siento encima de ella y la escacho con las nalgas. Como no tengo báscula, llego al aeropuerto y siempre me cuentan kilos de más —parece que tengo demasiadas cosas pero lo cierto es que cargo con todo lo que poseo en mi vida—, y como al final el sobrepeso cuesta más caro que reponer, termino botando un vestido, un jeans, un abrigo, hasta dejar estrictamente 25 kilogramos. Esta escena se repite una y otra vez.

Y así me he pasado la vida emigrando: de la casa, de las cosas, del país. Se emigra de los trabajos, del color de cabello, de nuestro cantante favorito, de la comida barata a la comida orgánica, de los novios, del matrimonio, de los amigos, de los padres. Y se emigra de la vida, finalmente.

Las dos veces que me he marchado de un país ha sido justo cuando mejor me iba económicamente y cuando peor estaban las cosas dentro de mí. Soy el ejemplo de un tipo de emigración que yo llamo emocional y que —soy consciente de ello— no deja de ser privilegiada.

Cuando a los 25 años decidí irme de Cuba ganaba 250 CUC mensuales —por entonces un buen salario—, compartía renta con un programador en un departamento del Vedado y la oficina me quedaba a dos cuadras. El verano de 2015 lo pasé con mi familia de Miami. Cuando luego de dos meses mis parientes supieron que yo no me acogería a la Ley de Ajuste Cubano y que regresaba a Cuba porque no me gustaba el lugar que ellos eligieron para vivir, se enfadaron conmigo.

Ya yo estaba tramitando un visado como estudiante de la Universidad Autónoma de México. Era en ese momento —creía yo— la persona más triste de La Habana.

Nadie entendía por qué, si lo que yo quería era alejarme, no me había quedado en Miami. Por qué me iba sola a México, un lugar donde desparecen mujeres y asesinan a periodistas.

Llegué al entonces D.F. con dos maletas de 50 libras —bien distribuidas— y sin conocer a nadie. Recuerdo que cuando tomé un taxi en el aeropuerto rumbo a la casa de un amigo de Jon Lee Anderson que iba a recibirme por unas semanas, exploté en llanto.

A los 20 días yo vivía en un departamento de la Narvarte con cinco personas: una pareja de mexicanos, un francés y su novia mexicana, y una australiana súper simpática. Tenía un cuarto pequeño, un colchón en el piso, y todos los días me alimentaba con espaguetis y atún. No agarraba taxis. No comía en la calle. No me pagaba nada extra, hasta que las cosas se estabilizaron.

Estuve varias semanas preguntándome si tenía algún sentido compartir baño y cocina, volver a vivir en comunidad, tipo beca, gastar mis ahorros. A veces llegaba a pensar que en La Habana realmente nada iba tan mal como yo creía. No obstante, las cosas por dentro se iban recomponiendo.

Hice lo que suele hacerse cuando comienzas a vivir en un sitio nuevo, asuntos básicos: localizar los botes de basura, un mercado económico, el puesto de jugos naturales, la farmacia, el banco más cercano, el mejor plan de datos. Luego de conocer un lugar localizas sus exquisiteces: la peluquería donde mejor me han trenzado el pelo, la mujer que vende camisas bordadas, el sitio de pastas favorito, los mejores tacos de canasta, un temazcal, el outlet de Zara y Bershka.

Luego de cuatro años, ya terminada la Maestría en la UNAM y con un trabajo que me permitía coger taxis, comer fuera, e incluso viajar de vez en cuando, decidí irme a Nueva York. Era —creía yo— la persona más triste del antiguo Distrito Federal.

En el otoño de 2019 llegué desde México a Miami, una ciudad donde tengo grandes afectos y en la que siempre habrá pretexto para una escala. Allí están mis amigos y parte de mi familia y todas las condiciones creadas para que un cubano emigre. Casas con cuartos disponibles, trabajo por la izquierda, el idioma español, arroz con leche, el Palacio de los Jugos, que se ha convertido en uno de mis lugares favoritos de todo el mundo. Tendría que decir que sí, que mis lugares son Madrid, La Habana de mis 20 años, los cenotes de Mérida y el Palacio de los Jugos de Miami.

Tras unos días recogí mis cosas y me fui a Nueva York. Un amigo de la infancia me recibió en su casa y a la semana me renté en Washington Heights.

Lo mismo, lo básico: un piso para compartir, un baño para dos, el mercado más económico, la farmacia, el Planet Fitness, la tarjeta de metro, espaguetis con atún. Como soy una recién llegada aún no tengo peluquería ni outlets favoritos, ni clase de pilates, ni el lugar preferido de rhamen o sushi, ni vecinos que me saluden, ni amigos. A Nueva York vine buscando solo una cosa, que quizás no encuentre, o quizás sí, hundirme en los teatros de la ciudad, tal como hacía en las pequeñas salas de la calle Línea en La Habana de mis 20 años. El teatro siempre me ha salvado.

Me pregunto en este punto si soy una emigrante. Si me fui de Cuba porque estaba aburrida, ¿eso es emigrar? Si me fui de México porque estaba triste, ¿eso es emigrar? O más: cuando uno se va de un país que no es de uno a otro país que tampoco es de uno, ¿eso también es emigrar?

He visitado en Europa del Este campos de refugiados con personas afganas, somalíes o paquistaníes que huyeron de la guerra. He visto a los cubanos en campamentos de los Países Bajos solicitando asilo político. Mis primos llegaron a Miami como balseros en el año 94. Eso es emigrar, y lo demás también.

Cambian las razones, en todo caso. Tampoco es lo mismo llegar a Nueva York desde Cuba, que desde, digamos, México, luego de haber vivido allí cuatro años. Llegas con una tarjeta de crédito que podrá sacarte del apuro, con número de teléfono y Google Maps. Traes tu ropa, el pomo de shampoo a la mitad, un blúmer que te encanta y se te olvidó lavar, el cepillo que mejor te peina, el labial que mejor te pinta, el sostén que mejor te queda. Llegas sabiendo qué es una ciudad donde la gente choca al caminar, sabiendo qué es una causa peruana o un subway, incluso sabiendo de qué se trata Tinder.

No vine a los Estados Unidos buscando más plata, ni un buen auto, ni tarjetas de débito y crédito, ni vine a graduarme de Columbia. Estoy bien con lo que tengo y con quien soy. No es lo mismo emigrar por decisión que por fuerza o porque no te queda más remedio. No es lo mismo «mudarte» de país que abandonarlo.

La mayoría de los migrantes cubanos abandonan Cuba. Por razones mayormente económicas o políticas que casi todos conocemos, los cubanos no «se mudan», sino que se ven obligados a huir. Es normal que un español quiera vivir en Nueva York, o un new yorker en París. Y es normal que luego quiera regresar un tiempo, y volverse a ir, y así. La gente —al menos en países donde no se tiene que huir de la guerra ni del hambre ni del narcotráfico— puede decidir dónde quiere estar, y trabaja en función de ello.

Los cubanos tienen claro a dónde tienen que irse. Entonces Cuba termina siendo una especie de hostal que la gente reserva solo para Navidad, para el verano de julio y agosto, para el día del cumpleaños de los padres. Ya no es la casa propia de nadie, sino la renta. Ya no es la esposa, sino la amante. (Acá no cuento ni a los repatriados, ni a los extranjeros. Ninguno de ellos se va a Cuba sin sus respectivas residencias o ciudadanías de otros países. Nadie se arriesga a irse o regresar a Cuba sin una seguridad legal que lo salve cuando haga falta, que le permita salir y comprar los jabones Dove, el aceite de oliva, las tiras de jamón serrano que luego disfrutarán en las tardes de 30 grados Celsius que alivian con splits también importados).

Ahora bien, repito, andar demasiado ligero por el mundo da miedo. Tienes 29 años y ya todos comienzan a preguntarte cuándo te asientas, dónde vas a vivir finalmente, y los hijos cuándo llegan. A esta edad siento una completa libertad y llevo el control de mi vida. Soy independiente y tengo un trabajo que, si bien no es ideal económicamente, me permite desplazarme y realizarlo desde cualquier lugar. No tengo nadie a quién cuidar y nadie me espera. No tengo siquiera un cuadro, ni una vajilla, ni un reloj antiguo, ni una colección de sellos o mariposas o discos de vinilo. Toda mi vida soy yo misma. Es mi cuerpo y mi decisión. Eso me aterra. Esa libertad se convierte en ansiedad en un mundo programado para que vayas a la escuela primaria, a la secundaria, a la preparatoria, algunos a la universidad, luego a la oficina. Horarios y familia.

Cuando algún factor de esa ecuación se altera o se dispersa —que viene siendo algo así como la libertad— hay que ser lo suficientemente fuerte como para no romperse. Y casi nadie es lo suficientemente fuerte. La libertad tiene un precio, y algunos deciden pagarlo. Quienes en cierto modo la asumen cargan también con la soledad, el abandono: esa mochila al hombro, siempre. (Yo también quiero tener una casa y cinco hijos, si es posible. Y que alguien me espere).

En 2015 yo no era la persona más triste de La Habana, ni luego fui la persona más triste de la Ciudad de México. No es el amor, no es la economía, no es un país ni un gobierno que ha obligado a miles de personas a tirarse al mar o atravesar la selva lo que me ha hecho cambiar de lugar. Soy yo. Es la edad. Es el miedo a perderme lo que está pasando en el mundo. A vivir demasiado poco.

Tengo ya dos años más que todos los que mi madre vivió. Soy más adulta, más vieja si se quiere, que todo lo que fue mi madre, accidentada a los 27 años conmigo en los brazos. ¿Se puede llegar a ser más viejo que los padres?

Todo el mundo debería emigrar, mudarse, irse un rato. En el 2017 me fui un mes a Los Ángeles. No hace falta irse dos años. Solo el tiempo necesario para llegar, compartir renta —aquella vez fue con un chileno muy estricto—, conseguir una tarjeta de metro, localizar el mercado y el banco más cercanos, y algún lugar para comer rico y barato. No hay nada como eso. No hay nada como llegar a una ciudad donde no conoces a nadie, sola, y tener que agenciarte de nuevo la vida durante una temporada. Todos nos merecemos dejar un rato al esposo, la mujer, los hijos, los padres, el trabajo y los billes. Algo así como tomarse un break.