No parece que los novelistas colombianos vayan a descubrir agotado, de la noche al día, el mayor yacimiento temático que brinda su realidad nacional: la violencia crónica, agria como una úlcera que envenena su país desde que es eso, país, y que puede leerse en el centro mismo del argumento o bien de soslayo, definiendo la atmósfera como un nubarrón inmóvil, en muchas obras de esa literatura sudamericana.

Puede, sin embargo, que la realidad colombiana de los próximos años nos dé a leer un nuevo relato, sobre la construcción de la paz cotidiana y sus formidables desafíos políticos, que nosotros en Cuba, tan urgidos de volver a escribir nuestra propia historia, de rendir la plaza amurallada de nuestra violenta neurosis colectiva, tendremos que devorar mientras tomamos apuradas notas en los márgenes.

El silencio de los fusiles convenido el 23 de junio en La Habana y la cercana paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el gobierno de Bogotá constituyen un paso extraordinario, medular, pero ni de lejos la cancelación de una violencia nacional que, por supuesto, tiene garantizada la sobrevida inmediata en forma de carteles del narcotráfico, bandas criminales emergidas del lodo paramilitar, represión sistemática de la lucha social y política. Ello, sin contar la permanencia sobre las armas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) -cuya negociación con el Ejecutivo está en ciernes- y de, según hemos visto, alguna fracción de las propias FARC que se declare inconforme con el resultado de los diálogos.

Nada indica que las razones estructurales, últimas y primeras, antiguas y recientes, que alimentan la violencia en Colombia, a saber, la cuestión de la tierra, la insultante desigualdad social, el distanciamiento de eras entre el campo y la ciudad, la droga y su organizada metástasis criminal, vayan, con la firma de la paz habanera, a anularse o remansarse enseguida para que transcurra al fin, en plenitud, el juego grácil de la democracia ideal.

La violencia es un viejo hábito colombiano. Desde la independencia a esta parte, Colombia ha vivido de conflicto en conflicto: las frecuentes guerras civiles y multitud de revueltas menores demostraron el endemismo de la violencia política en el siglo XIX, que expiró mientras la Guerra de los Mil Días (1899-1902) preludiaba lo muy sazonado que sería el XX. Tras una calma relativa, sobrevino a fines de los años 40 el período conocido como La Violencia, que incluyó hechos tales como el asesinato de Gaitán y el Bogotazo, la renovada lucha entre liberales y conservadores, la dictadura de Rojas Pinilla, el Frente Nacional (coalición bipartidista para alternar el gobierno) y que generó fenómenos como el bandolerismo y las llamadas repúblicas independientes en algunas zonas del interior. Ya hacia los 60 la hidra de la violencia mutó, por ejemplo, en guerrillas marxistas -inspiradas por la Revolución cubana- que, de golpe, inscribieron la confrontación intestina en el tablero mundial de la “guerra fría”. A grandes trazos, las décadas siguientes han visto el apogeo del narco, el paramilitarismo de extrema derecha, el terrorismo de Estado, secuestros, extorsiones y asesinatos masivos en medio de una contienda bélica cuyo saldo es de casi 300 mil muertos, unos 45 mil desaparecidos y 6,9 millones de desplazados.

La violencia en Colombia, por lo pronto, continuará. Y en cuanto a ella, perdida hace bastante tiempo la perspectiva de una revolución humanista por vía de la lucha armada, solo vendrán buenas noticias, de vez en vez, cuando un escritor convierta la lamentable realidad histórica en una fábula de resonancias míticas y tiempo circular, como en su momento hiciera García Márquez, o en una descarnada denuncia, un aquelarre de cuerpos sangrantes, como propone hoy el joven novelista Daniel Ferreira en su “Pentalogía (infame) de Colombia”.

Esta es la situación. Sin embargo, habrá que insistir en el hecho de que la paz negociada en La Habana desde fines de 2012 es la mejor noticia para Colombia en más de medio siglo. Y esto abre una brecha al optimismo. Pudiera ser, por qué no, que leamos a la vuelta de unos años una vigorosa realidad colombiana de la postviolencia.

El pliego de acuerdos de La Habana inaugura una vereda para el fin del conflicto armado, para que el Estado pueda retomar control de buena parte del territorio nacional, para que la fuerza pública y las instituciones se concentren en el enfrentamiento a otras modalidades de violencia; por otro lado, propone medidas para reivindicar a las víctimas, enfrentar problemas socioeconómicos fundamentales, y esboza nuevas condiciones de posibilidad a favor de una más amplia participación política mediante la integración de actores, hasta el momento, (auto)excluidos por definición.

Desde Cuba, este último desafío –o sea: el tránsito desde la hostilidad más extrema hacia la esfera de lo político, el viaje arduo pero imprescindible desde la trinchera hasta el ágora- se antoja un capítulo apasionante que, repito, tendremos que seguir con atención. Salvando las distancias, destaca un paralelismo evidente entre los respectivos casos nacionales. Cuba también ha vivido por medio siglo una extenuante confrontación que la ha llevado, más bien, a subsistir en la contingencia y el estado de excepción; a hacer virtudes de la precaria existencia de trinchera, de la intransigencia, la severidad y la vigilancia. Cuba recibió hace poco (el 17 de diciembre de 2014) una noticia que pareció quebrar la inercia de los últimos 50 años. Desde entonces, Cuba también gestiona un proceso de distensión entre “enemigos históricos” que, como mínimo, debería redundar hacia el interior del país -y no solo en las mesas de negociaciones- en una supremacía de la política, el diálogo y la pluralidad sobre la cerrazón, el conservadurismo confrontacional y los jurásicos ademanes autocráticos. Las circunstancias de Cuba también dictan una necesidad de expansión o regeneración democrática para, una vez más, recrear la nación. Una nación de justicia social, pero también con la mayor cantidad, y calidad, de libertades ciudadanas, lo cual, a menos que ahora nos engañemos demasiado, ya se incluía en el centro mismo de la promesa original de 1959.

Tal como en Colombia persistirán fuerzas –condiciones estructurales, pero también figuras e intereses políticos y económicos– que aviven la espiral de la violencia pese a los empeños en busca de la paz y la sostenibilidad social, en Cuba, durante largo tiempo enferma de agorafobia, hay poderes que se oponen todos los días al cambio del aire viciado, a la libre circulación de ideas e información, a nuestra existencia plena como seres políticos.

Para esos poderes el término “socialismo democrático”, por ejemplo, es un sinsentido teórico, un oxímoron irreconciliable en el terreno de la práctica, un delirio de los hipercríticos, un caballo de Troya del enemigo para asesinar desde adentro la Revolución, o bien, al contrario, “nuestra conquista” más autóctona e inimitable, la cual nos permite, desde luego, gozar de una prensa comedida y exangüe, de un Parlamento tenazmente unánime, de unas administraciones opacas y modestamente corruptas, y, claro, de cuatro o cinco días feriados al año.

Cuando la apertura de pensamiento, el empoderamiento progresivo de la gente, la multiplicación incesante de las voces críticas y los gestos creativos se ven como amenaza o como peligro inminente y no como un triunfo propio, como frutos legítimos del sistema imperante, como espacio ganado por el país a la adversidad o, incluso, al enemigo real y poderoso, entonces ese sistema puede que haya perdido su horizonte, haya confundido los medios con los fines, haya comenzado a funcionar para nadie más que para sí mismo: el sistema por el sistema, el poder por el poder.

Puede que Colombia esté avanzando ahora mismo hacia la solución, no inmediata, pero sí definitiva de su problema y puede que, al fin y al cabo, termine por darnos un par de buenos ejemplos. Eso porque puede que, durante algún tiempo más, Cuba permanezca congelada, encenagada en el pantano de sí misma, sin voluntad ni inteligencia ni espíritu para sobreponerse a las taras y las cicatrices, y los logros sagrados e inmóviles, que le heredaron las últimas décadas.

Irónicamente, La Habana, Cuba, se presenta convertida en un santuario internacional donde se declara a Latinoamérica como “zona de paz”, donde pueden dialogar tras muchos siglos los máximos representantes de las iglesias Católica y Ortodoxa, donde se construye la concordia futura de Colombia, donde incluso se maquillan las fachadas para recibir al Presidente de Estados Unidos. Pero La Habana, Cuba, sigue sin domar sus demonios internos, sigue siendo un bastión políticamente excluyente, totalitario, sigue premiando el silencioso vampirismo de una casta burocrática y la obediencia del súbdito vociferante, sigue sin acometer la definitiva socialización del poder que conquistó a mediados del siglo anterior para fundar, supuestamente, una república “con todos y para el bien de todos”.

 

El hombre que aún no se acostumbraba a las pequeñas comodidades de la paz…

El camino de la guerra a la paz, de la confrontación abierta a la democracia posible, tiene por supuesto una dimensión humana, implica una conversión íntima, que es decisiva. El reto de toda la sociedad es siempre, y sobre todo, un reto del hombre particular.

Hace unos años, diciembre de 2012 o enero de 2013, conversé con uno de los comandantes insurgentes que participaba en la mesa de negociaciones en La Habana. El hombre, alias Yuri Camargo, se unió a la guerrilla con 13 años, salió para graduarse de odontología, regresó a la selva para aplicar lo aprendido y, con el tiempo, llegó a jefe del Frente 52 del Bloque Oriental de las FARC. Me dijo que prefería lidiar con un bombardeo nocturno que exponerse a las cámaras y los grabadores de la prensa. Yo le creí.

Me contó lo que era la existencia de un guerrillero una noche de un día cualquiera: cuando el sol se oculta, el combatiente cuelga su hamaca o arma su caleta, una cama rústica con toldo impermeable y mosquitero para protegerse de los zancudos y los diluvios de la jungla. Nadie enciende una luz. La vida depende de la oscuridad irrefutable. Duermen. La siguiente jornada comienza antes del alba. Si se trata de una unidad móvil, las marchas diarias suelen ser de 10 o 12 kilómetros atravesando zonas montañosas y selváticas. Siempre cabe la posibilidad de que, al menor descuido, empiecen a llover los proyectiles del enemigo.

Camargo me aseguró que esa era su vida y que, en La Habana, durmiendo en una cama blanda, vistiendo ropa cómoda de civil, llevado y traído en auto, servido con puntualidad en su habitación de hotel, se sentía extraño. Todavía no se acostumbraba a estas cosas tan simples de la paz, porque él había estado haciendo la guerra desde que era un niño.

Camargo, seguramente, acabó haciéndose a estas pequeñas comodidades. Pero la paz, sobra decirlo, es un proceso mucho más complejo, como lo es transfigurar el destino de todo un país. Superar el falso determinismo de la costumbre, desactivar los automatismos de la historia y del presente, parece la clave para estamparle el punto final a la gran novela real de la violencia en Colombia, que seguiremos leyendo, desde Cuba, porque tiene algo importante que decirnos sobre nosotros mismos.