Ilustración: Frank Isaac García

Ilustración: Frank Isaac García

Llovía a cántaros en Viñales, a 183 kilómetros de La Habana, y Ernesto tenía a la italiana desnuda y trepada en la meseta de la cocina en una casa de alquiler cuando su iPhone comenzó a vibrar. Era la francesa. Después del almuerzo, mientras la italiana fregaba, Ernesto se le había aparecido por detrás, le había pegado toda su musculatura, toda su hombría, todos sus pectorales desnudos, y había comenzado a besarle suavemente el cuello, los hombros, la espalda, hasta virarla y quitarle la ropa. Se le había olvidado que un día antes la francesa le había confirmado por mail que llegaría esa misma mañana y que ya había hablado con su familia — la francesa tenía familia cubana — para presentarlo en casa. De modo que Ernesto se las ingenió para dejar sola por unos segundos a la italiana, que burbujeaba de excitación, e ir al baño y contestar la llamada de la francesa.

Ernesto: Salut, mon amour, est-ce que tu est arrivée bien?

Francesa: Sí, mon amour. ¿Cuándo llegas a La Habana?

Ernesto: Aujourd’hui, ma chérie.

La italiana se marchaba a su país recién al día siguiente, en la tarde, y eso era un problema. Después de regresar del baño y hacer como si nada hubiera pasado, Ernesto se arrodilló en el piso de la cocina y empezó a subir a besos por las piernas de la italiana, como quien trepa un andamio, hasta regresar a su rostro y hacerle el amor por cuarta vez en el día. Luego, mintió: «Dice mi hermana que mi madre se ha vuelto a enfermar, voy a tener que irme ahora a Baracoa».

Eran las dos de la tarde cuando terminaron, extenuados, envueltos en una nata de sudor, y la italiana se estiró saciada de placer sobre las sartenes y los cubiertos como si estuviera sobre un colchón de agua.

Conocí a Ernesto en agosto de 2015 en las arenas tristes y duras de Guanabo, una de las playas del este de La Habana. Para entonces, era la segunda vez que la francesa, Fadih, venía a Cuba. Se habían conocido cuatro meses antes, cuando ella visitó la isla para la boda de una de sus primas cubanas. Coincidimos todos en una casa veraniega con piscina alquilada por la suegra de un amigo mío que viene una vez al año a ver a sus dos hijas y a su madre. Está casada con un congolés de familia francesa desde hace más de dos décadas y vive entre el Congo, Francia y Miami. Una de las sobrinas de ese señor congolés es Fadih. Fadih nació en el Congo Brazzaville y es gordísima, debe de pesar unas doscientas cincuenta libras. Su piel es negra como el carbón. A los treinta y tres años usa espejuelos y su familia no le conocía ningún enamorado hasta que apareció Ernesto.

«A Fadih la capturé en el aeropuerto cuando fui a despedir a una española. Llegaba por primera vez a Cuba y se topó conmigo nada más salir por la puerta. Una señal, ¿no? Todo nos va bien», me contó Ernesto aquella vez, en la casa de la playa, y luego se zambulló con estilo en el agua de Guanabo, con un short de nailon corto, ajustado a los muslos, de un amarillo fluorescente.

El viaje de Fadih para asistir a la boda de la prima iba a ser de solo cinco días y terminó en una estancia de dos meses. Su encuentro con Ernesto en la puerta de salida número 4 del aeropuerto internacional José Martí de La Habana terminó por cambiar su destino.

«En esto hay que ser un fiera. La vi medio perdida y le fui encima. Rápido me eché en el bolsillo la dirección donde se iba a quedar y el número del fijo de la casa. Y, claro, siempre saqué mi cara de seductor para ver si la enganchaba.»

Luego, durante todas las noches de esa semana, la llamó por teléfono o se le apareció en los bajos del edificio de la familia para invitarla a sentarse en el malecón. Fadih tomaba cerveza y él, jugo de frutas.

«Dio la casualidad que en ese tiempo no tenía a ninguna jeva aquí y entonces pude dedicarle bastante tiempo para convencerla.»

Fadih finalmente cambió su pasaje de regreso y se fue a conocer Cuba con él. Fueron a Viñales, a Trinidad, a Pesquero en Holguín y terminaron en Baracoa, donde conoció a la madre de Ernesto.

«Con todo ese tiempo pa’ mí, no hay mujer que se me resista. Mueren. Cuando la llevé a mi casa fue un punto a mi favor. Yo sé trabajar a las yumas, le metí por la boca pa’ adentro la belleza de Cuba más mi sabrosura, y ahí se convenció de que yo solo no quería vacacionar, que estaba pa’ una talla formal.»

A principios de la década de los noventa del siglo pasado, con el derrumbe del campo socialista y la desintegración de la URSS, Cuba vivió la peor de sus épocas. De pronto, la economía nacional dejó de recibir las prebendas mercantiles que llegaban en toneladas desde las naciones hermanas para abastecer al país y la isla se hundió en un pantano, insospechado hasta para los peores augurios. La crisis económica comenzó a tragarse, poco a poco, los grandes logros sociales alcanzados por Fidel Castro y la revolución triunfante en 1959. La sociedad cubana empezó a experimentar una metamorfosis.

El hambre, el descontento y la escasez provocados por la contracción de un 36 por ciento del producto interno bruto (según datos del Centro de Estudios Económicos de Cuba, entre 1990 y 1995 cada cubano adulto perdió entre un 5 y un 25 por ciento de su peso), propiciaron el desenfreno y la ebullición de perversiones que permanecían ocultas. La prostitución fue la salida de emergencia a la crisis. Durante ese «periodo especial», unos decidieron aguantar el temporal a fuerza de convicciones. Otros se lanzaron a la lucha por la supervivencia. Así, en esa etapa de salvajismo, donde todo era válido para sobrevivir, y sin respuesta del Estado, nació «el jineterismo».

El llamado «periodo especial» arrasó en casa de Ernesto. Su madre, que tenía un puesto en el Estado, perdió su trabajo por uno de los recortes masivos que se ejecutaron por entonces, y su padre falleció repentinamente de un infarto cuando él tenía solo once años. No le quedó más opción que salir a ganarse la vida siendo un niño, y así fue como se juntó con los muchachones del barrio que iban a la zona más turística de Baracoa a pedir dinero a los turistas. Dejó la escuela, pero al principio no le dijo nada a su madre. Dejó que ella lo despertara todas las mañanas a las seis y media y lo vistiera de pionerito de pañoleta roja. Salía con su mochila repleta de libros pero, en vez de ir a la escuela, escondía la mochila en una casa de dos plantas que estaba abandonada por peligro de derrumbe, se quitaba la pañoleta, se sacaba la camisa blanca por fuera y salía corriendo para la zona de los hoteles y la parte histórica de la ciudad.

«Man, mami se dio cuenta porque yo llegaba mascando chicles y le daba una jaba con panes con jamón y queso y refrescos de latas y monedas de dólares. ¿De dónde yo iba a sacar eso? Ella no me podía decir nada, porque si yo no llevaba esas cosas pa’ la casa, nos moríamos de hambre.»

Un mes después de conocerlo en Guanabo, Ernesto me avisó que andaba por La Habana y nos encontramos para conversar. Nos sentamos en el café Mamainés, en El Vedado. Fadih estaba en París y él acababa de llegar de Varadero, donde había despachado a una alemana que se hacía llamar Judith y que había regresado a su país. Al día siguiente tenía que recoger en el aeropuerto a una inglesa. Esa noche dormiría solo en una habitación de alquiler en el barrio de Miramar y a la mañana siguiente saldría rumbo a un hotel en Varadero con la inglesa, el mismo del que había salido con la alemana menos de veinticuatro horas antes.

Ernesto solo pudo graduarse del nivel de secundaria básica, pero a los catorce años ya sabía comunicarse en inglés e italiano. Había pasado de cazar los ómnibus repletos de turistas para pedirles chicles y sándwiches a merodear por el casco histórico para recomendarles restaurantes y ganar algo de comisión. Pasó de limosnear monedas de 25 y 50 centavos o de a un dólar a vender los billetes cubanos de José Martí y el Che Guevara. Hasta que se percató de que lo que podía darle mejores dividendos era enamorar extranjeras. «A fin de cuentas, ellas vienen buscándonos», me había dicho cuando lo conocí en la playa de Guanabo, dándole la espalda a la familia cubana de Fadih.

Se volvió un políglota de tanto interactuar con extranjeros, y a su repertorio sumó el alemán, el portugués y el francés. Empezó a hacer gimnasia y se montó una fachada de universitario: decía que estaba cursando la carrera de cultura física.

«Man, yo sé que estoy bonito y bueno, que tengo el color que vienen buscando las yumas, pero a nadie le gusta estar con un burro. Fíjate que a veces leo el periódico Granma y veo el noticiero de la televisión pa’ poder hablar del mundo también.»

Un día se decidió y empezó a desayunar sistemáticamente en los cafés caros de la ciudad, a los que acuden los turistas, y en los lobbies y las cafeterías de los hoteles. Pero eso no tuvo más resultado que producirle pérdidas económicas.

«Me di cuenta que ese no era el lugar, que para poder conquistar a las yumas tendría que lucir como cubano: ron en la mano, mover la cintura y las caderas y piropear. Y eso solo se logra en algún lugar donde se baile de noche.»

La carestía imperante tras el «periodo especial» hizo que los cubanos vieran en los turistas a verdaderas minas de oro. Los visitantes extranjeros empezaron a ser, ante todo, una fuente de ingresos, una mercancíaa la que se le podía sacar jugo. El Gobierno cubano intentó, por todos los medios, evitar la proliferación de esas conductas asociadas al turismo foráneo. Así, durante años, el Gobierno de Cuba impidió por ley a sus ciudadanos acceder a los hoteles y a los centros turísticos. Fue un blindaje autoritario digno de preescolar: como los cubanos no saben comportarse ante las visitas, entonces no podrán relacionarse con ellas. No fue hasta 2008 cuando una serie de nuevas legislaciones promovidas por Raúl Castro permitió a los cubanos disfrutar de muchos de esos derechos que tenían los extranjeros, pero aun así no se pudo eliminar ese roce crispado entre los que llegan de afuera a disfrutar de las cosas a las que no pueden acceder los de adentro. Sin percatarse, la misma revolución se pegó un tiro en el pie; enclaustró a los cubanos pero convirtió a los extranjeros en seres superiores, en extraterrestres. De ahí que sea muy común ver, en cualquier sitio, parejas de cubanos y extranjeros descompensadas en amor y sustentadas en el interés económico. Parejas a las que solo hay que poner un ojo encima para saber que uno de los dos bolsillos, el de la mujer o el del hombre, es el único atractivo. Señoras mayores que intentan vestir a la moda y pasean de la mano exhibiendo su última captura: el moreno fortachón caribeño, veinteañero, carismático, de buen bailar, que lleva grelos o trenzas. O el señor lleno de canas que no para de fumar su puro cubano mientras le habla a la morenita delgada de pelo rizado y labios gruesos.

Los jineteros están por todas partes, sobre todo en las zonas turísticas y en los bares de moda, que proliferan en los últimos tiempos. Son verdaderos escuadrones armados a base de labia que han convertido su identidad cubana en una daga punzante que entierran en la carne de los extranjeros que aterrizan aquí en busca de ese ansiado dolor.

Hace más de un año que Ernesto no va a su casa en Baracoa, Guantánamo. Dice que cuando vuelva será para despedirse de su familia y sus amigos, para irse del país y no regresar, porque ya no aguanta vivir en la miseria.

Es un nómada que vive por toda la isla, de un extremo al otro, sin paradero fijo, de casa de alquiler en casa de alquiler, de hotel en hotel, o en casa de los amigos de sus clientas. Su estancia siempre corre a cargo de ellas, y de allí proviene el dinero que todos los meses le manda a su madre. La madre de Ernesto tiene setenta y seis años y una salud de hierro, y el dinero que le manda su hijo lo utiliza para su negocio de dulce de coco rallado en Baracoa.

«Yo soy un profesional y este es mi trabajo — me decía Ernesto, sonriente, en el café Mamainés, y agregaba que, para triunfar y abrirse paso en este mercado tan grande, tuvo que enfocarse y marcar la diferencia —. Hay mucha competencia, mucha gente que se dedica a lo mismo que yo. Como sin grasas, si hay que beber prefiero el ron y el whisky y por todos los medios trato de evitar la cerveza, la tomo solo cuando es necesario y la clienta lo amerita, beso la esquinita del vaso sin tragar mucha levadura, solo me mojo los labios de espuma y eso me ayuda a ir excitando a las jevas. No soy vegetariano pero priorizo las verduras y los vegetales. Hay que mantener la forma.»

Cuando no tiene clientas que atender, trata de dedicarle tiempo a los ejercicios físicos. No hace pesas. Prefiere las planchas, la barra y la paralela, combinándolo todo con varios tipos de abdominales. También sale a correr, sin excederse para no adelgazar demasiado. El cuerpo de Ernesto parece hecho a mano. De la cabeza a los pies es una estatua romana. Su piel es color pardo. Tiene los ojos achinados y el pelo largo, en rizos, que le cae apenas sobre los hombros firmes. A sus treinta y cuatro años, tiene el físico de un gimnasta. Nada de grasa, todo músculo, pero sin exageraciones. Sabe que tiene que ser apetecible para todos los gustos: vive para servir y es un maniquí en exposición permanente. Su objetivo es llamar la atención de cualquier extranjera: rubia, trigueña, negra, china, gorda, flaca, enana, alta. Buscar que le claven los ojos y, a partir de eso, pasar unos días de disfrute, comiendo en restaurantes, en paladares, yendo a la playa y durmiendo en aire acondicionado, para después rasparles a las extranjeras algo de dinero bajo la forma de las comisiones que cobra en los lugares a los que las lleva, o gracias a jugarretas varias (les vende tabaco, ron o cualquier otra mercancía a un precio más alto que el normal). Cuando los días de ensueño llegan a su fin, cualquier cosa, desde unas chancletas hasta un iPhone, sirve como paga.

No hay tarifas. Solo prebendas. Un convenio sutil, casi intangible, que las extranjeras cumplen pero que nunca se menciona.

«De eso no se habla pero la mayoría de ellas lo conocen muy bien, no es necesario firmar un contrato. Hay otras, las pobres, que no se dan cuenta y se desayunan el cuento ya cuando están cogidas por el jamo.»

Si la clienta ha quedado satisfecha con el goce y el buen desempeño del servicio brindado, y si el amorío sigue floreciendo vía internet, hay posibilidad de que todo termine en boda. En este caso, con Ernesto fuera de esta isla. En el país que sea. Eso da igual.

En la parte izquierda del abdomen, Ernesto tiene un tajo que le hicieron con una cuchara afilada durante una pelea en la cárcel. Allí, en la cárcel, y hace más de diez años, fue la última vez que probó pan. Ahora incluso verlo le produce repulsión.

«Man, la última vez que devoré esa cosa ácida fue en prisión, cuando estuve tres años preso en Santiago de Cuba por prostitución y asedio al turismo.»

Vivió tres años en la cárcel de Boniato, en Santiago. En verano, tumbado en una litera, sintió que se derretía con el calor que desprendían las paredes angostas. En invierno sufrió la humedad y extrañó la luz clara y el viento.

—En Baracoa la policía me tenía advertido por estar cerca de los turistas pero yo no les temía. Hasta un día que me confié y saliendo de la casa de la música con un grupo de brasileños, me pararon y me metieron pa’ la patrulla, man, sin hablar. Juicio y tres años por la cabeza. Perdí esa brasileñita, que la tenía loca, estaba frita conmigo. Man, imagínate hombres malos, malos de verdad, luchando por la supervivencia. Y yo era un chama, tenía veintiún años cuando aquello, tuve que ponerme duro, y así y todo llevo esta marca en el cuerpo para toda la vida, quisieron hasta violarme entre dos.

—Pero ¿no escarmentaste?

—Man, todo lo contrario. Yo salí de ahí con más fuerzas, con más ganas de irle pa’ arriba a todas las yumas que me pasaran por al lado, pa’ ver si me sacaban de este país de mierda.

Aquel día, en Viñales, Ernesto dejó a la italiana y salió a buscar a su

francesa.

«En definitiva, la italiana ya se iba al otro día y esa solo viene a fiestear, ahí no tengo opciones de casarme ni que me saque del país.»

Fue hasta la casa en la playa de Guanabo y, cuando abrió la puerta, encontró que toda la familia cubana de Fadih estaba allí. Y ese era un público al que él no estaba acostumbrado; Ernesto siempre monta sus obras para los extranjeros. Antes de entrar tuvo algo de temor, la idea de que su fachada podía quedar al desnudo. Y eso fue lo que pasó.

«Los cubanos saben distinguir perfectamente a un jinetero, pero yo no tengo lío con eso, en este pecho no hay miedo, ellos solitos me hicieron sacar mi repertorio de lujo.»

Aquel día, la familia cubana de Fadih no entendía cómo ella no se percataba del talaje de Ernesto. A sus espaldas, a mi lado, la tía de Fadih decía: «Déjala, que si lo saca de Cuba nada más a dar un paseo, ahí mismo lo pierde». La prima respondía: «Mami, dónde ella va a encontrar un mangón así». Mientras tanto, Fadih tenía marcado el

placer en el rostro, como quien está viviendo un instante sublime. Ernesto se le acercó y le susurró algo al oído. Ella sonrió y le hizo un ademán que terminó en caricia alrededor del cuello.

Las miradas incrédulas seguían a Ernesto a todas partes; lo seguían cuando se levantaba para ir al baño, cuando se llevaba comida a la boca, cuando se quitó la camiseta y se lanzó a la piscina, cuando se le acercaba a Fadih y le hablaba bajito.

«Ese gardeo de la familia es normal porque son cubanos y saben oler. Pero no hay miedo. Cuando uno hace bien la pincha, el resto importa poco, ya esa jeva está enamorada, esto no empezó ni ayer ni hoy.»

Según el Ministerio del Turismo en Cuba, durante 2016 arribaron a la isla unos cuatro millones de visitantes extranjeros, una cifra récord que Ernesto aprovechó al máximo. Las veces que hemos conversado, nunca ha dejado de lado su teléfono móvil. Su lista de contactos es inmensa. «Son muchos años trabajando. Tengo que revisar el correo y Facebook a diario para planificarme y que las yumas no me caigan juntas, ya yo no salgo a cazar mucho, tengo lo mío garantizado y no compito con los demás, tengo mis piezas aseguradas. Para eso llevo años en esto», dijo alguna vez, sosteniendo su iPhone 4 y mostrándome todas las caritas femeninas de su chat de Whatsapp.

«Al principio me costó trabajo porque yo era un tipo tímido, pero mi timidez era verde y se la comió un chivo, man — decía Ernesto en el café Mamainés, antes de explicar con lujo de detalles todo el modus operandi que tiene montado para ser efectivo —. Lo primero es atacar con la mirada, taladrar fuerte con la vista para después ir al diálogo con base, con menos tierra por recorrer. Si una yuma te mira y te sostiene la mirada y luego en cuestión de segundos vuelve por tus ojos, es presa fácil, ya me la puedes ir anotando. Hay que ser bondadoso y empezar delante en la cuenta. Si ella acepta el diálogo, hay que invitar primero, sacar ventaja para luego uno pedir y pedir y pedir y, cuando venga el papel del consumo, tener suficiente confianza encima para dejar las manos abajo y no pagar ni un centavo.»

Entonces, una vez que la presa está encandilada, llega la verdadera exigencia.

«El trabajo es en la cama, lo otro es protocolo, un rigor que hay que cumplir.»

Según Ernesto, muchas vienen buscando el calor del Caribe y ese calor significa buenas dosis de sexo. Y hay que dárselas. Sin clemencia, sin piedad. En la noche, en la mañana, antes del almuerzo, después del almuerzo, en el baño, en la cocina, en la cama, en el piso, detrás de un árbol frondoso, de un arbusto, en una escalera.

«Man, hay que volverlas locas: seis, siete, ocho veces al día y se enganchan facilito. Nadie en el mundo hace eso, nada más los cubanos. ¿Que cómo puedo? A mente, man, me enfoco, me concentro, yo estoy teniendo sexo pero no estoy pensando ni mirando sus tetas sino en lo que ese cuerpo me va a reportar cuando ya no esté debajo de mí. Profesionalismo, man, profesionalismo. Lo poco que yo tengo se lo debo a mi pinga, a más nadie, man, a más nadie.»

Pero ninguna de las extranjeras de la larga lista de Ernesto imagina cómo fue que el hombre se volvió un experto en el arte del sexo.

—Después que uno coge una gallina y la clava hasta que cacaree bien alto, después que uno sofoca a una puerca o una chiva, ya uno está listo pa’l combate, man. Eso nada más se aprende de chamo en Oriente, en el campo. Los animales la tienen más caliente que las mujeres y ahí es cuando uno aprende a controlarse y a no venirse

rápido.

—¿Llevas la cuenta de la cantidad de extranjeras con las que te has acostado?

—No, man, ojalá. Siempre me arrepiento de eso. El otro día un socio me preguntó eso mismo y no supe decirle. Pero el numerito debe estar bien alto porque no escatimo, todo lo que huela a yuma me la fumo, y mientras más fea y más gorda mejor, esas son las que más faltas de cariño están.

En julio de 2016, Ernesto viajó a Baracoa y estuvo una semana en su casa. Cuenta su madre que no salió ni siquiera una noche, y que cuando lo hizo fue solo para ir a conectarse a internet en la wifi del parque del casco histórico. Pasó esos siete días sentado en el butacón de la sala, mirando por la ventana, dándole vueltas a una alianza de oro que llevaba en el dedo anular de la mano derecha.

«Me dijo que venía a despedirse, que se había casado y que se iba del país con aquella francesa que me había presentado hace un año atrás. Yo realmente no recuerdo cuál de las francesas era.»

Texto publicado originalmente en español en la antología editada por Leila Guerriero Cuba en la encrucijada (Debate, 2017) que se publicó también en inglés como Cuba on the Verge (HarperCollins, 2017)