Alfonso Reyes elegía la vida, antes que la literatura, pero se autorretrataba como una persona irremediablemente torpe, que trastabillaba al dar cuerda a su Kodak o al calcular la cantidad precisa de carne y grasa que debía tener el jamón.

Alfonso Reyes / Foto: Literal Magazine

Alfonso Reyes fue un escritor muy retratado: hay rostros suyos en la obra de David Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro, Manuel Rodríguez Lozano, José Moreno Villa, Raúl Anguiano y Angelina Beloff. Me gusta pensar que, más que de cualquier egolatría, esas piezas hablan de la presencia de las artes visuales en la obra de Reyes, de su amistad con tantos artistas y, a la vez, de su gusto por el autorretrato, lo mismo en la pintura que en la literatura. Su propia literatura, para empezar.

La prosa de Reyes registra muchos autorretratos morales. En la «Oración del 9 de febrero» y en «Pasado inmediato», en su correspondencia con Martín Luis Guzmán o con Jorge Mañach. Pero también hay autorretratos físicos, cotidianos, donde la persona y el cuerpo de Reyes emergen a una visibilidad que en sus ensayos más sesudos, los estudios helénicos o los textos de teoría estética tipo El deslinde o, incluso, en Visión de Anáhuac o La experiencia literaria, permanecía vedada al lector.

La antología La cosa boba. Prosa incidental (2019), reunida y prologada por Jesús Silva-Herzog Márquez y coeditada por El Equilibrista y la Universidad de Nuevo León, presta especial atención a un tipo de ensayo, en Reyes, que pone el yo y la cotidianidad del escritor por delante. Desde el temprano texto «Horas áticas de la ciudad», en 1910, Reyes jugaba con una escritura en primera persona que no temía colocar dentro de una «obra menor», que «suele ser la más humana y sincera» porque «divierte sin asombrar, interesa sin fatigar y sana en suma al espíritu, curándolo de posturas difíciles».

Reyes ponía entonces muy pocos ejemplos de lo que consideraba «obra menor»: los Adagios de Erasmo, Días geniales y lúdicros de Rodrigo Caro, La filosofía vulgar de Juan de Mal-Lara o El sobremesa y alivio de caminantes de Lope de Rueda. De la copiosa obra de Reyes, que en su totalidad misma no pocos han pensado como «obra menor», Silva-Herzog compone un libro imaginario donde leemos un autorretrato de cuerpo entero del escritor mexicano.

Aquí habla Reyes, en primera persona, de su trabajoso uso de las cámaras Kodak —a las que había que dar cuerda y que imagina como el «nuevo Laocoonte» de la cultura a inicios de la pasada centuria—, de una comida con Diaghilev en el restaurante Savoy de Londres, seguida de un ensayo de ballet ruso con Stravinsky al piano, de las desdichas de los impresores, del desorden de su casa, de sus dificultades para comprar jamón en la carnicería —«no tengo la menor idea de los pesos ni de las dimensiones, de lo que puede ser un metro ni un cuarto de kilo de nada, de nada»— y, sobre todo, de los libros y sus enemigos, las enfermedades de la lectura, las citas y los epígrafes, los cuadernos de apuntes, el correo, los temperamentos de los escritores y la microbiología de la literatura.

Uno habría esperado de Reyes, un hombre que fue todo lectura y escritura, una defensa fetichista de los libros. Pero aquí leemos un elogio del correo —«en torno a la modesta estampilla giran todas las energías de la civilización»— y, a la vez, un rechazo a lo que llama el «mal de libros», esto es, una enfermedad que consiste en «leer para escribir», que «seca el cerebro» y hace que los «autores no pisen el suelo». Leer, exclusivamente, para escribir, pensaba Reyes, era «el mayor y verdadero mal que causan los libros».

Reyes elegía la vida, antes que la literatura, pero se autorretrataba como una persona irremediablemente torpe, que trastabillaba al dar cuerda a su Kodak o al calcular la cantidad precisa de carne y grasa que debía tener el jamón. Mucho de pose retórica había en aquel autorretrato, aunque uno de los flancos más claramente vitalistas de estas prosas se encuentra en sus poco conocidos apuntes sobre política. El supuesto apoliticismo de Reyes, todo un lugar común que persiguió su obra, sobre todo, en el arranque de la Guerra Fría, se deshace en estas páginas.

En una pequeña prosa en la que reconstruye diversos pasajes sobre el vuelo y los graznidos de las grullas, como símbolos del invierno, en Hesíodo, Homero y Dante, Reyes agrega que la mayor parte de las charlas supuestamente políticas tratan, en realidad, sobre el tiempo, no el clima específicamente, sino el tiempo. Ahí alerta a quienes, en los medios letrados, se enojan con los que sólo hablan de política. No hay que aborrecer a la ligera a quienes se la pasan hablando de política, porque, recuerda Reyes, Mecenas y Horacio se pasaron ocho años seguidos hablando del tiempo, mientras decían hablar sobre el poder.

En otro texto, rescatado por Silva-Herzog Márquez, titulado «El sentido de la política», y aparecido en 1919 en El Sol de Madrid —el mismo periódico donde publicaba José Ortega y Gasset—, Reyes se oponía a la tesis de que el gobierno ideal era la dictadura ejercida por un hombre culto y virtuoso. Pudo haber sido así, en tiempos de las monarquías absolutas o los despotismos ilustrados, pero en el siglo XX, como demostró el «fracaso» de la dictadura de Porfirio Díaz, no había otra opción que «desarrollarse dentro de una atmósfera democrática».

En democracia, agrega este Reyes pensador político, «gobernarse a sí mismo quiere decir algo muy preciso; quiere decir educarse para un cambio continuo y fácil de los hombres en los puestos públicos (no en los técnicos), entregando al resultado de los sufragios y a la mecánica constitucional el decir periódicamente estos cambios, de modo que la función de gobierno interese a todos de un modo, a la vez, normal y no exclusivo». Por si hubiera alguna duda de lo bien que entendía Reyes la democracia moderna, citaba al vizconde británico James Bryce, quien en su estudio sobre Estados Unidos sostenía que ese régimen político era esencialmente democrático porque permitía que personas sin «cualidades personales extraordinarias», como James Polk o Franklin Pierce, llegasen a la presidencia.

Para Reyes no había duda de que, en democracia, era preferible el gobierno realista de Sancho Panza en la ínsula Barataria que el del utopista don Quijote en el territorio de la Mancha. No quería eso decir que la democracia careciera de una dimensión utópica, ya que su ideal no era otro que la extensión de la igualdad y la libertad al mayor número de personas: «la democracia es una concepción del mundo, fundada en la creencia de que todos los ejemplares de la especie humana poseen igual dignidad, y considera la función de gobierno como el comer y el dormir, como el lavarse las manos y asearse la boca, que aunque muchos no lo hagan, todos y cada uno debemos hacer por nosotros mismos».

La democracia, según Reyes, tenía que ver, en resumidas cuentas, con la higiene. Una observación que adelantaba algunos argumentos de su Cartilla moral (1944) y que en La cosa boba aparece de distintas maneras. A una revista colombiana, el escritor respondió un cuestionario con una descripción de su «anatomía espiritual»: la frente, los ojos, la boca, el corazón, el vientre, las manos y los pies. Estos últimos tenían que ver con la tierra que pisaba, lo mismo en tiempos de exilio que de diplomacia. México era donde estaban plantados los pies de Reyes, pero a la vez que afirmaba un mínimo de patriotismo, confesaba su horror a los «manifiestos», «plataformas» y «programas», que le parecían «atentados contra la plasticidad necesaria de su ser». Otra vez, la higiene.

También lanzaba una plegaria por el agua y exploraba las paradojas de la piel, en dos textos que remitían inevitablemente al ritual del baño. Las democracias y, algo anterior a ellas, las repúblicas, necesitaban cuidar el lenguaje, ya que, de no hacerlo, se enturbiaba la intelección de la vida cotidiana. También debían evitar la «comititis», un síndrome típicamente burocrático que consistía en crear un comité para cualquier cosa, una «enfermedad sobrevenida en el seno de la noción democrática», que actúa como una «fuerza disgregadora que debilita al hombre y al grupo y amenaza a la institución y al individuo».

Otra fuente de perturbación para la higiene democrática es lo que Reyes llama «proselitismo», pero cuyo significado puede extenderse a la demagogia. Se trata, según el escritor mexicano, de una de «las condiciones más repelentes y antipáticas» de la vida pública moderna. Las dos instituciones más proclives a ese mal eran, a su entender, las iglesias y los partidos. Las primeras lo practicaban con «untuosidad» y las segundas con «astucia», pero tanto en ellas como en cualquier modalidad de caudillismo, la demagogia se alimentaba del inevitable choque binario de las fuerzas políticas en pugna.

Como se desprende a simple vista, las prosas de Reyes que trataban sobre nimiedades o boberías, entrañan una exploración de su persona que desemboca en un discurso sobre la democracia. Persona y democracia, como en el clásico de María Zambrano, son invocaciones simultáneas en este libro, donde el escritor muchas veces se presenta como clínico. Un clínico que, sin embargo, se dice «enfermo de tinta débil» y se cree protegido por la buena estrella de la cortesía mexicana. Reyes, en suma, como superhéroe letrado que mantiene a raya las incursiones del mal en la vida privada y la pública o que, al menos, lo reduce a sus formas mínimas o menos malignas.