Ilustración: Frank Isaac García

Ilustración: Frank Isaac García

No me fue tan mal. Pudo haber sido peor. Mucho peor. Al menos en esta tercera prueba de datos móviles de Etecsa (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.), clasifiqué entre los afortunados que lograron acceder a Internet desde su celular y pude hacer hasta tres videochats por Facebook: menos de una hora entre los tres, no sin que la imagen se congelara en par de momentos.

En las dos pruebas anteriores que Etecsa regaló a sus clientes de telefonía móvil prepago, ni siquiera logré conectarme, o si lo logré, nunca me di cuenta. No sé si marqué un número erróneo en el procedimiento que activa el servicio –aunque siempre me salía el feliz letrero de que mi operación había sido realizada con éxito- o si fui impaciente. Hoy me inclino a creer que debió haber sido impaciencia la causa de mi fracaso.

Yo había tenido una experiencia con datos móviles en Berlín dos años atrás, con el mismo celular Samsung con tecnología 3G que utilizo ahora, y creía que bastaba con presionar dos flechitas para comenzar a recibir, de inmediato, mensajes por Whatsapp y Messenger, notificaciones de Facebook, propuestas de actualizaciones. Para comenzar a recibir Internet en mi vida. Y ese antecedente acabó siendo nocivo, porque me traería a Cuba una idea equivocada.

De los experimentos del 14 y 22 de agosto (de menos de 24 horas cada uno) me enteré a tiempo, es decir, me enteré antes de que concluyeran, a pesar de que el primero no lo anunciaron oficialmente y Etecsa solo liberó un comunicado, el obituario de dicho experimento, cuando la magia había acabado. Pero cuando yo vi que, después de haber habilitado exitosamente el servicio y activado los datos móviles, mi teléfono no reaccionaba, permanecía silencioso, aburrido, triste, me di por vencida. Pensé que había algo mal con él o sus configuraciones.

La diferencia en esta tercera prueba fue la paciencia, o más bien esa combinación formidable de paciencia y fervor con que una se enfrenta a una cola para comprar en un agromercado cuando inicia la temporada de papas en Cuba, o para comprar papel sanitario, o detergente de lavar, o carne de puerco, o cualquier cosa; con que una enfrenta la escasez y la cultura de la escasez.

Una cola de papas, y no Berlín, es el referente apropiado para ensayar el acceso a Internet por datos móviles en Cuba. Lo importante es ansiar sin sucumbir en la desesperación, precaver pero preparase psicológicamente para el surgimiento de imprevistos, simultanear la espera con otras actividades relajantes. Entonces es posible que te vayas a casa cargando una jaba con papas.

En este caso, yo quería asegurar mi cuota de megabytes. La buena de Etecsa, en un post que publicara en su perfil de Facebook el 6 de septiembre había explicado lo siguiente:

A partir de las 0 horas del día 8 todos los servicios móviles tendrán habilitado un paquete de 50MB sin costo y los usuarios no tendrán que gestionar su adquisición. Una vez consumido ese volumen, tendrán la posibilidad de un segundo paquete de prueba con otros 50MB adicionales que sí deberán adquirirlo, por cualquiera de las dos vías existentes para ello: desde el portal MiCubacel (https://mi.cubacel.net), previo registro o marcando *133*1*3#”. 

A las 11:47 de la noche del viernes, a mi regreso a casa del concierto de Pablo Milanés en el teatro Karl Marx, me coloqué en modo esta-vez-yo-sí-voy-a-chatear-desde-mi-cama. En una wifi de parque, con mi cuenta Nauta de siempre, de un peso convertible la hora, me conecté a Internet y entré al perfil de ETECSA_Cuba.

Yo sabía que ETECSA_Cuba había explicado que los interesados en participar dispondrían de un total de 100 MB, que podrían usar “desde las 00.01 horas del sábado 8 de septiembre hasta las 23: 59 del lunes 10 de septiembre”, pero me interesaba repasar las recomendaciones “para el mejor disfrute de los datos móviles” e, incluso, leer los comentarios que la gente había estado dejando.

La tecnología y yo nunca hemos dialogado con fluidez. Por lo general, para comprender las instrucciones de algo necesito invertir más tiempo que el que la mayoría de las personas invierte. Al final comprendo, pero del principio al final hay un largo trecho, y muchos desaciertos.

Nueve minutos después de las doce, ya en mi celular había recibido el siguiente mensaje: “Ha comprado un paquete de 50MB vence 10-Sep-2018 23:59:59, se activará con el primer uso. Se ha descontado 0.00 de su cuenta principal. Su saldo actual es 0.01”.

Esa premura sería completamente innecesaria, luego me enteraría de que ese paquete podía “comprarlo” una vez que consumiera los primeros 50MB que Etecsa asignaba, sin necesidad de marcar *133*1*3#, porque, a diferencia de las papas, nadie iba a irse a ninguna parte con mis datos en una jaba, pero el caso es que entre mis limitaciones tecnológicas y las secuelas que el subdesarrollo deja en la mente de cualquiera, me lancé a acaparar los megabytes que me tocaban tan pronto comenzaron a correr las 72 horas de la prueba, porque temía que se fueran a acabar.

En Cuba cualquier cosa es posible. ¿Y si en el transcurso de viernes para sábado alguien del Comité Central del Partido Comunista de Cuba tenía pesadillas con el imperialismo y amanecía con la idea fija de que las pruebas de datos móviles gratuitas iban en contra de la moral de una sociedad socialista y decidía interrumpirlas o no permitir la adquisición de paquetes a más personas que las que ya habían adquirido el suyo en la madrugada? ¿Eh? Estoy segura de que no fui la única que pensó en eso.

Una aquí ha desarrollado cierta tendencia a la paranoia, pero no infundada. En este país un ciudadano se acuesta a dormir un día con el dólar penalizado, pudiendo enfrentar hasta varios años de cárcel por portar un dólar, y despierta al siguiente con el dólar despenalizado.

En los últimos años, con el proceso de “actualización del modelo económico cubano”, que ha permitido cierto auge de negocios privados, no ha sido distinto. Un día caminas por la avenida Carlos III de La Habana, y los portales de las viviendas están colmados de negocios privados de venta de ropas de muy mal gusto importadas principalmente desde Ecuador y, a la semana siguiente, los mismos portales de las mismas viviendas están pelados y solo queda la ropa de mal gusto del Estado, mucho más cara, dentro de su centro comercial. Y lo mismo pasó con las salas privadas de proyección de películas en 3D que surgieron: ¿las ves?, ya no las ves.

A las 12:09 a.m. del sábado 8 de septiembre, Internet no era solo Internet para mí, 100 MB no eran solo 100 MB. Yo me sentía frente a un portal que conducía a la libertad, al futuro, que solo duraría abierto tres días, y al cual millones como yo iban a querer entrar al mismo tiempo. No podía volver a quedarme en el umbral. Era una cuestión reproductiva –aunque quizá era simple orgullo– conectarme con datos móviles desde mi celular.

En las primeras horas, todo intento fue inútil. Me acosté a dormir como a las dos de la mañana sin haber conseguido acceder a Internet ni un minuto. Haber llegado puntual a la prueba no sirvió de nada, no me dio ninguna ventaja. Tampoco la “compra” precipitada de los 50MB; que, por suerte, tampoco repercutiría negativamente en mi cuota, pues en lugar de gastar 50 primero y otros 50 después, gasté 100 de una.

Me vine a conectar por primera vez al amanecer del sábado, sobre las nueve. Me despertó el sonido de las notificaciones de IMO, ese silbido que avisa que alguien en tus contactos se ha unido a la aplicación. Aquello fue la felicidad, no Internet per se sino el hecho de haber logrado participar en la prueba de Etecsa. Sin embargo, cuando consumiera hasta el último de mis 100MB, no me sentiría desahuciada de la magnífica nave del progreso, como me había sentido al dejar Berlín dos años atrás, sino profundamente aliviada de bajarme del artefacto comandado por Etecsa.

El principal problema de la prueba de 72 horas era que no funcionaba las 72 horas. Y tampoco Etecsa especificaba los horarios precisos en los que iba a funcionar, si es que eso era posible. No podías decir: voy a dedicar la tarde del sábado a hablar con familiares y amigos emigrantes, o a perder el tiempo revisando las tonterías que la gente publica en Facebook, o a ver videos de cosas insólitas en YouTube. No. En la tarde del sábado era muy probable que no consiguieras acceder a Internet a ninguna hora y que, si lo conseguías, fuera por pocos minutos.

Mi celular, por ejemplo, permaneció durante casi nueve horas conectado a la corriente y con los datos móviles activados, intencionalmente, sin que estableciera conexión; lo cual no debe entenderse como que no hubo conexión para nadie en ese intervalo sino como que no hubo para mí. No siempre en el mismo momento en que mi celular se conectaba, se conectaba también el de otras personas en La Habana, y así.

Cuando Internet se manifestaba, yo interrumpía lo que estuviera haciendo e intentaba comunicarme con alguien “del otro lado” que apareciera en línea. A veces no tenía nada de qué conversar, pero la oportunidad había que aprovecharla. Con Internet pasaba lo mismo que pasa con algunos productos subsidiados que integran la libreta de abastecimiento: la gente, aunque no los necesite, los compra para no perderlos.

Entonces, de repente, una conversación con mi hermana en Las Vegas –que para colmo tiene diferencia de horario con respecto a La Habana– se convierte en una “conversación” con mi sobrina de ocho meses que por supuesto no habla, pero se ríe, y yo me pongo a hacerle payasadas; o una conversación con una amiga en una beca en Washington se convierte en un recorrido por la casa donde está residiendo, que empieza por el refrigerador con todas las cosas ricas de comer que guarda adentro y a ella le han engordado. Pero lo doloroso es que, cuando por fin logras establecer un hilo de conversación, un tema, la conexión desaparece.

Lo que es a mi padre yo no le vuelvo a avisar de otra iniciativa similar de Etecsa. Mi padre es hipertenso, además de diabético, y a pesar de que no se advirtió que la prueba no era recomendable para personas hipertensas, o que padecieran del corazón, o de los nervios, o que sencillamente tendieran a sufrir estrés, la experiencia sugiere que esas personas deberían esperar a que se optimizara un poco más el servicio para participar en próximas pruebas, si las hubiera.

Desde principios de 2017, Etecsa emprendió un proceso de implementación y desarrollo de la tecnología 3G en el país, que, según sus funcionarios, permitirá ofertar el acceso a Internet por datos móviles; pero aún no ha precisado fechas de inicio, ni tarifas. Lo que sí sabemos es que las demostraciones realizadas entre agosto y septiembre de este año prometen lo peor. En esta última, por ejemplo, en las 72 horas que duró, no solo hubo dificultades para conectarse sino también para comunicarse mediante llamadas telefónicas y mensajes.

La empresa, en una nota informativa del 9 de septiembre, dijo en su defensa que “la demanda cursada durante la prueba es superior a la demanda real que existirá en el momento de apertura del servicio”. En la prueba, según la misma nota, participó más de un millón y medio de personas.

Desde luego, ese millón y medio no se conectó, en su totalidad, de manera simultánea, ni eficiente. En los más de dos mil cuatrocientos comentarios dejados a una publicación de Etecsa en Facebook del 8 de septiembre, en la que pregunta a sus clientes su percepción sobre la última prueba, abundan los testimonios de participantes inconformes, que no lograron conectarse o que lo lograron con inestabilidad y lentitud. Y, de acuerdo con los resultados de una encuesta en la que participé, del medio estatal Cubadebate, el martes 11 de septiembre, apenas el 25 por ciento de los encuestados declaró haber consumido los dos paquetes de 50MB gratuitos.

El domingo 9 de septiembre, al mediodía, ya a mí me quedaba menos de un megabyte disponible y mi celular había dejado de emitir señales de conexión. La realidad volvía a ser la de antes, la de siempre. Fue entonces que, ya libre de adrenalina, me puse a escribir y a pensar en las papas, en las colas para comprarlas y, pensando en eso, me di cuenta de que no podía acordarme cuándo había sido la última vez que había estado en una. No porque no haya necesitado papas sino porque decidí no ser esa persona que una debe ser para sobrevivir en una cola de papas.

Quizás el novio de un amigo mío tenía razón: no hay que prestarse para ese juego.

Pero no me recrimino por haberme lanzado a la prueba de Etecsa como se lanza un perro hambriento a un trozo de carne. Probablemente, si la repiten, vuelva a lanzarme. La paciencia no es lo más difícil de mantener en Cuba, sino la lucidez.