Foto: Bruno Grappa

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Conocí a Fabián Casas, pero no él a mí, una noche cualquiera del otoño de 2016, en un decadente bar de tangos del fragoroso centro de Medellín. Yo había entrado con una amiga a aquel lugar sumido en penumbras, y en una de las mesas distinguí rápidamente, a pesar de que nunca antes lo había visto, su silueta inconfundible, la misma extraña silueta que adoptan todos los poetas que por alguna razón continúan vivos, pero a quienes uno ha leído como si estuvieran muertos, justo porque hay un plano en el que ya lo están.

Seguí observándolo por un rato, pero no sacaba en claro demasiadas cosas. A pesar de que se movía y gesticulaba, Casas se mantenía en una posición oblicua respecto al mundo. Todo lo que puedes llegar a distinguir algún día de un poeta verdadero es su silueta, aprendí ahí. No me acerqué ni le dije nada, por supuesto. No hay nada que decir en esos casos. De hecho, bien es sabido que lo mejor es no encontrarse nunca con alguien que en algún momento haya sido fundamental para uno.

Encerrado en algún soporífero cubículo estudiantil de La Habana, yo había leído a Casas con estricta disciplina juvenil, tanto los poemas de Salmón como los ensayos de Bonsai, y durante aquella temporada me pareció siempre que el tipo me estaba alertando de peligros que no era que yo no supiera cómo enfrentar, sino que no sabía siquiera que existían.

Hace dos semanas, a través de un editor y amigo en común, le lancé el anzuelo a Casas, y un viernes en la tarde, pocas horas antes de que me fuera de Buenos Aires, después de unos días en la ciudad, acordamos una cita en el bar Balcarce, ubicado en la esquina de Álvarez Thomas y Teodoro García. Llevaba unos lentes en la cabeza, la barba entrecana, una camisa color crema, y en la muñeca derecha un reloj azul y rojo que parecía de juguete.

Fue cercano, afable, bebió café.

-Parece haber en ti una especie de recelo o distancia hacia el rol profesional del escritor o del poeta.

-Me cuesta mucho tener que asumir los lugares retóricos de la literatura. Dar entrevistas cuando sale un libro, por ejemplo. No experimento ningún placer. Creo que está relacionado con cierto cansancio por tener que responder a determinadas formas que proponen las estructuras del mercado. La literatura como un objeto de consumo, ¿no?

Tampoco soy ingenuo, sé que vivimos en un mercado, el mercado lo ha invadido todo, el capitalismo te persigue hasta debajo de la cama, y yo necesito ganarme la vida. Hago las ruedas de prensa con cada libro. De hecho, en México, el año anterior, tuve una entrevista con un periodista y yo estaba tan pasado de rosca que todo terminó muy mal.

-¿Mal cómo? ¿Áspero?

-No, muy buena onda, pero ya había tenido muchas entrevistas y evidentemente me estaba costando y le corrí al tipo y le dije: “Mirá, sabés qué, te pido disculpas pero no me interesa hablar de literatura. Yo me separé, estoy en el duelo, estoy tomando Prozac, pensando cómo enfrentar y superar el dolor”, y el tipo entró en eso y me contestó desde ese lugar. Me dijo que se había separado cuatro veces, se emocionó. En un momento me dijo: “Estás llorando”. Y yo ni cuenta me di, y estaba llorando a través de los Ray-Ban que traía puestos. Eso en un estudio en medio de la Feria de Guadalajara.

Me sirvió mucho más explayar lo que me pasaba que sostener el rol de escritor y debatir sobre los libros que se estaban publicando en México. La entrevista se viralizó. Igual no fue productiva para alguien que buscaba información sobre el libro, pero fue mucho más honesta para mí.

El escritor se puso a llorar, el entrevistador también, porque evidentemente yo lo conecté con un montón de partes de su dolor. La gente se conecta.

-Igual una entrevista sui géneris como esa promociona más al autor.

-Sí, pero no es premeditado. Un escritor puede ir a la Feria del Libro y mear delante de todos, como hace Bukowski, y vos sabés lo que estás haciendo. Primero, sos inmediatamente absorbido por el sistema, no es un acto político. Para mí los actos políticos son inesperados y difíciles de asimilar. Yo la verdad es que no busco nada de eso. Yo sería muy feliz si pudiera prescindir de la estructura de tener que representar ser escritor, lo que no quiere decir que no me gusta que me lean, me encanta que me lean.

Foto: Bruno Grappa

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-¿Habría algo inmoral en regodearse en esta idea del triunfo tal como lo conocemos, en esta idea del éxito?

-No sé si sea algo inmoral, pero a mí me lleva a un lugar de hastío y medio banal, ¿viste?

-Cuando eras más joven, cuando eras un autor inédito, cuando no tenías ciertas cosas que hoy tienes, ¿tuviste esa ambición? ¿Perseguiste el éxito?

-Quería ser el mejor poeta de todos, quería ser famoso, que todas las chicas se enamoraran de mí. Buscaba todo eso. Yo pienso que cuando crecés, si no sos muy tonto, algún tipo de sabiduría adquirís, y te das cuenta de que hay un montón de lugares que te ponen en zona de esclavitud, que es una zona donde vos tenés que representar un poder. Yo soy esto, yo soy lo otro. Muy agotador.

-La ambición de juventud también es angustiosa de alguna manera.

-Sí, pero me parece que es productiva en su momento porque el escritor tiene que tener algo que lo instale. El escritor o quien sea. La gente que le pone expectativa a la literatura es muy frustrada, porque nunca nada es suficiente. Te dan el Nobel y querés el Óscar. Te dan el Óscar y querés el premio Júpiter. Te dan el premio Júpiter y querés el premio de la galaxia de Andrómeda. Es una escala que no termina nunca. En cambio, a medida que vas creciendo, empezás a ver que hay otras formas de habitar el mundo, más productivas que la cosa de tener que ser alguien.

Me gusta más una trascendencia espiritual que una social. Tengo mucho respeto por la gente que no tiene deseos de trascendencia social. Ellos son los verdaderos budistas. La gente que en la noche lava los trastes después de comer, saca a pasear al perro, sale con amigos. Si está en pareja, está en pareja. Si no está en pareja, no está en pareja. Me parece que es una especie de reino.

-¿Cómo se relaciona el karate, que practicas desde hace años, con tu literatura?

-Se relaciona directamente con mi vida, no con la literatura. Mi papá me internó a los 21 años por consumir drogas, estuve a punto de morir. Me curaron, y tuve que empezar a consumir algo físico que me produjera endorfinas para poder suplantar la droga. Si consumo, por la noche se enteran de que tomé la Casa de Gobierno. No puedo hacer eso, el adicto ya lo sabe.

Entonces empecé a hacer ejercicios, hasta que una periodista me recomendó el karate, porque le parecía que mi literatura tenía algo de oriental. Fui un día y ya nunca más salí del dojo. Lo hago a diario y tengo 52 años. Los japoneses son intensos, y yo soy malísimo, no soy el Messi del karate. Todos los días tengo que aprender un idioma que no conozco, y me ayuda.

-¿De qué manera?

Tengo una falla en el estado de ánimo, ¿viste? Desde chiquito soy muy schopenhaueriano. Para mí la vida es un infierno. La vida social, digo. Porque la vida, en sí, es, solamente.

Después sabés que todas las cosas que vos querés se van a ir, y que vos también te vas a ir. Entonces tenés que hacer un trabajo espiritual para poder soltar y poder apreciar los momentos con tus amigos y tus seres queridos. Y estar presente. Yo estoy ahora con vos que recién te conozco y estoy presente, ¿viste? No estoy aquí haciendo otra cosa. Inclusive para contestar un mail. Puedo demorarme una semana. Pero contesto cuando siento que le voy a contestar a esa persona, atento a lo que se dice y a lo que hago.

Yo no estructuro mis clases mucho. Si las estructurás, no estás presente. Llevo breves cosas que sé que quiero dar, pero escucho al compañero y ahí vemos por dónde vamos. Aceptar que puede haber momentos de aburrimiento, ¿viste? Momentos de incertidumbre. Ahora escribo obras de teatro, que no sé cómo se hacen.

-¿La idea del error no te asusta?

-Te diría incluso que busco eso. Estoy absolutamente en contra de la originalidad. Me parece que es una idea completamente improductiva. Buscar ser original es una estupidez. Yo le digo a mis alumnos: “Agarren los poemas del otro y agreguen ustedes, roben, roben”. Una vez (Juan José) Saer me dijo: “¿Para qué vas a robar un kiosco, si podés robar un banco? Robále a los mejores”. Estoy a favor de eso. Construir tu voz con la voz de los otros.

No me gusta tampoco lo imposible, prefiero lo inesperado. Me parece que lo imposible es siempre traumático. Cuando Jesús resucita a Lázaro… ¿viste que llega tarde? Ya se murió, entonces tiene que hacer lo imposible. ¿Y sabes cómo terminó Lázaro? Se suicidó. Porque estar muerto y que alguien te resucite es algo horrible.

-Quizá todo lo que hoy conozcamos como original viene de algo que en su momento fue considerado un fallo, un error.

-Probablemente. Yo me acuerdo que cuando tenía siete años estaba enamorado de mi tía Cristina, que era una bomba, pero ella estaba enamorada de mí tío Horacio. Un día me dijo que él le había compuesto una canción. “¿Qué canción te compuso?” “Una canción que dice ‘tu nombre me sabe a yerba’”. Le digo: “Sentate, que te voy a mostrar algo que te va a devastar”, y le pongo Tu nombre me sabe a yerba. Y escuchó la canción y dijo que Horacio era un genio. Lo valoró todavía más, porque era capaz de inventarse para ella que había compuesto una canción. Ahí me di cuenta de que la originalidad era una estupidez, fue mi primera enseñanza.

-¿Te ha dolido la muerte de alguien que no conoces?

-No conocí a Spinetta, y cuando murió, y sabíamos que tenía cáncer y que iba a morir, me fui llorando al aeropuerto mientras manejaba. Yo no me conecto mucho con ser argentino, pero me conecto con ser spinettiano, que es algo de ser argentino que me gusta, algo muy puntual. Spinetta me permitía vivir en un mundo más feliz. Tenía el antídoto para contrarrestar la hostilidad del mundo. Inclusive había un montón de cosas de su pensamiento con las que yo no estaba de acuerdo, pero también me parece bueno eso. Tener un vínculo real con las personas, no ideal, porque los vínculos ideales fracasan. Desconfío de los personajes estables, ¿viste? Pensá en Wynona Ryder en Stranger Things. Está loca desde que empieza la película hasta que termina. Esos personajes aplanan la narración. Pensemos en Tolstoi, pasa lo opuesto. Cualquier personaje suyo es inestable. Vronski de golpe es Brad Pitt, de golpe es un genio, de golpe es un estúpido, de golpe es un tipo que se carga a toda la sociedad por un amor. El marido de Ana Karenina de pronto parece un tipo gris, conservador, pero Ana Karenina tiene un problema grave de enfermedad y, a pesar de haberlo engañado, él muestra su humanidad. Tolstoi logra captar eso.

-Las personas que más quiero son también quienes más me han hecho enojar. Mis padres, mi novia.

-Si vos querés fijar a la gente en una sola frecuencia, no podés. Vos mismo: ¿cuántas personas sos en un día? Las personas, desde que se levantan hasta que se acuestan, quieren que el día se entienda, y los mejores días son los que no se entienden. En toda tu vida tenés cinco canciones, y para mí hay que hacer un trabajo espiritual para lograr siete, ocho. Tener antes de morir un par de surcos más en ese disco, porque si no siempre repetís la misma canción. Entonces cuando vas a karate, cuando estás con tus seres queridos, generás un nuevo surco para que alguien pueda componer una canción en él. Pero hay que trabajar en eso. No soy un iluminado. Veo gente que sí tiene el don, que está siempre en estado de servicio.

-Algo que no pasa por el pensamiento.

Si, algo así. Gente que lo trae natural. Hay que ocuparse en vez de preocuparse. ¿Cuánta veces te pasó que estás preocupado por cosas que no te van a suceder nunca? Eso en el budismo se llama los monos de humo, todas esas cosas que están ahí para agobiarte y que después te das cuenta que te hicieron perder la semana.

-¿En algún momento has conectado con la muerte de alguien que murió antes de que tú nacieras?

-¿Viste que cada vez que muere un Dalai Lama hacen una prueba para ver en quién el Dalai Lama reencarnó? Yo soy muy lector de Montaigne, lo estudio y lo leo mucho. Después hice la prueba del Dalai Lama y me di cuenta de que Francis Ponge es la reencarnación de Montaigne. No se puede sostener esto desde ningún lugar, pero yo estoy convencido, por su obra, por su vida, y por las cosas que hizo, que lo que hay es una reencarnación.

De la misma manera, pienso muchas veces que las bibliotecas son las formas que tiene el alma de reencarnar. No creo en la reencarnación del alma, pero sí de las bibliotecas. Muere alguien, y esa biblioteca se vende, y va alguien a los libros de viejo, y lee, y ahí entra en contacto con el lector anterior.

-¿Has sentido que eres la reencarnación de alguien?

-Nunca lo pensé, pero una vez me encontré escribiendo sobre la muerte de Joaquín Gianuzzi, un poeta que me parece un genio, justo el día del aniversario de su muerte. Y recuerdo que pensé que si los poetas son buenos, logran construir un doble alquímico. O sea, que por más que él muera su doble está caminando por acá. Eso era lo que quería plantear, desde un plano científico. La posibilidad de encontrarme a Gianuzzi caminando por la calle.

Foto: Bruno Grappa

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-¿Alguna diferencia entre la pereza y el ocio?

-La pereza se combate mucho en el karate, te dicen que lleva a lugares malísimos, ¿viste? Vos tenés que venir a hacer karate cuando no tenés ganas, porque cuando venís a hacer algo sin ganas estás teniendo un logro espiritual, no solamente físico.

El ocio, en cambio, lo veo como algo muy productivo. El ocio y el aburrimiento me parece que son antídotos anticapitalistas. ¿Viste que en Ser y tiempo Heidegger tiene todo un capítulo sobre el aburrimiento como el lugar donde vos podés sentir el ser? Toda la construcción que hay en el mundo está precisamente tratando de que no te aburras, y me parece muy bueno aprender a cómo estar solo.

No significa esto que no te importen los demás. Al contrario, significa que te importan demasiado. Carlos Castañeda decía en unos de sus libros que hay que volverse inaccesible. ¿Qué es volverse inaccesible? No gastés las relaciones con los amigos, no gastés las relaciones románticas. No estés todo el tiempo.

-Hay una línea de Pound en el manifiesto imagista que me remite a ti: “El escritor no se da cuenta de que el objeto natural es siempre el símbolo adecuado.” Me parece que tu poesía tiene mucho de eso, alguien que sí se ha dado cuenta.

-Mirá, cuando la generación a la que pertenezco, que ahora se conoce acá como la generación del 90, empezó a escribir en una revista que se llamó 18 Whiskys, leíamos mucho a Ezra Pound y a William Carlos Williams. Eso de “no ideas sino en las cosas”, algo que él (WCW) repite mucho en el Patterson.

Eran dos investigadores que iban juntos, ¿no? La idea de que la imagen sea precisa, de buscar la palabra justa. No oscurecer las imágenes sin sentido. En esos marcos me gusta todo tipo de poesía. No es que todo tenga que ser de una determinada manera. Creo que un poeta puede ser barroco sosteniendo esto mismo.

-¿Qué poeta barroco le gusta a Casas?

-Lezama. Me parece espectacular Paradiso. Yo lo veo como un poema en prosa, una novela, un ensayo. Tengo los diarios, tengo los ensayos. Hay ensayos que los leo como poemas, porque no se entiende nada. Pero me gusta mucho lo que no se entiende, ¿viste? Meterte donde no entendés, donde te sentís incómodo. También me gusta José Kozer.

-¿Te gusta Kozer?

-Mucho, sí. Tengo un libro de él, una recopilación que atesoro, se llama Bajo este cielo. Después hay muchos poetas chilenos que me gustan mucho y que son medio barrocos. Raúl Zurita, Diego Maquieira. Me parecen grandes poetas.

-Zurita es más telúrico.

-Sí, pero se inicia con un trabajo medio matemático.

-¿Como más Lihn?

-Más Juan Luis Martínez. Viene de ahí. Porque la hermana de Juan Luis estaba casada con Zurita mientras Juan Luis escribía La nueva novela, que es un libro muy raro de poesía, la poesía-objeto, y Purgatorio sale de ahí. Después creo que Zurita deja entrar al Neruda que él tiene. Se vuelve más lírico, más telúrico, también muy atento a la poesía visual que tienen los chilenos.

-¿El Nobel de Dylan te satisfizo?

-Yo no tengo ninguna relación con el Nobel.

-Pero sí con Dylan.

-Sí, pero me parece que a esos autores ya no les importa ningún premio. El Nobel lo da un montón de personas de la Academia Sueca, lo determinan ellos, no es un premio trascendental que esté conectado directamente con Dios. Me parece bien que la Academia se lo dé a quien quiera, no me importa. Si a nosotros ahora se nos ocurre dar un premio, ¿quién nos va a cuestionar, si es un premio nuestro?

-Igual se desata la polémica, si es o no un premio merecido.

-A mí, si me preguntás, Dylan me parece un gran escritor, igual que Leonard Cohen. Recuerdo que Beautiful Losers, la novela de Cohen, me partió la cabeza cuando era chico. Por ahí las operaciones narrativas de Dylan no me interesan tanto, pero sus canciones me parecen poemas de la puta madre. Me los sé de memoria. Ese de Maggie´s Farm, que la traducción sería: “Tengo mi cabeza llena de ideas y acá me obligan a lavar el piso. En la granja de Maggie no trabajo nunca más”. Luego la música, la letra y todo de Desolation Row. Es descomunal. Y si leés la letra sola, se sostiene.

-En español qué cantautor se sostiene.

-Silvio Rodríguez me parece un poeta superior. Bueno, Spinetta. Soy muy ecléctico. Serrat también.

-Has mencionado anteriormente esta idea de Spinoza: “Los hombres libres no piensan en la muerte”. Pero la muerte es muy recurrente en tu poesía.

-Porque yo no soy un hombre libre. Ojalá lo logre en algún momento. El otro día leía Aubade, de Philip Larkin, el último poema que escribe, tres años antes de morir. Te destruye ese poema donde el tipo dice que lo único que ya está pensando es cuándo, dónde y cómo será. Pero, aparte, con la maestría de Larkin, ¿viste? Con una precisión que se contrapone, diría, al impulso tanático. Yo espero tener la posibilidad de no estar desesperado cuando me toque morir.

-Hay que llegar a ese punto.

-Es muy difícil. Hace falta un trabajo previo importante. Ahí está el ego. Uno no es una persona preparada. George Harrison dice que él se preparó para no tener que morir huyendo. Si una persona logra eso, supera al Óscar, ¿viste?

-“Idee en todo momento, idee siempre”. ¿Qué es?

-Es el consejo número veinte del karate. Ahí son muy insistentes en que no dejemos de ser siempre un eterno principiante. ¿Vos sabés que el cinturón negro es una convención para los occidentales? El cinturón negro no existe.

-¿No hay?

-En la tradición del Karate Do lo único que no se lava del karategui es el cinturón blanco, que quedaba negro. Entonces eso daba cuenta del tiempo de trabajo que vos tenías. En Japón lo que remarcaban siempre es que, debajo del color de tu cinturón, lo que estaba era el blanco, el color del eterno principiante. Cuando exportan el karate, se dan cuenta de que el occidental necesita tener cinturones, porque compra eso.

-¿Hay al final algún triunfo posible?

-El triunfo, si hay alguno, es estar presente. Para mí es muy sanador pensar que el lector no va a surgir en el tiempo que yo existí, y aun así escribir.

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