Roberto Fernández Retamar. Foto, tomada: El Telégrafo.

Roberto Fernández Retamar. Foto, tomada: El Telégrafo.

—¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan. /

(…) ¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían

y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.

Algunos han venido de las fronteras

y contado que los bárbaros no existen. /

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?

Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

Constantino Cavafis

Roberto Fernández Retamar, poeta, ensayista y presidente de Casa de las Américas, murió en La Habana a los 89 años. Los entusiastas no tardaron en erigirle esos fugaces epitafios de poliespuma que ahora suelen navegar, naufragio tras naufragio, en las redes sociales. Como la candidez es insumergible, unos se refocilaron escupiendo al muerto, mientras otros celebraron al «grande» de las letras, como mejor saben, posteando los dos o tres artefactos líricos que, por cada autor más o menos conocido, sobrenadan en las aguas perezosas de nuestra conciencia colectiva: «El otro», «Felices los normales», «Con las mismas manos».

Esos no son sus mejores, pero tampoco exactamente sus peores poemas; sus peores poemas se encadenan para formar un largo y ancho pedraplén conversacional lleno de obreros esforzados, comandantes, milicianos, héroes, heroínas y burócratas (él mismo) nuevos, compañeros todos del pueblo que siempre están construyendo algo que se confunde con el porvenir, la esperanza, el socialismo, la patria y esas cosas.

Pero si uno sigue leyendo con atención quizá encontrará que Retamar fue un escritor y un intelectual dotado. Admirador de Borges, debió saber perfectamente que los dones vienen a menudo en pares irónicos, y que en cierto modo a él también le fueron dados «los libros y la noche». Ello explicaría cierto episodio de furiosa ceguera que lo llevara a escribir, recordemos, contra el propio Borges. Su posterior mea culpa ante el argentino resulta sintomático del fondo existencial y poético de Retamar. 

***

Pero, decía, hay tonos previos a 1959, recitativos para un formato de cámara, o para un anfiteatro solitario, que anunciaban en el primer Retamar un esplendor más íntimo, reflexivo, que luego no se cumpliría. Recuerdo la tarde que pasé, en un apartamento con ventanas al cementerio de Colón, leyendo sus poemas griegos. La luz tenue, pero limpia de aquellos versos arrojó enseguida una bruma feroz sobre el resto de su poesía. Ahora pienso en el enorme tour de force histórico (a falta de mejor término), tan efectivo a su manera, que operó la inversión no solo cronológica, sino estética, que me hizo leer de último lo que fue primero.

Aquella tarde Colón era «Epidauros»: «Si se enciende un fósforo en Epidauros,/ El rasgueo se escucha en las primeras filas del teatro,/ En las otras, en las más altas,/ En las últimas, donde los hombres parecen posibilidades». El fuego era apenas un murmullo, una luz mínima y primordial; los hombres en lo alto eran irrefutables, como toda conjetura; toda violencia era esto: «Si se da un golpe en Epidauros,/ Se escucha más arriba, entre los árboles,/ En el aire». Ante mis ojos, Retamar tomaba distancia del ruedo nacionalista y se dejaba mecer, sosegado, sin alistar sus defensas, por las irradiaciones de una tradición más ancha: «Las islas acercan el oído;/ Los otros países se inclinan un poco/ Para oír cantar en Epidauros».

Roberto Fernández Retamar (poesía).
Roberto Fernández Retamar (poesía).

Y lo mejor era que ya estaba allí, puro, esplendente, el único gran gesto (la verdad es que en general no hace falta más que eso…) que fluye bajo la escritura de Retamar: esa ansiedad por contestar explícitamente, por revertir la corriente y objetar de modo frontal, desde los márgenes, el orden gravitatorio de la tradición occidental. Algo que habría sido un noble proyecto de poeta solitario, de individuo, con resonancias míticas en Sísifo. Y tal vez por ese camino circular, gracias a la dramática imposibilidad de ser realmente Otro —y no solo otro Sísifo—, Retamar se habría asegurado, finalmente, un diminuto pero incuestionable reino poético. Sin embargo, sabemos que el hombre se entregó pronto a las drogas duras, a la literalidad de la esperanza y la linealidad de lo futuro, y que, mientras pergeñaba unos versos inflamados de limaduras históricas, con frecuencia se dedicó a maldecir, en sus ensayos, estentórea, políticamente.

Pero volvamos a aquella tarde. Retamar es joven y está de paso en Epidauros, pagando tributo, dislocado por un instante en el justo centro canónico, porque, en realidad, su canto es inevitablemente periférico; llega desde una de esas islas que se inclina para escuchar, y solo interpela en sordina, es decir, entre paréntesis: «(Entonces, bajando las gradas que escalaban como perros/ los hexámetros,/ Uno piensa: ¿quién escucha/ Cuando alguien da allá una canción, una llama?)». El «allá» de los versos era el «aquí» del lector, y su pregunta, esa duda antigua, en plena Habana del siglo XXI, resultaba mucho más actual y estremecedora que la imagen del acólito de los años sesenta, con su uniforme de miliciano, esperanzado y pasmosamente funcionarial («Y a ver qué es lo que había que hacer»), en el presunto borde del silencio termonuclear.

Según la geografía universal de otro poema griego, «En el mar. Ítaca», un marino («arrojado como un pan viejo fuera de la mesa») ha visto alguna vez la capital de Cuba y cuarenta días después el mismísimo Japón, y esos no han sido para él más que puertos casuales en el océano inmenso. Le interrogan acerca de Ítaca porque nadie sabe bien dónde está esa «piedra vasta y agria», y no hay respuesta más que: «Odiseo ha muerto».

Había una honda liviandad allí donde no afloraba destino ni teleología insular alguna.

En «Le preguntaron por los persas», el autor retrata también a los isleños, que otean el horizonte del único modo posible, asomados al mar que ciñe su existencia («estos pocos rodeados de un agua/ enorme y una gloria aún más enorme»). Esperan al bárbaro imperial… Cualquiera notará en este punto que Retamar prefigura la situación de combate (la maldita circunstancia del Imperio por todas partes) a la que enseguida dedicará el resto de su obra y de sus días. Y es cierto. Pero el mindset de este Retamar es diferente: primero, no hay en esos versos una identificación calibanesca, sino, evidentemente, con los griegos y, por tanto, con el elemento letrado, culto de la oposición binaria; su nacionalismo, incluso su antiimperialismo neoclásico, remiten probablemente a sus vínculos origenistas, se sustenta en la palabra («¡oh padre del idioma!») y en una tradición que trenza por igual «la justicia y el honor, la bondad y la belleza»; segundo, antes de enfrentar el pecho a las armas, antes de acceder a la violencia, será preciso cumplir, en el poema, con la ley de los símbolos y del espíritu, con el rito:«A fin de que los dioses se fijen bien en nosotros, voy a/ derramar vino y a colocar manjares preciosos en el campo:/ por ejemplo, frente a la isla de Salamina».

Resulta bastante claro que aquel Retamar daba un rodeo a través de los siglos para dialogar con ciertos clásicos excéntricos: Borges, por supuesto, o Cavafis, gente así. Había…, hay en esos versos griegos, además, «un sereno color» y, ante todo, «una luz medida» semejante a la que se derrama sobre los objetos de su «Palacio cotidiano» (también de los cincuenta), e incluso sobre las cosas que nombra Eliseo Diego en su obra poética; una luz semejante, me parece ahora, a la que entraba pasado el mediodía en la vieja casa de mis abuelos pobres.

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Casa de las Américas.
Casa de las Américas/ Foto: EFE.

En los sesenta llega el desvío o la inmersión, y a partir de ahí —a medida que el intelectual adquiere otras funciones— el poeta se lanzará en una profunda apnea de la que solo emergerán destellos esporádicos (imágenes sueltas, algunos versos, pasajes inspirados). Por supuesto, este fue el Retamar que yo conocí hacia fines de mi adolescencia, una época tan áspera como romántica en que los amigos solíamos traficar, exaltada o taciturnamente, sentados en círculo, poemas coloquiales y buches de ron o vodka baratísimos. «El otro», «Felices los normales», «Con las mismas manos…», ya saben.

Jorge Luis Borges. Colección Literatura Latinoamericana, Casa de las Américas.
Jorge Luis Borges. Colección Literatura Latinoamericana, Casa de las Américas.

En aquella época nosotros no teníamos Facebook y Retamar aún estaba vivo. Era en cierto modo nuestro vecino porque la Casa de las Américas queda junto a la beca universitaria de F y 3ra, en el Vedado. Durante el primer año de la carrera yo invertía todo mi dinero en completar la colección latinoamericana de Casa y en consumir, de madrugada, panes con hambergue y refrescos gaseados en la funeraria de Calzada y K.

Le agradecía a Retamar todos aquellos libros numerados, los que leí y los que no. Me entusiasmé cuando alguien compró, en el parque del Quijote, la nueva edición de Todo Caliban. Creo que yo no tenía los 12 pesos necesarios, así que la pedí prestada y esa misma noche la destruí doblando y rayando sus páginas compulsivamente. Supongo que luego busqué otro ejemplar para mi amigo. Tiempo después compré la poesía de Retamar en un volumen de cartulina y papel bond que, dentro de mi bolso, se fue hinchando como una enfermedad benigna mientras yo atravesaba una tarde de aguacero incesante; durante toda la noche leí aquellos versos mojados bajo la luz fría de mi cuarto en una escena de obvio trasunto kitsch que entonces no percibí.

Roberto Fernández Retamar (poesía).
Roberto Fernández Retamar (poesía)

Ya no me quedaba a dormir en la beca y ya sabía que Retamar era un poeta menor en mi librero. Sin embargo, gracias a sus ensayos, yo había descubierto a Fanon, a Césaire, a Lamming, a Mariátegui, a Martínez Estrada, incluso a Reyes, a Henríquez Ureña; también a sus rivales transhistóricos, Sarmiento, Rodó…; había redescubierto al Martí más político, agonista y continental; había encontrado en Caliban algo muy divertido que hacer con Shakespeare y el resto de los clásicos (antes de comprobar que todo el mundo se la pasa haciendo lo mismo y antes de que Harold Bloom viniera a reprenderme). Recuerdo, por ejemplo, que yo adoraba el boom y al mismo tiempo me entusiasmaba la retórica anti-boom —contraria a ese recado literario hegemónico— de Retamar o de Galich; el choque frontal de ambos discursos, estética y políticamente, resultaba algo incómodo, pero yo intuía, al parecer, que lo mío era la incomodidad. (Por razones diferentes la mayoría de los implicados me parecen ahora unos ingenuos o unos redomados hijos de puta; a la larga, equivocados o cobardes; algunos más legibles que otros).

Por otro lado, es cierto que el marxismo letrado de Retamar —es decir, mixturado con otras lecturas cosmopolitas y filtrado en el tamiz nuestroamericano de la «creación heroica»— cabeceaba inevitablemente hacia el real socialismo estético (que él mismo había rechazado de manera explícita) y prescribía una subordinación obcecada de las letras a las armas y las batallas de la Política y la Historia. Pero entonces yo no tenía el olfato entrenado y, de todas maneras, aquello olía mejor que los ladrillos de disciplinamiento ideológico de la academia soviética. Dado mi caso, alguien que abrió los ojos al mundo tras el derrumbe socialista, sabía bastante mejor que las cucharadas de jarabe ortodoxo recibidas, desde la primera infancia, en los salones escolares o en el comedor de mis abuelos paternos, desde cuyo librero solían bajar tomos duros de las editoriales Raduga o Progreso (de Moscú) y revistas —ideales para recortar héroes y pioneros, banderas y emblemas— Sputnik o El Militante Comunista.

Lo que estoy intentando decir es que en cierto punto de mi educación sentimental yo me había decantado, incómoda pero decididamente, por la figura del intelectual comprometido de los sesenta frente al intelectual encerrado en la torre de marfil. Si esas eran las únicas opciones, mi carácter y mi comprensión parcial del asunto me inclinaban a la empatía con tipos como Roberto Fernández Retamar. Y tal vez fue eso lo que impidió que yo diera, más temprano, un puntapié a sus versos militantes; a fin de cuentas, aquellos eran consecuencia, imagen escriturada, de una postura admirable frente al mundo.

Roberto Fernández Retamar.
Roberto Fernández Retamar/ Foto: EFE.

Frente al mundo, he dicho. Porque desde aquella forma de compromiso podía cuestionarse todo, debatirse todo, maldecirse todo menos el propio lugar en el mundo: la iglesia a la que se acude todos los domingos rojos, las huestes en que se milita. La Revolución.

Yo llegué a pensar que sí se podía, que cómo no, pero la evidencia terminaría imponiéndose. No se puede. Resulta que por esa brecha acrítica se escapará todo lo demás. No se puede porque, si existe tan solo un pequeño lugar irrefutable, ese punto de singularidad terminará confundiéndose, en tu cabeza, con el Absoluto.

***

1 de enero de 1959: «El Otro». Hacía un tiempo que Retamar, desde su balcón, estaba oteando el horizonte en espera de los bárbaros. Quizá alguno sospeche del explícito fechado: un prodigio de timming. (En ese instante era difícil ver con claridad qué estaba pasando en Cuba. Fidel Castro entraría en La Habana siete largos días después). Sin embargo, no hay que dudar de la sinceridad del poeta y, por lo demás, a su manera, Retamar siempre supo leer el sentido de los vientos históricos. El tirano se había esfumado en Nochevieja y era momento de proclamar el comienzo de la sobrevida.

Se me ocurre que el aparato propagandístico de la Revolución le ha jugado una mala pasada a esos versos. O tal vez no la propaganda oficial, sino sus estrictas circunstancias de escritura y de lectura, lo que es igual a decir todo y nada. Quizá «El Otro» habría podido ser el magnífico susurro de algún sobreviviente verdadero: algún casi mártir cristiano, un total desconocido, tras las persecuciones romanas (sin alusiones balísticas, por supuesto); un indio manso o un caníbal que se salvara inesperadamente del etnocidio caribeño; un adolescente a quien el fin de la Gran Guerra ha sorprendido en la trinchera, sin disparar un tiro al cabo, pero después de muchas noches soñando una silenciosa muerte por gas; un judío tras Auschwitz o un habitante de Dresde o Hamburgo tras los bombardeos aliados. Pero «El Otro» no es un susurro, ni un lamento, ni una confesión; lo que leemos ahora son los versos de alguien presto a lanzarse en el vórtice del Triunfo y de la Historia; alguien que rinde un merecido homenaje, cumple un deber y, mientras lo hace, se cambia de ropas; alguien tocado por alguna modalidad de la culpa, pero que no llega a confesar que sufre; alguien que, de hecho, no está sufriendo. El poema resulta, a lo sumo, una buena síntesis de una circunstancia humana general: todos, en todo momento, habitamos la sobrevida. Solo hay tal lugar.

«El Otro» se parece bastante a un Rubicón estético, y así tal vez lo habrá considerado el mismo Retamar. A partir de entonces —esta es una impresión incomprobable porque escribo sobre poemas sueltos, a dos o tres países de distancia de aquella poesía completa que leí en mis años universitarios, y porque estas cosas son siempre incomprobables— Retamar se adentra en un paisaje lírico cuya riqueza natural (la espesura meditativa; los animales míticos, fabulosos) pronto empieza a ralear (todavía hay versos de inicios de los 60 que me interesan) a medida que la luz golpea los objetos más directa, voluntariosa, artificialmente.

Hay un momento en esos años, relevante, creo, para la historia natural del poeta, en que vuelve al tema griego. Se nos revela Homero, con báculo, suplicando a las musas que le permitan cantar las peripecias, tan ajenas, de los guerreros: «quería/ Habitar también esa vida/ Que era la vida de los otros». Se trata de una variación borgeana: el poeta ciego; la gloria militar de otros; los «minuciosos dedos…». Pero donde Borges es gnóstico (el ser creador y maldito; la inmortalidad y la repetición; nadie y todos), Retamar comienza tirando hacia la estampa cotidiana. No está mal. El problema tal vez radique en la actitud o en el fondo, digamos, ideológico de esta escena mental donde el poeta se nos presenta en un papel no solo ancilar o secundario respecto al hombre de armas, sino también espiritualmente inerme, despojado de voluntad y potencia creativas: «Y suplicó a la arisca deidad/ Que se los entregara vivos/ A él, el arrinconado, el inútil».

«Súplica del ciego» es una vuelta de tuerca de «El Otro». Estos poemas son, quizá, todavía, otra cosa, pero señalan la deriva poética general de las siguientes décadas.

Lo que hay en ambos es una forma domesticada de la culpa del intelectual burgués que a la larga cuajará en factor esterilizante. Decir «Sí a la Revolución» como profesión de fe equivalía a negar voluntariamente ese «Yo» (no solo poético) anterior.

Roberto Fernández Retamar junto a Fidel Castro. A un lado, Gabriel García Márquez
Roberto Fernández Retamar y Fidel Castro. A la derecha, Gabriel García Márquez/ Foto: La Ventana.

El poderío simbólico de la Revolución cubana se revela en la aceleración de los tiempos estéticos: la velocidad con que se instala el cancionero de gesta cotidiana del coloquialismo hegemónico; la inmediatez de la teorización bajo el peso de unas circunstancias que parecen llover, y llueven, mandatos estéticos; la agilidad con que se forman y reforman, en una urgente política de las adscripciones, las cofradías intelectuales y las familias poéticas. El crítico e historiador Rafael Rojas ha señalado en Tumbas sin sosiego los ajustes que pone en marcha Retamar, en su poesía y en sus artículos, desde principios de los sesenta. Rojas también diagnostica ese Retamar atenazado por el pegajoso complejo de culpa que he mencionado antes. La contrapartida de ello sería un entusiasmo a todas luces dopado, o al menos no del todo orgánico. Uno supone a estas alturas que el sacrificio de su organicidad es precisamente lo que va a convertir a Retamar en el intelectual orgánico realmente existente que todos conocemos. Uno supone igualmente que la inteligencia y la amplia cultura de Retamar —que siempre, incluso en sus versiones más panfletarias, parecen tan vivas y dispuestas a los ejercicios relacionales— no pueden haberle dejado creer sin cobrar antes o durante un diezmo moral o psíquico muy elevado.

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Roberto Fernández Retamar (poesía).
Roberto Fernández Retamar (poesía).

¿Cómo opera ese dispositivo de la culpa en alguien que había intimado con los origenistas (aunque poseía una inclinación más definida e inmediata hacia el acontecer), se había formado en la Sorbona y en Londres, había dictado clases en Yale y se había deslizado en las peceras teóricas de la lingüística y la estilística, mientras su país se preparaba para dar un triple salto mortal con varios giros inversos y caer patas arriba, o finalmente de pie, según cómo se mire, en las aguas abiertas de la Historia? Funciona al parecer de este modo: puesto que antes no se empuñó el fusil, ahora lo más digno sería cambiar la pluma por el azadón o la cuchara del constructor. El intelectual en medio de la Revolución es una pieza destinada a librar trascendentales batallas secundarias; como nunca llegará a decidirse por el suicidio de clase, como ello es ontológicamente imposible, y como supuestamente las clases ya no habrán de existir en la sociedad nueva, para continuar escribiendo, el intelectual debe al menos convertirse en un órgano funcional.

En cuanto al doping, ya lo hemos dicho, se trata del compromiso militante, ese lecho que parece roca sólida, pero es siempre arena movediza; la fe autoimpuesta suele ser (a la inversa de lo que pudiera pensarse) ese abismo que acecha a toda mente capaz de tensión escéptica y verdadero esfuerzo crítico. La probabilidad mareante de esa caída dialéctica es lo que explica tantos intelectuales domados, conversos o atrapados en el ciclo autoinmune de la culpabilidad y el dogma.

Roberto Fernández Retamar (poesía).
Roberto Fernández Retamar (poesía).

Es esa la hormona que secretan poemas como «Felices los normales» o «Con las mismas manos», verdaderos clásicos dentro de este modelo lírico-productivo, revolucionario. Lo digo en serio, hay otras piezas bastante menores. El primero no es una fábula, sino un padrenuestro ateo y moralista cuya primera barra textual es hermosa, limpia y resonante en su sencillez paradójica; la enumeración que sigue es, creo, muy desigual, y falla en sugerir un orbe (aunque ahí están «las aves, el estiércol, las piedras») porque se nota la reticencia de quien no hace más que preparar un golpe presuntamente decisivo; pero cuando llega ese giro maestro lo que hace, en reversa, es darle un baño kitsch a todo el poema, como un baldazo que se lanza de abajo hacia arriba; imagino además que ni Esopo hubiera aceptado una moraleja tan «rintintín». El segundo sí es una égloga canónica del realismo socialista caribeño; la voz poética fluye con soltura, pero lo dicho está lleno de actos fallidos (condescendencia, cierto dejo de superioridad mal disimulada, voluntarismo conciliador) y balas perdidas estéticas y filosóficas del tipo: «¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas, Amor, qué lejos…». En resumen, un arroyuelo de bucolismo urbano atravesando el paisaje sórdido de la Revolución.

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Y sin embargo hay otros versos que emergen… En los que el otro Retamar alienta. El problema no es que Retamar no haya sido un gran poeta, o que haya sido solo un buen poeta de filas; el problema es que Retamar se permitió el extraño lujo de abdicar a la poesía durante demasiado tiempo, y esto se instituyó en él. Durante un período quizá aún sus poemas lograron captar el estremecimiento de la circunstancia revolucionaria: esa circunstancia era él mismo, su desfasaje y sus miedos instintivos y su debilidad individual (la de su estilo y la de sus valores) frente a la Historia. Pero Retamar se naturalizó pronto y, con un dialéctico golpe de riñón («Usted tenía razón, Tallet: somos hombres de transición»: y solo los muertos, dice, no lo son), adquirió la carta de ciudadanía que tanto ansiaba.

De ahí en adelante solo de vez en vez baja la guardia o guiña un ojo desde su escondite, como en «Oyendo un disco de Benny Moré», cuando dice: «Y las [palabras] de la vida, con el ojo fosforescente de la fiera ardiendo en la sombra»; o en el remate melancólico de «Lezama persona». O en «¿Y Fernández?», una elegía íntima y poderosa que resiste todo, incluso la inmiscusión a ráfagas de la Historia oficial o el automatismo verbal de una cita martiana. En estos días «¿Y Fernández?» ha vuelto a emocionarme: la espuma materna que crece sobre el lavadero de piedra; la secreta, original batalla infantil contra Shakespeare [«Su principal amante tenía nombre de heroína shakesperiana,/ Aquel nombre que no se podía pronunciar en mi casa»; «Y él comenzó a morirse como el personaje shakesperiano que sí fue./ Como un raro, un viejo, un conmovedor Romeo de provincias/ (Pero también Romeo fue un provinciano)»]; el libro de aventuras que yo también tendré que leer a destiempo (o en el tiempo exacto de otro).

«Una salva de porvenir», escrito en plena crisis cubana de los noventa, representa algo semejante a un (imposible) renacimiento posrevolucionario, y constituye una honesta confesión dirigida a sus amigos católicos, Cintio Vitier y Fina García: «No hay pruebas./ Las pruebas son que no hay pruebas./ No estaban, no están, no estarán dadas las condiciones./ Creer porque es absurdo,/ Y creemos./ Más absurdo que creer es ser,/ Y somos./ (…)/ Las llamadas pruebas yacen por tierra,/ Húmedas reliquias de la nave./ Se derrumbaron las estatuas mientras dormíamos./ Eran de piedra, de mármol, de bronce./ Eran de ceniza,/ Y un grito de ánades las hizo huir en bandadas». Y todavía esto: «No existen las hazañas ni los horrores del pasado./ El presente es más veloz que la lectura de estas mismas/ palabras». Y lezamiano: «Sólo lo difícil./ Sólo lo oscuro./ Y contra él, en él, el fuego levantando/ Su columna viva, dorada, real».

Roberto Fernández Retamar en Casa de las Américas
Roberto Fernández Retamar en Casa de las Américas/ Foto: Internet.

No es sorpresivo este paralelismo entre tiempo histórico y tiempo literario. ¿Se trata de un reflujo de la (otra) culpa; una recurva anímica que reconoce ahora, superados los sesenta años, por lo menos, dos paraísos perdidos: el griego (del joven) y el bárbaro (del adulto)? Hay, además, la comunión final con Borges, un alma en cierto modo paralela, con quien aspira a confundirse, siendo «nadie», en la Nada. O en ese mismo lugar donde palpita «el otro tigre, el que no está en el verso».

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Ya he sugerido que hacia 1959 Retamar esperaba a «los bárbaros» en su doble acepción isleña: a los humildes e iletrados, sí, pero también a los vencedores recién llegados desde los confines del territorio y, de golpe, exaltados a los salones del Poder y de la Historia. A ambas especies les cantó, pletórico de buenas intenciones, a menudo hipostasiándolas, confundiéndolas prosaísta, políticamente, tal como quizá cuadraba a los instantes más convulsos de una revolución verdadera. Solo que el tiempo pasa… Y el poeta debió acaso girarse contra sí mismo, no perdonarse la vida, ni perdonársela a nadie a su alrededor.

Roberto Fernández Retamar (ensayo).
Roberto Fernández Retamar (ensayo).

Lo que hizo en cambio Retamar, mientras defendía a la Revolución (algo desde luego legítimo, en parte, una parte del tiempo), fue darle un altivo, tozudo sustento teórico y político a su derrotero poético. También es probable que fuera al revés. Aunque lo más seguro es que todo haya ido ocurriendo al mismo tiempo.

Fiel a su cableado poético básico, el del griego que espera a los bárbaros, lo que se propone Retamar, después de su revolucionaria segunda espera (la de enero del 59), es remozar el esquema inicial del isleño frente al imperio barbárico. De este modo va a regimentarse el nuevo orden en su poética.

La contorsión dialéctica se complejiza a medida que la imagen se aleja del ideal clásico, a medida que se hace, de facto, anticlásica. En «Calibán» (1971) —y creo que Retamar aceptaría que toda su ensayística sesentera, y su trabajo editorial desde 1965 al frente de la revista Casa, constituyen una especie de escala de Jacob para elevar al ángel nuevo que será el personaje conceptual de Calibán y su propia figura de converso—, entre una maraña de diatribas y estocadas ad hominem, se plantea una inversión metafórica: el isleño «bárbaro» (ya no griego) puede, por la vía revolucionaria, acceder a la liberación frente al Próspero imperial. En ese camino, será decisiva la alianza con el otro subalterno, Ariel, el intelectual.

Roberto Fernández Retamar (ensayo).
Roberto Fernández Retamar (ensayo).

El problema del ensayo es que todo esto está dicho en un marco estrecho y asfixiante: la figura del Ariel al servicio de Próspero se utiliza más que nada como arma arrojadiza en el guirigay intelectual de entonces. Próspero es por definición el imperialismo estadounidense, justo cuando la sociedad cubana era parametrada según la preceptiva de un nuevo neocolonialismo mestizo, mitad caribeño, mitad soviético.

El «imperialismo yanqui» era otra forma de la barbarie (ya Martí había hablado del «monstruo», y estaba a la mano un amplio repertorio teratológico: el pulpo de los trusts; Goliat frente a David). A Retamar tampoco se le escapaba que el personaje de Calibán antes había sido utilizado, desde posiciones hispanistas o latinistas, para referirse a la amenaza cultural anglosajona. Si bien toma distancia explícita de ese modelo, algo de eso aparece como remanente en su inconsciente afectivo: «¡oh, padre del idioma!», había escrito en «Le preguntaron por los persas» y luego hará una defensa inspirada de la línea matricial hispana en «Contra la leyenda negra» (que recuerdo haber leído con placer).

Libro de Roberto Fernández Retamar (ensayo)
Roberto Fernández Retamar (ensayo).

De algún modo, ese íntimo bárbaro imperial, Uncle Sam, es a quien Retamar y toda Cuba han estado esperando durante las últimas seis décadas. La gravitación de esa amenaza define toda la producción ensayística del escritor: sus filias, sus fobias, las limitaciones teóricas y políticas que a lo largo de los años irá retocando en sucesivas reescrituras. Todo Caliban —ya no el Calibán francófono llegado a través de Renan—, el libro que yo leí y releí en mi primera juventud, era más bien un denso palimpsesto, un ensayo o panfleto cultural retocado, saneado, puesto más o menos al día y, finalmente, acogido elogiosamente por la academia estadounidense y por tipos como Fredric Jameson. (Por mi parte, creo en las reescrituras; los textos son eso, máscaras. A lo mejor en unos años vendré aquí y le haré un buen lifting a esto que digo).

Pero ¿qué méritos hay, finalmente, en los ensayos de Retamar?

Hay en ellos un par de virtudes relativas, o por lo menos se benefician de dos circunstancias que pudieran salvarlos.

1) Un desesperado agonismo que creo la mayoría del tiempo sincero: no cuando lanza invectivas personales y políticas (que a la larga darán igual), no cuando defiende su ser funcionarial y al gobierno cubano, no cuando se pasa de esencialista en sus excursos o en sus fundamentos identitarios (nacionalismo, mestizaje, androcentrismo); sino cuando dialoga con fiereza con la tradición (la literaria, pero también la lingüística y otras). Creo que algunas de esas pócimas reflexivas, aun cuando se consideren políticamente indigestas, o ya estén superadas, conservan su poder sugestivo. Esa esencia agonista de marginal «resentido» que, debido a sus temas y a las características del género, moviliza ciertas zonas de su ensayística tiene, por cierto, un reverso satisfecho y apoltronado en la mayoría de su obra poética post-59.

Roberto Fernández Retamar (ensayo).
Roberto Fernández Retamar (ensayo).

2) La posición de Retamar en cierta línea de influencia, en cierta tradición (sub)alterna de pensamiento crítico latinoamericano. Si el punto de partida es Las Casas, o Sarmiento, o la Antropofagia brasileña, todos especímenes muy distintos entre sí, y el punto de llegada es, digamos, el popurrí de estudios transdisciplinarios y líneas de investigación izquierdistas, más o menos superficiales o profundas, que proliferan desde hace años en universidades de Estados Unidos y América Latina, pues entonces hay que pasar por ahí… En paralelo, el Caliban de Retamar pertenece a una pequeña, pero vital comunidad de apropiaciones poéticas y combativas de La tempestad de Shakespeare en el Caribe y otras partes. Si la poesía se remite directamente a un absoluto estético y en tal sentido debe juzgarse, en un género como el ensayo cultural sí existe, en mi opinión, una dinámica acumulativa, de acarreo o de relevos; entonces, Retamar sería una piedra en cierto camino, un peldaño importante en una escalera modesta y sólida que, eso sí, nadie sabe bien a dónde va.

En cualquier caso, se sabe, el Retamar del discurso descolonizador es mucho más importante que el poeta revolucionario (creo que hay incluso cierto gesto lezamiano en Caliban), aunque sea difícil arrancarle el sambenito de maniqueo propio de quien ha entrado de lleno en la dialéctica defensa-ataque, en la «violencia mimética» que caracteriza la esfera política y que definió, en particular, la Guerra Fría. En cuanto a ese Retamar más desembozadamente político —y suele serlo en los mismos textos en que alcanza a ser otra cosa—, solo resulta pertinente para la historiografía cultural en tanto brega en la estela de la Revolución cubana. Pero eso será bagazo, si no lo es ya.

Revista Casa de las Américas. No. 66.
Revista Casa.

Puesto todo en la balanza, alguien dirá que Retamar corre el alto riesgo de quedar como un polemista epocal, uno de tantos en tantas otras épocas, un intelectual refinado y bizantino. Que corre el riesgo de no quedar en absoluto.

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En otro nivel de análisis, lo sustancial es que nadie puede siquiera asegurar que una revolución, incluso mientras es revolución, avanza del todo hacia adelante, nadie puede asegurar tampoco que sus defensores más fieles no son su principal enfermedad, el virus fatal, o al menos el primer síntoma de su extinción futura. Es muy probable que la sobreprotección, la defensa a ultranza, el atrincheramiento, mate desde adentro, a la corta o la larga, por déficit de anticuerpos y por pereza metabólica. Una revolución es un caos orgánico, con brutales impulsos de vida y de muerte. Los actos y los dichos del ámbito intelectual cubano (y latinoamericano) en los sesenta, con su carga sincrónica terrible y su saldo aún más terrible, eran de todos modos parte de la enorme actividad molecular y microbiológica de la Revolución cubana: después de eso algo maduraría o se pudriría definitivamente. Y Retamar eligió ser, en medio de ese caldo orgánico, una larva funcional al (tipo de) Poder que hacia principios de los setenta resultaría escleróticamente vencedor en Cuba. 

Revista Casa de las Américas. No. 65-66.
Revista Casa de las Américas. No. 65-66.

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Ahora no recuerdo si entonces ya había leído a aquel personaje de Roberto Bolaño: «el horrible Retamar». (Me parece que sí). Y no recuerdo si ya había leído a Retamar confesando que silenció por décadas un texto con sus propios criterios sobre El socialismo y el hombre en Cuba, del Che Guevara, lo cual, definitivamente, sí me pareció horrible.

Lo que recuerdo del día en que fui a ver a Retamar para mi tesis de grado fue su aire tranquilo, frágil: arrellanado en un sillón, con su bolchevique, en una oficina limpia y llena de libros agrupados en pequeñas torres de Babel sobre las baldosas, al alcance de sus manos. Los detalles materiales, en realidad, se me escapan… Fue amable y habló largamente de los sesenta, de la Casa («Yo estoy convencido de que, sin la presencia de Haydée, la Casa hubiera sufrido mucho»), de Caliban, de sus amigos y sus enemigos. Nada demasiado novedoso o impactante: su rigurosa versión de las cosas. En un momento volvió a repetirme su santo y seña:

— Sí, un Ariel vinculado a Caliban.

— ¿Ese es el intelectual revolucionario?

— Ese es el intelectual revolucionario. Definitivamente no un Ariel al servicio de Próspero.

Roberto Fernández Retamar; al fondo, imagen del Che Guevara.
Roberto Fernández Retamar/ Foto: La Ventana.

No hay en todo el siglo XX latinoamericano debate más tautológico que el debate de los sesenta sobre el estatus del intelectual: ¿comprometido (Sartre)/revolucionario o autónomo? Tautológico no en el sentido de la irreductibilidad lógica de sus proposiciones, a lo Wittgenstein del Tractatus, sino por ineficiente y redundante en sus copiosas declaraciones cruzadas. Porque, en realidad, plantea una falsa antinomia que solo puede correr con suerte si la realidad se reduce a códigos binarios.

Una noche lúcida e infernal de una ciudad sudamericana, antes de que pudiera mal dormir unas pocas horas, mientras alguien muy querido estaba muriendo en Cuba, se me insinuó una salida clara y difícil para esa encerrona. Leí entonces el ciclo de conferencias Reith dictado en 1993 por Edward Said —cuyo Orientalismo, según las academias del «centro», pertenecería a la misma familia del Caliban de Retamar— para la audiencia de BBC.

Said sopesa ahí las opciones del siglo XX y termina postulando la figura del intelectual laico respecto de todo corporativismo moderno (iglesias y religiones, razas y etnias, nacionalismos e imperialismos, empresas, instituciones de todo pelaje): un individuo empático, pero escéptico por definición, irónico y sobre todo autoirónico, capaz de comprometerse en causas colectivas, pero jamás al precio de deponer su actitud crítica en nombre de esa causa o de valores normativos e ilusorios como «disciplina de partido», «militancia», «patriotismo», «fidelidad» o cualquier otra forma de solidaridad instrumental. Apostaba Said por un intelectual público ontológicamente marginal y exiliado; un ser incómodo, que habita socialmente en una suerte de permanente impostura, despojado de todo «dios político». Alguien que siempre le dice la verdad al Poder.

«El aspecto más duro de la existencia de un intelectual es representar lo que profesas a través de tu trabajo y tus intervenciones, sin convertirte en una institución o en una especie de autómata que actúa a instancias de un sistema o método (…). Pero la única manera de conseguirlo siempre es no olvidar que, como intelectual, eres tú quien tiene que escoger entre representar activamente la verdad de la mejor manera posible y permitir pasivamente que te dirijan un amo o una autoridad. Para el intelectual laico, esos dioses siempre defraudan», dice Said.

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Confieso que, dada la cuestión cubana, mi distanciamiento de la postura estricta de alguien como Retamar es desde hace años un caso particular, y más bien irrelevante, de un diálogo mucho más fiero y de una batalla mucho más íntima y encarnizada con mi padre o con mi abuelo (en cierto modo el verdadero Caliban). Una guerra amorosa, pero sin cuartel. Porque yo soy el bárbaro que ellos (no) estaban esperando…

Roberto Fernández Retamar
Roberto Fernández Retamar/ Foto: La Ventana.