Fernando Ortiz / Foto: Uneac

Fernando Ortiz / Foto: Uneac

Se cumple este año medio siglo de la muerte del gran antropólogo cubano Fernando Ortiz (1881-1969). Hace algunas semanas, el ayuntamiento de Ciutadella, en Menorca, concedió al intelectual republicano el título de hijo ilustre de esa ciudad, donde residió entre 1882 y 1895. Un congreso académico, impulsado por los antropólogos Stephan Palmié de la Universidad de Chicago y Joan Bestard de la Universidad de Barcelona, reunió en esa isla balear a estudiosos de Ortiz radicados en Cuba, México, Chile, Brasil, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia y España.

Es lógico que la monumental obra del sabio cubano se estudie en lugares tan diversos. La biografía y la bibliografía de Ortiz describe un arco territorial de experiencias e intereses que recorre el Mediterráneo, el Atlántico y el Caribe, Menorca, Italia y España, Cuba, México y Estados Unidos. Marcado por aquella trashumancia, Ortiz no sólo escribió sobre la criminalidad, la religión, la música, el baile y el teatro entre los negros cubanos, sobre la transculturación o la cubanidad: también escribió sobre el independentismo catalán, los italianos en las guerras cubanas del siglo XIX, la mitología y simbología del huracán en el gran Caribe, el provincialismo tabasqueño o la filosofía penal de los espiritistas.

Pocas experiencias intelectuales del siglo XX resumen mejor los vaivenes de la identidad hispano, ibero o latino-americana que la del antropólogo cubano. Ortiz, que estudió derecho en Barcelona, Madrid y La Habana y antropología criminalística en Génova, con Cesare Lombroso, se involucró desde muy temprano en el debate sobre el prefijo de la identidad cultural de América Latina y el Caribe. Una de las primeras señales de su preferencia por un americanismo sin prefijo se encuentra en la reescritura de la novela El caballero encantado (1909) de Benito Pérez Galdós, en 1910, bajo el título de El caballero encantado y la moza esquiva, que publicó en uno de los primeros números de su Revista Bimestre Cubana.

Ortiz subtitulaba aquel ejercicio “Versión libre y americana de una novela española de Benito Pérez Galdós”. La ficción del escritor le servía -como luego El libro del buen amor del Arcipestre de Hita, que inspiró los personajes de Don Tabaco y Doña Azúcar en el Contrapunteo (1940)- para construir alegorías de España, Estados Unidos, Cuba y Sudamérica: “La Madre”, “Carlitos de Tarsis”, “América Andina” o “Juanita Antilla”. Al final, lo que interesaba a Ortiz era presentar, bajo el formato novelesco de Galdós, el juego de seducciones, amenazas y acosos imperiales de España y Estados Unidos en torno a Cuba, a fines del siglo XIX y principios del XX.

Desde aquel texto era evidente que Ortiz optaba por una inserción de Cuba en el entorno de las repúblicas latinoamericanas y caribeñas –que llama insistentemente “sus hermanas”- y una relación soberana y, a la vez, prioritaria con Estados Unidos y España. Aunque para Ortiz la pertenencia de Cuba al mundo latinoamericano y caribeño estaba fuera de duda, el nombre que daba a ese mundo era América. No porque pensara a Estados Unidos como parte del mismo territorio cultural, lo que cual podía desembocar en el panamericanismo hegemónico, sino porque cualquier otra manera de definir aquel mundo suponía un esencialismo europeo, especialmente latino, francés, español o portugués, que desvirtuaba la autenticidad y la heterogeneidad de las culturas americanas al sur del Río Bravo.

También en 1910 publicó Ortiz el ensayo La reconquista de América. Reflexiones sobre el panhispanismo, en que debatía las ideas de Rafael Altamira y Crevea, Rafael María de Labra, Adolfo Posada, Vicente Gay y Forner, Salvador Rueda y otros letrados españoles de principios del siglo XX, que proponían resarcir la pérdida de las últimas colonias peninsulares en el Caribe con una política cultural y una ofensiva diplomática a favor de la “huella civilizatoria de España en América”. Tres años después, reiteró esas ideas en los ensayos recogidos en Entre cubanos. Psicología tropical (1913), aunque agregando más claramente una visión crítica del aumento de la influencia económica y política de Estados Unidos sobre la isla y una afirmación del lugar de Cuba en la “hermandad” de naciones latinoamericanas y caribeñas.

En Entre cubanos no se hablaba únicamente de Cuba: también se discutían temas argentinos, nicaragüenses y mexicanos. El último ensayo de aquel libro, titulado a la manera de Woody Allen, “Cuba y sus hermanas”, ofrecía cuadros comparativos sobre demografía y comercio y alertaba sutilmente sobre la necesidad de hacer más diversas las relaciones internacionales de la isla. Hemos leído a Ortiz, mayormente, como cubanista, no como latinoamericanista –una vertiente de su obra tan perceptible en El engaño de las razas (1946) como en El huracán. Su mitología y sus símbolos (1947). Su rica correspondencia con intelectuales mexicanos (Alfonso Reyes, Antonio Caso, Daniel Cosío Villegas, Jesús Silva Herzog…), parcialmente editada por la investigadora de la isla Trinidad Pérez Valdés, sería suficiente para ilustrar el latinoamericanismo del autor del Contrapunteo.

Como político –recordemos que durante diez años fue representante por el Partido Liberal- o académico, antropólogo o fundador de instituciones culturales y cívicas, Ortiz debió enfrentarse recurrentemente al tema de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, en una época de fuerte intervencionismo de Washington, especialmente en Centroamérica y el Caribe. Su rol como líder de las instituciones Hispanocubana e Hispanoamericana de Cultura, su ascendencia cantábrica, menorquí y catalana, así como sus amistades intelectuales en la península (Miguel de Unamuno, Fernando de los Ríos, Luis Jiménez de Asúa, Blas Cabrera…) o sus intervenciones en conferencias e iniciativas panamericanas, lo expusieron a los usos comunes de aquellos prefijos que rechazó desde muy temprano.

Esa inclinación por una América sin prefijo, que reiteró lo mismo en una conferencia en el Ateneo de Matanzas en 1948, que un artículo sobre las corridas de toros en Bohemia en 1952, que en otro en Revista Bimestre Cubana de 1955, irónicamente titulado “Superamérica y Subamérica”, era compartida por otros intelectuales del medio siglo como Alfonso Reyes y José Lezama Lima. Para todos ellos, asumir la condición americana era recuperar el gentilicio apropiado por Estados Unidos y, a la vez, naturalizar la existencia de las nuevas naciones y culturas de este lado del Atlántico o el Pacífico, sin remitirlas a una conexión genealógica exclusiva con Europa. Los orígenes de América, según Ortiz, estaban en España y Portugal, Francia o Inglaterra, pero también en África y Asia, en los imperios maya, azteca e inca y todas las comunidades que habitaron estas tierras antes del arribo de Colón.