Encontré en casa de mis padres nuestra primera computadora. Tiene un floppy de 5¼, para entendernos. No lleva disco duro. (Nota: muchos lectores, abriéndose camino a través de esta última oración, probablemente sintieron un espasmo inicial de temor de que este texto estuviera a punto de convertirse en una tediosa batallita sobre lo difícil que lo teníamos en los viejos tiempos; pero no, esta columna no va de eso.)

Es imposible saber su marca. Posiblemente sea una IBM 5150, cuando era niño recuerdo que mi padre me dijo que compraba equipos IBM porque, según él, eran fáciles de reparar y los repuestos se encontraban a mano. Obviamente, no recuerdo haber comprado nunca un repuesto o nada parecido. Flashazos.

El otro día registrando en el garaje la encontré y me sentí en el interior de Star Wars. Es una computadora horrible. Parece una caja registradora. La pantalla del monitor —de nueve o diez pulgadas— está cubierta de una película de grasa y polvo y adentro, entre medio de los circuitos probablemente hay vida inteligente que además ha desarrollado gobiernos políticos democráticamente elegidos. Pero funciona. Mal, pero algo hace.

La usé casi todos los días hace más de veinticinco años. Ahora descubro que el monitor también tiene perillas para ajustar la imagen, los colores, el brillo. La enciendo y hace más ruido que una lavadora Aurika. A veces funciona con golpes porque el viejo mito es cierto, ese de que si golpeas un monitor o un televisor probablemente se arregle. Este está viejo, cansado y casi muerto. Ha sobrevivido a doce o trece revoluciones tecnológicas. Y funciona. Es un dinosaurio, pero resucita con el MS-DOS. El monitor se estremece mientras es poseído por el espíritu del lejano ordenador, y empieza a martillear sonidos bíticos.

Introduzco un disquete. Todo vibra o suena algo soul, algo Tetris. El cursor es tan grande e intermitente que hipnotiza. En la pantalla estallan slashes, runas cirílicas, nubes de letras amarillas sobre un fondo negro, que ahora soy totalmente incapaz de descifrar, pero que antes leía con la familiaridad de un lingüista. Pero no provoca empatía. Uno no la siente cercana. Steven Jobs —gurú de Apple y el hombre que nos inculcó una especie de afirmación filosófica: transformar el ordenador personal en un electrodoméstico, como la tostadora—, dijo en una entrevista que un iMac, en la cercanía, irradia algo especial, una suerte de energía muy particular. (Jobs a veces me recuerda al protagonista de “En la colonia penitenciaria”, de Franz Kafka, un hombre encandilado por una máquina en la que engranaje e instrumento de tortura se identifican y el conjunto resulta tan fascinante que el propio verdugo se inmola a mayor gloria de su criatura.) Mi vieja IBM no irradia nada, no me dice nada.

Cuando uno ve una de estas computadoras tristes, entiende que los sistemas operativos modernos han usado, y frecuentemente abusado, del poder de la metáfora para hacer los ordenadores disponibles para un público más amplio. Por el camino —posiblemente debido a estas metáforas, que hacen de un sistema operativo una especie de obra de arte— la gente empieza a ponerse emotiva, y le toma cariño a un software del mismo modo que les toman cariño a sus gatos. Una cosa está clara: las mascotas del siglo XXI son binarias.

¿Para qué servía una computadora IBM 5150 en 1993?

No se podía ver porno (que es la finalidad principal de todo ordenador personal). Para grabar un libro teníamos que poner dos o tres disquetes. Imprimir algo era una utopía. Pero podíamos, eso sí, escribir. Y unos años más tarde, el noventa por ciento de lo que escribíamos lo hacíamos en la computadora —nuestro primer cambio de paradigma (del papel al píxel), y nosotros sin enterarnos.

Y mientras escribo esto, recuerdo una anécdota de Mario Levrero. Resulta que el narrador uruguayo reescribió al menos tres veces La novela luminosa porque la mayoría de las palabras que escribía en su ordenador “aparecían subrayadas en rojo”, explica el neurótico uruguayo refiriéndose a la corrección ortográfica de Microsoft Word. Aparte de la marcación automática del sistema, Levrero tuvo que sufrir los consejos de Clippo, el simpático asistente de Microsoft Office que, según declara el autor, “aparecía constantemente diciéndome cosas como “Consulte el Manual de redacción de la lengua española” o “No se han encontrado resultados para “afantasmar”. Y era solo el comienzo. Se sabe que una tarde, harto de que su corrector ortográfico le sugiriera cambiar Joyce por José, se puso a escribir a mano.

En los 70, John Lennon le dijo a Jan Wenner, de Rolling Stone, que la vida on the road de los Beatles se parecía al Satiricón de Fellini. Era una afirmación sexual que rozaba lo simbólico. Ocupando la ficción como referente, Lennon hablaba con el tipo que había transformado la escritura del rock en un ejercicio narrativo. Desde ahí, gracias a la revista de Wenner —y a la contracultura de los 60— la música pop sería abordada desde la perspectiva perpleja de escritores y críticos que encontraban en el exceso de las bandas y el desmadre de la fama una excusa para hacer buena literatura sin recurrir la ficción.

Ahora, mirando mi vieja IBM, podemos decir que nuestro presente se parece demasiado a Demolition Man, aquella película protagonizada por Sylvester Stallone y Sandra Bullock, en la que un policía temerario, John Spartan (Stallone), se despierta después de 36 años de “crioprisión” (un procedimiento que consiste en congelar a los reclusos en un estado de animación suspendida), y descubre que el mundo, tal y como lo conocía, se había terminado: el sexo ya no es un acto físico, e incluso los besos están prohibidos. En cambio, el placer de tipo sexual solo se permite mediante el uso de simuladores de sexo (“Vir-Sex”), que son dos cascos estimuladores de los centros de placer del cerebro, y se colocan en las cabezas de los participantes. Y lo mejor de todo: la ironía feroz de que la tecnología pasada, todas esas computadoras de 1993, año en que se estrenó la película, se nos aparecen ahora como una extraña forma de melancolía, una sofisticada forma de nostalgia.

Un bonus track o una tarea para los lectores: que imaginen un objeto del presente que creen que desaparecerá más rápidamente.

Va el mío:

Los condones vaginales. ¿Acaso alguien los usa?