Nina Acosta / Foto: Cortesía de la entrevistada

Nina Acosta / Foto: Cortesía de la entrevistada

Con Nina Acosta, la cantante de Voces Latinas y, posteriormente, de Nina y Alberto, conversé por teléfono, gracias a Karina Geada. «Yo nací en Matanzas en 1937», fue lo primero que me dijo, respondiendo a mi interés por precisar fechas. Y para que no me quedaran dudas de que ella no tenía la menor intención de ocultar su edad o cualquier otra cosa, agregó: «Tengo actualmente 82 años».

A su edad, me confesó, uno no se siente muy a gusto con las computadoras y los teléfonos celulares, y tuve oportunidad de comprobarlo esa misma tarde. Había quedado en enviarme las fotografías que acompañan esta entrevista por WhatsApp, una de las pocas aplicaciones que utiliza, pero fue su hijo quien se puso en contacto conmigo y me las hizo llegar por correo electrónico. Él es quien más fotos conserva, me dijo después Nina, pues ella y su esposo se quedaron en Miami en un viaje de visita, y Albertico fue quien sacó las fotos de Cuba, años después.

Iselina Acosta —así la bautizaron— comenzó su carrera artística en el coro de Cuca Rivero. Luego cantó en el de Paquito Gudino, y más tarde en el cuarteto Los Armónicos, que dirigía Felipe Dulzaides. Allí conoció a Alberto Pujol, con quien se casó en 1958, con 21 años. Alberto tenía 33. Dulzaides fungió como testigo de la boda.

Nina y Alberto / Foto: Cortesía de la entrevistada

Nina y Alberto / Foto: Cortesía de la entrevistada

«Voces Latinas se fundó como en el año 1962. A ver, no, perdón, antes, porque Albertico [Pujol] nació en 1960. En el sesenta, entonces, cuando nos fuimos del cuarteto [de Felipe Dulzaides], se formó Voces Latinas, luego de que Alberto, mi esposo, me dijera: “Vamos a hacer un cuarteto donde seamos los que dirigimos, los que mandamos, y no quitamos a nadie”. Porque Felito [Dulzaides] era muy buen músico, pero cuando yo salí en estado ya no tuve la figura de soltera, y a él no le convenía. Él quería una muchacha». Nina vuelve a sacar cuentas. «Puede haber sido a finales de 1960 o principios de 1961, porque ya en el año 1961 el cuarteto Voces Latinas debutó en lo que era el [Hotel] Hilton, que después fue Habana Libre; en el cabaret Caribe, del Hilton».

Con Alberto Pujol tuvo dos hijos, el conocido actor Albertico Pujol y la pianista Iselina (Isel) Pujol. Tras la disolución de Voces Latinas, Nina siguió cantando con Alberto en el muy conocido dúo Nina y Alberto, último proyecto musical en que colaboró con su marido, ya por «los años ochenta. Ahora no te puedo decir exactamente, porque mi memoria está que para qué, pero fueron 14 años de cuarteto, y después hicimos el dúo Nina y Alberto, cuando ya el cuarteto se disolvió porque Eloy vino para acá, para los Estados Unidos, y Juan Pablo se separó. Entonces decidimos hacer el dúo. Eran ya los ochenta y pico, debe haber sido por ahí más o menos, porque el dúo también duró 14 años, hasta que Alberto se retiró, y yo me quedé cantando sola».

Cuarteto Voces Latinas / Foto: Cortesái de la entrevistada

Cuarteto Voces Latinas / Foto: Cortesái de la entrevistada

A Nina no tuve que pedirle que me hablara de la ropa. Ella ya sabía tras lo que yo andaba. «Yo te voy a decir, yo estoy trabajando en el arte desde que era muy jovencita. Antes de la Revolución no había problemas, pero cuando llegó Fidel empezó a haber unos cambios en las cuestiones artísticas, sobre todo en el trabajo, en la manera en que se hacía el trabajo. Antiguamente, cuando estábamos en la democracia, como digo yo, trabajábamos en televisión, en cabaret, hacíamos jingles, hacíamos anuncios, y te pagaban por distintas partes. Había todas las tiendas que tú sabes: Fin de Siglo, La Época. Había para comprar y para hacer lo que tú quisieras. Había modistos a quienes tú les llevabas las telas y ellos te hacían el modelo que tú quisieras, lo que ellos te dijeran, toda esa serie de cosas».

»Pero, a partir de los años sesenta, empezó a haber cambios. Empezaron a evaluar a los artistas. En ese momento, todos los sueldos que ganábamos en distintas partes se acabaron, y pusieron un sueldo fijo para los artistas, de acuerdo con la categoría que ellos pensaban que teníamos, y de acuerdo con lo que ganábamos antes de la Revolución. Te estoy explicando esto, que no tiene nada que ver con la moda, para poder explicarte después el problema de la ropa.

»Entonces nos evaluaron. Y, por suerte —bueno, no por suerte, porque trabajamos muy duro y teníamos los mejores arreglistas, los mejores profesores y todas esas cosas—, nuestro cuarteto cogió una evaluación de A1, que equivalía al máximo sueldo que había. Yo tenía un sueldo alto, ganábamos 600 pesos. En esa época hicieron unas asambleas y unas reuniones explicando todo lo que iba a suceder, todo eso de los sueldos, y dijeron que no nos preocupáramos, porque ellos se iban a encargar de la ropa, la propaganda y todos los gastos que se necesitaban para las actividades de los artistas. Dijeron que nos iban a dar unos cortes de tela para que nos hiciéramos la ropa, no sé si era una vez al año, me imagino que debió haber sido con más frecuencia, pero cuando fui a buscar las telas resulta que había la misma para todo el mundo».

Nina no recuerda en qué año fue eso. «Eso puede haber sido a partir de los setenta, por ahí. Pero nosotros, que hacíamos televisión, figúrate, a veces hacíamos en una semana tres programas de televisión. Y otros artistas más famosos todavía, más conocidos, tenían más programas, porque había muchos programas musicales. Entonces, ¿de qué forma se vestían los artistas? Bueno, pues los artistas se vestían consiguiendo gente que tuviera posibilidades de comprar en tiendas para diplomáticos o qué sé yo, o que viajaran o algo de eso. Nosotros teníamos un amigo, Benavides —murió ya—, que era español, y entonces podía ir a España. E iba y compraba cosas. Él trabajaba en Tropicana como jefe, cómo explicarte, tenía que ver con los artistas, la actuación, el escenario, esas cosas, y era español. Iba a España y traía muchas cosas. Entonces a nosotros, a quienes podíamos —no creo que todo el mundo pudiera, yo te voy a hablar de mí—, Benavides nos vendía ropa y telas».

Repite la palabra «telas», extendiendo las vocales, y agrega: «Pero una tela, ya tú sabes. Era muy gracioso, porque él te decía, te llamaba y te decía: “Nina, tengo unas telas preciosas. Pero, fíjate lo que te digo, son bellas, pero ¡qué caras, Dios mío, qué caras!”». Eso lo dice con acento español. Y vuelve a imitar a Benavides. Luego añade: «Es verdad que eran caras. Igual que los zapatos. Todo eso te lo tenías que conseguir tú como pudieras. Porque aquellas telas que te daban para hacerte los vestidos, todas eran iguales. Lourdes Torres, por ejemplo, cantaba en un cuarteto; Mercy, con Los Brito, y yo, cada una en distintos cuartetos, y todo el mundo con la misma tela. Eso no podía ser. Eso es ilógico».

Nina Acosta de solista cerca de 1958 / Foto: Cortesía de la entrevistada

Nina Acosta de solista cerca de 1958 / Foto: Cortesía de la entrevistada

Le pregunto si los artistas del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) no tenían acceso a alguna tienda especial donde comprar ropa. «El ICRT es otra cosa», dice. «El ICRT era televisión. En la televisión tú tenías que buscarte la ropa para vestirte. No te daban nada. El ICRT no te daba nada. Cuando tú salías en televisión, tú tenías que buscar tu ropa, vestirte tú. Cuando yo te hablo de estas cosas, te hablo del cabaret».

Y entonces comienza a hablar del vestuario en la televisión. «Bueno, cuando llegabas te maquillaban y qué se yo. Y había una peluquería en CMQ». Todavía hay quien se refiere al edificio del ICRT por el nombre de la emisora que anteriormente lo ocupaba, nacionalizada a principios de los años sesenta. «El día que tú tenías tu programa de televisión, ibas allí y te peinaban, y te arreglaban no sé si las uñas también, no me acuerdo. Y después, por la noche, cuando ibas al club, te maquillaban. Pero la ropa la tenías que conseguir tú. La tenías que sacar tú de donde fuera. Y pagarla».

Entonces vuelve a las telas. «Y ya te digo, era muy difícil de conseguir las telas. Había un modisto famoso que se llamaba Julián, muy bueno, en El Vedado. Era un señor grueso, ya un poco mayor, y le cosía, me imagino yo, a todas las figuras importantes, como Rosita Fornés. Yo nunca me cosí con Julián. A mí me cosía uno que se llamaba Chemar, que era buenísimo, a mí me encantaba. Era un muchacho homosexual, joven, y me hacía unos vestidos muy bonitos. Y a veces conseguía la tela él. Me decía: “Nina, tengo tela. Te puedo hacer un vestido”. Entonces me cobraba por la tela y por la hechura del vestido».

Las telas parecen haber sido una gran preocupación para Nina. Uno o dos cupones de la libreta de racionamiento de productos industriales daban acceso a no más de tres metros de tela una vez al año —de algodón cubano o poliéster importado del campo socialista—, pero no es este el tipo de tejido que Nina necesitaba. Insiste: «Ya tú sabes, era muy, muy difícil conseguir las telas. No había tiendas de telas, era con amistades, gente que a lo mejor las traía, como ese mismo Benavides, que traía telas, zapatos y algunas cosas. Traía tres o cuatro pares de zapatos y llamaba a dos o tres artistas que sabía que más o menos siempre le compraban, y así se conseguían las cosas. Era con mucha, pero con mucha dificultad. Y con mucho dinero, porque te costaba dinero, te cobraban. Un vestido te costaba tranquilamente 100 o 150 pesos».

Nina Acosta / Foto: Cortesía de la entrevistada

Nina Acosta / Foto: Cortesía de la entrevistada

Le pregunto dónde vivía Chemar, y me dice: «Yo vivía en la calle G, y él vivía en F, en una casa que es como un apartamentico dentro de una casa grande, que parece que lo había alquilado, y le cosía a mucha gente. También estaba Anido, que era famoso, y que después pasó para el [Hotel] Capri, donde presentó a Gina León con un vestuario ya tú sabes, porque él cosía muy bien».

Nina nunca tuvo preferencia por un estilo en particular. «No, no, no. Para la televisión, tú escogías el modelo que tú querías y mandabas a hacer el modelo que tú querías. Pero cuando hacías una producción de cabaret, lo mismo en el Capri que en el Habana Hilton —que es ahora Habana Libre— que en el Internacional de Varadero, en todos esos cabarets donde trabajamos nosotros, cuando había una producción, te hacían el vestuario.

»Por ejemplo, si la producción era latinoamericana, te mandaban a hacer vestidos que tenían que ver. La ropa para los bailarines, para los solistas, para los cuartetos —si había cuartetos en la producción—, esa ropa te la hacían ellos. Y, por supuesto, se quedaba en el cabaret todas las noches. Cuando tú cantabas, se quedaba ahí, no la podías utilizar, era solamente para el cabaret. Y, cuando terminaba la producción, se quedaban ellos con toda esa ropa. Era así.

»Hacíamos televisión y hacíamos cabaret. Y actividades. En casas de cultura, cuando venían los carnavales. Cada vez que se celebraba el 26 de Julio, por ejemplo, si se celebraba en Matanzas el 26 de Julio y Fidel iba a ir a Matanzas, desde el primero de julio mandaban a los artistas a todas partes de Matanzas, a trabajar en camiones en distintos pueblos de la provincia de Matanzas, y tenías que dar actividades todo ese mes de julio en distintos lugares. Y ahí te ponías ropa normal, porque a veces íbamos a los campos. Vaya, una ropa bonita. En la parte de arriba del camión estaba la orquesta. Eso era todos los 26 de Julio. Entonces la ropa que se usaba ahí era, bueno, normal, bonita, para que la gente te viera un poco diferente de como eran ellos, ¿no?»

Nunca, insiste, actuó vestida de verde olivo. «Jamás. Jamás». Ni fue miliciana. «No, no, yo nada de eso me puse». ¿Cómo habría querido vestirse Nina? «Bueno, imagínate tú. Imagínate tú. ¡Imagínate tú cuántas cosas me hubiera querido poner que no me puse!

»Yo te voy a hacer un cuento, para que tú sepas de verdad. Quizás fue por ignorancia mía, o porque no teníamos, yo no tenía ningún contacto con nadie de los Estados Unidos. Nosotros no tuvimos la suerte de tener familiares aquí que nos ayudaran. Yo tenía lo que había en Cuba, como la mayoría de los artistas, porque no todos tenían la oportunidad de viajar. Nosotros no viajábamos. ¿Por qué no viajábamos? No era por la calidad del cuarteto, creo yo, porque el cuarteto nuestro tenía una calificación muy alta, y era un cuarteto que de verdad siempre estuvo trabajando, porque Alberto, mi esposo, era muy exigente, muy bueno, y vocalmente yo creo que era uno de los cuartetos más serios que había.

»No podíamos viajar porque todo el mundo sabía que Alberto no era revolucionario. Alberto era una persona que mostró siempre que estaba en contra de todas las cosas que había. Siempre, siempre, siempre. Fue uno de los firmantes de la carta esa que le mandaron a Fidel Castro, y nos cerraron [las puertas de] la CMQ [el ICRT], no podíamos ir a cantar en el ICRT porque él firmó la carta esa de los intelectuales». Nina se refiere a la Carta de los Diez, redactada en 1991 por diez intelectuales cubanos a los que pronto se sumaron unas pocas personalidades, entre ellas Alberto Pujol, pidiendo elecciones directas a la Asamblea Nacional del Poder Popular, la eliminación de las exclusiones migratorias, la reactivación de los mercados libres campesinos, y la liberación de todos los presos de conciencia y de quienes cumplían condenas por intentar abandonar el país de forma clandestina, entre otras demandas.

«Ya después de eso solo hacíamos actividades. Nos mandaban, figúrate tú, lo mismo nos mandaban para Guanabacoa que nos mandaban, no sé, para cualquier lado. Porque teníamos que cantar, porque de eso vivíamos nosotros. ¿Te das cuenta?

Nina Acosta / Foto: Cortesía de la entrevistada

Nina Acosta / Foto: Cortesía de la entrevistada

»Pero me preguntaste algo que era de lo que te quería hablar. Ah, no, figúrate tú, cuántas cosas no hubiera querido ponerme. Imagínate. Te voy a hacer un cuento muy cómico. Resulta que yo tenía una modista que me hacía la ropa de calle, no la de actuar, pero a veces tenía telas o cosas, y entonces me llamaba y me decía: “Nina, mira, me trajeron una cosa. Ven aquí para ver si te gusta”. Y me llama un día, y voy para allá, y tenía un vestido largo precioso. Era negro y tenía unas flores. Era una cosa muy bonita, con unas mangas medio acampanadas. Era una maravilla. Y me encantó, me encantó. Tenía un zíper, fíjate, de la parte del vientre hacia arriba. Un zíper. Pero era un vestido muy lindo, y pensé, “bueno, ese zíper no se ve”, porque lo podía tapar con un collar, y combinar el vestido con los zapatos que le había comprado a Benavides.

»Teníamos una actuación en el Carlos Marx. ¡En el Carlos Marx! No me acuerdo qué actividad era porque, la verdad, modestia aparte, siempre estábamos en los primeros lugares, los más populares. Cuando había una actividad importante, casi siempre trabajábamos. Entonces fuimos para el Carlos Marx, y yo estaba feliz con ese vestido. Era precioso. De verdad te lo digo, precioso. Me puse un collar muy bonito y dije: «Estoy que pa’ qué. Cuando me vean, se va a quedar muerta la gente allí”.

»Y, bueno, nada, canté. Y pasaron los años. Y vine para aquí, para Miami —ya cuando era mayor, estábamos retirados los dos—, y, muchacha, me di cuenta de que lo que yo me había puesto había sido una bata de casa. Yo no tenía la menor idea, te lo juro. Yo no había visto a nadie con eso. Nunca pensé que fuera una bata de casa. Pero, cuando llegué aquí, vi el mismo modelo mío, pero en otras telas. Era una bata de casa lo que yo me puse aquel día. Y entonces, ahora yo digo: “Caballero, yo canté en el Carlos Marx con una bata de casa”. Eso nadie se lo puede imaginar».

Nina en Miami / Foto: Cortesía de la entrevistada

Nina en Miami / Foto: Cortesía de la entrevistada

Nina dice que no, que no había competencia entre ella y las demás artistas con relación a la ropa. «Por lo menos, yo nunca sentí eso. Pero todo el mundo trataba de salir lo mejor posible, eso sí. Todo el mundo trataba de buscar donde fuera, como fuera, para salir bien. Porque, por ejemplo, nosotros, que hacíamos bastante televisión, no queríamos repetir el vestuario. Y no era fácil. De verdad que no era fácil».

A ella nunca le censuraron la ropa que se puso. «Nunca, aunque yo nunca me puse… Pero no, sobre el vestuario nunca me dijeron nada. Yo lo único que recuerdo que siempre decían era… los pelos largos de los hombres. Nosotros teníamos un muchacho, Juan Pablo, que cantaba con nosotros —ahora está en España— y que tenía el pelito un poquito largo, y no podía… En la televisión había que peinarse como se peinan los hombres, con el pelo normal. Pero en cuanto a la ropa, a mí nunca me dijeron nada. Yo no creo que en eso se metieran. Porque en esa época todavía la gente era un poco más discreta».

Es posible, cree Nina, que quizás haya tenido que ver en ello el que nunca se hubiera puesto ropa extravagante. «Bueno, mira, te voy a decir la verdad. Estás hablando con una persona que es bastante normal. Yo nunca me puse nada excéntrico. De verdad. Yo me vestía, creo, bastante bien, y mi ropa era bonita, pero no excéntrica, yo nunca fui una artista que quiso destacarse por ser diferente, la verdad. No sé si era porque mi esposo era más discreto… pero tampoco tenía necesidad. Yo me vestía normal. O sea, yo no era de ponerme escotes, ni subirme el dobladillo, no. La verdad te lo digo. Yo no era así. No critico a nadie, pero yo no lo hacía, no porque fuera malo o bueno, sino porque no era mi carácter. Yo era una mujer de un estilo… me gustaba la ropa bonita, fina, linda, pero dentro de lo normal.

»Mira, yo soy una artista cuando me paro en el escenario. Ahí yo me transformo. La verdad, sinceramente te lo digo, me siento libre, siento que puedo transmitir lo que estoy haciendo, cantando lo que me gusta. Pero yo soy una persona normal. Simplemente transmito lo que hago. No necesito de otro tipo de cosas para ser diferente en el escenario. No. Yo lo que hago es cantar, y lo único que quiero es que lo que yo cante, mis palabras musicales, pueda conmover a las personas que me están viendo. Y no necesito hacer nada exótico ni extraordinario ni nada, ni poderme nada. Yo soy así, no sé los demás. No critico a nadie. Yo nunca, nunca hice nada extraordinario. Yo creo que soy una persona bastante normal. Así que estás entrevistando a una artista bastante, bastante normal».

Quizá, me dice en tono más bajo ya cuando nos despedimos, y solo porque le pregunté directamente, su esposo haya tenido que ver en ello. «Era un poco celoso, ¿sabes? Eso sí te lo digo. Alberto sí, eso sí. No le gustaba. A él no le gustaba. Me acuerdo de la época de las minifaldas. Yo no me pude poner nunca una minifalda. Lo más corto que me vestí era por encima de la rodilla. Pero con los muslos afuera, ¡muchacha!, no». Nina alarga la «o». «No, no. Ahí sí es verdad… Alberto era celoso. De verdad que sí. Eso es cierto».