Bola de Nieve

Ilustración: Miguel Monkc

Hay un Hemingway por ahí, un daiquirí, un barbudo y, en primer plano, Ignacio Villa, hijo de Guanabacoa, anfitrión de El Monseñor, embajador de La Habana.

Bola de Nieve encarna como pocos cierto espíritu de la ciudad. Era teatro al piano, melodía histriónica, cruces raros. No escaló sobre su singularidad para luego renegar de ella, sino que hizo de su localía ejercicio estético que podía entenderse y conmover allí adonde fuese. En los contextos más lejanos y desconocidos logró decir algo particularmente único: de dónde era, de dónde venía, a qué se debía.

De la misma manera, Bola también llegó a decirnos que si decíamos de dónde éramos, de dónde veníamos y a qué nos debíamos, nos podían entender en cualquier lugar. Y más: que diciendo de nosotros lo que debíamos decir, también podíamos decirles, a los otros, cosas que desconocían de ellos mismos.

La Habana como un espejo sentimental.