Hombre frente al mar / Pedro de Valencia

Hombre frente al mar / Pedro de Valencia

“Es que te falta el mar”, dijo el doctor. Tantos años de estudio para terminar dando diagnósticos que parecían salir de un poemario. “¿Disculpe?”. “Eres un hombre de isla y te hace falta vivir cerca de un mar. De ahí que tu nariz esté perennemente tupida: tu cuerpo extraña tu hogar”. Quise repetirle que no era la nariz entera, sino la fosa nasal izquierda – derecha, si se para usted frente a mí – pero ¿de qué hubiese servido?. Por decidir abusar de la salud gratis canadiense y entrar un domingo a un hospital solo porque estaba pasando por su entrada, ahora aquel supuesto profesional de la salud me decía como si fuese Carilda que mi cuerpo extrañaba el mar. Antes de que decidiera leerme la palma de la mano izquierda, le di las gracias y me fui, sin receta, tan tupido como cuando entré y algo más contrariado.

“Un hombre de isla”. Me imaginé con mi saya de matas sentado en la arena frente al sol poniente tocando un ukelele mientras esperaba el retorno de la canoa con papá y mis doce hermanos, quienes habían salido a pescar alguna tortuga que comeríamos esa noche alrededor de la fogata. “Un hombre de isla”. Debería haberle contestado que Montreal también era una isla. Una rodeada por un río, los cuales quizás no destupen narices, pero que a mí se me parecía mucho más al hogar que la otra isla en que nací. Nunca he sido de esos que adora el mar – ni para bañarse, ni para mirarlo sentado en muros legendarios, ni mucho menos para extrañarlo – ¿y ahora resulta que mi cuerpo decidió necesitar la imprescindible sal del mar? De eso nada: exijo síntomas de “hombre de continente”. Me los he ganado.

La contrariedad me tupió la fosa nasal derecha – izquierda si se para usted frente a mí – así que mi nariz quedó completamente obsoleta. Me quedé un rato sin respirar como protesta ante las situaciones absurdas en las que me pone la vida, pero terminé cediendo como siempre hago y respiré por la boca, primero como nadador, luego como mujer en parto y más tarde como maratonista ineficiente, hasta que ya más calmado llegué a la respiración normal de cualquier hombre de isla cuya nariz extraña su hogar: incompleta, pero eficaz. 

La calle estaba desierta, como todas las calles del mundo – islas o no – lo están los domingos a las cuatro de la tarde. En ese momento de la semana en que la mente prefiere hasta quedarse sin oxígeno antes que ponerse a pensar, pero que pocas veces puede evitar hacerlo. Especialmente ante esas calles vacías que tanto le recuerdan a las calles vacías de otros domingos por la tarde. 

“Extrañar el hogar”. Qué interesante y molesto concepto. ¿Cuál es el hogar? ¿Mi casa de Marianao? ¿La del Vedado? ¿La de Montreal? ¿La choza de guano de mi padre y mis doce hermanos, no lejos de la fogata? Si me volviera loco y regresara a Cuba, ¿decidiría mi fosa nasal extrañar la nieve? Estuve tentado a regresar a preguntarle al doctor si me podía mudar a Madagascar o si necesitaba la sal específica del norte del litoral habanero, pero probablemente él ni supiera que eran dos islas diferentes.

Pero aún sacando a mi nariz y a sus necesidades de todo esto, el tema está lejos de ser sencillo, especialmente un domingo. ¿Es el hogar en realidad una casa? ¿O un país? ¿Una cuadra? Los nostálgicos dirán que es alguna de estas cosas pero en el pasado y con salida al mar. Los optimistas dirán que en el futuro y con Internet incluido. Algunos, incluso, dirán que es la ciudad de su presente. Y se lo cuestionarán cuando les digan que sus fosas nasales no opinan lo mismo. Los más creativos dirán que es un lugar utópico en el que viven tus muertos del pasado con tus hijos del futuro y todos se llevan bien. Pero yo particularmente no creo que pueda vivir en una casa llena de gente con lo antisocial que soy. ¿Es entonces el hogar un lugar donde estoy solo? ¿Es Saturno mi hogar? 

Quizás el hogar es donde están tus libros. Esa definición me pareció perfecta en un inicio. Luego me di cuenta que hace siglos que no leo así que me sentí hipócrita y pretencioso. Quizás es donde esté mi televisor pero mi hipocresía no me dejó asumir esa opción. “Hola, soy Raúl y mi hogar es donde pueda ver HBO”. No es falso, pero no.  

Mientras el cerebro divagaba y la nariz extrañaba al océano, decidí que al menos mis piernas tenían que hacerme caso. Así que las detuve en su marcha sin propósito y las encaminé hacia un lugar en el que pudiera buscar respuestas más concretas: el río. Como no sabía cómo acceder directamente a él, me subí al puente  de siempre y calculé desde arriba por dónde coger. Media hora después, luego que bajé lo que había subido, atravesé un barrio, crucé una autopista aprovechando que no había carros, salté dos muritos y caminé por un lodo lleno de contenedores, logré llegar al río. Definitivamente bajar por la Rampa hasta Malecón era mucho más fácil.

¿Por qué estaba haciendo todo aquello? ¿Por qué me sentía tan contrariado si ni siquiera la consulta me había costado dinero? En medio de su onirismo, ¿había diagnosticado aquel doctor un problema real? ¿No sentía yo que Montreal era mi hogar? ¿O esto no tenía nada que ver con Montreal?

El río no se parecía a nada que yo pudiera considerar mi hogar, ni presente ni pasado. Era agresivo, aburrido y poco idílico. Pero el recorrido hacia él me había hecho recordar – no sé ni siquiera por qué; seguro porque todo es igual los domingos – a Ciudad Libertad. Y esta familiaridad se sintió bien. Fue una mezcla de “este lugar me lo conozco de memoria” con “sé que no ha cambiado nada y eso es lo que me gusta de él”, “aquí puedo ser yo mismo aunque no siempre haya sido yo mismo aquí”, “si me siento mal puedo venir a este lugar a curarme”… Listo: Ciudad Libertad es mi hogar. ¡Encontrado!

Dos segundos después deseché esa teoría. ¿Cuándo fui yo feliz en Ciudad Libertad? ¿Es el hogar un lugar donde uno tiene que ser feliz o es el masoquismo parte de la ecuación? ¿Es Estocolmo el verdadero y único hogar? Ni siquiera tuve que esperar al lunes para darme cuenta que “Ciudad Libertad es mi hogar” sonaba ridículo. Así y todo, la sensación provocada mientras pensaba en ella sí me pareció lo más cercano a una respuesta que había logrado en toda la tarde.

“¡Ahí no se puede estar!”, gritó alguien en mal inglés. Busqué con la vista y encontré al guardia que cuidaba contenedores. Desde la distancia le pregunté con las manos si me hablaba a mí. “Yes! You can’t be there! Go home!” Todo el mundo en Montreal estaba obsesionado con mi hogar. Le dije que sí con la cabeza y me fui. Después de todo ese río no había hecho mucho por mí.

Un rato más tarde, caminando una vez más sin propósito, justo cuando me cuestionaba si en vez de “hogar” era “extrañar” la palabra que debía estar analizando para encontrar la causa de mi conflicto, llegó el ocaso. El ocaso es el orgasmo de la melancolía dominguera. El momento en que uno o se mata o sobrevive para siempre. Donde decides que ya nada vale la pena y te tiras a la depresión profunda o donde las preguntas se convierten en segundos en convicciones que en otros días te es más difícil responder. 

Así que mirando el ocaso me di cuenta que el hogar es donde uno se siente bien el domingo por la tarde. A veces es tu casa del pasado, a veces un estado de ánimo, a veces Ciudad Libertad, a veces donde están tus libros y a veces donde sientes que te comprenden. A veces es en el futuro y otras en algún planeta del sistema solar no habitado todavía. A veces es “hogar” y a veces es “home”. A veces es donde estás solo y otras donde estás con tus muertos del pasado y tus hijos del futuro. A veces es donde amas y a veces es donde ves alguna serie de HBO donde la gente se ama. A veces es el mar, a veces la nieve. A veces tú mismo serás tu propio hogar y a veces tu cuerpo te mandará síntomas para que salgas a buscarlo. 

Si ante el ocaso dominguero no sientes que debes estar en otra parte, estás ahí. Y con esta convicción sobreviví para siempre. Incluso podría asegurar que en ese momento mi fosa nasal izquierda – derecha si se para usted frente a mí – dejó pasar un ligero aire hogareño.   

Las noches de los domingos son siempre más relajadas que sus tardes. La mente deja de cuestionarse cosas, cancela oficialmente búsquedas que momentos antes parecían vitales y empieza ya a quejarse del lunes. Así que entré a un bar. Quizás el hogar sea difícil de definir, pero el bar de la esquina no. Cuando me trajo mi cerveza roja de siempre – algo que solo he visto en Canadá pero que grita “hogar” como pocas cosas – el cantinero de siempre me preguntó “¿qué hiciste hoy?”. “Tengo esta fosa nasal tupida así que fui al doctor. Pero no…”. “Es por la leche de vaca”, me espetó. “¿Disculpa?”. “La leche de vaca te tupe la nariz”. Montreal: donde los doctores son poetas y los cantineros son doctores.

Me eché a reír de buen grado. Quizás fue el temor a perder mi desayuno diario – quizás fue algo más – pero negué vehementemente con la cabeza, levanté mi trago, brindé en el aire y con un profundo acento isleño dije: “Es que me falta el mar”.