Foto: La Demajagua

Foto: La Demajagua

Hemos visto hace unas semanas cantar homéricamente la actuación de la murga cubana en la Cumbre de las Américas de Perú. Hemos visto cómo los medios oficiales mentían al decir que un meme de órdago se multiplicaba por las redes sociales; un meme de Luis Almagro –secretario general de la OEA– como Gorila que solo debió haber sido popular, con suerte, entre la camarilla de Cubadebate, el Sistema Informativo de la Televisión Cubana y los nervudos ciber-combatientes de toda la vida. Hemos visto a Elito Revé desempolvar, allá en Lima, una coreografía de la española Melody, el “baile del gorila”, y dedicársela, por supuesto, a Almagro. Hemos visto comentar, en Cuba, que el discurso del ex canciller uruguayo fue soso, como si no abundaran aquí, desde hace años, fidedignas muestras de discursos sosos.

Hemos visto que, en rueda de prensa, Marco Rubio estocó a Granma con una obvia respuesta: “Lo único que deseo para Cuba y para Venezuela y para todos los países es que las personas que tengan diferencias puedan decidirlo en las urnas…”.

Hemos visto a la prensa oficialista contar que tres contrarrevolucionarios, que nunca fueran identificados, volvieran a insuflar el acomodadizo patriotismo de la delegación cubana. Hemos visto que la representada “sociedad civil” se indignó como nunca ha tenido agallas de hacerlo ante los atropellos de su gobierno. Hemos visto a Danilo Maldonado, “El Sexto”, garrapatear otro cerdo.

Hemos visto que no se anunciaran, otra vez, aumentos de sueldos. Hemos visto hablar, mil veces, de “socialismo próspero y sostenible” sin saber de qué se trata. Hemos visto a Raúl Castro felicitarse por lograr que los negros cubanos, gracias a la filantropía del sistema, puedan estar representados en la esfera pública y escalar dentro del régimen. Hemos visto este 19 de abril a Esteban Lazo, de piel negra e inamovible presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, hacer una lectura pánfila que, tristemente, recordó el estigma racista sobre la incapacidad intelectual de los negros y casi echa por tierra la reivindicación humanista con que Castro se refocilaba minutos antes. Hemos visto a Raúl Torres, conocido en algunos ámbitos como “el buitre de la trova” (compuso sendas canciones tras las muertes de Chávez y Fidel), llamar ahora a su tocayo Castro “el último mambí”.

Hemos visto en sugerir la carne de cuy, baja en grasas. Hemos visto recordar la muerte del “hombre de Maisinicú”, y luego a una pareja del concurso televisivo Bailando en Cuba —uno de los shows nacionales tipo The Voice— invitando a la unidad del pueblo este Primero de Mayo.

Hemos sido atacados por un eslogan electoral cacofónico –“genuina demostración de democracia”– y ofendidos, de nuevo, por el montaje tragicómico y nada democrático de los votos. Hemos contemplado lo que se anunciaba hace tanto, a Miguel Díaz-Canel finalmente investido, y nos hemos olvidado de Daniel Llorente, el hombre que hace un año corrió con una bandera estadounidense en la Plaza de la Revolución y fue internado en el Hospital Psiquiátrico de La Habana.

Hemos visto, hemos escuchado, hemos hecho silencio, hemos marchado. Hemos dado el ejemplo.

Hemos visto tantas mentes de nuestra generación destruidas por la locura.

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Foto: CubaSí

Foto: CubaSí

En lo alto de la Plaza estarán cuatro semblantes reunidos. La vicepresidenta Mercedes López Acea, la sicóloga Sucely Morfa, secretaria de la Juventud Comunista, Raúl Castro y el flamante Díaz-Canel, una cabeza más alto que su antecesor, con gorra del equipo nacional de béisbol. Cuatro rostros como en un cartel del constructivismo. El brazo de Díaz-Canel extendido hacia adelante, algo más musculado y firme que sus allegados, bien podría sostener una hoz.

Díaz-Canel no va a intervenir. Es la primera gran oportunidad de que se dirija a la gente después de asumir la Presidencia. Pero el discurso se le entrega a Ulises Guilarte de Nacimiento, secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba, un hombre que nunca cautivaría interés legítimo, un repetidor de tópicos de cuya boca vemos salir eyectada, de vez en cuando, una gota de saliva.

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Juegan Nishikori contra Zverev sobre arcilla en Telerebelde. El juego ya fue hace un par de semanas, pero para nosotros es nuevo, está ocurriendo en este instante, el primer día de mayo, previo al partido de la Champions League. Ha de haber en la arcilla una deformación, imperceptible. Es apenas un ejemplo más del tiempo deformándose en este país. El Sistema Informativo de la Televisión Cubana entrevista ahora a un viejo que acaba de marchar.

Ya tengo ochenta años —dice el viejo, pero no es posible definir si lo dice con orgullo o con resignación—.

¿Y sigue desfilando? —pregunta el periodista. El entrevistado lo mira, como si buscara la manera de no faltarle al respeto o como si no supiera, en verdad, qué responder—.

El viejo no le lanza una mirada fiera. No le lanza una mirada triste.

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Amplia repercusión internacional del Primero de Mayo en Cuba, dicen los medios oficialistas, citando a Telesur, la agencia Xinhua y al periódico mexicano La Jornada. Es lo mismo que citar a Granma, el Canal Caribe o Juventud Rebelde. Los periodistas se gastan cierres de esta madera filosófica: “…construir el futuro desde el presente”. Comparan el pacífico, emotivo y ejemplar desfile lleno de “unidad, compromiso y victorias” con las protestas de los trabajadores por el mundo. Trasmiten imágenes de obreros en la desarrollada Corea del Sur protestando por mejorar sus condiciones laborales.

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Se recuerda en las emisiones de estos días a los mártires de Chicago y otros sacrificados por la clase obrera. Pero aquí no habrá un Jimmy Hoffa, ni siquiera otro Jesús Menéndez. Aquí, donde el proletariado al parecer se siente sumamente realizado y solo se dedica a “preservar las conquistas”, el reguetón es el único cántico de guerra. A las cuatro de la mañana, Kokito, el Negrito y Manu entonan “Ay yo soñé que tú eras mi mujer/ ay yo soñé que yo era tu marido/ Yo soñé, yo soñé…”.

No consigo pegar un ojo en toda la madrugada. Me decido a luchar contra el insomnio escribiendo: “La deformación es el origen de otras formas…”.

A las 7:30 A.M. es el arranque oficial del desfile en La Habana. El proletariado comienza enseguida a bailar la conga, a buscar el lente que capture su rapto, su alharaca. Tenemos una vasta experiencia en demostrarnos alegres y coloridos, pero quizás el cubano sea cualquier cosa menos alegre y colorido. Uno no lo entiende, pero, de calle en calle, los altavoces se afanan por devolverte a las tablas, al adiestramiento.

Cinco agentes del Ministerio del Interior hacen posta en Hidalgo y San Pedro, bastante lejos de la Plaza. Uno está vestido con uniforme de campaña verde olivo. Son un misterio con el que me cruzo a esa temprana hora. No están para organizar la vía pública, porque para eso hay varios policías de tránsito en cada intersección.

Avanzo por detrás de uno de los agentes que está en la vía Colón, camisa blanca planchada, pantalón oscuro, mediana estatura. Un gastronómico, diríamos, salvo porque un gastronómico no pintaría nada vigilando el orden de los transeúntes.

Admiro mi sombra en el asfalto, mezclada con ese mismo calor que trepa hasta los rostros de los marchantes. Mi sombra no tiene singularidad, solo que es mi sombra y no quiero perderla entre la multitud. He notado, con los años, que su presencia me consuela. La multitud, en cambio, me deja sin aliento. Mi sombra es como yo. Desaliñada, introspectiva. Esquiva. Solitaria. Nunca me ha dado razones para boxear contra ella.

Pienso que no encaja en la sombra proletaria, ese mazacote indiscernible ahí delante. Por el momento, decido no incorporarme a la marcha.

Siempre en la armonía habita la posibilidad de la hendidura. En la confluencia de las calles 35 y 4, hay una arruga en lo almidonado, un hombre que, mientras el resto continúa su simulación, escacha latas de cerveza y refresco. Las golpea con un hierro de base rectangular, y una vez que se convierten en delgadas hojas de metal las echa en un saco. Mientras 900 mil personas rediladas hacen sonar voces, cornetas y tambores o corean “Yo soy Fidel”, el hombre está concentrado en su trabajo. Su posición, en cuclillas, es la de un feto diligente. Pelo gris y tempestuoso, una espina que se le dibuja en la espalda, inclinado sobre el desperdicio. Es el Día del Trabajo. Cuando la marcha termine, el hombre recogerá las latas esparcidas a lo largo de la ruta. Si logra después venderlas como material reciclable, tendrá alguna ganancia, habrá asegurado su sostén.

La deformación es el origen de otras formas.

Foto: IPS

Foto: IPS

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No pude, una vez resuelto, unirme al anémico júbilo de una marcha que parece repetirse, años tras año, ad infinitum. El cordón de guardias en Zapata y Paseo cerró el paso antes de las nueve de la mañana. Una mujer gruesa, mulata, intenta convencer a los cadetes de que le permitan avanzar. Lleva dos niñas pequeñas casi a rastras. La madre se enzarza con algunos de los cadetes, quiere incorporarse de cualquier modo al desfile del Primero de Mayo. Una oficial toma cartas en el asunto y le dice que no hay arreglo, que ya pasaron todos los bloques de trabajadores y que ella perdió la oportunidad de sumarse. Cuando la madre y las pequeñas se han alejado, la oficial dice que, si tanto quería esa señora unirse a la marcha, debió levantarse más temprano. Me acerco a probar, con esta cara, que no conmovería ni al Dalái Lama. Soy rechazado instantáneamente. Me doy la vuelta imprimiéndole a mi forma de caminar algo de guapetón. Siento que una de las cadetes dice: “Ah, debiste haber venido más temprano”.

Busco mi sombra. Mi sombra que ahí está. Y me la llevo conmigo.