Fuegos artificiales / Foto: Laura Rodríguez

Fuegos artificiales / Foto: Laura Rodríguez

Júrame que no saldremos

del territorio del poema.

Reina María Rodríguez

Miami, 4 de julio de 2019

Como siempre, la noche no ha sido buena. El bebé se ha despertado varias veces y con quien único se queda tranquilo es conmigo. Hemos estado un buen rato despiertos, balanceándonos en un sillón que compré por Amazon cuando él apenas era un gusano. Puedo decirlo ahora con todo el amor del mundo. Ahora que él existe y que lo amo y que conozco el amor más allá del deseo, el amor más allá de la palabra singar. Pero antes no podía decirlo. Antes, en Cuba y Miami y cualquier lugar donde hubiera cierta diáspora, la palabra gusano era una clasificación.

Con la palabra gusano se clasifica a todo aquel que hace cosas en contra del gobierno. No se cuestiona si el gobierno es bueno o malo en relación a la persona que hace cosas contra él. No se cuestiona si las cosas que se hacen en contra del gobierno son ofensivas o inofensivas. Simplemente se toman medidas hacia esa persona y se le empieza a llamar gusano de la noche a la mañana. Es una designación peyorativa para todo aquel que no sea un gusano. Para el gusano en cuestión es un orgullo serlo.

Lo que caracteriza a un gusano es la necesidad de irse y dejarlo todo, incluso su casa, incluso su madre y su padre, incluso sus hijos. Es un tipo de hombre y un tipo de mujer que no alberga ilusión ni asombro en el porvenir. Que no ve un porvenir cercano a sí mismo ni a sus seres queridos. Que no tiene ojos. Al final se va y no importa si perece o triunfa. El solo hecho de querer irse y llegar, por ejemplo, a Miami, convierte a una persona en gusano.

En resumen, un gusano se siente independiente y libre para pensar, sentir, decir y hacer las cosas como él piensa y siente que deben hacerse, aunque esa independencia no le sirva de mucho. Con la palabra gusano se designa, tal vez, a un ser humano independiente.

Sin embargo mi hijo, cuando era un bebé con pocos meses de vida, parecía un pequeño gusano de seda entre mis brazos tatuados y fuertes. Porque cuando una mujer tiene un hijo, sus brazos, que antes apenas sostenían quince libras con trabajo, se vuelven fuertes y valerosos e independientes, tanto como para sostenerlo a él y a todo el peso del mundo junto. Parece exagerado pero no lo es. Es algo tan normal y simple como un gusano.

Lo celebro el día 4, a mi hijo, porque un día como el 4 fue la víspera de mi primer embarazo. Perdí ese embarazo y quedé sin fuerza, sin forma, sin energía. Conocí el vacío. Me sentí como un gusano en su acepción peyorativa, alguien que hace cosas en contra de un gobierno, alguien que merece perder un embarazo por haber hecho algo malo.

Ninguna mujer y ningún hombre merecen eso. Ninguna persona con ilusión lo merece. Ninguna persona hace algo lo suficientemente malo como para perder eso que se ha creado naturalmente en su interior, que por primera vez lo llena, lo multiplica.

Era un gusano de luz, mi hijo, cuando por fin nació en su pequeño cuerpo blanco. Todavía hoy sigue pareciéndome eso mismo. A ratos le digo gusanito y él se ríe con sus ocho dientes y sus cuatro muelas enormes. Dice que no con la cabeza pero no me dice que no a mí, es solo un movimiento de la cabeza que ha aprendido a hacer y que le da risa. Entonces, por consecuencia, yo soy un gusano, o mejor, una gusana.

Miami, 4 de julio de 2019

Hoy es el cumpleaños de Reina María Rodríguez, la mujer que escribió Te daré de comer como a los pájaros, Otras cartas a Milena y Variedades de Galiano. Yo leí esos libros uno detrás de otro. No puede haber “peores” lecturas, el fracaso de la utopía que experimenta un intelectual (que es también mujer).

Pienso en la poesía de Reina María Rodríguez y me viene a la mente la palabra independencia. No me viene a la mente fuegos artificiales, solo la palabra independencia. Una escritura independiente en contra de un gobierno, de un país, de una tradición. Identifico ese gobierno con un sistema corporal y esa independencia con una escritura más allá de la poesía. Una escritura extra poética.

Veo bajar a Reina María de un trolley en Miami donde se interceptan Ponce de León y Miracle Mile, y aunque la pierda de vista porque vamos en direcciones contrarias sé que se dirige a un Café donde sirven dulces finos y expresos americanos, burbujeantes. Donde una mesa es diferente a otra mesa. Donde hay zonas de confort y zonas de incomodidad. Donde hay esquinas oscuras donde una mujer dolida, traumatizada por la poesía y por la falta de poesía, puede escribir a mano en una libreta nueva. Yo igual he subido a un trolley, me he bajado en incontables intercepciones y me he dirigido a infinitas zonas de incomodidad.

De hecho, pienso en Miami y no me imagino a Reina María Rodríguez habitando una ciudad inverosímil como esta. Pienso en el pacto que hace el lector al enfrentarse a un texto de ficción, su acostumbrada fe en la inverosimilitud. Pienso en los expresos burbujeantes y en el té de jengibre y en las galletas de limón y en los pasteles de limón y en los caramelos de menta que cuando iba a La Azotea, aquella tertulia que Reina María hacía, ella misma me brindaba. No sé a qué vienen tantas asociaciones juntas. Admiro a Reina María Rodríguez por el número de hijos paridos & por el número de poemas escritos, eso desde que soy madre, y leo cada uno de sus poemas como si fuera una fuente rota, un agua rompiéndose.

En Miami hay una Reina María Rodríguez pero Miami no se entera, Miami se lo pierde. En Miami hay una Reina con una corona de páginas de libreta y no hay una sola página que no tenga la palabra nostalgia impresa. La independencia de la nostalgia es necesaria. La independencia de la pérdida. La independencia del lenguaje.

El trolley de Coral Gables traslada a Reina María Rodríguez desde un punto hasta otro punto. La lleva de aquí a allá y de allá a acullá. La recoge, la abandona y la devuelve a un territorio que no es suyo, que no le pertenece y al que ella no pertenece, al que ella no se entrega sino en la oscuridad, huraña. Una foto. Tengo que hacer una foto donde se vea Reina María Rodríguez subiendo al trolley o bajando de él. El trolley tiene forma de tranvía, es rojo y verde, y su hocico tiene un puente donde poner bicicletas si uno anda en bicicletas.

No hay nieve en Miami que Reina María asocie con sus poetas rusas y sus escritores polacos preferidos. No hay poetas en Miami que Reina María prefiera. No hay escritura voraz, no hay filosofía, no hay grupo, no hay conspiración. No hay libros ilícitos ni librerías arrasadas. No hay invernadero. No hay piano. No hay máquina de coser. No hay hambre. Si acaso pequeños fuegos, artificiales y fatuos, el mismo día de su cumpleaños.

Miami, 4 de julio de 2019

Hoy es el Día de la Independencia. Hay hombres y mujeres cargando televisores por toda la ciudad. Esos hombres y esas mujeres llevan esperando varios meses para ver el amanecer del día de hoy, peinarse y maquillarse, y dirigirse al Best Buy más cercano, por ejemplo, en busca de su equipo electrodoméstico influencer que seguro está en promoción.

La mayoría son emigrantes y sonríen llevando a rastras televisores de dimensiones exorbitantes, de pantallas planas, antenas, canales y cables súper inteligentes, pero no personales ni personalizados, que los días patrióticos como estos se encienden solos y proyectan la imagen de una bandera norteamericana a gran escala, enorme, nacional, sin que su dueño lo hubiera dispuesto así.

Otros compran sus primeras secadoras de pelo, sus primeras batidoras, sus primeras computadoras portátiles o de escritorio, sus primeros cepillos de peinar eléctricos, sus primeras secadoras de pelo, sus primeras hornillas eléctricas, sus ollas multipropósitos, sus ollas arroceras, sus parrillas eléctricas para hacer un asado familiar en la terraza y tomar cerveza fría y conversar un poco sobre cómo está la cosa.

Es una sorpresa muy agradable encender el televisor y encontrarme una bandera detrás de los íconos de los distintos canales de internet que aparecen en la primera pantalla cuando uno da clic en el botón rojo del mando a distancia, el botón que dice power. La bandera ondea detrás de los íconos y uno duda de eso que ve ahí moviéndose, y le pregunta al de al lado si eso que ve es la bandera norteamericana en persona, plantada y viva en la sala de mi casa.

Para uno, que viene de un lugar donde la bandera de ese lugar lo rodea todo y lo cubre todo como un cielo rojo, azul y blanco, un cielo tricolor, es asombroso verse rodeado de una bandera parecida, al menos en color, tamaño y forma. Uno se asombra siempre de casi cualquier bandera.

La mayoría no se da cuenta de estas pequeñas nimiedades, ínfimos refrescadores de pantalla domésticos. Agradecen, como agradezco yo, que el día sea feriado y que el asueto sirva para relajarse, disfrutar un poco más de la vida en familia, de los hijos, los amigos, los vecinos, la naturaleza.

La mayoría, después de hacer sus diligencias (comprar, comer, ir al baño), aprovecha para relajarse y disfrutar un poco más la vida. Hay que relajarse porque la vida es complicada. «Miami es una ciudad complicada para vivir», oigo decir a alguien en el parqueo de Walmart, por ejemplo.

Me quedo pensando en eso y en el concepto de independencia. Al final, gracias a que hoy se celebra la susodicha tenemos un break y unas cuantas horas extra, y en la noche, probablemente, seremos muy felices viendo los fuegos estallando en las nubes.

En el siglo XVIII había trece colonias que se separaron jurídicamente de Gran Bretaña, logrando independizarse. Fue una declaración que ocurrió hace tiempo. Fue un momento tan importante y patriótico que me conmuevo, me inclino.

Sin embargo la independencia, aquello por lo que una persona debería ser capaz de luchar hasta lograrlo, no deja de parecerme un concepto refurbished. Un concepto que se quiebra, se afloja, se atrofia y desbarata con cada segundo que pasa. Un concepto demasiado cercano a la libertad, reciclado y esgrimido por unos y por otros, sin aplicación real, sin autosuficiencia práctica.

Hasta ahora, el mejor ejemplo de independencia que conozco es el acto de la escritura y el acto de jugar. Veo a mi hijo jugar con un juguete durante cinco minutos y estoy segura de que ha conseguido la independencia.

Miami, 4 de julio de 2019

Después de varios mensajes intercambiados con unas amigas, decidiendo a cuál parque ir, nos decidimos por el Regatta Park, para que sea un punto medio entre su casa y la nuestra. Hace tanto calor y soy tan poco independiente que al llegar a la explanada llena de personas alegres empiezan a picarme los mosquitos y a darme alergia el humo de las parrillas donde se asan pinchos de carne, salchichas, chorizos, cuartos de pollo, costillitas, cebollas, pimientos, hongos.

Ya es de noche. Los fuegos artificiales del Día de la Independencia están a punto de incendiar el cielo y los ojos de las personas congregadas en el parque. Los niños corretean como las liebres de un relato para niños. Así son los niños, corretean y relatan. Miami es una ciudad complicada para vivir, me acuerdo de la frase mientras mi hijo se apretuja contra mí, sudado y lleno de polvo. Entonces estalla el primero y la frase se me olvida. El lugar de la frase lo ocupa una imagen grotesca y oscurecida del mundo. El paisaje de una fecha homóloga en Camagüey, Cuba, donde la niña soy yo. Son las doce de la noche y estoy mirando en el cielo unos fuegos esmirriados que no me gustan, no me gustan. Estoy en los hombros de mi papá y no me gustan, no me gustan. Todo huele a petróleo, a latas de petróleo con mechas de tiras de tela encendidas por niños descalzos que corretean. Así son los niños, corretean. Creo que tengo asma, papá.

Mi hijo mira los fuegos en el Regatta Park sin quitar su cabeza de mi pecho. Tiene un año y tal vez se asuste. Los fuegos artificiales enormes podrían tener algo en común con los televisores en promoción de las tiendas a donde vamos en busca de las ofertas. Son enormes y muchos. Estallan, explotan sobre el pueblo medio norteamericano que celebra la independencia y la libertad norteamericanas de una nación refurbished como la independencia, como el resto de las naciones en la actualidad.

Todos miramos los fuegos al punto de torcernos el pescuezo. Los fuegos artificiales enormes podrían tener algo en común con las liebres, los niños, y los relatos. Depende.