Justin Thomas / Foto: Jesús Adonis Martínez Peña

Justin Thomas / Foto: Jesús Adonis Martínez Peña

El mejor invento de los escoceses es el buen whisky. Pero al golf no le ha ido mal. Hoy día es un deporte bastante más popular, al menos en Estados Unidos, las islas británicas y los resorts de alta gama, de lo que uno imaginaría y, sin embargo, continúa siendo lo suficientemente exclusivo y, seguramente, divertido (¡Oh!), como para que las más caritativas y conservadoras almas de este mundo prefieran mantenerlo así: como su pequeño gran tesoro verde y chic. Los dueños del prado son tipos celosos y joviales que pasan su vida esperando el próximo fin de semana para castigar la bola blanca, un copo de nieve en el centro mismo de la primavera.

Esto pensaba mientras salíamos del estacionamiento del Hyatt Regency hacia el Club de Golf Chapultepec de la Ciudad de México. Éramos una flotilla de perdedores -engreídos jugadores de Candy Crush y tertulianos de Whatsapp- a bordo de una de las camionetas climatizadas que cada 15 minutos trasladaban a la prensa hasta el campo donde se celebraba, del 1 al 4 de marzo, el WGC-Mexico Championship correspondiente al circuito profesional de golf estadounidense (PGA Tour).

Se trataba de una operación cuasi secreta. El 99 por ciento de una urbe con más de 20 millones de habitantes ignoraba en qué andábamos yo, una nube de chupatintas especializados o advenedizos (como yo), los contingentes de NBC Sports, Golf Channel, TV Azteca y ESPN, una indeterminada legión de organizadores y voluntarios (estadounidenses de primer rango y mexicanos de segundo), 65 de los mejores golfistas del planeta y algunos miles de personas dispuestas a pagar lo justo por el picnic más cosmopolita y el acontecimiento deportivo más distinguido del año. Quiero decir: el resto de la ciudad lo sabía, porque la noticia estaba desde hace meses en las páginas de los diarios y en la televisión, pero a esta hora ya nadie se acordaba del golf, sus estrellas y el aparatoso esplendor inmediato, porque a quién demonios le importa, cuando amanece la vida real en esta comarca, lo que ocurre en el distante mundo de al lado.

La Van, hermética y con cristales polarizados, buscaba el nivel más alto del Periférico, giraba sobre la ciudad como en una afable montaña rusa diseñada para pacientes cardiovasculares crónicos, se incorporaba a la siguiente avenida, atravesaba la breve sombra de un túnel o un paso elevado y más adelante franqueaba un cuello de botella o tomaba un desvío en el que estaba apostada la policía militar. La policía o lo que fuera siempre me provoca mala espina y, de súbito, empecé a imaginar, y casi a sentir, que éramos en ese instante carne de contrabando y que aquellos tipos uniformados eran parte de alguna trama criminal y que ahora, tal vez, ya no llegaríamos a nuestro destino campestre y golfístico, sino…, aunque, por supuesto, a nadie se le ocurriría secuestrar a semejante inventario de chuletas periodísticas que jamás habían escrito una línea sobre corrupción política o negocios turbios o narcotráfico o desaparecidos o abuso de la fuerza pública o cualquier otro pecadillo venial por el estilo… ni siquiera sobre fútbol. En el exterior de la camioneta un rótulo anunciaba nuestra meta a voz en cuello: “EL MEJOR GOLF DEL MUNDO”.

Sin duda, era hora de que sacara el celular y revisara las notificaciones de Facebook. En vez de eso, leí las últimas dos páginas de Miedo y asco en Las Vegas, algo que mi Tutor Subconsciente había echado en el bolso unos días antes.

Llegamos al Club Chapultepec y entramos cruzando el fairway del Hoyo 10. Vemos por un instante la ancha calle de césped y los grandes árboles, allá lejos alguna estudiada ondulación sobre el tapiz verde claro. Es fácil imaginarse a aquellos viejos escoceses que inventaron el juego, aburridos como ovejas, saya y medias altas a cuadros, manta de lana a juego, bonete oscuro y barba rojiza, caminando por la campiña después de un largo y nefando invierno. Las ovejas propiamente dichas están pastando dos colinas más allá. Cada quien da un trago a su petaca de whiskey single malt. Bien, se dicen, y ahora qué…

Foto: Jesús Adonis Martínez Peña

Foto: Jesús Adonis Martínez Peña

El Chapultepec es un campo tradicional de fairways rigurosamente vigilados a cada lado por árboles antiguos; cada hoyo se protege con un par de trampas de arena y a veces hay un fresno gigante, un lago oculto, un repecho o una disimulada pendiente en el green que maximiza los desafíos técnicos e imaginativos que enfrenta el golfista profesional. Diseñada por los también escoceses Willie y Alex Smith e inaugurada en 1928, se trata de una cancha old school de par 71 que castiga al menor desliz pero que suele recompensar la audacia y el riesgo, comentaron a Golf Digest participantes hace un año en la primera edición del evento. Miles de metros cuadrados de pasto y cielo en medio de la colonia residencial Lomas Hipódromo, Naucalpan, al noroeste de la Ciudad de México.

Nada que objetar por mi parte.

Ahora ajusto mi cámara enfocando a los jugadores que aún están sobre el green de prácticas: hay un montón de bolas junto a los zapatos con softspikes, entonces el golfista arrastra una de ellas con el palo (putter) hasta dejarla enfrente, ajusta la postura y se planta firme en el césped, miradas alternativas al hoyo y a la bola, quizá algún pequeño golpe en blanco para testear el movimiento, la atención vuelve al objetivo y el putter vuelve a medir la nuca impoluta de la bola, última mirada al agujero, del cual no ha asomado ningún conejo en los últimos cinco segundos, mínimo backswing… y tac… Es indiferente, para mí, si la bola llega o no a su destino. Reviso la foto. La sesión de prácticas continúa hasta que llega el turno de comenzar oficialmente la jornada.

Desde hace hora y media hay otros golfistas en el campo. En realidad, el green de prácticas se encuentra un tanto elevado y lo rodea una baranda metálica sobre la cual el público se reclina para conversar, cerveza en mano, sin prestar demasiada atención. De pronto uno observa a estos muñecos gigantes que, por alguna razón, alguien ha colocado sobre la mesa de billar para que cuelen a bastonazos todos esos mingos diminutos. Y fallan alarmantemente. Me digo que no hay nada más obsceno que mirar los estúpidos ensayos sobre el green de un jugador de golf.

Poco antes del mediodía del sábado la Casa Club del Chapultepec está llena de socios e invitados, aunque tal vez no esté repleta, como lo estará sin dudas un poco más tarde y sobre todo mañana, el domingo definitivo. La gente se asoma y echa un vistazo a las prácticas o a cualquier otra cosa. Beben y charlan, charlan y comen algo, luego vuelven a beber. Una “Coca”, una cerveza oscura, un agua de limón. Andan de buen humor porque de eso se trata esto y algunos están a punto de irse al campo porque ya está al salir desde el tee del Hoyo 1 un grupo de buenos jugadores, o puede que vayan a apostarse en algún green estratégico para aguaitar a los líderes, que arrancan pasadas las 12. Otros se quedarán chupando y platicando toda la tarde. Puede que digan:

-Quédate, hombre… Ya tú estás grande para caminar así. Deja a la juventud. Vamos a pedirnos unos mezcalitos y platicamos. Al rato nos damos una vueltecita. Desde aquí lo seguimos más cómodos, por la pantalla…

El Media Center está emplazado entre el Driving Range1 y la zona de entrenamiento del approach o golpe de aproximación que se ejecuta desde el bunker o foso de arena hacia el green. Tres recintos principales montados especialmente para el torneo. Viniendo desde el Hoyo 1, está el pequeño restaurant/snack, donde nunca falta concurrencia. Se sabe que la prensa casi siempre tiene hambre y sed, y el hecho de que la comida y la bebida sean gratuitas no ayuda a regular el metabolismo. A última hora de la tarde del sábado, una simpática y regordeta custodio mexicana se vio obligada a desenfundar todo su asombroso repertorio angloparlante para convencer a un “gringo” como de dos metros y medio de alto acerca de la importancia de devolver al menos cuatro o cinco de las cervezas Indio escondidas en su bolsa para que otros colegas, que tal vez venían arrastrándose desde el distante Hoyo 14, también pudieran empinar mínimamente el codo a la salud del PGA Tour.

Justo al lado, se encuentra la sala de conferencias, donde se aprietan decenas de cámaras televisivas y destellan los celulares inteligentes mientras los cronistas anglosajones lanzan preguntas al líder del torneo tras cada jornada. Al caer la tarde del domingo, allí se sentará el vencedor, feliz y agobiado, con el rostro incendiado y la Copa Gene Sarazen a su diestra, para responder qué se siente ser eso que ninguno de nosotros, gacetilleros del mundo, jamás podremos ser… el campeón.

La redacción es un amplio cobertizo con muchas filas de mesas, la mayor parte vacías, sobre las que se lee el nombre del medio correspondiente y entre las cuales hormiguean redactores, fotógrafos, camarógrafos que van o regresan del baño (salida lateral) o del comedor (principal) o que vienen de o van a algún punto del campo porque, a fin de cuentas, todos estamos aquí trabajando. Algunos se afanan en sus escritorios y a cambio se evitan kilómetros de marcha. Siguen el torneo a través de Azteca TV, observan una pantalla gigante con los scores en tiempo real, escriben las notas pertinentes, actualizan las webs oficiales o sus perfiles en redes sociales, chatean con sus jefes o con sus esposo/as en algún lugar de Massachussets, la Condesa o Iztapalapa.

Todo lo supervisa una chica llamada Rachel, que no sabe ni pizca de español, pero que tiene brazo derecho y brazo izquierdo mexicanos. Rachel y las chicas de su equipo te ponen una manilla para que puedas comer y usar las instalaciones destinadas a la prensa, te invitan a coger algunos números de Golf Digest, te colocan etiquetas para que todos sepan que tú solo puedes tirar fotos desde fuera de las cuerdas, te aconsejan que observes las reglas del PGA Tour para fotógrafos y reporteros y te entregan una agenda y una pluma para que anotes cualquier dato o idea interesante. Yo obedezco:

1-Toda la infraestructura, Media Center y, quizá, la misma Rachel incluidos, se trajo desde Houston a un costo de cinco millones de dólares y se instaló durante dos meses, informó el periodista mexicano John Sutcliffe en ESPN. Pero no hay sorpresa. Se repartirán unos 10 millones de dólares en premios totales, y el último lugar del torneo se irá de aquí con más de 50 mil;

2-Mil millones de hogares en 227 países vieron la edición 2017 del WGC-Mexico Championship, sostuvo el anfitrión Benjamín Salinas, CEO de TV Azteca y miembro del Grupo Salinas;

3-Benjamín Salinas es el heredero de una fortuna de 4300 millones de dólares. Habla inglés en TV para el público norteamericano, siempre sonríe y se peina pulcramente de izquierda a derecha. Organiza este torneo desde los 33 años, la misma edad de su tocayo Benjy, el personaje de Faulkner, “un idiota lleno de ruido y furia” que se pasa la novela espiando a través de la cerca, junto al negro Luster, a unos extraños que juegan al golf en los campos del Sur que alguna vez pertenecieron a su familia, mientras su estirpe se disuelve en un violento ayer acorralado por los nuevos tiempos;

4-El mundo del golf no carece en absoluto de ironía. La sucesión de hechos que nos tiene aquí pudiera empezar con Donald Trump, quien se lanza como aspirante presidencial y enseguida abre su boca para soltar lindezas como que los mexicanos que llegan a Estados Unidos son a menudo criminales, narcotraficantes y violadores (“criminals, drugs dealers, rapists”). Trump posee varios campos y resorts de golf de primera magnitud donde se celebran torneos de máximo nivel, como el National Doral Miami, que acogió desde 2007 el Cadillac World Golf Championship de la Serie Mundial. Al parecer, debido a las incendiarias declaraciones del candidato, el torneo del sur de la Florida se quedó sin patrocinadores y no abundaron quienes estuvieran dispuestos a asociar su marca con la de Trump. El PGA Tour debió buscar nueva sede a uno de los eventos más importantes del calendario. Para 2017, unas semanas después de que Trump se convirtiera en Presidente, el Cadillac World Golf Championship se convirtió en el WGC-Mexico Championship. We just jump over the wall”2, dijo el jugador norirlandés Rory McIlroy.

5-El PGA Tour ha donado unos dos mil millones de dólares a instituciones benéficas desde 1938, leo en la edición especial de Golf Digest;

6-No veremos por aquí a Tiger Woods porque no tuvo tiempo de clasificarse, pero otra vez anda suelto el tigre;

7-Reportes de prensa hablaban hace meses de un Tiger bajando a los infiernos: ha ganado unos 1650 millones de dólares (110 millones en premios) durante su carrera –asegura la nota–, pero los escándalos y el “duro golpe” de la muerte de su padre lo han hecho recalar en la desolada playa de los 700 infortunados millones de dólares;

8-Hace tres días, cuando veníamos por las credenciales, un indigente intentó decirme cómo llegar hasta la entrada del Club y dónde podía estacionar el auto en aquellas calles estrechas y atiborradas. No hice caso y doblé en dirección contraria: el tipo gesticulaba con los brazos envueltos en unos trapos sucios y ondulantes como banderas, miraba para todos lados y jamás posaba su mirada en un punto, hablaba como Dios…;

9-Del otro lado hay un fuerte o algo así, el Campo Militar 1; por la avenida del Conscripto, aledaña al Club Chapultepec, puedes ver camionetas militares de adiestramiento cargadas de soldados primerizos con armas largas colocadas entre las piernas;

10-He aplazado una visita al médico este fin de semana para venir aquí, pero mientras camino la cancha sé que me está creciendo un absceso en el muslo derecho con forma de ínfima pelota de golf3.

Me agrada el golf. Es un descubrimiento reciente y, sobre todo, televisivo, aunque hace años nos íbamos en las tardes al Parque Almendares de La Habana y por 20 pesos jugábamos al “golfito” mientras compartíamos algún ron barato y siniestro. Entonces lo único que me gustaba eran los amigos.

La gente que paga cientos de dólares, o quizá más en reventa, y viene por estos días al Chapultepec también resulta simpática. Se visten de modo presuntamente casual, lo que incluye mucho jeans, pero también camisas de batista o de seda, alguna chaqueta de tweed, centenares de pamelas y sombreros panamá. Hay quien se disfraza de golfista. Uno sospecha que esas gorras y t-shirts con logo de Callaway, Ping o TaylorMade sólo dejan el armario en ocasiones como esta, si no es que acaban de ser compradas en la tienda del Club. El hábito haciendo al monje.

Un par de señores jubilados iban con sus zapatos de golf, muy circunspectos, hacia el green del Hoyo 4. El primero preguntaba al segundo si llegó a trabajar para Carlos Slim y el interpelado, tras un vistazo a la punta de su calzado de dos tonos, respondía que sí o que no, pero que en todo caso trabajó en cierto departamento de administración o de ventas con alguien de apellido Ordóñez o Gutiérrez y que éste, a su vez, lo jaló cuando por fin se fue a un puesto clave en otra muy importante empresa perteneciente al señor No Sé Quién.

El sábado, en las inmediaciones del Hoyo 1, alguien decía en voz alta siempre que un jugador fallaba su tiro: “Pregúntame… Pregúntame… Tenía que haberme preguntado”. Lógicamente, aquel señor no era el burro de Shrek, sino algún accionista del Chapultepec interesado en informar a las 20 o 30 personas que estábamos a su alrededor que, bueno, él ha metido muchas veces la pelotita en aquel agujero porque, con perdón, él es lo que se dice un socio de muchos, muchos años en este Club.

-Ese putt no tiene caída, hay que apuntarle al centro del hoyo –nos explica, a todos, el socio, aunque con la vista clavada en su esposa, que a su vez decide poner su mejor cara de póker–.

-Solo un poco más a la izquierda, D.J –larga ahora un consejo para el líder del ranking mundial–.

En ámbitos virtualmente distinguidos como el golf, puede resultar trascendental el reconocimiento, si no como experto, al menos como iniciado. El neófito no pertenece, está bajo sospecha de ser un paria, un desclasado, y ese estigma, por supuesto, tiene implicaciones terribles más allá del contexto competitivo y lúdico del golf. Los diálogos alrededor del hoyo revelan cierta ansiedad.

-Órale, ese soy yo. Ese es mi golpe, así mismito la fallo siempre… Qué rabia, cabrón” –suelta alguien, como se ve, modesto y empático, cuando erra su putt Jordan Spieth, campeón de tres Majors a los 24 años–.

Un padre ilustra a su hijo entre el público que avanza hacia el green del Hoyo 5:

-Ya ves que en el tenis hay Grand Slams, pues en el golf también hay cuatro Majors: Augusta, el British Open, el US Open y este… el PGA Championship. Y bueno, Tiger tiene 15…4. Después de este vas por las cervezas, mijo, ¿está bien…?”.

Es su primer hoyo y la esposa no puede más de entusiasmo. Anoche, al parecer, estuvo haciendo la tarea de otro día:

-¿Y Rory…? ¿No vino Rory…?

-No, no vino.

-Uhm, me gusta Rory.

Silencio absoluto porque se juega.

-¿Y el australiano que me gusta? ¿Vino?

-¿Quién?

-Este… el que me gusta. Justin, ¿no?

-Ah, Justin Day. No, no vino.

-Uy, qué lástima. Me gusta Justin.

-Sí.

-Sí, juega bien, ¿no?

-No, no es Justin.

-¿Cómo?

-Que no es Justin. Justin es Thomas.

– ¿Cómo?

-Su nombre es Jason.

-…

-Jason Day. El australiano…

-Ah, sí, claro, perdón, claro… Jason. Jason Day. Me gusta… Pero no vino, cierto…

Sergio García / Foto: Jesús Adonis Martínez Peña

Sergio García / Foto: Jesús Adonis Martínez Peña

Al borde de un green concurrido también puede encontrarse el modelo libertario de la mujer curtida y experta y el esposo novato y mudo:

-Ves, excelente tiro, la puso en el green desde el tee. Lo sabía… Qué crees. Cuántas yardas hasta el hoyo, calculo 335, más o menos. Habrá que revisar los datos de este hoyo. No sé… ¿Tienes el programa a mano? Es par tres, pero desde ahí tiene el birdie seguro. Wow, qué gran tiro… De quién será (alguien dice que Sergio García) ¿De Sergio…? Uhmm, la dejó dada…. ¡Grande Niño…!” (el Niño no escucha porque aún está a unas 300 yardas del lugar).

Domingo a las cinco de la tarde, a la salida del Hoyo 17. Cerveza en mano:

-Ganó Phil… Bueno, está bien, hacía un chingo de años que no ganaba nada ese güey. Un grande… Pero medio mamón.

-¿Sí?

-Sí, ya ves cómo es…

– ¿Lo conoces?

-Medio mamón, medio creído. Ya verás como no quiere firmar autógrafos ni nada, güey.

En algún punto, el espectador tiene que tomar una decisión trascendental: seguir a su golfista favorito por todo el campo y quizá moverse de vez en cuando hasta algún hoyo cercano para ver jugar a los demás, o bien rendirse y buscar la Fan Zone o el Hospitality más próximos, pedir unas chelas, una torta o una comida en toda regla y, a cada rato, alzar la vista para seguir la competencia por televisión.

Hay quienes optan por un sistema de aprovisionamiento más dinámico. Alguien de la familia o del grupo de amigos va por las cervezas o los refrescos mientras los demás siguen la definición del hoyo. También puede que algún miembro de la comitiva tenga que ir al baño. El juego sigue su curso y si se trata de aficionados nómadas, en un rato se producirá esta conversación telefónica:

-Nos movimos, sí… Lo siento… Estoy del lado derecho del 8… ¿No puedes llegar…? ¿Está cerrado el paso…? Ok, allí nos vemos, mi amor… Al ratito, sí… En la salida del 10… Igual yo… Perdón, eh…”.

Phil Mickelson / Foto: Jesús Adonis Martínez Peña

Phil Mickelson / Foto: Jesús Adonis Martínez Peña

Lo mismo el sábado que el domingo, durante horas, seguí el grupo en que jugaba el español Sergio García, vigente campeón del Master de Augusta. De vez en cuando me daba una vuelta para ver a Dustin Johnson, Justin Thomas, Phil Mickelson, Bubba Watson, John Rahm o Rickie Fowler. No sé si esos nombres le digan algo a las multitudes de fanáticos, más allá de los Estados Unidos, de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo y Lebron James y Clayton Kershaw, ni pensar en los desconectados hinchas de Alfredo Despaigne y Víctor Mesa, pero les advierto que, si esos nombres no les dicen nada, si acaso es primera vez que escuchan hablar de ellos, de cualquier modo, no quiere decir que estos tipos no sean multimillonarios, famosos y endemoniadamente buenos en lo que hacen. Juegan al golf. Que para los escoceses solo vendría a la zaga del whisky, en Washington es la distracción predilecta del establishment y en La Habana, por ejemplo, es una ciencia oculta para todos menos para Tony Castro.

En Cuba, el golf fue desterrado hasta hace poco tiempo en medio de una campaña integral para erradicar el Pecado Original Burgués y, aun en este interregno de la Revolución Reformista o del Post-socialismo, los proyectos para la construcción de campos de primer nivel se mueven de contrabando entre las oficinas del Poder y las oficinas de los inversionistas extranjeros. La opinión pública nacional jamás se enteró de que el hijo de Fidel Castro ganó hace pocos años un torneo internacional en el Varadero Golf Club, hasta el momento la única cancha de 18 hoyos en la isla. De hecho, la iconografía de la Revolución apenas roza este deporte en las imágenes de Korda sobre la parodia golfística escenificada por el supremo líder cubano y el Che Guevara, ataviados ambos de verde olivo, burlándose del presidente Dwight D. Eisenhower y, de paso, lanzando un virulento y fascinante insulto contra el halo de distinción y la rancia etiqueta del juego. En abril de 1959, Eisenhower no había querido ver ni en pintura al joven Fidel Castro, que causaba sensación durante su visita a los Estados Unidos, y prefirió marcharse a un campo de golf. Un par de años después, al día siguiente del célebre simulacro, el periódico Revolución titulaba: “Fidel juega mejor que Eisenhower”.

Antes de México, mis únicos recuerdos ligados a una auténtica cancha de golf conducen directamente a la sangre y las drogas, a la visceralidad del arte y la democracia ingenua y primordial. En Cuba, los campos de golf, como los cuarteles militares, fueron convertidos en escuelas, o al menos ese fue el caso del Country Club de La Habana, en cuyos terrenos se construyó el Instituto Superior de Arte. Sobre el viejo césped del ISA contemplé una vez con extasiado horror al austriaco Hermann Nitsch5, un artista venerable y ya septuagenario, con facha de Gnomo Sombrío o Perverso Santa Claus, que sacrificaba animales con parsimonia y manchaba el pasto ante la fascinación o el espanto de una multitud que se encabalgaba para asistir, no a la limpieza euclidiana de un full swing, no al instantáneo suspense en la definición de un hoyo complicado, sino al oscuro relato de unos jóvenes desnudos, bebiendo o haciendo como que bebían sangre, en medio de un apoteósico revival de ritos arcaicos que, creo recordar, incluía la frotación con órganos palpitantes y el sacrificio humano simbólico. Una altiva puesta teatral que, por supuesto, escandalizaría a la bucólica sociedad del Chapultepec y que, acaso, perturbaría de por vida el equilibrio psíquico de muchos golfistas de buena fe. Sin embargo, lo más inquietante de aquella tarde sobre el césped del antiguo Country Club fue el inesperado expendio gratuito de cerveza Bucanero, lo que otorgó, para algunos, una nueva dimensión al asunto. Tiempo más tarde estaba otra vez en aquel campus golfístico, al límite de una muchedumbre de decenas de miles y a una distancia sideral de las luces coloridas y el vil sonido pop rock que se expandía desde el escenario. El italiano Zucchero había viajado hasta el Trópico para traernos novedades: mucha, mucha azúcar… y su “Baila, baila, morena, sotto questa luna piena. Under the moonlight…”. Así que los jóvenes universitarios preferían sentarse en círculos, con las piernas cruzadas, para compartir en el secreto y la estridencia de la noche un único porro de marihuana. Se miraban a los ojos y se pasaban el cigarrillo, como si fuera un instante del crepúsculo, hasta que dejaba de existir.

García terminó el torneo en séptimo puesto, a cuatro golpes de los líderes. Hasta el antepenúltimo hoyo tuvo opciones de igualar en la cima y de pasar al playoff de desempate. El sábado había errado en el 5 un putt difícil pero no imposible. Nada más golpear se quejó de algo con su caddie, un vikingo enorme y colorado que lanzó una mirada furibunda en dirección a donde yo estaba.

-Hey… Shhh… Ggrrr… ­-farfulló, y enseguida soltó una parrafada en un inglés cerrado y lleno de pedruscos rodantes.

Be careful, ok?… Be careful… Argh…!!! -agregó, mientras daba la espalda al público.

Sin querer, había apretado el obturador un segundo antes de que García pegara a la bola, la cámara trizó mínimamente el silencio y el castellonense falló por bastante. Ese disparo quizá hubiera elevado las chances de “El Niño” pero, en concreto, apenas significó al cierre del campeonato una diferencia de 90 mil 750 dólares entre su bolsa (239 mil 750 dólares) y la de quienes empataron con un golpe menos. El caddie –un término que se refiere al imprescindible hombre que carga la bolsa de palos pero que también puede traducirse como el carrito de la compra o pequeña caja con divisiones para herramientas o para el té– suele ganar hasta un 10 por ciento de las recompensas obtenidas por un golfista profesional. En este caso, la fugaz iracundia del caddie estaría justificada, por lo menos, unas nueve mil contantes y sonantes veces.

Siempre que hay un tiro directo al hoyo se escucha la frase más socorrida en un campo de golf: “Get in the hooole…”. No hay nada parecido en español. Es un aullido limpio y jubiloso, situado en el extremo opuesto del melancólico coyote que mira a la luna y del viejo beatnik enfrascado en un buen o mal viaje de ácido. “Get in the hoole…” es un súbito voto de buena suerte que alza vuelo sobre nuestras cabezas y acompaña el recorrido de la bola hasta el agujero o hasta el “Ooohhh…”. Sin embargo, en enero último un seguidor demasiado vehemente adelantó un instante su alarido e hizo fallar un intento para par a Tiger Woods en su retorno a las canchas. En el Chapultepec no ocurrió, ejemm…, nada por el estilo.

-Get in da hooole -gritaban los fans estadounidenses-.

-… in the hooole -gritaba algún aficionado mexicano-.

Al final de la tarde del domingo, el veterano Phil Mickelson metió su putt para par en el Hoyo 18 y entonces se supo que habría playoff de desempate contra el mejor golfista de 2017, el veinteañero Justin Thomas. Los legítimos amantes del juego se relamieron y, un segundo después, volvieron a atusarse sus prestigiosos bigotes. Cientos de entusiastas corrieron inútilmente, porque allí ya había miles esperando, hasta el Hoyo 17, The Peak, un par tres a orillas de un lago donde aletean y hacen gárgaras unos patos magníficos. Yo estuve a punto de quedarme comiendo sushi en el Food Court más cercano, pero estaba a sobreprecio, y no había caminado unos 12 kilómetros desde la mañana para luego perderme el desenlace. Nada especial. A siete mil 835 pies sobre el nivel del mar, Thomas dilapidó sus tiros y, un lustro después, el viejo Mickelson conquistó su trofeo número 43 en el PGA Tour.

Una amplia sonrisa/el saludo al rival y a la multitud/ la aclamación de los fans agolpados sobre la colina adyacente y en los balcones de los Hospitality bautizados con los nombres de los “Tres Grandes”6/ Algunos gritan: “Phil, hermano, ya eres mexicano…”/firmar la tarjeta en la Casa Club/alzar la Copa Gene Sarazen en el Hoyo 18/ el breve discurso del campeón/ más saludos, sonreír todo el tiempo/ conferencia de prensa/ entrevistas para televisión/ cheque por 1,7 millones de dólares.

Mickelson va de negro: gorra de KMPG, playera con etiquetas de Callaway y Workday. Dice en la rueda de prensa que superará los 50 triunfos en el Tour y que, a sus 47 años, puede sostener el pulso con los jóvenes porque tiene mejores golpes que nunca. Ante las cámaras el ganador de cinco Majors, tal vez el mejor golfista que jamás fue número uno del mundo, se siente como un pez que por fin ha regresado al agua. Sonríe para NBC y para los móviles de los reporteros, firma banderillas para entregar a los niños en la zona de autógrafos o para la nómina VIP en la Casa Club. Lo conducen hasta un ángulo del Driving Range, donde se ha improvisado un set de televisión al aire libre. Varias cámaras y, a su espalda, la Copa Sarazen. Desde fuera del plano, le formulan una vez más las interrogantes de rigor para el mercado anglosajón. Responde sin titubear, con el rostro encendido, volviendo a reír con su rostro de Hugh Grant el Pescadero. Ya casi no hay luz. Entonces se corre deprisa un breve face to face para el público hispano de ESPN:

-Finalmente ocurrió. No puedo imaginar un mejor lugar que la Ciudad de México. La gente aquí ha sido tremenda… -dice en inglés Mickelson, mientras lo espiamos dos docenas de personas: camarógrafos, técnicos, miembros de su propio equipo y de la organización, reporteros que nada tienen que hacer aquí.

Por último, el entrevistador lo invita a dar gracias a la afición en español porque, a fin de cuentas, el viejo Phil es un gran tipo que nació en San Diego, California… Mickelson mira un instante hacia lo alto, el cielo es un espectáculo que no vale la pena, agradece en español como quien gatea sobre pequeños guijarros. Es todo. Se levanta. Se despide. Se va.

En el comedor, todavía algunos colegas ramonean los pastelillos sobrevivientes de la merienda y echan mano a las últimas Coca Cola de la nevera.

Me voy.

Me pregunto qué, después de todo, es el golf.

¿Un parque jurásico de la etiqueta y las buenas maneras anglosajonas; el contrapunto dominical de la oficina y el mall, el pasatiempo favorito de yuppies reformados, viejos capitanes de la industria, celebrities y políticos de carrera; el irónico escenario pastoril donde mejor se despliega la recia pragmática de los negocios posmodernos, un happening nostálgico transfigurado en empresa global gracias a los patrocinios multimillonarios y las trasmisiones satelitales, otra factoría de ídolos que compiten por sumas exorbitantes, recolectan seguidores en Twitter e Instagram y frecuentan las listas de Forbes, la nueva caja chica del altruismo cristiano y del siempre caritativo mal de conciencia; un paraíso cortado a la medida sobre una mesa de sastre, depravado y decadente como cualquier paraíso; el deporte límpido, inquietante, sutil de Niklaus, Palmer y el joven Woods?

Cuando atravieso de vuelta el Hoyo 10, una franja ocre o marrón tiñe la parte alta de los altos árboles. No es el ocaso, sino el aliento amenazador de una urbe intoxicada, fumeta, enferma de gigantismo e insensatez. Más arriba el cielo es una plancha de oscuro hormigón. Recuerdo entonces que alguien dijo hace unas horas que todos los hoyos del Chapultepec caían hacia el centro de la ciudad. Pues es ahora la Ciudad de México quien se echa encima del Chapultepec, está a punto de aplastarlo, de darle su merecido, de reducirlo a la equívoca condición de vasto teatro de la memoria y la imaginación. Quién sabe por qué motivo.

Regresamos en una de las camionetas hasta el Hyatt Regency. Cruzando Reforma busco el Metro. En uno de los vagones descubro un afiche publicitario que asegura que me he perdido, estos últimos tres días, la “Expo Sexo y Erotismo 2018” en el Palacio de los Deportes. Celebridades de la industria porno internacional, juguetes sexuales, lencería extrema, zona swinger, danza erótica aérea. Siento como si alguien invisible me golpeara con un palo de golf en las pelotas. Y sonrío, por supuesto.

 

 

1 Una amplia cancha, a menudo con banderas en diferentes sitios, y con altas mallas laterales, para ejercitar el swing. Los principiantes y los holgazanes acuden a menudo al Driving Range para, respectivamente, mejorar los movimientos básicos de la disciplina o hacer algo de golf sin tener que andar y desandar el campo. Uno junto al otro, los golfistas practican la sincronización, la amplitud y la fluidez de sus movimientos, mientras la cancha se va poblando a lo lejos de pelotitas blancas.

2 En español: “Simplemente saltamos el muro”.

3 Ahora, mientras escribo, espero la hora del antibiótico.

4 En realidad, Tiger Woods ha ganado 14 Majors, segundo históricamente tras Jack Niklaus (18).

5 En el año 2015, se canceló -gracias al lobby ambientalista en la plataforma change.org- una retrospectiva de Nitsch, figura central del accionismo vienés, en el Museo Jumex de la Ciudad de México.

6 The Big Three: Arnold Palmer, Gary Player y Jack Niklaus.