¡Abajo el pedicure!

¡Abajo el pedicure!

Por nada del mundo hablaré nunca de los pies de Jacobo, allí donde el concepto «calcañal de indígena» alcanza su sentido primigenio, mas desembarcan las huestes de mis callosas células occidentales transportadas en barcazas a través del río de sangre de las grietas causadas por la resequedad y, ay, colonizan a los buenos indígenas, su sangre se mezcla con la mía en esta lucha de dominación verbal que termina por imponer el nuevo término de «calcañal jacobino». Tampoco mencionaré mi juanete, la peste, el hongo de la uña: todos los defectos físicos se amontonan vagos en mis pies, les cuesta elevarse a otras partes del cuerpo jacobino, imitando el comportamiento de los agachados miembros de la UNEAC. Me concentraré en su némesis: el pedicure, enemigo antijacobino que pretende impunemente negar génesis e historia de los pies más duros jamás vistos.

Durante mucho tiempo he pasado con ficha en mi descalzo caminar, aunque siempre mirando por encima del hombro, temeroso de que alguien se dé cuenta y me acuse de mi invasión indígena calcañalesca, y tumben luego la estatua de Jacobo en Hialeah. Pero esta mañana he visto los cielos abiertos y por primera vez he podido gritar sin temor: «¡Abajo el pedicure!», aprovechando que mi voz se mezclaba con las de otro grupo de manifestantes movidos por causa similar pero de orientación diferente: el pedicure representa, alegan, un reflejo metafórico del colonialismo y la explotación rampantes: el esclavo cabizbajo sirviendo a su máster sentado tan comodito.

Entre todo el barullo pude distinguir que las hordas de manifestantes traían prisionero a un gran amigo mío y ex miembro de sus propias filas quien, inspirado por el movimiento Black Lives Matter, ha decidido hacerles un perenne homenaje entregando su cuerpo en lo adelante únicamente a hombres negros, a quienes disfruta chuparles los pies pues esto le hace sentirse esclavizado, a modo de restauración histórica. Pero acusaron a mi amigo de que, en un intento por auto esclavizarse, termina por esclavizar al hombre negro al perpetuar un estereotipo sexual, y lo golpeaban mientras coreaban propuestas para el recorte quirúrgico gratis de penes negros, con tal de anular la verdadera diferencia racial.

En la película The Shining de Stanley Kubrick hay una escena en que el personaje Dick Hallorann, encarnado por el actor negro Scatman Crothers, le dice al niño Danny, casi con orgullo: «nadie brilla como tú». O sea, está este hombre negro mayor, con experiencia telepática bien al hueso, y viene un niñito blanco ahí acabado de llegar a tirar una telepatía más luminosa que la suya. O sea, que no solo los blancos son privilegiados de nacimiento a nivel social sino tambien en el mundo de la magia. No hay por dónde ganar, y el personaje negro termina por aceptar pasivamente ese destino disminuido. Muchos de estos manifestantes, sin saber bien la historia del casting de esta pelicula, ahora le echan la culpona full a Kubrick por esto, pero en realidad Kubrick, sintiéndose mal por esa asquerosa representación de las personas negras, quiso usar para ese personaje al actor blanco Slim Pickens, quien le caía mal, pero fue Stephen King quien concibió así la novela y le dijo que el actor negro iba. Mientras tanto, King sigue tranquilamente escribiendo novelas racistas y riéndose en nuestras caras. Así que llevaban a mi amigo amarrado a una púa de asar puercos con las cintas de todas las copias en VHS de The Shining que habían podido destruir. Mejor dicho, las cintas con las partes de las escenas en las que interviene Dick Hallorann, de modo que el castigo a mi amigo por su crimen de esclavizar vergas y pies negros es ser amarrado por el propio Dick (pene, en inglés) negro.

Muchos lectores se pusieron suspicazones de cómo fue que estos manifestantes sencillamente escucharon mis súplicas para que dejaran ir a mi amigo. Para que se rasquen, les digo que mi influencia se debe a que me reconocieron como uno de los artífices de lo que ellos han malinterpretado como esfuerzos jacobinos procomunistas: mis últimas gestiones en el Comité Central. Pero si Jacobo difruta las mieles del capitalismo y los cantos de sirena, caballero, y la cerca blanca con perrito y jardín, y te pinto al perro color arcoiris y le pongo una estrella en la punta del rabo para que simbolice todo lo simbolizable, chico. Resulta que unos amigos míos empresarios millonarios de Miami quieren ir preparando el camino para vender en la Cuba capitalista por venir productos y perversiones de la Revolución como memorias de un pasado donde extranjeros y cubanos nostálgicos puedan participar, y me pidieron que actuara como intermediario. Yo les dije: «queridones, es que aquello técnicamente ni siquiera ha empezado a terminar», pero ellos insisten en que tienen información confidencial de que el fin de la dictadura cubana está más cerca que la cara de Eduardo del Llano de la cámara cuando hace sus directas.

Es esa la razón real por la cual Jacobo fue al Comité Central, para empezar negociaciones con un par de coroneles disidentes que ven ocasión buena de negocios en ese turismo revolucionario. Se entusiasmaron sobre todo con el prototipo de la Plaza de la Revolución como removedor de tragos en los bares cubanos, sustituyendo a La Giraldilla; así como con la acampada bajo el bigote de Rafael Serrano, calentándonos con las chispas que provocaban sus mentiras al chocar contra sus dientes. Para discutir las ideas de los performances callejeros de arrestos a opositores los coroneles habían llevado a un tracatán de la UNEAC de la sección de Artes Plásticas. Por él me enteré de que habían expulsado de la UNEAC de Camagüey al escritor Pedro Junco López, y sentí de nuevo ese olor que todo inunda, el mismo olor que ha sido desde el principio.

Y el olor era con Karl Marx, quien le robó la barba a la representación de Dios, se apareó con Engels y cagaron a Lenin. Y se hizo la mierda. Lenin cagó a Stalin. Stalin cagó a Mao, a Nikita Jrushov y en franca diarrea embarró a media Europa del este. Mao cagó a Ho Chi Minh, a Pol Pot y a la dinastía Kim. Jrushov cagó a Brézhnev, a Nasser y a Fidel. Y entre Mao, Bréznhev y Fidel cagaron a Mengistu Haile, Agostinho Neto, Samora Machel, Marien Ngouabi, Kérékou y el mojón divino. Fidel, de cagalera incontenible, cagó cuanta guerrilla ha cagado América Latina, desde los Tupamaros hasta Sendero Luminoso, pasando por el FSLN, el FMLN y Allende. Fidel traía un mojón pegado: su hermano Raúl, y juntos cagaron a Chávez. Y Chávez cagó a Maduro, y Raúl cagó a Canel. Canel es de ano estéril pues no tiene suficiente fuerza en la caca pero nos hace una señal de la hoz en la frente a cada uno de nosotros con sus manos embarradas de la mierda acumulada mientras nos dice: «Son continuidad, un trompo cagado que gira en su sitio para siempre». Botaron a Pedro Junco por querer limpiarse un poco la mancha de mierda de la frente.

Se puede perdonar, incluso solicitar a geniales artistas y escritores no involucrarse en politica o sociedad, con tal de que se mantenga única su alma elevada en su solitaria tarea y podamos admirarlos en su inusual estatura. Pero sucede que se acabaron los escritores y artistas cubanos duros. Quien no tiene arte tal vez tenga intelecto para luchar por su patria y sus semejantes, pero en Cuba el mejor uso del intelecto es para callar convenientemente. Cuando no tienes ni arte ni intelecto, ni decencia, entonces eres un candidato ideal para la UNEAC, de modo que lo mejor que puede ofrecer ese CDR de artistas es ser expulsado de sus filas. ¿Seremos capaces al menos de admitir que la función real de la UNEAC es la de tramitar viajes para que, a cambio, sus pequeños y zarazos miembros se queden callados durante los congresos de la UNEAC, y durante la vida toda? ¿Nos confesaremos esa escasa gloria nuestra, que ni siquiera sirve para defender a alguien maltratado de nuestra propia Unión? Aceptando nuestras cobardes vidas podremos aplaudir con menos culpa en la clausura del congreso cuando reciten al indio Naborí.