Durante una cacería al este de Moscú. Foto: Archivo del autor

Durante una cacería al este de Moscú. Foto: Archivo del autor

Bajé de casa a que Bruno se aliviara sin saber que en unas horitas iba a ver aliviarse, también de vientre, al poeta José Kozer. Es sábado, hora más o menos primera y me produjo cierto estupor descubrir la cantidad de gente que había en la calle. ¡Impresionante, de veras! La afluencia de gente con sus mascarillas me obligaba a esquivarlos trazando líneas imaginarias de dos metros que nos separaran.

El juego me trajo a la memoria un viaje que hice a cazar ciervos en la provincia de Mozhaisk, al noreste de Moscú, invitado por mi amigo Y. Fue hace un par de años y mi primera partida de caza. Se trataba de una batida, que en España se llama también montería, una variedad del arte cinegético que consiste en apostarse a esperar a los animales que espantados por los batidores cruzan la línea donde los cazadores aguardan fusil en ristre.

Esa línea, y de ahí mi rememoración matutina, se establece con extremo rigor plantando a los cazadores a unos veinticinco o cincuenta metros de distancia unos de otros dependiendo de la orografía del terreno, del arma y de la munición. Nunca olvidaré la sensación de la primera batida. Guardar la distancia con los hombres que tienes a la derecha y a la izquierda ocultos por los árboles y el monte bajo. El miedo de que puedan pegarte un tiro o se los puedas pegar tú (los accidentes de caza son más frecuentes de lo que sabemos). La ansiedad con la que esperas la irrupción del animal al que quieres dar muerte, pero que también te podrá quitar la vida. “Si aparece un oso, no se te ocurra dispararle hasta que lo tengas encima, ¿me entiendes, italiano?”, me dijo el jefe de la batida, que me tomó por romano desoyendo todas mis protestas.

Así me sentí esta mañana en el barrio de Gràcia, el virus acechando por todas partes, los tiradores guardando mejor o peor las distancias. Bruno, perro de presa por un rato. Solo me faltaba un fusil y pensé que no estaría mal guardar uno en casa en tiempos de la pandemia. Porque no sabemos, ya lo hemos dicho aquí, hasta dónde se rebaja la dignidad de un hombre y su humanidad cuando tiene hambre, cuando tiene miedo. Y ya hay mucha gente aquí con miedo, ¡yo mismo!, como también, después de quince días de encierro, hay gente que no tiene dinero para comprar comida.

Pero rechacé la idea con teatral vehemencia. Y lo que no supe ni sé ahora es si la deseché porque me repugna de veras empuñar un arma o porque al saberla irrealizable me complazco tramposa, falazmente, con haber tomado esa decisión moral. Ya comentamos aquí que no sabemos hasta dónde desciende la dignidad de un hombre, su honradez intelectual, en estos tiempos.

Y de una honradez intelectual a otra. A media tarde, después de ración y media de un timbal de patatas con el que M., amazona, se lució, leí la entrevista a José Kozer, poeta cubano de cierta fama, que se publica hoy. Se la hizo Gerardo Fernández Fe, que es un hombre cabal, y en ella el poeta se refiere a una revista que entretuvo muchas de mis horas hace años y a cuyo director Octavio Armand, el ensayista nacido en Cuba, aunque guantanamero, neoyorquino y caraqueño a partes iguales, al que leo con mayor pasmo y deleite. Octavio dirigió la revista escandalar durante años, desde su nacimiento hasta su cierre, una proeza de la cultura en general y la cubana en particular. Leo en la entrevista, que publica la magnífica Rialta esto:

«¿A finales de los años setenta y a inicios de los ochenta, tuviste algún vínculo con la revista escandalar?

»Ninguno, porque como éramos enemigos Octavio Armand y yo, pues él se negó en rotundo a publicarme. Fue una revista que subvencionó Víctor Batista de la siguiente manera: él dijo “Yo costeo veinte números, y a partir de ahí ni uno más, ocurra lo que ocurra”. Y me ofreció esto, momento en el cual le respondí: “Víctor, te agradezco muchísimo esta gran oportunidad de hacer una gran revista, pero yo no la acepto porque estoy muy metido en mi escritura, estoy en un momento en que intuyo que si dejo de escribir y me meto en la revista, más lo complicada que de por sí es mi vida, voy a dañar mi escritura”. Le agradecí mucho, tras lo cual él se la ofreció en segundas nupcias a Octavio Armand, quien hizo una gran labor.»

La lectura me sorprendió, porque otras eran mis señas del origen de aquella revista, tal vez la más grande que han hecho los cubanos, criaturas, en sus años de vida de muelle y barca. Me sorprendió más si acaso, porque las palabras de Kozer, ese aire de perdonavidas y la vileza que respiran, deberían estar ausentes de las cuitas de un anciano.

Otras eran las informaciones que yo manejaba, después de haber entrevistado a Octavio y a Víctor en más de una ocasión. Por ejemplo, esto escribió el propio Octavio Armand, cuando contó la historia de la revista para un Dossier que preparé sobre las revistas del exilio cubano para el número 40 (Primavera-Verano de 2006) de otra de las más grandes: la madrileña Encuentro de la cultura cubana:

«En el verano del 77, durante una cena en un pequeño restaurante alemán de Uptown Manhattan, Víctor Batista me sorprendió con un ofrecimiento que agradeceré siempre. ¿No crees de que es hora de que dirijas una revista? En la pregunta se cifraba una generosidad relampagueante y de mano franca.»

Por mucho que el tono de la anécdota, y el conocimiento de ambos, de qué hombres se trata, bastaría para dar por zanjado el asunto, pensé en mi confinamiento que algún lector podría ver aquí un empate entre dos hombres enemistados por las costumbres y el tiempo. Pero, por suerte, contamos con el testimonio diáfano de Víctor, mecenas y editor, para el desempate. Dijo Víctor en unas palabras que le pidió el también poeta L. Santiago Méndez:

«Mi amistad con Octavio Armand data de los años sesenta y culminó en el proyecto de escandalar. Por entonces, a fines de los 70, yo ya me había trasladado a Madrid, y nos veíamos en mis viajes a Nueva York. Yo creía que allí los dos cubanos jóvenes más dotados para la poesía eran Armand y José Kozer. Pero Armand me parecía el más indicado para darle coherencia y apoyo al exilio intelectual cubano.»

Resuelto el entuerto generado por Kozer, a quien felicito por su ochenta cumpleaños que celebra hoy, llamé a Octavio a Caracas, donde vive. Habría llamado a Víctor también, pero no está disponible estos días.

De todo esto, por cierto, y dejando al ego de Kozer aparte, es probable que lo que más importe es que Octavio vive razonablemente bien su encierro por la pandemia y sale a tomarse su cafecito matinal provisto de una mascarilla.

«Antes el hombre temía a la guillotina y ahora lo que nos da pánico es la corona», me saludó con su humor acostumbrado.

Coincidimos en la condición medieval por la que se está deslizando este mundo de pestes, miedo y fronteras, y le leí lo de Kozer, la reivindicación que hace Kozer de haber sido el elegido, relegando a quien dice alimentó enemistad con él a plato de segunda mesa.

«Kozer fue enemigo mío, yo no de él», me dijo sereno, tranquilo, Octavio Armand, «porque uno aparte de escoger los amigos que tiene, también ha de hacerlo con los enemigos. Yo solo he podido ser amigo de gente que respeto. También tendría que respetar a un enemigo. Lo preferiría valiente, para que no me apuntara por la espalda».

Y punto. Fin. Kozer. Конец.

La magnífica entrevista que Fernández Fe hizo a Kozer fue grabada hace ya tiempo. De hecho, será libro pronto. Un libro que no carecerá de interés. Pero no fue la pandemia, la zozobra incómoda de estos días, la que hizo que el poeta desde hoy octogenario sacara a pasear sus agravios, como yo saco a pasear a mi perro. Y es bueno que lo sepas, que la pandemia saca lo peor de nosotros, pero solo eso que ya vive dentro, la víscera podrida, la roña metida en el pliegue.

Llevo diecisiete días encerrado aquí y creo que hoy, al salir a cazar dos veces, o tres, es la primera vez que he salido de casa de verdad. Porque fui a encontrar justicia y verdad. La mirilla del fusil ha sido más pródiga y me ha llevado más lejos que lo que hace un par de días consiguió la mirilla de la puerta.