Foto: Cinemateca del Caribe

Foto: Cinemateca del Caribe

Las manos de Juan Padrón son, en esencia, las de un hombre bueno. Como esponjosas al tacto, orquestales y sin tosquedad en los movimientos, rascan suave una de sus rodillas mientras simulan vida propia.

Friegan la cubertería y los platos y llevan los residuos hasta el contenedor de la calle. Hacen, en una cafetera expreso, el mejor café de la casa. La derecha dibuja caricaturas, ilustraciones, historietas y escribe guiones, pero es incapaz de freír correctamente un huevo.

Son las manos de un genio.

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Mucho antes de que fuera la mayor referencia del dibujo animado cubano, Juan Padrón se sintió acosado por damas beatas en una escuela del poblado de Coliseo, provincia Matanzas, quienes lo instruyeron en el miedo a Dios y el pánico a Satanás, y lo obligaron a rendir, con devota puntualidad, cuentas de su asistencia a misas.

Contraria a lo usual, la familia que lo crió no visitaba la iglesia. Las creencias de sus abuelos paternos estaban acaso polarizadas. La abuela oraba acompañada de su rosario. El abuelo, de raíces canarias, consultaba a un Babalawo en secreto y le obsequiaba tabacos. Porque abundaban los prejuicios y los blancos, como los Padrón, no solían practicar la religión Yoruba.

Silvia, la madre, fue presbiteriana, y Juan observó en lo protestante menos opresión que en lo católico. Ir con el cura era imperioso. Ir con el pastor, voluntario.

Los padres, que se percataron temprano de las tribulaciones del hijo, lo cambiaron a otra escuela. Ahí no zafó de las enseñanzas religiosas, pero flaquearía bastante el rigor hasta educarse en La Progresiva de Cárdenas.

Al presente, la fe que ejerce Juan Padrón es la de un ateo declarado que pide ayuda a la divinidad si su computadora se rompe.

Con las campañas de alfabetización, sus padres volverían a ampararlo. Los contrarrevolucionarios alzados en las serranías estaban asesinando inocentes. Al hijo lo dejaron alfabetizar por los contornos del batey en que vivían, alrededor del ingenio.

No fueron un matrimonio —dice Juan Padrón— sobreprotector con sus hijos. Tal es así, que lo mandaban a las clases solo. A las seis de la mañana esperaba por un autobús Greyhound en el entronque de carreteras del central, que conducía a Cárdenas. Pagaba el pasaje y abordaba sin compañía alguna.

El abuelo paterno, Horacio, trabajaba la administración del ingenio. En casa hizo de juez de los dibujos de sus nietos, Juan y su único hermano, Ernesto Padrón, un año menor. Uno de los contrapuntos fundados era el diseño del pelo. Juan defendía compactar más el relleno. Ernesto prefería imitar el efecto de brillo con espacios en blanco de los comics de Superman. El voto del padre decidía el ganador. La mayoría de las justas, según Juan, las vencía Ernesto.

Con insistencia, Juan Padrón comenta que es un mal dibujante. Un chileno le dirá, ya de adulto, que es solo un guionista sublime que además puede dibujar, y por ese camino esquivará a medias la opinión directa de su calidad como pintor. El chileno era Hernán Vidal, Hervi, fundador de la revista La Firme.

Es una de sus bromas preferidas al calificarse a sí mismo. No hay que prestarle atención. —explica Ernesto.

La obra de Ernesto ha irradiado una luz más tenue, pero es justo mencionar que ambos fueron pioneros del dibujo animado cubano. Juan dirigió el primer largometraje del género (Elpidio Valdés, 1979); Ernesto, el primero de animación 3D (Meñique, 2014).

Foto: Juan Padrón – Oficial/Facebook

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Después de mudarse a Cárdenas, la familia regresa en temporada de zafra al central. Juan, el padre, llevaba las operaciones de nóminas, salario, compras de materiales y gastos del ingenio azucarero. El sueldo le bastaba para la manutención total. La esposa atendía los asuntos domésticos.

Silvia Blanco, madre de Juan y Ernesto, era hija de Manuel Blanco, jefe de maquinaria del central. Casi toda la familia figura en el registro civil de Carlos Rojas, en Jovellanos. A pesar de que sus inscripciones radiquen en ese sitio, Silvia tuvo a su primogénito Juan Padrón en la ciudad de Matanzas el 29 de enero de 1947.

Había hecho estudios de maestra que ejerció más bien apoyando las tareas escolares de sus hijos. No resultó, por esta causa, ni circunscrita ni relajada. Con el padre ausente, la madre robustecida ejercía el mando. Enseñó a sus hijos a levantarse y componer la cama ipso facto. Repartió labores. Un día Ernesto preparaba la mesa y Juan fregaba la loza; al siguiente, se invertían los papeles. Estableció el desayuno a las cinco de la mañana. De aquel tiempo a Juan se le quedaron esquemas: aún respeta la puntualidad en las actividades de la casa, prefiere desayunar con avenas y lava diariamente la vajilla.

Ahora reconoce que uno de los placeres más gratos es el de dejar la cama sin arreglar. Los espacios en que faena, pudieran sin embargo engañarnos. Berta Durán aclara que, en el desorden de la habitación de su esposo, radica su orden genuino: es raro que pierda una sola de sus herramientas.

La familia le compraba libros de dibujo españoles. Lecciones gráficas del cuerpo humano. También historietas, acuarelas, pinceles, tinta china y blocs de papel. Las secuencias animadas iniciáticas de Juan Padrón están justamente en esos blocs que los adultos ojeaban sin darle mucha trascendencia. En una de ellas, el Loquillo de Walter Lantz (Woody Woodpecker) tropieza, cae y se va trocando en una pelota de nieve.

Coincide con la implantación de la moda de filmar cumpleaños. Los padres regalan a sus hijos una Kodachrome de 8 milímetros. Muy pronto, los hermanos produjeron mejores tomas que los mayores de la casa, haciendo películas silentes. Simulaban explosiones arrojando terrones desde fuera del encuadre y agitando la cámara. El efecto parodia el estremecimiento de un camarógrafo cerca de una detonación. Lo que a los ojos de los hermanos significaba una realización cinematográfica cabal, seria, dice Juan Padrón, para los adultos sería un juego de niños desopilante. El padre, no obstante, se inquieta porque piensa que usaban explosivos verdaderos.

El cine es hacer creer que lo reproducido es real”, dirá Juan Padrón.

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Consumir televisión fue una de las influencias. Los comics estadounidenses, de Tarzán al Batman clásico de Bob Kane, fueron otra, pero el embargo de EE.UU. contra Cuba de 1960, suspende el ingreso de historietas traducidas al castellano.

Juan Padrón es un adolescente ansioso de lecturas, que tendrá que cambiarse a las revistas europeas como la franco-belga Spirou (donde nacieron Los Pitufos) y las españolas TBO, haciéndose indispensables los nombres de Carlos Conti y José María Blanco Ibarz, de quienes fija la traza del movimiento, porrazos y trapisondas.

Se agencia un trabajo en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), que lleva a la par de sus cometidos en la sección de producciones fílmicas del —perdón por lo redundante— Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT).

Por esos días en que la nonada de mascar chicle levantaba sospechas de escisión, Padrón se dejaba la barba y leía textos en inglés de Newsweek o Time, y fue acusado de diversionismo ideológico, sin que le trajera consecuencias graves.

El ICAIC lo agrega al equipo de un cortometraje, a cargo del dibujante australiano Harry Reade, que publica ilustraciones en el periódico Hoy (uno de los que da origen al diario Granma).

En la historia que guisaba Reade, miembro del partido comunista de su país, una sarta de porqués convence a un niño de que la profesión de su padre, la de fabricante de tuercas, es, detrás de la humilde fachada, imprescindible, que muchos de los avances del hombre se deben a las tuercas. Reade le pide al equipo sugerencias de música instrumental. Padrón le recomienda a Bola de Nieve, un mejunje criollo que Reade, asaetado entre las migraciones remisas de Oceanía y las rectitudes del comunismo, no va a acreditar fácil. Cuando Padrón, finalmente, lo convence, hablan con Bola en una casa de Nuevo Vedado. Harry le dice a Bola “Mira, chico, nosotros querer que tú…” y Bola pregunta afeminado “Ay, pero, ¿qué dijo él?”

El sonido de la película ¡Viva Papi! se graba en la emisora Radio Progreso. Bola tecleó el piano y después dio su voz a la narración por separado. En los dibujos, ninguno prolijo, se advertía, incipiente, el estilo de Juan Padrón: la nariz que hacía un arco limpio; los dientes superiores exagerados y curvos. Fue su bautismo en el cortometraje profesional.

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La de Padrón fue una generación romántica que sintió que cumplir con el proceso iba a conducirlos a algún lado; que los compromisos, por delirantes que se escucharan, eran incondicionales. Fidel Castro en 1970 volcó a todo el país en acopiar diez millones de toneladas de azúcar. Padrón, por aquellos días un Padrón enjuto, respondió yéndose a las jornadas de corte de caña.

Había poca maquinaria, algunos camiones y alzadoras. Padrón blandía sin fuerza el machete, lanzaba el filo a los pies del tallo sin abatirlo. El sol le chamuscaba la piel y se percudía la ropa entre los tizneros.

Comía arroz con chícharos medio crudos, se alimentaba mal y dormía en hamacas, mientras otros tomaban ron. Él evitó la bebida para que la resaca no le bajara su ya discreto rendimiento en la zafra.

Pero ese mismo año crea a Elpidio Valdés. Entonces Padrón tiene 23 de edad; el bigote tupido y denso como las alas abiertas de un cuervo. Todavía le sobraba cabello para la época, cuando la dilación del pelo, en Cuba, podía también embeber un sentido de extravío ideológico.

El rostro de Elpidio —su mostacho delgado, su pícara simpleza— se vierte en un óvalo que el autor remata con un peinado simétrico. Por una preferencia solo estética, el diseño de los cinco dedos del puño se opone a los cuatro enguantados de Disney.

Elpidio fue un cubanito que se preguntaba por qué los japoneses serruchaban la madera al revés, en la tira de Kashibashi, cuyo verdadero protagonista era un samurái. Por su natural inventiva, Padrón decide echar atrás los bocetos, con una torcedura de argumento. El cubanito, apenas un comodín o un recurso humorístico, sería en adelante la estrella.

Su rauda popularidad le dio entrada a una producción televisiva de episodios y después al primer largometraje de animados cubano.

Elpidio Valdés es un oficial mambí, coronel del Ejército Libertador, de un nombre que aposta recuerda, por una equivalencia fonética, el título de la obra de Cirilo Villaverde, Cecilia Valdés.

Algunas críticas, en Cuba, calificaron a Elpidio Valdés de “yanqui” porque, calcando de la usanza gringa, no lo derrotaban en ningún episodio.

La balada de Elpidio, que cualquier cubano corea y le pone un nimbo fónico de nostalgia en los conciertos de Silvio Rodríguez, fue grabada en el estudio sobre todo por su amistad con Juan. Silvio tenía gripe, lo cual, si se escucha incluso aguzando el oído, es imperceptible. Había con el trovador, para la versión original, un marimbero y un flautista; por error, sus nombres no fueron a los créditos. Padrón lo lamenta.

Por el centenario de las guerras de independencia contra España, en 1968, se publicaron diarios de campaña de El Generalísimo Máximo Gómez y del Coronel Piedra Martel, a los que Padrón accede. En el centro de veteranos de Cárdenas, examinó cuadros de mambises, grados militares y el mecanismo de cerrojo de los fusiles Peabody.

Esta fértil curiosidad se articula en las ocho horas que invierte trazando escenas. Elpidio, mezcla de humor absurdo y patriotismo casto, requirió de una disciplina y de un estudio histórico profundo, al que pocos coetáneos de Padrón se hubieran atrevido. Su familia subraya lo perseverante de Juan y la pasión febril con que encauza sus propósitos. Son cualidades valiosas que, junto a una actitud positiva inmarcesible frente a los obstáculos, se anudan para hacer Vampiros en La Habana.

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Por la década de los 70 se dejó el bigote poblado y suprimió el resto de la barba, es el talante que conserva a excepción del pelo largo, que se acomodaba hacia el lado diestro con unas ondas mansas, en la cima de su frente despejada casi wagneriana. Es, a juicio de Berta, su esposa, un hombre atractivo, de mirada tierna e inteligente. Juan dice: “Me asemejaba a Elpidio y ahora, mofletudo, soy más como el General Resóplez”.

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Padrón viajó a la URSS. Bulgaria, Hungría y la antigua Yugoslavia. En la ciudad de Zagreb visitó una escuela de animación. Los animadores soviéticos, antes de la Guerra Fría, dice Juan, se cultivaban irónicamente en Estados Unidos. Latinoamérica poseía una industria menuda, donde la de Cuba mostraba un desempeño encomiable. En Brasil, Colombia y Argentina, Padrón imparte talleres.

Viviendo en Leningrado, colabora con publicaciones soviéticas. Le imprimen una caricatura en el periódico Pravda, de un soldado gringo baleado, al que los plomazos le escriben Merry Christmas en el torso.

Los pagos alcanzaban para una economía holgada. Por el precio de un rublo, recibía una cena clemente; por el costo de dos, se marchaba ahíto.

No todo le saldría a pedir de boca. Juan envía dibujos a través de la embajada cubana a los medios Palante, Dedeté y Pioneros. Son, básicamente, chistes de verdugos, vampiros o piojos. La dirección del periódico Juventud Rebelde los rechaza objetando que sirven a un humor negro pernicioso: los de verdugos no respetaban el sentir de los torturados en tiempos de Fulgencio Batista; los de vampiros podían insinuar una burla a las palabras de Fidel Castro “Por Vietnam estamos dispuestos a dar hasta nuestra propia sangre”; los de piojos agredían el semblante de una Cuba orientada a convertirse en potencia médica mundial.

Prensa Latina toma las caricaturas de Padrón y las difunde por países del continente, hasta que un grupo fundamentalista concluyó que, si no eran sanas para Cuba, tampoco lo serían para sus naciones hermanas.

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Norberto Fuentes, de la revista Mella, invitó a Padrón a colaborar con ellos. Le ceden la sección El Hueco. Uno de los gurús de la Nueva Trova Cubana, Silvio Rodríguez, fue allí un aprendiz de dibujante que renunció por jerarquización de intereses.

El catalán Juan López, creador de Superlópez, es el mentor que adiestra a Padrón en perfeccionar las historietas. No es hasta principios de los años ochenta que él piensa haber alcanzado un sello personal en el dibujo.

Para El Sable, un suplemento del diario Juventud Rebelde, hacía una serie gráfica llamada Vampiros.

Nunca empieza un guion sin concebir de antemano el final. La idea del vampisol, una receta que salvaba a los monstruos de no morir por la luz solar, y que es el conflicto sustancial de Vampiros en La Habana (1985), fue la primera que surgió. La película se completó en un domicilio de 18 metros cuadrados en que se racionaba la familia, sobre una mesa de dibujo plegable que es el banquete de todas las termitas, a las que aniquilan con inyecciones de petróleo. Cuando se necesitaba abrir la nevera, Padrón encogía su mesa, interrumpía el trabajo y al cabo volvía.

La banda sonora tuvo la sensualidad chusca del trompetista Arturo Sandoval. El resultado es un filme de culto dirigido al público maduro, con escenas eróticas, que las políticas acartonadas trataron de enfriar. Se estrenó sin ruedas de prensa ni premier, le dieron bajo perfil.

En febrero de 2009, una encuesta del portal Noticine.com situó a Vampiros en La Habana en el 50 de las 100 mejores películas iberoamericanas del siglo XX, siendo la única de animados en la lista. El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) la incorporó a su colección.

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A sus once años, Padrón desoyó el consejo familiar de hacer una carrera de arquitecto por razones de economía y prestigio. Nunca su voz ha hablado por arriba de sus aptitudes. Sin pedir el voto de confianza, fue refrenando su ego, lo comprimió hasta la medida de un fruto seco. No le ha quedado otra ruta que la de comparecer, pero es como si todo lo que fuera él estuviera embotellado y pudiera destaparse solo en algunos ambientes.

Todavía hoy, instalado en la bullanguera y vertiginosa Habana, con el Premio Nacional de Cine por su trayectoria (2008), una lista quilométrica de reconocimientos nacionales e internacionales, un segundo y largo matrimonio que le costó meses de intimar previos al noviazgo, dos hijos y cuatro nietos, sigue tímido y retraído.

Aunque domine el idioma inglés, no se atreve a hablarlo a una multitud en sus visitas a los Estados Unidos. En público, la voz sufre y le tiembla.

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El Juan Padrón destapado hizo varios amigos. Están el metodólogo Dr. Horacio Díaz Pendás, Premio Nacional de Historia (2012), Mauricio Vicent, excorreponsal de El País en Cuba, y Joaquín Salvador Lavado, Quino, a quien Silvia Padrón, una niña por los años ochenta, le peinaba los mechones que sobresalían de la calvicie del historietista.

Quino se apaciguaba con que Silvia le acariciara su cabeza mientras, o que le esparciera crema por la piel. El argentino retribuyó como mejor sabía. Se unió a Juan Padrón y entre ambos dibujaron hombrecitos a petición de la niña, que los cubrió con pequeños trajes de cartulina, también confecciones del singular y complementado dúo de artistas.

El argentino no era palabrero ni expresivo, solo que cuando tenía que despedirse de Silvia por motivos de viaje, los dos lloraban a moco tendido.

En 1984, el autor de Mafalda había llegado a La Habana en condición de jurado de carteles del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Padrón entabló una relación casi familiar con él y su esposa. Era una conquista meritoria, puesto que Quino se comportaba habitualmente huraño. Padrón, en cambio, se ganó su cariño al punto de que el argentino le dijera que lo suyo con él no era amistad, sino romance.

Quino había probado en Italia y Japón para que animaran sus chistes gráficos; en Cuba, Padrón satisfizo su búsqueda. Hicieron los Quinoscopio y 108 cortos de Mafalda. Las adulaciones serían mutuas. Joaquín Lavado afirmaba que, con Padrón, sus personajes se mueven tal como hubiera imaginado que se moverían. Padrón dice, entrevistado por Amaury Pérez Vidal, que no hay humorista gráfico igual a Quino en el mundo.

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El 10 de mayo fue el aniversario cuarenta y dos de la boda de Juan Padrón y Alberta Durán (Berta). Berta había nacido en Sangenjo, Pontevedra, Galicia, y con dos años y medio de edad la trajeron a Cuba. Es hija de un ex prisionero político republicano, aprehendido durante la Guerra Civil en cárceles de Franco. En su casa de La Habana, se hablaba puro gallego.

A los 23 años la distraen los chistes de vampiros con la firma de Padrón. No planeaba que, trabajando en el Ministerio de Educación, su jefa inmediata y amiga, Lidia Trujillo, le dijera que su novio, el de Berta, era una pareja aburrida. Ni que se empeñara en presentarla a Padroncito, como llamaba la amiga a Juan. Trujillo le pintó un hombre simpático, y Berta, anticipándose por el tono de las publicaciones, sospechó que Juan sería, en efecto, no menos que eso.

Lidia y Berta fueron a una fiesta a la que él faltó, y Ernesto Padrón aprovechó para enflorar al hermano ante su futura novia. Al fondo, la televisión trasmitía el primer concierto de Joan Manuel Serrat en La Habana.

Berta aspiraba a salirse un poco del dique rígido en que la cincelaron. Decidió romper con su enamorado. Estaba convaleciente de una cirugía en la vesícula y Padrón le prometía distracción. Para la cita preliminar acordaron ir al cine. Berta es una sicóloga timorata que ahí choca, en lo concreto, con un hombre que es otro cúmulo de dobleces al que cuesta sudores arrancarle un diálogo. De ojos claros y expresivos, huesudo hasta pinchar con las caderas.

Se van ocho semanas en las que al fin Padrón rompe el hielo y se le declara. Durante el lapso, Berta profundizó. Había reparado en el contacto físico, los besos y abrazos que los Padrón se prodigaban, ausentes de su linaje gallego. Juan además se le antojaría una persona culta, sensible, con una nobleza y candidez infantiles, y la paciencia de un fresno, que no la asedió como los demás varones. Lo estaba amando.

El noviazgo informal duró dos años. Por papeles, Padrón estaba casado con una soviética, y la pareja esperó la liquidación de un largo trámite de divorcio. El matrimonio sería después de un segundo vaivén burocrático por la nacionalidad extranjera de Berta, que graciosamente no le había pesado para militar en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC).

En 1976, el centro laboral de Berta le asigna un FIAT 125, del que dependería Padrón para cursar Historia del Arte por la Universidad de La Habana a la vez que trabajaba sus guiones y animados, varios de Elpidio Valdés. Se graduaría en 1978.

El FIAT no solo lo auxiliaba para la superación académica y recoger a Berta en el ministerio. Habían tenido a Ian, un bebé enfermizo que se llenaba de parásitos. Conducían, en fechas de penurias, rastreando las farmacias y las tiendas por una fórmula basal que le suministraban al hijo.

Berta, al contrario de Padrón, fue achicando la timidez a través de la pedagogía. Era quien reñía cuando Juan, delicado de salud, se sobrecargaba de trabajo, quien le auguraba los reveses y telefoneaba a alguien si a su esposo le avergonzaba hacerlo. No por mera cortedad: Berta no lo recuerda pidiéndole un favor a nadie y, menos, a los círculos de poder.

Foto: Juan Padrón - Oficial/Facebook

Foto: Juan Padrón – Oficial/Facebook

Vivían en un cuarto de huéspedes y utilizaban un baño sin agua en las cañerías. Silvia dice que los niños de su escuela le espetaban que, por ser hija de Juan Padrón, debía gozar de una casota, pero ella se bañaba en un closet que los padres transmutaron.

A veces encontró la obra de Juan señalada como un utensilio del régimen para imbuir ideologías. Si Padrón hubiera servido de instrumento disimulado, explica Silvia, lo hubieran rodeado de comodidades.

Hacia el final de 1994, luego de cinco mudanzas, Padrón habita una casa que ahora tiene los exteriores de verde agotado en el municipio de Playa, La Habana, con una verja blanca y dócil, helechos y un musgo que motea la piedra de la escalera principal. El timbre es un objeto oxidado y anacrónico que confunde a los visitantes. Quienes deciden ignorarlo, le pegan a la puerta. El timbre es una marca humorística más que un indicio de apatía. Como un juguete de cuerda, se gira y produce un sonido idéntico al de cualquier otro.

Adentro Silvia, graduada de Psicología, recorta los pelos sobrantes de las cejas a su padre. De las paredes de la sala, cuelgan algunos de los ardores de Juan: revoltosos lienzos de béisbol, vampiros y de Elpidio Valdés.

En su casa verde, tal vez su máximo lujo sea desayunar con avenas y tomar whisky.

Al comienzo, Berta, militante habituada a congeniar con militantes cerrados, creyó que su hombre, que oía a The Beatles sin recatos cuando estaban prohibidos, le daba aires díscolos a la relación. Esto la recreaba. La recreaba que Padrón no supiera bailar ni ella tampoco. La recreaba que, con los años, acodado de cara al grifo del fregadero, le dijera que Spielberg no tendría que lavar platos, ni la mujer de Spielberg se desgastaría en tareas domésticas.

Padrón escenifica una historia que Berta disfruta más que nadie. Un vigía en lo alto de una torre está pendiente al enemigo. El vigía es inglés, ruso, francés o italiano. En cada uno de los casos hay un desdoble histriónico que la esposa preconiza. El inglés desatiende sus funciones por la hora del té, el ruso por preparar el samovar, y así continúa. Padrón tiene la habilidad de duplicar los idiomas y los acentos muy convincentemente. En una visita a Francia le preguntan de Vampiros en La Habana y él imita lo que dice un crítico chino de la película. Lo creíble de su falsificación hará que una china se le aproxime segura de que Padrón habla alguna de sus lenguas.

Por los cumpleaños, los aniversarios de boda o el día de las madres, le obsequia tarjetas a Berta, con un acontecimiento familiar en imágenes gráficas y, si hace falta, con una exégesis. Reuniéndolas todas, dice la esposa, tendríamos la historia íntegra de ellos dos juntos.

Padrón dio pruebas de su facilidad en ganarse los afectos. La suegra, María del Carmen Gondar, una gallega pudorosa, teme que las visitas la vean desnuda por la puerta de cristal que transparentaba la bañera. El yerno le dibuja con témpera, sobre el vidrio indiscreto, un soldado de la Guardia Suiza que dice “Alto, su señoría se ocupa de asuntos importantes”. La suegra no lo tapó con cortinas. No raspó la pintura. La atesoró como a un DaVinci.

El nombre de la esposa de Elpidio Valdés, María Silvia, viene de que su autor unió el de su madre y su suegra para un mismo personaje protagónico.

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Fue por orientación médica que, pasado de los cincuenta años de edad, Padrón dejó de fumar cuarenta cigarrillos diarios. Una porción se extinguía en la boca atónita del cenicero, porque Juan, inmerso en su trabajo, procrastinaba, sin dejar de aspirarlos pasivamente.

Tras una consulta, le diagnosticaron una EPOC. Según el libro Farreras-Rozman de Medicina Interna, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) se caracteriza por la presencia de obstrucción progresiva y poco reversible del flujo aéreo, causada por una reacción inflamatoria frente al humo del tabaco.

Su síntoma cardinal es una disminución de la capacidad respiratoria, llegando a provocar una muerte prematura.

Otras afecciones de Padrón son más pedestres, como padecer de diabetes y de la presión arterial.

Por su salud, cumple otra prescripción que añadió a su metódica vida. Es el día del whisky, bebida de la cual comenta a Berta que no pertenece a las libaciones burguesas y sí al jolgorio del obrero irlandés y el norteamericano.

Una noche de viernes o madrugada de sábado, se cumplía el día del whisky. Cambió a noche de sábado o madrugada de domingo a causa de que Padrón comenzara a llevar a su nieto David, hijo de Ian, a recibir clases de inglés el fin de semana. Es posible que la preocupación por su familia exceda a la que siente por sí mismo. Y que el cuidado de sí mismo se derive de la preocupación por su familia.

Foto: Juan Padrón - Oficial/Facebook

Foto: Juan Padrón – Oficial/Facebook

Si uno imagina a un hombre bueno, lo arma haciendo esto con sus hijos: Ian le cede ideas de guiones, Padrón las desarrolla y le da el crédito al niño cuando las publica.

Para un trabajo escolar, Silvia recreó el fondo marino; mezcló agua con plantas y piedrecillas en lo último de un tarro y la guinda la puso el padre vaciando unas gotas de tinta. Silvia intuyó que iba con una maniobra insigne a la escuela, llamada Mártires Latinoamericanos. Tenía una maestra que le pedía interceder con Juan. Él adjuntaba los encargos de la profesora a sus obligaciones y donaba la materia prima; con cartón diseñó unas puertas de metro y medio de alto para una obra de teatro de los alumnos.

Por aliviarle los quehaceres a Berta, Padrón jugaba con los niños y los acostaba en la cama. De pequeño, Ian, hiperactivo, mostró inclinaciones artísticas y parecía haber agolpado toda la extroversión de la familia. En el aula, encaraba a los maestros. Lo llamaron “abogado”. Como realizador de clips, en 2014, criticará en vivo y a teatro abarrotado, los votos del jurado de los premios Lucas.

Silvia dice que una tarde dibujó a Elpidio Valdés y le fue fatal, y que es peor cantando, que no hay vena creativa en ella. Su timidez era tan notable que no le preguntaba por la hora a los extraños en la calle.

Ahora tiene la deuda de conservar un patrimonio y promoverlo. Digitaliza la copiosa producción audiovisual del padre y la archiva en una página web sin terminar.

Los últimos quince años han sido de un rumbo movedizo para la salud de Padrón. Debe evitar el polvo y los gérmenes, lo que hace impensable agrandar su habitación de 16 metros cuadrados y convertirla en un estudio decente. Ha dejado de ir a las ferias internacionales del libro porque le van encima demasiado, suplicando por autógrafos hasta con rugosas y poco protocolares servilletas de papel.

Dentro de la casa verde, no muy juerguista de ánimos, oye a Aretha Franklin y sigue anclado a The Beatles. Solo bebido, se anima a bailar una conga. Dice Berta que la extraordinaria memoria de su esposo es selectiva. Olvida una dirección como olvida a Justin Bieber.

A Juan Padrón le privaban los frijoles negros de su madre, fallecida a los 61. No es amante del pollo, ni de nada cuyo interior aloje una serie de huesecillos o espinas. Tampoco es un gourmet, devora lo que le pongan delante y su panza enfática lo prueba. Venera las empanadas y la tortilla de patata española de Berta, que fue un platillo tradicional en diferentes celebraciones anuales.

Puede haber leído cientos de libros. Por su cedazo pasaron Hemingway, el capitán Alatriste de Pérez-Reverte, Ken Follett, Tom Wolfe y Eduardo Mendoza. Si el escritor no lo cautiva, deja a mitad la lectura y le hace la cruz. Lo aplicó con Dan Brown. Prefiere novelas de trama histórica a las que sepa que va a exprimirles información. Recién pidió a Berta, que andaba sumergida en la saga Millenium de Stieg Larsson, que le diera un libro. En marzo, habían vuelto de Nueva York con una valija atiborrada de ejemplares. No quedaba ninguno disponible en los anaqueles de Padrón.

A diferencia de su esposa, nunca militó en la UJC o el Partido Comunista de Cuba. Reniega de la solemnidad, las estructuras rígidas, los clichés y las frases hechas. Por consiguiente, él y Berta miran el noticiero de televisión nacional con el volumen en cero, y solo lo suben para el informe meteorológico.

Algunos de sus villanos se han basado en gente que le cae mal, es una manera de librarse de sus rencores. En su casa verde recibe a desconocidos que se dicen fans de su obra. Y no se jubila, no para de trabajar, dibujando o escribiendo. Sus mareas de imaginación y voluntad son incontenibles y no caducan, dirá Berta. A los veinte de edad entregaba ocho cortometrajes en un año. Hoy no puede. Le faltan menos de treinta para los cien y se queja de un dolor en la espalda. Berta le dice que llame a una masajista. Él le pide que se ocupe de ello y se va a su habitación, a su desorden. Berta sabe el número.