Escribir

Las tesis de doctorado cubanas, a pesar de ser este un país “aconfesional”, tienen una estructura bíblica: comienzan con el Génesis (entiéndase: la historia de la creación de la idea de la tesis; estas “ideotas”, por lo general, son redactadas pensando en un lector herbívoro y poco informado); a continuación, el Éxodo (un recorrido por algunas teorías extranjeras  —esbozadas hace diez o veinte años— bajo el liderazgo de un Moisés nacional que utiliza verbos extrañamente sexuales como “cliquear”); luego el Levítico (este apartado trata sobre las axiologías y los mandamientos adoptados en la investigación; ya saben: el evangelio crítico de la temporada); y así hasta completar el Pentateuco.

Por suerte el libro de Jorge Luis Arcos, Kaleidoscopio (Hypermedia, 2015), es otra cosa: una inmersión profunda en la poética de Lorenzo García Vega, que cada cierto tiempo vuelve a la literatura cubana como el cuervo de Poe. Sin embargo, y puede que esté diciendo una herejía, mientras más leía Kaleidoscopio más me daba cuenta de que en realidad algunos de los raciocinios aplicados por Arcos a la literatura de Lorenzo García Vega ya los había escuchado a propósito de José Kozer. Redundaban ya en la obra Kozer. Y es un poco desconcertante, la verdad. El tema de las compatibilidades. Y la sensación extraña de que nuestra crítica literaria es una ciudadela dominada por un pequeño grupo   —como ansiaba Balzac— de “personajes típicos en circunstancia”.

¿Cuáles son las posturas que prefieren los críticos literarios made in Cuba? Son bastante aburridos, por cierto. Nuestros porn stars.

1) El poscrítico: una vez hecha la reflexión, todo se resume en un punto: escribir con una escandalosa inercia y con un estilo en el que las demostraciones no son lo más importante. Para compensar ese “desplazamiento”, el poscrítico incluye correos electrónicos, sms, recetas de cocina y algún coctel para aliviar el calor: antes de leerlo, procúrese una botella de vodka, una de crema de cacao y una de Cointreau, y mezcle tres cuartos de la primera con una octava parte de las otras dos, con abundantes cubitos de hielo. Si ha tenido el acierto de elegir un vodka de 57 grados, el efecto será asombroso —y nada perjudicial para el hígado—. Hay un tono que sobrevive en la poscrítica como los tambores de una canción que no podemos sacarnos de la cabeza. Ejemplo al azar: “Imaginarme a Margarita Mateo Palmer enjabonada bajo la ducha, junto a Rogelio Orizondo, enjabonado bajo otra ducha, chateando ambos y entre ellos desde sus duchas imaginarias, con jabones de aloe y wifi contrarrevolucionario”, escribe Legna Rodríguez Iglesias a propósito de Estos textos son de mi abandono, de Rogelio Orizondo.

2) El raro: se trata de escritores infrecuentes, desemejantes (“aerolitos”, según Alberto Garrandés); héroes de vida y obra irregulares como Miguel Collazo —el novelista cubano que se enterró una aguja de coser en el pecho—, Ezequiel Vieta o el propio García Vega. Con una literatura enrarecida no como una maldición sino como una elección. El prólogo de Beatriz Maggi a los Cuentos selectos de Ezequiel Vieta es todo un manifiesto: “¿Qué es un ‘raro’? El diccionario ofrece varias acepciones: ‘poco denso, enrarecido’. Pero Vieta es tan consistente y consecuentemente denso, que a menudo se escucha decir ‘hermético’. ‘Extravagante, excéntrico’, pero si a todo cubano, en tanto que hombre, le atañen las preocupaciones y los pálpitos universales contemporáneos, Vieta anda y desanda caminos dentro del vórtice mismo; se mueve ‘peri-centro’. ‘Insigne’. Sí, por ejemplo, Pailock es insigne. ‘Escaso, poco común’. Rara es, también, la perla”.

3) El posmoderno: tiene sueños eróticos con un cuarto lleno de libros tipo La Nueva Novela, de Juan Luis Martínez, libros experimentales que traen hasta calcetines dentro. Sus intereses abarcan desde las canciones satánicas que escribió Paulo Coelho en los setenta hasta los libros-lata de Osmel Almaguer. El posmodernismo parió el perfecto best seller académico, un texto carente de interés para el lector común, pero lo suficientemente enrevesado como para un consumo universitario.

4) La ginocrítica: según explica Virginia Woolf, hasta finales del siglo XIX las mujeres en la literatura solo aparecen en su relación con los hombres, y nunca o casi nunca en su relación con otras mujeres. La crítica feminista se propone también evaluar la imagen de la mujer en la literatura, o en la obra de un autor determinado: y aun cuando esta sea positiva se encarga de señalar que muchas de las grandes heroínas de la literatura (Madame Bovary, Molly Bloom, Ana Karenina, etc.) son producto de una imaginación masculina “esencialista” y por eso llevan el estigma de los prejuicios y las formas de representación patriarcales. ¿La escritura femenina? Existe, en verdad, pero en nuestra imaginación. Las ginocríticas pueden hundirte en la miseria si corres el riesgo de comprar todos los libros escritos por mujeres que te recomiendan como joyas.

5) El rizomático: es una especie de zombi, un muerto vivo creado de Deleuze & Guattari. Si hubiera que decir, en una palabra que no signifique absolutamente nada, cómo es la literatura cubana contemporánea, la mejor respuesta sin duda sería: rizomática.

6) El poscolonial: es un tipo como Don Quijote: siempre luchando contra los molinos de viento de la colonialidad. Puede decirse que los poscoloniales han elegido la vía dura, la vía del apostolado. Persisten y persisten. La obsesión que los aterra es esta: saben que el colonialismo es un músculo semimuerto y que, si alguien lo acerca lo suficiente a la electricidad, comenzará a latir.

7) El literato menor: los críticos cubanos se han hecho los difíciles con la llamada Generación Año Cero. Después de algunos años de autismo, aparece este Frankenstein y de repente la crítica lo acosa desde todas direcciones. Siempre cuesta abrirse paso entre una nube de opinólogos que huele el rastro de la sangre.

8) El disidente: este es un caso especial, oriundo de Cuba. La gran cruz al mérito para el texto más estúpido publicado sobre la “escritura disidente” recae en la Declaración de la UNEAC firmada el 15 de noviembre de 1968: “¿A quién o a quiénes sirven estos libros?”, se preguntaban los ediles de la libertad de expresión, “¿sirven a nuestra revolución, calumniada en esa forma, herida a traición por tales medios? Evidentemente, no. […] esa poesía y ese teatro sirven a nuestros enemigos, y sus autores son los artistas que ellos necesitan para alimentar su caballo de Troya”.

El campo cultural cubano no solo es un campo en tensión, como tantas veces le escuchamos decir a Pierre Bourdieu, sino algo resbaladizo y tentacular y con una cantidad considerable de arrastres de pies, personajes anónimos y porn stars.