Los lectores que se llevaron las manos a la cabeza de asombro con Dinosauria soy, el esperpéntico libro de memorias de Graziella Pogolotti, pueden darle gracias a Pedro Juan Gutiérrez por inventar un nuevo género: la biopausia, esto es, una mezcla de biografía, memoria y andropausia.

¿Te masturbabas pensando en mujeres mayores que tú? Sí. Eran mujeres mayores, inaccesibles. O que me intimidaban. […] Siempre he tenido amantes muy mayores, de bastante más de 70 años. […] A esas señoras ahora se les llama ‘sexygenarias’. […] Es un gusto. Delicioso. Igual que otro cualquiera”.

¿Se puede escribir algo así? ¿Se puede leer algo así? Por supuesto, Pedro Juan Gutiérrez lo acaba de hacer: el libro se llama Diálogo con mi sombra (Unión, 2015) y reelabora el género del testimonio con una habilidad comercial inusitada en la campiña cultural cubana. El tipo se entrevista a sí mismo. Onda selfie. Y ¿puede haber mejor requisito para escribir un libro sobre Pedro Juan Gutiérrez que ser realmente Pedro Juan Gutiérrez? Dura 277 páginas y nadie, que yo sepa, se ha desmayado hasta el momento —a pesar de la horrible foto de portada (que parece la de las confesiones eróticas de un abuelito).

Se sabe: Pedro Juan Gutiérrez ha dejado de ser un escritor maldito, sin que eso sea necesariamente algo bueno. Como un fantasma carente de terror, ahora vuelve en ediciones masivas y oficiales y casi convertidas en patrimonio de la UNEAC. Es el efecto especial de nuestra política cultural, el parche a destiempo, la película con happy end que el presente nos cuenta sobre el pasado. Al punto que las mismas editoriales cubanas que antes escapaban de él, ahora le llueven. Es irónico que tras tanta censura previa (“me echaron del periodismo. Después de veintiséis años de trabajo. Sin apelación y sin explicaciones. El 11 de enero de 1999. A la calle. Y me convertí en un apestado”), Gutiérrez publique hoy en diferentes casas editoriales cubanas con una inaudita incontinencia, casi como un mero trámite. Eso sí: todos sus libros excepto Trilogía sucia de La Habana, el único que realmente vale la pena leer. Prohibición —vigente hace 22 años— que reafirma cierta idea que flota en nuestro país desde siempre: la libertad estética termina en el momento en que muerde la mano y pone en aprietos al funcionario estatal de turno. Mejor no levantar polvaredas.

En esas aguas mansas, Diálogo con mi sombra —una auténtica joya del kitsch— luce bastante menos problemático. Uno descubre, por ejemplo, que Pedro Juan Gutiérrez es un pésimo entrevistador de sí mismo. Que se comporta como un obseso de su propia mitología. Que sus recuerdos de infancia son dignos de Conan el bárbaro: “Nos metíamos nadando, en unos canales inmensos, con mangle rojo en las orillas. Y por el lado de nosotros nadaban los caimanes y los manatíes”. Que es tal vez el narrador cubano vivo más leído por la gente que no lee ni el periódico. Que comenzó a escribir cuentos a los 44 años porque a esa edad ya era imposible hacer lo de Rimbaud —a los 19 años, con una precocidad genial, el poeta francés ya había escrito toda su obra—, pero todavía podía hacer lo de Anthony Burgess: triunfar después de los cuarenta. Que convierte las obviedades biológicas en genialidades de culebrón: “Yo, de adolescente, todavía no escribía, me masturbaba”. Que su perfil es exactamente igual al de Rubem Fonseca. Que escribe libros donde las cifras revelan más que las palabras. Que cinco de sus novelas cortan Centro Habana en pedacitos y la sirven en bandeja como un sushi. Que piensa y actúa como si el Premio Calendario no existiera: “No está bien publicar un libro a los veintitantos y después no saber qué más puedes escribir porque no tienes experiencia vital, simplemente”. Que se dice a sí mismo todas las noches: no soy un escritor de best seller, no soy un escritor de best seller, “soy un long seller”. Que tal vez Pedro Juan sea el más perfecto publicista de sí mismo (“Escribo desde la experiencia personal. De un modo exhibicionista. Es un striptease. Me desnudo ante el lector. Y lo seduzco”). Y que cada cierto tiempo, siguiendo una gramática misteriosa, utiliza la interjección “uff” —toda una visión de un escritor adulto.

Pero —alerta de spoiler—, a diferencia de James Ellroy (que investiga y recrea en My Dark Places, sin ocultar nada, los últimos días de vida de su madre violada y estrangulada en 1958 y cuyo asesino jamás fue descubierto), de Roman Polanski (que narra en Roman by Polanski cómo un buen día recibió la noticia de que su mujer, la actriz y modelo estadounidense Sharon Tate, había sido salvajemente apuñalada —16 veces— y colgada del techo —a dos semanas de dar a luz— por acólitos de Charles Manson), de Paul Auster (que escribió La invención de la soledad para desentrañar el supuesto suicidio de su abuelo paterno, Harry Auster, asesinado, ni más ni menos, que por su propia abuela), a Pedro Juan Gutiérrez no le ocurre absolutamente nada en Diálogo con mi sombra. Es aburridísimo. Un autobombo espeluznante. No es que haya que sugerir de paso que fracasar, morir asesinado o ser adicto es la opción más literaria de todas, pero lo más emocionante que hace Pedro Juan es llevar la estadística de su propia obra y tener sexo con superabuelas de 80 años.

Si algo queda claro después de leer Diálogo con mi sombra, es que Pedro Juan Gutiérrez no es Charles Bukowski —que inventó dos tercios del llamado dirty realism—, y que ni siquiera es Pedro Lemebel, a pesar de intentarlo con muchas ganas en la portada. (Basta ver las cubiertas de los libros cubanos para saber de qué va cada una de nuestras editoriales. A la rápida: Letras Cubanas lucha, preferiblemente, por medio de artistas plásticos muertos o en decadencia; Arte y Literatura hace usos dudosos o impresentables del photoshop; en la José Martí campea el mal gusto; Tablas Alarcos prueba con los colores estridentes; Unión usa todos los anteriores y no se decide por ninguno.) Pedro Juan Gutiérrez juega así, en el libro, a enturbiarse más que aclararse. Como en aquella película de Christopher Nolan, Inception, con un argumento tan inextricable que los personajes tenían que detener la acción para explicar que todo se trataba de un sueño dentro de otro sueño, en Diálogo con mi sombra leemos cosas como esta: “Estoy conviviendo con Pedro Juan desde septiembre de 1994, cuando, juntos, empezamos a escribir Trilogía sucia de La Habana […] No somos amigos, ni hermanos, ni amantes, ni compañeros de viaje, ni colegas de esquizofrenia. No. Yo soy yo. Y él es mi sombra. […] Y además, ha encontrado su propia sombra: John Snake. […] Pedro Juan Gutiérrez tiene su sombra, que es Pedro Juan y este engendró su propia sombra que es John Snake”. Sentarse para comprenderlo. El Bukowski tropical —así lo bautizó un editor español— se vende como laberinto, pero en realidad es una línea recta.

La idea es corrosiva, pero creo que Pedro Juan Gutiérrez es el último exponente de un modelo de literatura cubana que está agotado como género; cierta literatura cardinalmente habanera, donde la única fuerza de gravedad es la necesidad; esa clase de narrativa hiperrealista que fue un boom hace veinte o veinticinco años, quedando por estos días —con la venia de las editoriales extranjeras— congelada como un artefacto de época. Ficciones —ahora sin riesgo— que alguna vez necesitamos para construirnos una imagen de país terminal. Y si Trilogía… es un libro del hambre (“Me quedé solo […]. Sin muebles, sin dinero, sin comida, sin nada”), Diálogo con mi sombra está escrito con el estómago lleno: “Lo cierto es que cada vez me alejo más de ese caribeño insoportable, machista y grosero. Y me acerco más a los otros dos [Pedro Juan]. El sofisticado y el místico ganan espacio”.

Para terminar, la sensación extraña de que Pedro Juan Gutiérrez es un exoesqueleto armado con lugares comunes, párrafos repetidos, algo de porno; un tipo que suda historias; que no puede dejar de narrarse, como si ese fuera su único destino: ser persona o personaje, encarnarse en ficción, hacerse mentira.

Confesión: a pesar de todo, uno disfruta Diálogo con mi sombra —porque es un libro engreído, tremendista y lo suficientemente ridículo como para pasar un buen rato—, del mismo modo que disfruta las malas películas de terror.