Miguel Díaz-Canel / Foto: Yamil Lage (The Daily Beast)

No hay flow mítico en Miguel Díaz-Canel. Tampoco hay en marcha una maquinaria que hipertrofie a diario su imagen y sus gestos individuales, ni siquiera él reclama o se le ha concedido, ni se le concederá, aunque lo reclame, demasiado protagonismo escénico. No parece haber grandeza ahí, ni heroísmo, ni villanía, ni mesianismo, ni inclemencia.

Díaz-Canel es apenas el mascarón de proa. No es estructura, es solo función. En otros tiempos el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros se habría puesto a hablarle al pueblo cubano durante horas en la televisión nacional sobre la importancia capital de las medidas dictadas a inicios de este año para reordenar y restringir el trabajo por cuenta propia, un mal necesario debido a la dureza de los tiempos, la coyuntura internacional y el sempiterno bloqueo yanqui. Un rodeo en el camino victorioso de la Revolución que, de todos modos, no debería superar ciertos límites (cierto número de licencias por cabeza; cierto número de mesas en las paladares o en los bares), puesto que entonces la Revolución estaría ofreciéndole armas (palas y azadones) a sus propios sepultureros.

La invulnerable Revolución correría el riesgo de perecer a manos de agentes internos, la frugal Revolución estaría engordando una burguesía larval, esos “nuevos ricos” cuya prosperidad tanto desea el enemigo externo, histórico e infinito. Durante meses, Díaz-Canel no hizo tal cosa. Tampoco empleó locuacidad alguna en justificar la anulación, antes de que hubiesen entrado en vigor, de esas mismas disposiciones. Apenas un tuit: “No hay por qué creer que las rectificaciones son retrocesos, ni confundirlas con debilidades cuando se escucha al pueblo. Revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado. Ninguno de nosotros puede tanto como todos nosotros juntos. #SomosCuba #SomosContinuidad”.

La prensa extranjera ha señalado el hecho inesperado de que Díaz-Canel pidiera a sus ministros que hablen más directamente con la gente y que expliquen sus políticas. El mandatario abrió hace varios meses una cuenta en Twitter y tras él han debutado allí otros altos funcionarios del gobierno. En el colmo de la apertura y el desparpajo 2.0, Fernando Rojas, viceministro de Cultura, sostuvo hace pocas semanas un intercambio, más bien tenso y a fin de cuentas árido, con algunos usuarios de la red social que pedían la derogación del Decreto 349, un legajo que, según las autoridades, propone regularizar la “prestación de servicios artísticos” no solo en espacios públicos institucionales, sino también privados (un bar, un restaurante, un estudio-galería), combatiendo con planillas e inspectores lo que llaman el “intrusismo profesional” y la chabacanería, la obscenidad y, en general, el abandono, en ciertas “manifestaciones dizque artísticas”, de las buenas maneras que convienen a una sociedad en constante perfeccionamiento místico.

Centenares de artistas han protestado, en las redes sociales, en los medios de prensa alternativos y en los alrededores del Ministerio de Cultura de La Habana, contra el 349. Sospechan que el decreto reinstalaría la censura artística en niveles similares a los del “quinquenio gris” de los años 70, que expediría patentes de corso para toda una armada de anodinos examinadores culturales, probablemente tan susceptibles a corromperse como sus homólogos de la gastronomía y la sanidad, pero en este caso ungidos de soberanía para desmontar una exposición o detener en el acto un concierto si así lo consideran oportuno según los altos fines de nuestra sociedad. Poseen la certeza de que ninguna institución tendría que decidir a priori —esto es, sin que necesariamente lo hagan en su lugar el mercado del arte y, sobre todo, la crítica especializada y la sensibilidad del público y sus colegas— quién es artista o intruso, y qué es en definitiva artístico o no, o bien qué contenido es o no artísticamente correcto.

Cualquiera diría que se pierde una oportunidad para legislar positivamente, no constriñendo y censurando, sino impulsando las condiciones de posibilidad para un arte cada vez más crítico, generando alternativas para la creatividad más radical.

El actual presidente tampoco se ha explayado sobre el tema, pero los funcionarios culturales han asistido al programa televisivo Mesa Redonda para explicarse y han expelido en la prensa nacional una batería de artículos en defensa del decreto, asegurando que la libertad de creación artística no está ni estará bajo amenaza y que aún están por redactarse normas complementarias que, esperan los funcionarios, habrán de traer consenso en este debate. El asunto es que buena parte de los creadores en la isla, incluidos desde luego aquellos que cultivan un arte político (algunos de los cuales fueron detenidos hace algunos días por sentarse gandhianamente ante la verja ministerial), no cree en estas promesas: en los últimos meses, y en los últimos años, no han dejado de producirse una y otra vez actos de censura rampante en las artes plásticas, el cine, el teatro, la música…

El Decreto 349 busca más bien codificar arbitrariedades o injusticias que ya son práctica común, realidad consumada, desde hace bastante tiempo. El mismo artilugio legitimador que varios juristas han denunciado en relación con diversos pasajes del proyecto constitucional que se discutió en Cuba durante los últimos meses. Precisamente, el 349 sería a su vez uno de los estatutos complementarios, extrañamente avant la lettre, de la Constitución que debe votarse en febrero próximo. De modo que el edicto de marras puede servir como botón de muestra sobre el grado de discrecionalidad que dejaría esa (propuesta de) Carta Magna para que el gobierno haga y/o deshaga… por decreto.

Sin embargo, habría que admitir algo: el poder en Cuba se ve obligado a reaccionar, aun cuando ahora mismo no estemos bajo aquel influjo primaveral del deshielo y las relaciones con Estados Unidos hayan vuelto a su meridiano acostumbrado, tan caro a los conservadores de uno y otro lado del Estrecho.

Si hay una propuesta de nuevo pacto constitucional (insatisfactorio del todo en términos del ordenamiento político, pero que amplía notablemente el inventario de otros derechos), si se dio marcha atrás a las impopulares e inconvenientes medidas contra los emprendimientos por cuenta propia, si ahora el comisariado cultural ha empezado a maniobrar para “tender puentes” con los artistas descontentos o, directamente, iracundos, es ciertamente porque, al parecer, la isla de Cuba ya no se puede gobernar como en los buenos viejos tiempos del castrismo.

Asistimos hoy a una época en que ya solo la vieja máquina de la burocracia —Singer o Tula, con piezas de repuesto como el propio Díaz-Canel— zurce el presente y el porvenir inmediato de la nación. Sin el prestidigitador en jefe, extinguida esa zona de singularidad que se genera alrededor del héroe epónimo o líder carismático en todo sistema autoritario, ya no existe capacidad alguna de regeneración metafórica, ya no es posible convertir el agua en vino y las derrotas en victorias (ápice del mito totalitario cubano). Queda esto, el aparato. Habitamos ahora el feudo de lo literal, aunque se sigan repitiendo en los diarios y en los carteles las mismas fórmulas retóricas de toda la vida, o bien justamente por eso: porque ya no pueden dejar de hablar en una lengua muerta.

A estas alturas sospechamos que, hace años, una parte de la velada élite burocrática cubana advirtió que era tiempo de ser rabiosamente pragmáticos. Aquello de “cambiar todo lo que debe ser cambiado” dejó de ser entonces, presumiblemente, un imperativo moral para convertirse en una receta gatopardiana encaminada a mantener el status quo en beneficio exclusivo de esa élite o, a lo sumo, en un mejunje que mezcla ambas cosas y que, a fin de cuentas, puede matar de muchas maneras: de ahí este capitalismo de Estado que se administra bajo la égida de los militares (Gaesa); los negocios con capitales globales que escapan al escrutinio de la opinión pública mientras el gobierno se muestra una y otra vez ineficiente o desinteresado en extender a nuevos sectores la participación en esa sexy zone de la economía, cuyos incomprobables dividendos quedarían dentro de un círculo más bien estrecho de nacionales privilegiados y sus socios extranjeros; en definitiva, todas las aparentes incongruencias (¿o estaría todo calculado?) que resultan de la necesidad (¡y la conveniencia!) de insertarse en los flujos externos, globalizados, y la pulsión de control totalizante sobre la realidad interna.

Tal Frankenstein, que algunos todavía miran enternecidos y confunden con el Prometeo de hace medio siglo, podría terminar precipitándonos a todos en el peor de los países posibles: capitalismo al duro y sin guante, con el poder en manos de una facción con capacidad única para negociar y con ventaja también en el tráfico de los discursos sociales (¿a quién pertenecería el diario que se imprima mañana en las instalaciones del Granma?); cero control y escaso activismo ciudadano frente a las decisiones políticas y frente a la racionalidad económica (véase la desprotección laboral que ha acompañado hasta aquí el reformismo de los últimos años y, cómo no, el comportamiento rigurosamente monopólico de muchas instancias estatales)…

Uno tiene la terrible certeza de que, no solo ni en primer lugar el aplazamiento histórico o la imposibilidad de la utopía prometida desde el poder revolucionario, sino, ante todo, la consecuente engañifa pragmática y discursiva, ese actual equilibrismo rácano que solo busca salvar el sistema por el sistema, ha ido consumando también en Cuba el desmontaje simbólico y real de una izquierda verdaderamente fértil e independiente y ha ido cancelando en buena medida unos ideales socializantes que sin duda se echarán de menos en el futuro cercano.

Pero decíamos que algo se mueve… desde hace unos días por fin es posible en Cuba conectarse desde los celulares, eso sí, buena parte del salario mediante, a Internet; algunas voces se empeñan en decir sus cosas en la prensa autónoma, virtual pero ya inabolible; el funcionariado, decíamos, ha dado ciertas señales de reactividad comunicativa frente al disgusto y las protestas puntuales de algunos sectores. El mérito, si alguno hubiera, está en la sociedad civil. Puede leerse la coyuntura, en sentido estricto, como una señal de que los reformistas vuelven a ganar influencia dentro de la estructura celular del poder cubano, luego de la contraofensiva de línea dura acontecida tras la visita de Obama en 2016. En todo caso, parece ser un síntoma de que, con el agotamiento del crédito histórico (y) de la “generación histórica”, el futuro cubano se jugará a las cartas con la tecnocracia.

Un juego que Silvio Rodríguez ha ilustrado, casi sin querer, en estos términos: “El decreto 349 fue algo que le pusieron delante a nuestro Presidente para que lo firmara, sin haber sido discutido entre los artistas”. Extrañamente, el poeta ha creado un paralelismo, a la inversa, con aquel sueño húmedo tecnocrático que se instaló en cierta zona de la opinión pública global tras la victoria electoral de Donald Trump, a saber, el sistema regulará los delirios del nuevo inquilino de la Casa Blanca: concienciados asesores y funcionarios bien pensantes moderarán la letra de los ukases, sustraerán del escritorio presidencial, o deslizarán para su ignorante, distraída firma, este o aquel decreto, y todo marchará bien…

Desde luego, el último Fidel Castro hacía muchos años que ya no era el Fidel Castro de los días de gloria. Y su hermano demostró ser entre 2006 y 2018, sobre todas las cosas, un hombre pragmático, aunque con solera de revolucionario. Es ahí donde conecta Díaz-Canel, esa es su tradición, y ese el código genético de su proclamada #Continuidad: hacer todo lo posible para que la máquina, esto es, la estructura del poder en Cuba, no se detenga y continúe realizando sus funciones orgánicas básicas: nutrirse con lo que aparezca, inhalar en un bostezo, exhalar con un espasmo, sacudirse las pulgas del lomo, defecar… Por ahora, Díaz-Canel preside sin más una era de hemodiálisis; presta su nombre a los sibilinos gerentes de la decadencia.