Si bien desde nuestra perspectiva todos los indios de Cuba eran casi lo mismo, lo cierto es que la diferencia que había entre los más primitivos y los más adelantados de ellos, tal vez fuera equivalente a la que existe entre nosotros y Suecia.

La arqueología sugiere que los primeros humanos desembarcaron en esta isla hace 7000 años. Puede incluso que se hayan almorzado algún perezoso gigante antes de que se extinguiera. No se sabe de dónde vinieron ni cuál fue su destino.

Milenios después Colón encuentra en Cuba tres culturas: guanajatabeyes, siboneyes y taínos. Los primeros -los menos desarrollados- dormían en cuevas, cazaban, y se alimentaban de raíces, frutas, insectos y cangrejos. Se desconoce su lengua y quiénes eran sus ancestros, aunque quizás estos fueran aquellos misteriosos adelantados. Por su lado siboneyes y taínos salieron de la costa norte de América del Sur, de donde arribaron en canoas saltando de isla en isla a través de Las Antillas. Esto no ocurrió de un día para otro, sino en oleadas sucesivas durante miles de años. Siendo siboneyes y taínos ramas de un tronco común, los primeros eran más atrasados que los segundos. Los taínos practicaban la agricultura, la alfarería, tejían redes, y habitaban en bohíos que a veces formaban parte de una comunidad llamada “caney”, dirigida por un cacique. Ninguna de esas etnias conocía la escritura.

Las bonanzas del clima y del suelo hacían de Cuba un lugar donde lucharse la yuca era relativamente fácil. Al parecer aquí no hubo indígena que superara por sí mismo el nivel de desarrollo de sus antepasados. Cada adelanto fue importado y entró por Oriente. De nuestros tres tipos de indios, solo los dos primeros tuvieron oportunidad de abarcar toda la isla en alguna ocasión. Empero al momento de la conquista el cuadro era otro: De los guanajatabeyes quedaban unos pocos arrinconados por los siboneyes contra el fondo de Pinar del Río, es decir, contra el cabo de San Antonio. Los siboneyes habían abandonado la zona oriental ante el empuje taíno. Mientras que los avanzados taínos _los últimos en llegar y los más numerosos_ no habían tenido tiempo, y ya no lo tendrían, de conocer Occidente. En cambio dominaban Oriente y se les podía ver hasta en Cienfuegos. No se descarta que para lograr esta distribución se hayan escuchado algunos pescozones, mas por lo general todos allí eran indios pacíficos y ninguno estaba para buscarse problemas.

El único elemento verdaderamente conflictivo de la zona eran los indios caribes, habitantes de pequeñas islas como Granada, Trinidad y San Vicente. Ya a la altura de 1492, hacía unos años se encontraban inmersos en un boom de incursiones guerreristas y esclavistas contra las Antillas Mayores, aunque con Cuba solo estaban comenzando. Cualquiera que fuera el sueño imperial de tales pendencieros, también a ellos les estaba llegando la hora.

1492

Todo lo anterior es prehistoria. En rigor la historia de Cuba comienza el año de su “descubrimiento”, pues es allí cuando por primera vez alguien escribe algo acerca de esta tierra que Colón definiera como la más “fermosa” que ojos humanos vieron.

Yo, sin pretenderme un experto en castellano antiguo, me aventuro a suponer que lo de fermosa significa “cubierta de perennes bosques de inconmensurable prodigalidad, entre los que discurren como ensueños ríos paradisíacos alrededor de los cuales los seres más inocentes del mundo cazan y pescan desnudos, amparados por la benevolencia de tan deslumbrante escenario”… O algo así. No obstante luego, cuando los europeos tuvieron oportunidad de mirar con más detalle, lo que acabó por deslumbrarlos no fue tanto el paisaje como el oro.

A nuestro país no intentaron colonizarlo desde el inicio. Al comienzo los ibéricos la emprenden contra la isla de Santo Domingo (La Española); en 1508 le llega el turno a Puerto Rico; en 1509 le toca a Jamaica; y solo en 1511, transcurridas dos décadas del arribo de Colón a Cuba, es que proceden a conquistarla. Como era habitual, lo que España mandó para acá no fue lo mejor de sí. Capitaneando la expedición de 300 hombres se encontraba Diego Velázquez, al tiempo que personas con la catadura moral de Hernán Cortés y Pánfilo de Narváez, constituían el común de una tropa que venía a por todo. A dos años de su desembarco en Oriente ya habían creado Baracoa y Bayamo, y continuaban fundando villas en su rotundo avance al poniente.

Como acabo de sugerir, los españoles tenían la cabeza amarilla de tanto pensar en el oro. La división del trabajo en la extracción de ese mineral -según ellos la concibieron- generaba dos tipos de trabajadores: los que propinaban los latigazos y los que los recibían. Puestos a escoger, los ibéricos gustaban de estar entre los primeros, por mucho que esa clase de actitud contradijera los sentimientos y las órdenes de la corona.

La encomienda

Durante su reinado, la principal preocupación de Isabel de Castilla fue demostrar que no estaba pintada en la pared. Apoyada por su esposo Fernando de Aragón, hubo de realizar piadosos actos que les merecieron a ambos el título de “Reyes Católicos” otorgado por el papa Alejandro VI (el connotado Rodrigo Borja) distinción que hasta hoy conservan los monarcas de España. El año del descubrimiento de América coincidió con el fin de la Guerra de Granada, gracias a la cual los reyes echaron al moro del sur de la península, luego de que este permaneciera allí ocho siglos. Otras de las misericordiosas diligencias de sus majestades fueron el establecimiento de la Santa Inquisición, así como haber expulsado a los judíos y musulmanes que no se convirtieron al cristianismo (desde 1958 los partidarios de Isabel la Católica están intentando beatificarla y todavía se preguntan por qué el Vaticano no se anima). Fue también ella la que contra tantas opiniones, apoyó el célebre viaje de Colón bajo el supuesto de que las tierras conquistadas se sumarían al mundo cristiano. Aunque su esposo Fernando era un hombre de armas tomar, parece no haber sido él quien llevara los pantalones en ese matrimonio, por lo menos en lo que respecta a la política.

El tema es que entre los compasivos pensamientos de la reina, en alguna que otra ocasión irrumpió la duda de si los indígenas eran personas. Cierta vez Colón importó y vendió 300 de ellos, y si bien al principio la operación fue apuntalada por el beneplácito real, cuatro días más tarde sus majestades se retractaron. En otra oportunidad el Almirante consintió que algunos colonos poseyesen esclavos nativos, de ahí que la reina -tantas veces indecisa entre premiarlo o ahorcarlo- en un ataque de ira preguntara quién era él para andar regalando vasallos castellanos cual si fueran bestias.

Y es que en teoría, los aborígenes eran súbditos con todas las de la ley. Según la institución de la “encomienda”, algunos colonizadores les hacían a tales paganos el favor de cuidarlos y mostrarles el camino del Señor, a cambio de lo cual los así beneficiados debían trabajar para el europeo, extrayendo oro por ejemplo. Como era de esperar, la tendencia del colono fue a cumplir únicamente la segunda parte del contrato, por lo que en la práctica los supuestos protegidos debieron entregar el producto de su labor, ya ni siquiera a cambio de espejitos sino de menos latigazos.

Siete años antes de la colonización de Cuba, la reina había fallecido finalmente convencida de que sus nuevos súbditos merecían un trato humano. Precavida que era y conociendo al personal, dejó estipulada en su testamento la prohibición de que los indios recibieran “agravio alguno ni en su persona ni en sus bienes”. E igual que cuando Lenin antes de morir advirtió que se cuidaran de Stalin, aquello fue por gusto.

Juan Bosh en su libro De Cristóbal Colón a Fidel Castro afirma que en 1509 en Santo Domingo apenas quedaban 13 mil indios sobre los que “la encomienda pesaba como un dogal de hierro remachado a martillazos”. Fue allí donde en 1511 el padre Antonio de Montesinos, horrorizado ante la situación armó tal petate, que el asunto llegó a oídos del rey Fernando, ya viudo. Como sensata respuesta al reclamo, este convoca una junta de teólogos y juristas cuyas conclusiones fueron expuestas en las llamadas “Leyes de Burgos” de 1512.

Según estas el indio era un hombre libre, pero ya que necesitaba ser cristianizado ¿quién mejor que los Reyes Católicos para asegurarse de ello? Las nuevas reglas limitaron en gran medida las bellaquerías que el español podía infligirle al indio. De ahí en lo adelante, aunque estaba obligado a evangelizarlo y -si así lo prefería- hacerlo trabajar; debía tratarlo bien, garantizándole vivienda, alimentación y jornal. Fue a partir de entonces notoriamente ilícito que los colonizadores poseyeran esclavos nativos… Con una excepción.

El requerimiento

Las Leyes de Burgos representan un paso de avance en la ética legislativa europea y constituyen el germen de los actuales Derechos Humanos. Su acápite más pintoresco -y ciertamente el más reverenciado por los colonizadores- fue el “requerimiento”, un largo escrito que debía leerse a los aborígenes. En caso de que algún testarudo lo rechazara, los españoles estaban autorizados a esclavizarlo o matarlo, según les pareciese.

El documento, pronto convertido en un componente imprescindible del kit del conquistador, no fue usado con la esperanza de que el indígena lo aceptara sino de que no lo hiciera. Aparte de que por su propio contenido iba a generar reticencias en los indios, en muchas oportunidades fue leído frente a dos o tres de ellos, y ya con eso se consideraba que el resto había sido notificado. A veces no había un traductor presente, y en ocasiones ni siquiera había un indio. No bastando con eso, llegaron a pronunciar el discurso desde el mar, y una vez que desembarcaban, nativo que no se escondiera era cazado o liquidado. Sobra decir que ninguna de estas faenas perturbó el sueño del ibérico, que sentíase respaldado en su espiritualidad por un texto de evidente inspiración divina.

En resumidas cuentas, el tal requerimiento explicaba a los indios que la tierra habitada por ellos desde hace miles de años, en realidad pertenecía a la monarquía católica en virtud de una decisión del papa. Por si no conocían quién era este, se les aclaraba que Dios había designado a San Pedro como jefe del mundo, cargo que se venía transmitiendo desde entonces en forma de papado. El actual papa había establecido -se les continuaba anunciando- que ellos, los indios, eran súbditos de los reyes peninsulares. Eso sí, súbditos libres, valga insistir.

La noticia era una bomba. En las ocasiones en que algunos nativos casi alcanzaron a descifrar la alucinante semántica de la cosa, quedaron tan anonadados que hubo que resetearlos. Para empezar se preguntaban quiénes diablos eran el papa, San Pedro, y el tal Dios. Y luego terminaban rompiéndose la cabeza tratando de imaginar qué rayos se habían fumado los españoles.

El conquistador Martín Fernández de Enciso describió así la insuperable respuesta de unos indígenas colombianos: “dijeron que el Papa debiera estar borracho (…) pues daba lo que no era suyo, y que el rey que pedía y tomaba tal merced debía ser algún loco, pues pedía lo que era de otros, y que fuese allá a tomarla, que ellos le pondrían la cabeza en un palo, como tenían otras (…) de enemigos suyos”… No en balde fray Bartolomé de las Casas, refiriéndose a estos acontecimientos, señalaba que no sabía si reír o si llorar.

En efecto, los naturales del Nuevo Mundo no eran mancos. En ese siglo de 1500 cuando comienza en serio la conquista, estallan rebeliones indígenas en Santo Domingo, Puerto Rico, Cuba, México, Venezuela, Colombia, Perú, Chile y Argentina; y casi tres centurias después continuó habiéndolas. Donde un bando era atroz, el otro era sanguinario. A Túpac Amaru II, los hispanos les ataron cada una de sus extremidades a cuatro caballos que lanzaron en diferentes direcciones. Cansados de observar que ni se descuartizaba ni fallecía decidieron cortarle la cabeza, a lo cual ya no sobrevivió. Los mapuche de Chile, para no quedarse atrás, gustaban de hacer instrumentos musicales _en específico flautas_ con los huesos de los españoles capturados, obviamente sin el consentimiento de estos. Mas pese a válidos esfuerzos de esa índole, también en materia de malicia los nativos americanos eran superados por los nativos europeos.

Asombra la asiduidad con que despojar aborígenes fue tan fácil como quitarle el juguete a un niño. El truco de mostrarse conciliador con el jefe indio para posteriormente traicionarlo, se convirtió en un clásico cuya puesta en escena solía requerir una audacia increíble. Se lo hizo Hernán Cortés a Moctezuma, Francisco Pizarro a Atahualpa, su hermano Hernando a Chalcuchima, Ovando a Anacaona, Ojeda a Caonabó, se lo hicieron a Urracá… La trama mil veces intentada, otras tantas funcionó. En su obra Juan Bosh avanza una explicación para tanta ingenuidad que yo interpreto del siguiente modo: Más allá de que los indios nunca habían lidiado con alguien sin escrúpulos, el propio concepto de “falta total de escrúpulos” era incomprensible para ellos.

Ya fuera por esta desventaja, como por la inconveniencia de estar menos cohesionados, además de carecer de aceros, armas de fuego, perros y caballos, el asunto fue que, comparadas con la intensidad con que los indios deseaban clavar cabezas españolas en palos, sus oportunidades para lograrlo fueron más bien escasas.

En pos de eso se confabuló lo inimaginable. En ocasiones las enfermedades de los animales mutan y se pasan al hombre. Tras siglos de convivencia con estos gérmenes, las personas terminan desarrollando un alto grado de inmunidad hacia ellos. La circunstancia de que desde épocas remotas los españoles poseyeran más variedad de animales domésticos que la existente en América, los hizo contar con más dolencias para atacar al indio que las que podía esgrimir este en su defensa. Lo mejor del arsenal americano era la tuberculosis, acompañada por algunas infecciones de nombres raros como la tripnosomiasis americana y la leishmaniasis tegumentaria. A esto el Viejo Mundo opuso nada menos que viruela, peste bubónica, fiebre tifoidea, gripe del cerdo, paludismo, lepra, tosferina, difteria, sarampión, varicela, neumonía, tifus, rabia, cólera, malaria, diarreas y escorbuto.

Los resultados de esa no deliberada guerra bacteriológica fueron muy disparejos. Hubo casos en que las plagas importadas se propagaron tan rápido que cuando los conquistadores entraban por primera vez a una aldea, ya no quedaba a quien matar. Siendo así, con todo lo belicosos que eran los blancos, el culpable de la catástrofe demográfica que significó la muerte de entre un 60 y un 95% de los indoamericanos, no fue la espada sino el microbio.

Hatuey

En lo referido a Cuba, habíamos dejado a una tropa enviada por Diego Velázquez avanzando hacia Occidente. Era alrededor de 1513, al mando iba su segundo, Pánfilo de Narváez, y por lo común las jornadas eran muy tranquilas. Acaso fue esto lo que provocó en los peninsulares tan grande aburrimiento, que no tuvieron más remedio que masacrar a cientos de indios que se acercaron a regalarles comida en Caonao, Camagüey, suceso que presenció boquiabierto el antes mencionado Bartolomé de las Casas.

De los pocos que se resistieron en la Mayor de las Antillas, el más conocido fue Hatuey “el primer rebelde de América”. Cacique taíno originario de Santo Domingo, desembarca en Maisí junto a un grupo de fieles y un inmenso odio a los peninsulares que, como se ha visto, tampoco se habían esforzado por agradar en aquella isla. Durante meses el hombre hizo su guerrilla desde una insalvable inferioridad hasta que fue víctima del debut de la delación en la historia cubana. El 12 de febrero de 1512, a punto de calcinarlo en la hoguera, sus captores en gesto supremo de benevolencia le proponen una manera fácil de salvarse: aceptar a Jesús en su alma. Claro está, no escaparía de esta quema en particular pero sí de la llama eterna, iría al cielo.

Hatuey, quizás más por joder que por no saber, inquirió si en ese lugar había españoles, y cuando le fue informado que positivo, les lanzó en la cara la primera buena riposta del patriotismo cubano: Entonces yo deseo ir al infierno “por no estar donde estén y por no ver tan cruel gente”. Siglos después, en agradecido homenaje a su martirologio, fue otorgado su nombre a una importante fábrica del país, que estampaba lo que pudo ser su rostro en cada botella de cerveza que producía.

Tan temprano como en 1515, a solo cuatro años de su entrada triunfal, los conquistadores habían añadido cinco villas más al mapa cubano: Trinidad, Camagüey (Puerto Príncipe), Sancti Spíritus, La Habana y Santiago. Ya la isla era completamente española, con lo cual nuestros indígenas estaban metidos en un buen lío.

El destino de los indios en Cuba

Aquí los métodos de evangelizar fueron tales, que casi constituyó historia oficial la creencia de que los aborígenes resultaron totalmente exterminados. Eso, sin embargo, es un mito.

El español -acostumbrado a llegar a estas tierras sin pareja- mientras en verdad liquidaba de una forma u otra a los nativos varones, para las hembras, ligeras de ropa como andaban, elucubró diferente plan. Según un estudio, el mayor aporte femenino al genoma cubano proviene de africanas, con un 45%; las europeas tributan un 22%; en tanto el restante 33% corresponde a indias. Por su lado la representación masculina se distribuye casi únicamente entre dos razas  -la blanca y la negra- con un 79% y un 20% cada una. Ahí subrayemos un par de realidades: La primera es que buena porción de sangre indígena femenina nos corre por las venas; la segunda, que luego de la conquista, el macho ibérico casi no le dejó poner una al macho indio.

También la cultura cubana conserva reminiscencias aborígenes, entre ellas palabras al estilo de hamaca, bohío y canoa; sin dejar de contar un montón de topónimos tales como Baracoa, Guanabacoa, Camagüey, Habana y Cuba. A esto se suma el consumo del ajiaco, el casabe, la guásima, y la manzanilla, junto al empleo de tabacos, maracas y conchas en los rituales afrocubanos. Las leyendas de güijes y cagüeiros comparten similar raíz.

Más transcendental es el hecho de que durante la peor etapa de la encomienda, algunos taínos encontraron refugio en las montañas de Oriente, compartiendo allí palenques, fluidos y genes con los negros. La verdad es que nunca desaparecieron. Hasta el siglo IXX en las crónicas cubanas -incluyendo escritos de Martí- hay ocasionales menciones a la presencia en Cuba de descendientes de esa raza, algunos de los cuales combatieron en ambos bandos de las guerras de independencia. En 1945 el mismísimo Antonio Núñez Jiménez confirmó haber conversado con ellos cerca del río Toa. El mito de su extinción se debe, entre otros motivos, a que desde la centuria de 1700 el gobierno colonial decidió desconocer al color indio en sus estadísticas, directiva que continúa cumpliéndose en la actualidad. Según el especialista José Antonio García Molina en la revista Temas: la única desaparición total de indígenas “fue la que se produjo en los censos”.

Al desembarco de Colón, en la isla habitaban entre 90 mil y 700 mil aborígenes, dependiendo del autor consultado. Hoy en los campos orientales permanecen algunos pocos millares reunidos sobre todo en la herradura formada por los montañosos municipios guantanameros de Manuel Tames, Yateras y Baracoa. Aunque son indígenas transculturados (hablan español y su religión es católica o afrocubana) conservan, como es lógico, más tradiciones originarias que el resto del país. Siembran a su manera, viven en bohíos ancestrales, y le solicitan permiso a las plantas antes de usarlas en curaciones. Tampoco se mezclaron mucho. Bajitos, oscuros, de pelos lacios negros y pómulos pronunciados, no pueden -ni les interesa- ocultar de dónde vienen.

La meca taína en nuestra nación es el poblado La Ranchería en Manuel Tames, al que solo se sube a caballo y donde viven alrededor poco más de cien de ellos. La mayoría se apellida Rojas o Ramírez, particularidad que responde al alto grado de aislamiento en el que han permanecido ambos linajes desde que surgieron hace cinco centurias. Entre estos sobrevivientes adoradores de la Madre Tierra se encontraba Panchito Ramírez Rojas. Cacique de la comunidad, reproducía a su manera la singular división de poderes presente en otros niveles del país, ya que también era jefe del CDR. Según contaba este noble viejo, de su abuelo había heredado un hermoso encargo: “Mantén quien tú eres”, en aras del cual aseveraba con su extraña gramática: “¿Pero quién es el que dijese que en Cuba no existe el indio?… Es un equivocado”. De esta forma, desdeñando con orgullo lo que los maestros y los libros nos enseñaron en la escuela, nunca perdió ocasión para rebatir la absurda idea de que había perecido siglos atrás.