Foto: Guillermo Torres / Revsita Semana

El deporte más divertido que identifiqué en el TM consiste en colarse. Existe una manera de mover el triple tubo de acceso para entrar gratis. Este evidentemente cede cuando el pasajero pasa la tarjeta de pago magnética, pero se bloquea cuando alguien pretende pasar sin pagar.

Las entradas al sistema se compran en unas cabinas de pago que gestiona una empresa privada. Dentro, el empleado de chaleco verde que concreta la operación señala un panel digital donde el usuario chequea el destino de su dinero: 5000 o 10 000 o 20 000, o lo que sea. Es una transacción rápida, aséptica, que no dura más de tres segundos y el empleado, que nunca sonríe porque no está en el contrato, trabaja tras uno de esos gruesos cristales que lo aíslan del mundo y del canto de los pájaros. Por alguna razón estos empleados no tienen en su chip el logaritmo «aburrirse», y lo curioso de esta observación es cómo esa carencia afectiva contrasta con la humanidad de sus cuerpos y rostros, igual de regordetes, redondos o flacos que el del resto de los humanos.

El cristal que los separa del resto del mundo es tan grueso que si un usuario cae al suelo por alguna parálisis repentina o por un ataque epiléptico, el empleado podría sentirse una piedra, un banco de parque, un poste de semáforo indiferente al perro que lo mea. Estas cabinas son Colombia, son el nuevo mundo al que llega el cubano acostumbrado a las ventanillas rotas y a las empleadas aburridas, pero vulnerables incluso al amor.

Ahora bien, en todo este sistema hay un pequeño momento de felicidad. Dura unos segundos y sucede cuando uno de esos empleados no hace el gesto de mirar el panel, y uno tiene que completar la transacción confiando al cien por ciento en su palabra. Y el usuario comprende que el sujeto del otro lado está harto como él, y que es su compañero de viaje en eso, sea lo que sea, y que de vez en cuando alguien se cuela en ese sistema con el chip de «aburrirse», con el chip «qué estoy haciendo con mi vida en esta urna de cristal», por eso ALGO se abre entre usuario y empleado como se abren los poros de un corredor, o como se abren los amantes.

Para entrar gratis primeramente se jala el tubo que ocupa la posición superior en dirección contraria a las manecillas del reloj, o dirección contraria al movimiento que da acceso al otro lado de la puerta. Seguidamente se introduce la pierna a la altura de la rodilla en el espacio que deja el tubo al retroceder, y se llega al otro lado quizá inclinando un poco el trasero por encima de la portezuela. Cuando no hay empleados ni policías cerca, son cientos de personas de todos los estratos las que lo hacen, a veces muertas de la risa, a veces impasibles, como si esto fuera el aire que respiran.

Los jóvenes han aprendido a enmascarar tan bien sus movimientos que no les hace falta mirar al tubo, e incluso pasan por él conversando con un compañero, leyendo un libro, llenando un crucigrama. Y no siempre el enemigo es un policía. De vez en cuando aparece un superciudadano, señores y señoras de los que usan chalecos bordados y frac, similares por supuesto a los que en Cuba la cultura popular identifica como chivatones, que abuchean o protestan en voz alta, y en serio en contra de los colados. Con bastante frecuencia se condena esto en los noticiarios y periódicos observadores de las costumbres revitalizadoras de la sociedad y la democracia.

Foto: Publimetro

La segunda manera de evadir –y evadir siempre es divertido– está asociada con unos sujetos de mirada esquiva y rostros de carteristas que merodean o hacen estancia siempre a un par de metros de las portezuelas. La mayoría son jóvenes, delgados y de rostros afilados. Si uno hace estancia de más de 5 minutos ante una de estas portezuelas casi siempre viene alguien con buena pinta y te pregunta, con una sonrisa de mejilla a mejilla, si te puede entrar. Y es que de eso se trata. Entrar por menos precio, 2000 pesos, que significa un ahorro de 300 pesos, pues la entrada oficial cuesta 2300. Es importante decir que 300 pesos equivale al precio de un caramelo. Cada vez que alguien paga solo 2000 pesos por entrar al TM se ahorra el equivalente a un caramelo. Lo cual probablemente diga algo acerca del carácter del colombiano.

¿De dónde estos sujetos de mirada esquiva y cara de carteristas sacan estas tarjetas pagas? ¿Burlarán el sistema computarizado a través de hackers o empleados fraudulentos? ¿O simplemente son la rama de una amplia industria de rateros a la que le toca hacer retornar en efectivo el valor financiero almacenado en las tarjetas que procesan a montones?

El dinero se almacena de forma magnética en esas tarjetas, cuyo precio equivale a dos dólares. Ya en la estación el pasajero acerca su tarjeta a un censor y esta le descuenta unos 80 centavos dólar por cada entrada. Cuando el saldo se agota la propia tarjeta significa un pago y una hendidura en la portezuela se la traga.

La idea de que esa tarjeta regresará al sistema yendo a parar a las manos de otro usuario es hasta cierto punto fascinante. En una de esas tarjetas, por ejemplo, el redactor de esta nota grabó la palabra «Paloma» y luego la soltó de vuelta al sistema. Y sucede que quizá ahora mismo un usuario está pasando sus dedos por el relieve de esa extraña inscripción.

Las tarjetas del TM sirven también para los ómnibus del Sistema Integrado de Transporte Público de Bogotá (SITP), que tienen las mismas portezuelas inmediatas a las puertas, y que circulan fuera del vial del TM por calles estrechas o anchas, intercomunicando los barrios, como si fuesen esos ríos pequeños afluentes de un gran río rápido y feroz. Y nada, hay que decir que todo esto parece tan bien pensado, que es necesario por un momento destruirlo y joder la democracia y romper el cristal para oír el canto de los pájaros y ayudar a los enfermos de epilepsia. Por eso colarse es algo más que economizar.

II

La ocupación de pedir limosnas, o cepillar contribuciones al arte callejero en el TM, tiene las riendas flojas, a diferencia de Cuba y de otros países de Europa, donde esto puede estar bajo cierto control o probablemente bajo control absoluto. En el TM hay más libertad, o quizá solo tolerancia, o indiferencia. En algunas plazas y en semáforos encuentran tribuna artistas incipientes. Los malabaristas se concentran en los semáforos junto a los limpiadores de parabrisas y vendedores de confituras. Los que tienen dotes musicales suben al TM, junto a los venezolanos, los vendedores de confituras, y algunos tullidos.

En general si alguien tiene un talento vocal, o cree tenerlo, y no tiene una forma para explotarlo, el TM es el sitio indicado. Algunos son verdaderas promesas que cantan con pasión y los ojos cerrados, como si esperaran más aceptación del público que contribuciones (y asistir al TM fuera solo la manera de decirse a ellos mismos que están haciendo algo para sobrevivir mientras de paso sobreviven). Otros son verdaderamente malos y no lograrían nunca persuadir a nadie de su talento y cantan con esa cierta amargura, como si aceptaran que nacieron artistas en un cuerpo equivocado, que nacieron artistas a pesar de tener una voz mala o un talento nulo para componer canciones, y como si allí, en medios de transporte o plazas, hubiesen encontrado el techo de su carrera.

Para un cubano esto es algo más que exótico, e incluso tiene ribetes morales. La Revolución quiso extinguir el arte callejero y la precariedad de los artistas y burocratizó e ideologizó a veces hasta la asfixia la manera de ser nombrado «artista» y vivir de ello. En consecuencia este espectáculo podría generarle al cubano pensamientos encontrados. Por un lado, codifica el espectáculo en un marco de indecencia. Por el otro, acaso su lado más consciente lo concibe en un marco de osadía y confirmación individual.

Si de pronto a alguien se le ocurriera hacer arte en un autobús cubano, y pasar luego el cepillo, estaría haciendo algo más que arrancarle dinero al público para comer. Estaría rompiendo un celofán cultural tan frágil como sagrado que casi nadie se atreve a romper todavía, sobre todo porque la figura del artista individual, sin otro acompañamiento que su propio talento en la noche y el frío social, ejerce una disidencia que, sin ser política, redundaría en política, si se asume ese lugar común que circula en Cuba de que todo, absolutamente todo, sutilmente todo, incluso un pedo sonoro en medio de un discurso de Díaz-Canel, es político.

En el TM también hay venezolanos 

La señora de manos pequeñas, cara arrugada y lunar en la mejilla se recostó al tubo para no perder el equilibrio y se disculpó por lo que tenía que decir. La forma automática y marchita en que hablaba era similar a la letanía de uno de esos organillos que hacen sonar personas ciegas moviendo una manivela. Dijo que era abuela de tres nietos, y que les había dejado algo de desayuno a sus tres nietos, de los que se hacía cargo, y que iba luego a prepararles el almuerzo con el dinero que recogiera en esa colaboración que pedía. No habló de la madre de los niños, no dijo por qué no estaba, y esa elipsis retornaba a ella en forma de pedestal. Era una abuela sobre un pedestal. Cerca del final la anciana habló más rápido, se puso nerviosa, se emocionó, y se le rasgó la voz.

La vi dos días consecutivos hacer la misma presentación en la ruta de la calle 100 hasta la estación del Tiempo-Maloka. Y tenía algo de estatua. Y al ser estatua los pasajeros piadosos que se animaban a darle monedas de 200, 500 y hasta mil pesos eran como pájaros negros que se le posaban encima. La anciana, que se bajaba en la siguiente parada, era colombiana, y evidentemente no amaba lo que hacía, ni amaba a sus benefactores, pero aceptaba de manera distraída que aquel era su modo de rebusque, y de alimentarse, y de alimentar a esos niños en caso de que fuesen reales.

Los ancianos, como la señora antes mencionada, decían que no tenían trabajo porque a su edad nadie se los daba; otro decía simplemente que era yonqui, y dejaba entrever que las colaboraciones que consiguiera podrían ser para recaer, o para seguir adelante en la decisión de no recaer, porque era un ser humano con defectos como todos. O como el señor de 60 años, y rostro parecido a Tupac Amaro, que hizo la historia de su vida pacífica como campesino hasta que el guerrillero Raúl Reyes, de las FARC, le secuestró a su hija y nieta, y cómo la búsqueda que ya se extendía meses o años había significado su ruina, la ruina de su familia, y era por eso que estaba allí, descartado, buscando dinero para pasar la noche en una habitación, y seguir exigiendo que alguien del gobierno le rindiera cuentas en el río crecido de las conversaciones de paz.

Y es que los limosneros colombianos tienen rasgos comunes que los diferencian de los venezolanos. Unos y otros conforman dos bloques. Los colombianos son personas que han sido arrojadas por una desventaja física, intelectual, o educativa. Están peores vestidos, tienen problemas de dicción, no expresan emociones. Son productos descartables, algo en ellos recuerda esos replicantes del filme Blade Runner abortados por rebeldes o viejos de un sistema de servidumbre, que vagabundeaban por el mundo subterráneo, aspirando vivir, a convertirse en humanos, huyendo del hambre, de policías y cazadores de recompensas. Son como estatuas que todo lo vieron.

La banda venezolana, en cambio, es un  repentino bosque sacado de raíz y tirado fuera de su zona originaria, sin importar distinciones ni preparación ni potencial intelectual. La mayoría de los que pedían colaboración en el TM eran locuaces, alegres, eléctricos. Pedían con una energía contagiosa, con una pronunciación envidiable, carisma (acaso demasiado) y buena pinta: cabello bien cortado, como si hubiesen salido de la peluquería esa mañana. Como si guardasen cierto know how sobre el incremento de la recaudación asociada al buen aspecto, la buena educación y el buen hablar.

Un hombre rubio y alto, que podría pasar por gringo si no fuera por cierto color cenizo en el rostro (el que acompaña a los enfermos o a quienes mal viven y mal comen), se plantó en el centro del pasillo, a unos dos metros del conductor, y alzando la voz se presentó como ex-profesor de una universidad en Caracas. Comenzó a preguntar, como si estuviese en una clase y se valiese de trucos didácticos, si los presentes conocían qué se podría comprar en Venezuela con el mazo de billetes que blandía en la mano. Respuesta: una botella de Coca Cola.

Una buena parte de la parrilla informativa de los medios colombianos se conforma de noticias sobre la situación o los conflictos fronterizos que se generan desde Venezuela. La inflación en el gobierno de Maduro es uno de los temas más tratados. El contenido del discurso del profesor no era novedoso pero el valor de lo que decía se basaba en que había preparado su intervención. Esto hacía la diferencia.

Son miles los venezolanos que piden dinero en el TM. Entran y salen, conversan entre sí en las estaciones. A veces parecen una fraternidad, y a veces dan la impresión que se organizan para entrar de dos en dos en los ómnibus.

El discurso de aquel profesor fue diferente. El viejo, de pronto, acaso por una toma de conciencia repentina de su manera de ganarse el pan, sonrió con cierto deje de superioridad, nadie le había dado limosnas, nadie había apreciado su esfuerzo. Cuando el TM se detuvo y le tocaba bajar como hacen todos, no lo hizo, y dijo «me quedo un rato más». Y en un raro rebote comenzó a hacer preguntas que a nadie le interesaba contestar, y él les hizo ver como un profesor cuán ignorantes y cuán perdidos estaban.

«¿Cuantos venezolanos habían sido presidentes de Colombia?», preguntaba. «¿Podrían nombrar al menos uno?» Y les hizo ver que no sabían ni pitoche sobre nada. Y que él sí. Él había hecho la tarea, porque una gran tarea le fue dada: sufrir. Él estaba allí desplazado por un régimen aferrado al poder, con el cual había simpatizado, por el cual había votado, por el cual había cruzado sables hasta que se descarrió en la caricatura que era ahora. Hablaba y hablaba cosas que nadie preguntaba, hasta que se puso serio, y levantó la vista y dijo:

–Ok, les dejo de tarea buscar el nombre de los presidentes, pero ¿nadie puede decir cómo me llamo yo?

SILENCIO.

–Acabo de decirlo hace cinco minutos. ¿Nadie escuchó mi nombre, cómo así? ¡Lo dije!

SILENCIO.

Desde el TM se mira algo más

Desde el TM, y desde cualquier punto desde el que se mire Bogotá se nota una clase especial de silencio. Se toca cómo a veces se puede tocar el humo. Se percibe también en Medellín. Y posiblemente el mismo hilo ensarte a todo el territorio nacional. Se dice que ese silencio ha sido construido pacientemente y comprado en parte por el dinero de las empresas que patrocinan a los grafiteros. Es una ciudad llena de grafitis, donde predominan pájaros libres, negros con afro, girasoles, rostros de mujeres y cosas por el estilo.

Y ese silencio se administra como se administran ambientadores en ciertos hoteles para enmascarar alfombras raídas, muebles sucios, o un hecho de sangre. Paredes de una Colombia feliz, sin pobres ni desplazados, o con pobres y desplazados que creen en el progreso, en las promesas cromáticas de sus políticos y de esas empresas, y en un futuro junto a tucanes, flores del Caribe o del Pacífico. Pero dicho silencio continúa, y llega hasta los puestos de trabajo. Los obreros u oficinistas se cuidan de mencionar en voz alta en su entorno profesional si son petristas o uribistas. Petrista por Gustavo Petro, el representante ex guerrillero de la izquierda. Uribista por Álvaro Uribe, el hombre de pantalones de la derecha en Colombia. Por lo que son paredes y muros muy familiares para un cubano. Son paredes y tribunas que callan.

Pero los graffitis políticos, que reflejan a la Colombia desigual, también se pueden ver. El sistema las tolera bastante más que en Cuba, donde no se toleran en lo absoluto. En los alrededores de la Universidad Nacional se encuentran grafitis, imposibles en Cuba, sobre cualquier de los dirigentes del país: una cariñosa reproducción en serie de Álvaro Uribe trasfigurado en calavera, con la inscripción ¡Basta Ya!; un mural de unos 15 metros de largo en un parque ocupado por ancianos sin hogar que pasan la mañana caminando en círculos, o mirando al vacío envueltos en frazadas de pana hediondas, y que dice en letras de un metro ochenta de altura: ESTADO PARACO. O sea, estado paramilitar.

Son rinocerontes blancos pastando en el valle. Son pocos, pero son brotes que de pronto significan que en el juego cerrado existe la posibilidad de una fisura, un brote de libertad y aire puro. En la Universidad Nacional es donde está vivo y sin complejos de culpa el foco marxista bogotano. La única imagen del Che que vi entre Bogotá y Medellín fue allí, en las protestas estudiantiles para rescatar la abandonada y cada vez más privatizada universidad pública.

De por qué se puede odiar al TM sin saber por qué

Los limosneros, las indígenas, los hombres y mujeres sin hogar que duermen bajo puentes peatonales, bajo cobijas hediondas o dentro de carretas de madera que merodean por sitios de tolerancia de Bogotá, hacen que algo en la amabilidad de los puentes peatonales y las estaciones de TM nos sepan a trampa retórica, a discurso fiambre, a cornetilla al típico discurso anti-hándicap de una alcaldía y compañía.

La sensación de que nadie es honesto, y de que nadie ama al prójimo como lineamiento primero, y de que el TM es más un vástago de la extorsión que un servicio público, se incrementa al saber que uno de los mayores escándalos de corrupción de la historia reciente de Colombia está relacionado con la ampliación del servicio de TM a la calle 26.

La calle 26 fue una creación del dictador Gustavo Rojas Pinilla, quien necesitaba crear una vía de acceso a favor de una de las grandes obras de infraestructura de su mandato: el aereopuerto El Dorado. Rojas Pinilla fue promotor de avances como la televisión, el voto femenino, y otros de alcance social. Logró una tregua en el ya mencionado periodo de La Violencia, y acalló a la prensa libre (una de las medidas que le ganó el cuño de dictador) hasta que la presión popular lo hizo salir del cargo, lo cual hizo a regañadientes.

Cincuenta años después un nieto suyo quizá menos talentoso, quizá más audaz, llamado Samuel Gustavo Moreno Rojas, que ahora está en la cárcel, consiguió un papel coprotagónico en una historia de ilegalidades que facturó más de 100 millones de dólares. Se le vinculó con coimas y cohecho, junto a otras cabezas, en un escándalo parecido al escándalo actual de Odebrecht.

En el mandato de Moreno Rojas, un cuarentón alto, desgarbado y de sonrisa juvenil, se emprendieron las inversiones públicas de la llamada «Fase III de TransMilenio». Su ejecución fue asignada a un grupo de contratistas llamado Nule cuyas obras comenzaron a atrasarse más de lo normal. El grupo Nule tenía problemas administrativos y apuros financieros que estaban siendo rellenados con anticipos del TM.

El pulso de los Nule ante la presión pública para emprender la avenida 26 se agotó, y asignaron la cesión a otras empresas, acaso como parche, pero el agujero era grande y negro. Comenzaron procesos judiciales y destapes que comprometían a un largo collar de funcionarios y políticos.

¿Cómo había ido a parar tanta responsabilidad en la pandilla Nule? Al cabo de investigaciones, detenciones y delaciones se comprobaron coimas, por supuesto. El Grupo Nule, un conglomerado familiar de primos de apellido Nule, pagó para que los favoreciesen a ellos en el proceso de licitación. Se llevaron un 70 por ciento de los contratos del vial y algunos de los pagos turbios fueron a parar a políticos como Moreno Rojas, e incluso a órganos responsables de que esto no suceda, como el propio contralor de la ciudad.

En consecuencia, una buena parte de la Fase III de TM se pagó dos veces con el dinero de los contribuyentes. Cuando al contribuyente con conciencia de sí, se le hace una burla tal, el contribuyente se enfurece, porque el contribuyente no es más que una personita que trabaja, que ahorra, que se esfuerza y que paga obligatoriamente un aporte fiscal, que no espera se esfume en una orgía.

Ocho de cada de cada diez contribuyentes alega haberse colado en el TM, destaca Omar Oróstegui, director de la fundación Bogotá Cómo Vamos. Oróstegui dijo en su columna del diario ADN que, según la encuesta de percepción sobre la calidad del sistema de transporte público de la Cámara de Comercio de Bogotá, la razón principal que aduce el 59% de los encuestados «es el costo de la tarifa.» pero otro 31% «dice ‘colarse’ por su inconformidad con la calidad del servicio».

¿La inconformidad que los lleva a colarse acaso es la misma noción de rebeldía y soledad que corrompe a los políticos y envía a cualquier parcero pobre a la guerrilla, el paramilitarismo o el narco? La principal causa por la cual compañeros de clase de quien suscribe esta nota alegaban no querer ser militantes de la Union de Jóvenes Comunistas en Cuba era parecida. La mayoría echaba a andar un dudoso dispositivo que decía: «no me creo merecedor».

Si los cubanos se supieran contribuyentes sabrían comprender la furia que sienten los bogotanos cuando se suben a un vástago de coimas como es el TM. De alguna manera un contribuyente puede sentir que está caminando sobre su propio cadáver. Los hechos de corrupción que se vuelan las contribuciones de los cubanos se ventilan en sordina, o no se ventilan, y ninguno técnicamente puede ser llamado escándalo porque no tienen prensa. En Cuba la prensa libre se eliminó como la eliminó Rojas Pinilla, y muy pocos se enterarán al final, pero diariamente en Cuba un cubano también camina sobre su cadáver.

¿Se puede encontrar el amor en el TM?

Es cierto que en Medellín las personas hablan más entre sí sin conocerse. Y es cierto que el acento paisa anticipa el cariño que en verdad es capaz de proporcionar, y que su clima no tan frío como el de Bogotá permite a hombres y mujeres lucir mejor. Pero es falso que en el TM y en las calles de Bogotá las personas no sean igual de hermosas, y no se miren a los ojos y no se gusten entre sí.

Pero el Transmilenio es solo un medio de transporte. Miles de personas que se ven hoy no se verán nunca más. Y es cierto que es tres veces superior al sistema de transporte de Cuba, pero para un cubano, que compara dónde viviría mejor, la pregunta es más profunda; ¿Son más felices los bogotanos? ¿Un bogotano es más feliz que cualquier cubano? ¿Hacia dónde va tanta gente? ¿Hacia la felicidad?

Por la forma reconcentrada, ajena e incluso mal humorada en que viajan algunos bogotanos, parecería que no van hacia el cine, ni hacia el ser amado, ni a las vacaciones ni a las oportunidades. ¿Es un viaje lento y rápido por la calle 26 hacia la misma calle 26? En Cuba se viaja hacia la lentitud. Se envejece lento, se viven tres vidas menos. Pero, ¿hacia dónde se viaja en Bogotá?

*También puedes leer La lentitud del TransMilenio (I).