Henry Fuseli's The Nightmare, 1871 / Foto: WikiCommons

Yo, a mis 32 años, poseo dos recursos indeseados para comprobar si tengo sueño o al menos si no dormí bien. El primero es que mis ojos dejan de sentirse ojos y comienzan a sentirse más bien como si fueran zapatos y alguien estuviese halando con mucha fuerza de los cordones para hacer un nudo que no llega a hacer, porque sigue halando y halando como si los cordones no estuviesen nunca lo suficientemente ajustados. El segundo es que cuando voy al baño a orinar, y doblo las rodillas y me bajo el blúmer, me pregunto si estoy soñando o no. El primero es el resultado de un año haciendo guardias de nueve de la noche a siete de la mañana, mientras unas cámaras de seguridad hacían guardia sobre mí. El segundo, de una naturaleza cobarde y lujuriosa a un tiempo. O casi.

La fuerza, en cualquier caso, fue la fuerza del miedo. Muchas noches, como todos los niños, soñaba cosas terribles. A esas cosas terribles llamémosle monstruos. Así que no sé bien a qué edad, ya con los ojos cerrados, empecé a recordarme, como obligación, que tenía que hacerme una pregunta dentro del sueño: si soñaba o no. No recuerdo tampoco en cuánto tiempo lo logré, pero sé que en algún punto, y más de 15 años antes de leerme Las ruinas circulares, ya me calmaba por primera vez a mí misma frente a un amigo del barrio, o más bien un amigo traidor que me amarraba a una mesa en su casa para que uno de esos monstruos me matara o me comiera o las dos cosas. Nunca supe. De paso lo calmaba a él también, que estaba muy excitado, y le explicaba que era un sueño, que eso no estaba ocurriendo en realidad, que por eso no tenía miedo, y ahí ya me iba despertando sin tener siquiera que pellizcarme la piel de mi tejido rem.

Luego esta facultad se fue sofisticando, claro, y cada vez lograba aumentar más la frecuencia de episodios oníricos saboteados o intervenidos. Como si la intervención fuese un logro. Mucho más que un escudo o un escape, digamos, la intervención se transformó en la posibilidad misma de vivir todo lo deseado. Ya no me preocupaban los monstruos, o al menos no los monstruos del terror, sino los monstruos del deseo.

En cuanto lograba activar la conciencia de estar soñando, salía a buscar los objetos de mis deseos. Un niño o una niña, a veces un muchacho o una muchacha, pero nunca los encontraba, porque así como yo intentaba sabotear la naturaleza misma del aparato onírico, ese aparato se encargaba de sabotear los mecanismos de una voluntad que lo violaba. Y si el terror lograba ser interrumpido a través de voluntad, el deseo en cambio se redoblaba dolorosamente, como si estuviese siendo castigado por las leyes de un sistema que él se empeñaba en desconocer.

Pero con el tiempo todo eso comenzó a subvertirse, y la sensación de libertad que siendo más niña había creído poseer, se desvaneció. Ya no alcanzaba con saber que soñaba para espantar los monstruos o para despertar, porque ya daba igual. En algún punto los monstruos de la realidad comenzaron a penetrar los sueños, o más bien mientras la realidad me iba avasallando a mí, me fui dando cuenta de que el sueño era solo una puerta por la que entraban y salían monstruos que vivían en los dos lados, que pasaban un rato aquí o un rato allá. Y que aun cuando yo cerrara la puerta a mi antojo, eso no cambiaba nada, porque el monstruo se quedaba simplemente de uno u otro lado. Yo solo manejaba una puerta entre esas dos habitaciones igualmente terribles. Y ninguna de las dos habitaciones tenía puerta de salida, a no ser la misma puerta que las comunicaba.

Así que me dejó de importar saber si soñaba o no. Los residuos de mi experimento trastocaron esencialmente algunos aspectos de mi vida: No solo, y ya para siempre, soñé menos (no con menos frecuencia sino con menos calidad; mis sueños, pongámoslo así, fueron y son menos sueños de lo que fueron antes), sino que involuntariamente creé una nueva zona que escapaba a la realidad y al sueño también, y que no es ni menos buena ni menos mala que una u otra. Como el reverso de esa región en que nos sumergimos cuando estamos a punto de quedar dormidos o a punto de despertarnos. Esa región a la que, si somos muy afortunados, accedemos algunas veces en la vida y a la que, si no somos tan afortunados, podemos acceder en el primer capítulo de Por el camino de Swann, como si accediéramos a un tratado de neurobiología en verso. O sea, una zona, la mía, que se desentiende del terror y de la fuerza de los sentidos. Que los acalla lo mismo que si les apretara el cuello, lo cual equivale quizás a decir que creé una zona menos viva o un poco más muerta, por cuya pared –la pared entre la realidad y el sueño– sujetos y acciones transitan sin necesidad de utilizar la puerta: como espectros de lo que ellos mismos estaban destinados a ser.

No recuerdo, en realidad, cuándo me percaté del despropósito, pero en algún punto se hizo evidente que ahí donde yo creía estar alterando el curso de algo, en realidad no estaba intentando alterar sino su sustancia. Porque el miedo y el deseo no son cosas que pasan en los sueños, sino los sueños mismos. Digamos que si el sueño fuese una región, esa sería la sustancia de su atmósfera y de sus suelos y de todos sus organismos. De manera que lo que yo intentaba violar era su materia, como si le quisiera hacer un hueco. Y claro, lo que terminó pasando, como sueño y realidad no son sino el derecho y el revés de sí mismos, es que mi realidad también se perforó. Y en ella se mete el sueño a cualquier hora. Un sueño que es inconsistente, como decir un espectro, como preguntarme si duermo cuando estoy orinando en un baño público. Y en la noche, cuando mi realidad penetra de vuelta en el sueño, para desquitarse, el temor se doblega y lo que siento es un temor flojo, un temor que no estremece; y si deseo, mi deseo es blando y a ratos se olvida de sí mismo.

Nadie, cuando sueña, debería intentar saber si sueña o no. Los sueños que son agujereados, de vuelta agujerean. Los sueños están hechos de miedos y deseos, y cuando alguien intenta controlarlos en realidad lo que intenta es huir de ellos. Pero curiosamente el temor y el deseo no son solo la materia del sueño, sino también la materia de la vida, así que no se puede escapar de uno sin escapar del otro.