Paul Virilio / Clarín

Ha muerto, a los 86 años, Paul Virilio; pensador, urbanista y curador de exposiciones que abrió un trecho lateral en el pensamiento contemporáneo.

Así lo constatan libros como La máquina de visión, Estética de la desaparición, Ciudad pánico, o La administración del miedo (por citar sólo algunos publicados en español). Y así lo testimonian exposiciones como La velocidad (1991) o Lo que viene (2002), basada en sus teorías sobre el accidente.

Cuando buena parte de sus colegas buscó consuelo en las causas de los acontecimientos, Virilio prefirió ponderar las consecuencias. Cuando la mayoría de ellos se siguió nutriendo de las fuentes escritas, Virilio privilegió los estímulos visuales. Y cuando muchos se mantuvieron abonados a la concatenación “lógica” de los hechos, Virilio le concedió un lugar protagónico a lo circunstancial a la hora de leer el mundo.

Está claro que sabía de Hegel o Marx, pero también que le fascinaba Borges.

Nacido en París en 1932, Virilio es un pensador de la imagen sobre las palabras, del accidente sobre el encadenamiento convencional de los acontecimientos, de las consecuencias sobre las causas, de la ciudad sobre la nación, de los afectos sobre las teorías.

Antes de leer a Virilio, a uno le parecía que el arte imitaba a la vida; después de leerlo, salimos con la idea de que imita a la supervivencia. Y si antes de Virilio ese arte se entretenía replicando a la política, después de Virilio nos percatamos de cuánto evoca, todavía, a la naturaleza. (Eso sí, en su vertiente catastrófica).

Aunque diferentes en sus causas, Virilio consideraba que el accidente, la hecatombe natural y el atentado terrorista estaban unidos por sus resultados, digámoslo así, post-ideológicos: esa interrupción súbita de la vida cotidiana, la devastación del paisaje, el trauma posterior a la masacre…

Así pues, nuestro síntoma urbano más redundante sería el pánico. Y esa ciudad del miedo ya habría dejado de ser un espacio de congregación para convertirse en el territorio de una atomización. Ya no albergaría la fantasía del encuentro o la realización, sino la desilusión de la pérdida y el fracaso.

Cuando alguien le objetaba su pesimismo, alertándole de que en la ciudad muchas cosas aún funcionaban con cierta normalidad, Virilio no lo negaba. Pero, fiel a sus estudios sobre la lógica urbana heredada de los búnkeres, solía repetir esta frase aprendida de los militares: “cuando algo funciona, es porque ya está superado”.

En esa ciudad “superada”, el urbanista Virilio llegó a liderar proyectos para la gente más necesitada desde los años sesenta y setenta, tiempos de los que proviene el término “arquitectura oblicua”, que acuñó junto a Claude Parent.

Sus ramalazos utópicos, en una línea contrapuesta al racionalismo de Le Corbusier, siempre lo situaron en la franja izquierda del panorama político, aunque en eso también fue diferente. Su compromiso intelectual siempre tuvo la decencia de no pedir una sangre que él no estaba dispuesto a derramar.

Paul Virilio, en 2002 / Foto: Daniel Janin (El Mundo)

De los maestros pensadores del último medio siglo, Paul Virilio debe ser uno de los menos citados, si no el que menos, entre los intelectuales cubanos. (Tal vez de ese dato surjan preguntas fructíferas).

Quizá sea recomendable leer a Virilio, a contrapelo de sí mismo, de una manera formal. Esto es, cronológicamente. Aunque no sería un mal ejercicio que esa cronología se transitara al revés. Desde el mismo día de hoy hasta el inicio de esa obra que siempre renegó de la importancia del origen.

Da igual. De atrás hacia delante, de manera aleatoria, en diagonal o como nos venga en gana, leer a Virilio es implicarse en un intenso plan B de la historia intelectual.

De su mirada sobre la fotografía, cabe decir que es de las más lúcidas del siglo XX. (Y eso que, en esa empresa, tuvo contendientes como Walter Benjamin, Roland Barthes, Susan Sontag o Jean Baudrillard, quien siempre lo reconoció como una de sus mayores influencias). Como pensador de la aceleración y la velocidad, Virilio es un filósofo clave del siglo XXI, y un adelantado de eso que Joan Fontcuberta ha llamado Nuevo Orden Visual; de esta era de la Iconocracia marcada por el poder y contrapoder de las imágenes.

En La muerte de Virgilio, Hermann Broch percibe las tentaciones del poeta como búsquedas de un nuevo saber. En la muerte de Virilio, la búsqueda de nuevos saberes permite entrever el asomo de una tentación.

Persigámosla.