• Foto: Kaloian Santos

En una de sus últimas entrevistas, Gastón Baquero decía: “Creo que todos los poemas que se han perdido, míos y de quien sean, están bien perdidos. Si de veras tienen algún interés, ya aparecerán algún día.” En épocas de quiebre –¿y qué época no lo es?– lo mejor que un pueblo crepuscular puede hacer es leer a sus más febriles poetas, salvándolos y salvándose del extravío. Nadie como ellos tiene tanto que decir.

Estas imágenes intentan ser el azogue de versos monumentales, y a la vez esencialmente inasibles, como los versos de Testamento del Pez o Saúl sobre su espada o Palabras escritas en la arena por un inocente. Pero hoy, además, queremos recordar al Gastón Baquero, igualmente inmemorial, que antes de partir definitivamente de Cuba en 1959 le escribiera a sus lectores del Diario de la Marina una carta de despedida en la que demostraba que el periodismo también puede sobrevivir al tiempo con algunas de las más importantes armas de la poesía: un brutal alegato de honestidad, una devoción monástica por la palabra, una descarnada exposición de los acontecimientos.

He aquí un desafiante fragmento que deliberadamente rescatamos: “El miedo a defender las ideas que van contra la corriente o que son estigmatizadas como nocivas, es la mayor de las cobardías. Vale más morir junto a una idea vencida, en la cual se cree todavía, que unirse al carro victorioso que pasa, renunciando a tener ideas, a defender una ideología, a proclamar la visión propia y sincera que se tiene de los hombres y el mundo.”

  • Foto: Kaloian Santos