Pete Rose / Imagen: Hall Of Fame

El 11 de septiembre de 1985 Pete Rose, de la Maquinaria de los Rojos de Cincinnati, comenzaba el día con un almuerzo en el restaurante Flanigan´s Landing 2 Street de la ciudad. Sobre las dos y treinta de la tarde llegó al estadio, brindó una conferencia de prensa y se sumó a los entrenamientos del equipo. Todo se orquestó de forma tal que, al filo de las ocho de la noche, unos 47 237 esperaban de pie, en el Riverfront Stadium, el hit 4 192 de su ídolo.

Durante cinco minutos hubo tanto ruido en el lugar que las aguas del Río Ohio se estremecían. El lanzador rival, Eric Show, de los Padres de San Diego, lanzó una recta externa que se transformó en bola. Luego Show volvió a retar a Rose, que falló con una recta al centro, parpadeó y volteó con celeridad sus ojos hacia la grama. Apretó el bate con sus dos manos y pensó: “Rayos, cinco años atrás no fallabas eso”.

Se acercó a home, afincó los pies. Hizo un pequeño globito con su chicle rosado. La guerra continuaba. Show intentó la slider, que cayó dentro mientras Rose la denigraba. Show cargó en el box, lanzó otra slider y, en cuenta de dos bolas y un strike, Rose conectó una línea entre left-center. La pelota picó y comenzaron los fuegos artificiales, el escándalo, las mujeres con prismáticos, los abrazos y la furia.

Tany Pérez y David Concepción lo cargaron en brazos. Rose saludó al público en medio del bullicio incomparable. Había roto la cifra histórica de hits en Grandes Ligas, hasta ese momento en poder del legendario Ty Cobb. La dueña de los Rojos de Cincinnati, Marge Schott, bajó al terreno escoltada por un policía y, aplaudiendo al héroe de la noche y la nación, le dijo: “Todo esto es por ti”.

De inmediato, a lo lejos, apareció un Corvette rojo con la simbólica placa Ohio PR 4192. Laverne Rose Noeth, madre de Rose, su hermano David y su esposa Carol miraban con impar orgullo una ciudad rendida a los pies de Pete. Carol incluso comentó: “Estaba tan feliz mirando a todo el mundo. Todo el mundo estaba tan feliz”. La exesposa, Karolyn, también se hallaba en el estadio y se derrumbó en lágrimas cuando Rose abrazó a su hijo Pete Jr.

La ceremonia prosiguió y, una vez en el clubhouse, Pete Rose recibió una llamada telefónica del presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan. “Puede que rompan tu récord, algún día”, dijo Reagan. “Pero, créeme, tu reputación y tu legado están asegurados”. Sin embargo, la misma noche en la que el “Rey del Hit” de las Grandes Ligas celebraba su entrada al club de los inmortales, y se forjaban los metales de su placa en Cooperstown, el contrapunto de esta historia idílica asomaba su oreja peluda. El lado más oscuro y tenebroso de Pete Rose lo acechaba. Su amigo y escudero Tommy Gioiosa, y un corredor de apuestas de Ohio, llamado Ron Peters, observaban el juego desde la línea de tercera base. Luego Gioiosa y Peters, con la venia exclusiva de Rose, se incorporaron sigilosamente a las celebraciones en el clubhouse.

Pete Rose / Imagen: Hall Of Fame

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Pete Rose nació en 1941 en Cincinnati, Ohio, en un barrio de polacos, alemanes e irlandeses, muy cerca del río de la ciudad. Fue uno de los cuatro hijos del matrimonio de Harry y Laverne Rose. Su padre había sido jugador de fútbol americano semi-profesional y Rose, que al principio alternaba entre el fútbol y el béisbol, heredó su tremendo poderío físico.

En el siglo XIX Cincinnati cargaba con el desvencijado nombre de Porkopolis. En 1818 abrió en el lugar la primera planta de envases de carne de cerdo y para 1844 ya existían en los alrededores 26 plantas de procesamiento, de ahí el apelativo. La fuerza de trabajo emigrante se asentó en la zona del río Ohio, una plaza histórica donde se mezclaban a partes iguales la pobreza y la inmundicia. Esa simbiosis produjo a Pete Rose. Al principio, el chico no era más que aguador y carga bates, pero, poco tiempo después de su graduación en Western Hills High School, le extendieron un contrato profesional como jugador de la franquicia local.

Aquel muchacho pobre de la sección West Side de Cincinnati inició su carrera en el equipo de béisbol de su ciudad. En 1963, en un juego de exhibición contra los Yankees de Nueva York, Rose recibió un boleto y corrió hacia la primera base a toda velocidad. El entonces pitcher en cuestión, Whitey Ford, apodó a Rose con el alias de “Charlie Hustle”. Ser un Charlie Hustle representaba en la cultura americana la tipología del individuo que busca abrirse camino dentro de la imposibilidad que le rodea. Rose lo reafirmó cuando, según cuentan algunas historias, un día Mickey Mantle pegó un largo batazo que salió volando del estadio y, aun así, él corrió hasta el final y se estrelló contra el muro intentando atrapar aquella pelota.

Que Rose lograra firmar con los Rojos no era tanto un milagro como un noble favor de su tío, scout de la organización. Nunca valorado como un prospecto de alto rango, cuando lo asignaron a Geneva, New York, Rose estaba relegado a posiciones secundarias. Un día entró a la oficina del manager y este le dijo: “¿Quién diablos eres tú?” Él le respondió: “Soy su nuevo segunda base, señor.” No era el mejor al bate, ni el mejor corredor o fildeador. Rose hizo de sí mismo una especie de alien lleno de energía y fuerza que jugaba como si cada día fuera el último. Como un caballo salvaje explosivo, sin amigos dentro del juego.

Después de tres años en las Menores recibió su promoción. Fue Novato del Año de la Liga Nacional en 1963. Seis años más tarde le arrebató el título de bateo de la liga a Roberto Clemente tras conseguir un toque de bola en el último partido de la temporada: .348 Rose por .345 Clemente. Durante la década de los setenta los Rojos de Cincinnati (La Gran Maquinaria Roja) se convirtieron en el mejor equipo de las Mayores y la figura de Pete Rose fue la esencia del grupo junto a Johnny Bench, Tany Pérez, Joe Morgan, David Concepción, George Foster y Ken Griffey Sr.

El palmarés continuó, desde luego. Jugador Más Valioso (MVP) en 1973 y ganador de anillos de Serie Mundial en 1975 y 1976. Rose sólo bateó por debajo de .300 en dos temporadas durante esa década. En 1975 fue elegido “Sportsman of the Year” por la revista Sports Ilustrated. En 1978, con 44 imparables, amenazó el récord de hits consecutivos de Joe DiMaggio (56) y arribó a 3.000 hits. En 1979 se convirtió en agente libre y tras una guerra de ofertas entre distintas franquicias los Phillies de Philadelphia lo firmaron por un contrato de cuatro años y 3.2 millones. En 1980 volvió a conseguir su tercer y último anillo de Serie Mundial y para 1981, con 41 años, todavía bateaba .325 en una temporada de Grandes Ligas.

De otoño a primavera Rose nunca dejó de acudir a las cajas de bateo para no descuidar el ritmo estridente de su swing. Repetía día tras día un delicioso puré de manzana en el restaurant de Gay 90s, en Harrison Avenue. También se iba al hipódromo en sus fechas libres. Entre 1981 y 1982 comenzó la inevitable curva de descenso en su carrera. Pero en 1984, a mitad de una temporada funesta con los Expos de Montreal, Rose regresó a Cincinnati, nuevamente en condición de leyenda, uno de los mitos necesarios del pueblo. Si en ese momento postulabas a Pete Rose como político en el estado de Ohio, probablemente hubiera sido electo presidente de los Estados Unidos. Entonces, entre 1984 y 1986, fue el último manager-jugador en la historia de las Grandes Ligas, una doble condición que ya lo teledirigía a otra parte. Rose estaba dejando atrás el béisbol, algo que era él mismo.

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Cuando Bart Giamatti se convirtió en Comisionado del Béisbol de Grandes Ligas en 1989, luego de haber sido, entre 1978 y 1986, el presidente más joven en la historia de la Universidad de Yale, no tuvo tiempo de admirarse a sí mismo con su nuevo bruñido traje de oficina. Los rumores que involucraban a Pete Rose con el mundo de las apuestas le dieron las suficientes noches de insomnios como para que Giamatti no descansara hasta el día de su muerte.

Rose colgó los spikes en 1986, a los 45 años, y, entre 1987 y 1989, se convirtió en el manager de los Rojos de Cincinnati. Mientras tanto, Giamatti se enfrascó en la búsqueda de la verdad, aun siendo admirador confeso de Pete Rose. Se reunió con Peter Ueberroth (anterior comisionado) y Fey Vincent (futuro sucesor) y decidió realizar una investigación que escarbara en los hechos. Contrataron a un abogado-detective de nombre John Dowd, quien curiosamente, muy temprano en su carrera, había trabajado en el Departamento de Justicia y liderado en la década de los setenta un caso de evasión de impuesto de Meyer Lansky.

Dowd, con la misión expresa de encontrar las evidencias que ubicaban a Rose como apostador frenético, estableció inmediatamente nexos con Ron Peters, quien había sido corredor de apuestas de Rose entre 1985 y 1988. Peters, ya en la cárcel en ese entonces, enfrentaba cargos de posesión y distribución de cocaína, además de falsificación de declaraciones de impuestos. Mucho tiempo después, con su bigote castaño oscuro, Peters dijo en televisión: “Él perdió mucho dinero, todo el mundo pierde”.

Para el fin común, Giamatti usó a Peters y Peters a Giamatti. Incluso después de acopiar las evidencias necesarias, el mismo Comisionado en Jefe le escribió una carta de recomendación al juez Carl Rubin para que se compadeciera de Peters en la sentencia. Los abogados de Rose demandaron a Giamatti, y este acudió a los tribunales. Ya en ese momento Rose jugaba con el estadio en su contra. El sindicato de jugadores no pudo ayudarlo, esencialmente porque Rose era manager y no fungía como atleta.

El 25 de agosto de 1989 la investigación de John Dowd emitió el fallo. Luego de una investigación de seis meses tan efectiva como la captura de un asesino en serie, en la que la MLB invirtió casi tres millones de dólares, se convocó a una rueda de prensa y Bart Giamatti suspendió de por vida a Pete Rose, negándole cualquier actividad ligada al béisbol. El ídolo aceptó su derrota, pasó a la lista de inelegibles y sin apelar a otras vías judiciales firmó un documento que aceptaba el fallo, en parte por la suma de dinero que significaba mantener una puja judicial contra la MLB, tan indestructible como un bicho de siete cabezas.

La lista de inelegibles representó el exilio definitivo de Pete Rose. Ancló en el Hades del béisbol y su nombre aún persiste en una lista que incluye otros apostadores, consumidores de cocaína y jugadores envueltos en casos de corrupción y racismo. Rose, uno de los más grandes beisbolistas de todos los tiempos, un furioso y salvaje bateador, “Rey del Hit”, no podría ser votado jamás para el Salón de la Fama. En el aspecto legal y jurídico, su orgullo y el de su abogado los condujo a un error fatal, más grave aún que las propias apuestas. Bart Giamatti intentó negociar una sanción de 10 años, luego la rebajó a siete, y Rose no lo aceptó. Nadie sabe cuánto hubiera cambiado la triste historia del número 14 si hubiese agachado la cabeza en ese momento.

Ocho días después del fallo judicial, un viejo fumador de 51 años sufría un traicionero ataque al corazón mientras disfrutaba de sus vacaciones en Edgartown, Martha’s Vineyard. Era Bart Giamatti. Él sólo estuvo 154 días en el cargo de Comisionado, y durante cada uno de esos días su mente sigilosa silabeó el nombre del prófugo de la ética del juego. La nube negra que pendía sobre Rose se encrespó aún más cuando Fray Vincent y Bud Selig lo culparon por la muerte de Giamatti, quien quizás pronunció “Rose”, en vez de “Rosebud”, en el último segundo de su vida.

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Tommy Gioiosa y Pete Rose se conocieron en 1977. Gioiosa, apenas un estudiante en ese entonces, había viajado a Tampa con el equipo de Massasoit Community College de Brockton y, mientras se relajaba en la piscina del King Arthur’s Hotel, un muchacho fue hasta su dirección, preguntándole si quería intercambiar algunos lances. Pete Rose Jr. tenía ocho años y Gioiosa 18. Después de cuatro días en los que Gioiosa actuó de tutor, el joven Pete le dijo:

–¿Sabes quién es mi padre?

–Babe Ruth –dijo Gioiosa, a modo de burla.

–No, es Pete Rose –le respondió Pete Jr.

Tommy Gioiosa guardó silencio y enmudecido fue a conocer a su ídolo del béisbol. Ambos se hicieron amigos, la familia de Rose prácticamente acogió a Gioiosa, quien soñaba con convertirse también en beisbolista profesional. Luego Gioiosa visitó Cincinnati y durante una década no regresaría más a Bedford, Massachussets, su ciudad natal tan parecida en tantas cosas al West Side Cincinnati. Su padre era un alcohólico empedernido y él, de haber seguido allí, probablemente habría terminado como estibador de bloques o asistente de ferrocarriles.

Acabadas las vacaciones, Rose le pidió que se quedara. Gioiosa, muchacho pobre y rutinario, le contestó que no tenía qué vestir, y Rose le dijo: “Yo no te pregunté si tenías qué vestir, yo sólo te pregunté si querías quedarte”. Gioiosa era ya una suerte de hermano para Pete Jr. y, además, hacía que Rose se acordara de sí mismo, de quién había sido él en su temprana juventud. Hasta 1987, año en que llegó la separación definitiva luego de esa serie de asuntos turbios que produjeron el ocaso de la gran estrella, Gioiosa fungió como escudero de Rose.

Recogía a las novias de Rose en el aeropuerto, enviaba sumas de dinero por Western Unión. Una vez voló a San Francisco para encontrarse con un representante de la empresa Mizuno y regresó con 50 000 dólares en una bolsa. En 1979, cuando Rose se separó de su esposa Karolyn, ambos comenzaron a vivir juntos en un condominio de Chateau Lakes. Gioiosa se peinaba como Rose, jugaba como Rose, hablaba como Rose; hasta circularon rumores, falsos, por supuesto, de que era un hijo ilegitimo de Rose.

El viejo Pete le consiguió una beca de béisbol en la Universidad de Cincinnati y Gioiosa comenzó a usar el mismo número 14 de su ídolo y amigo. Los fracasos en el juego frustraron a Gioiosa, pero Rose no se rindió y siguió moviendo influencias hasta proveerle un tryout con los Orioles en 1982, quienes le dieron a Gioiosa un contrato profesional. Al mes lo despidieron. Pero Gioiosa volvía siempre a Cincinnati, como muestra de una fidelidad eterna a su amigo.

Rose escondía en una parte del sótano fajos de dinero con los que luego apostaba. Un día Gioiosa se encontró 10 000 dólares en un falso techo. “Pensé que los había perdido”, le dijo Rose, gratificado. Gioiosa aprendió a imitar la firma de Rose y firmaba autógrafos en su nombre porque el ídolo no tenía tiempo para responder a tantos fanáticos.

Ya en 1985, las apuestas de Rose aumentaban a niveles exorbitantes. Comenzó en el fútbol americano y el básquet colegial. Gioiosa, su intermediario, consumía sustancias anabólicas para esa época y manejaba un Porche a 125 millas por hora en una de las interestatales de la ciudad. El chico entonces conoció a Ron Peters, quien llevaba apuestas de 2.000 dólares por juego. Y en un momento determinado Rose comenzó a apostar con el béisbol, pero no terminó ahí, sino que llegó la hora en que Rose llamaba directamente a Ron Peters desde la oficina de los Rojos.

Los músculos de Gioiosa aumentaron tanto que sus pechos crecieron abultadamente, esfumándose la estampa y carácter de aquel muchacho apacible que ahora armaba líos en los hipódromos. Pete Rose entrevió que Gioiosa se había convertido en alguien muy visible como para llevar sus apuestas. A los 45 años, Pete Rose apostaba 50 000 dólares por semana y según los informes perdió hasta 150 000 dólares en los últimos tres años de juego, contando sólo una casa de apuestas.

El caos es una escalera. En 1987 Rose detonó su mismo explosivo. Gioiosa cobró una apuesta de su amigo en el hipódromo de Turfway que ascendía a 47 646 dólares y le sugirió que mostrara ciertos ingresos al IRS. Rose le espetó:

–Ya le he dado bastante a esos cabrones.

Gioiosa cobró las ganancias y dos años después un jurado federal lo terminó procesando por declaración falsa de impuestos de aquel boleto cobrado en Turfway. El 6 de abril de 1989 Tommy Gioiosa fue arrestado y el 1 de febrero de 1990 fue sentenciado a cinco años de prisión hasta que obtuvo su absolución en 1992.

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Peter Edward Rose, aquel beisbolista eterno de las décadas de los 60, 70 y 80, al que Ronald Reagan le aseguró en 1985 que su legado permanecería intacto, cumplió desde octubre de 1990 cinco meses de prisión con el número de placa 01832-061 en Marion, Illinois, a causa de una evasión de impuestos. No fue más que la transformación de Charlie Hustle en “The Hustler”, lo que confirmaba una vez más que las figuras de los héroes son, tantas veces, de barro; la fragilidad de los mitos. Un Ícaro del béisbol que vuela tan alto y se encandila con su propio sol. La misma furia que hizo a Pete Rose uno de los mejores beisbolistas de su época lo ensombreció hasta el espanto.

Ninguna evidencia, según el reporte Dowd, demostró que Pete Rose apostó en contra de su equipo mientras dirigía los Rojos de Cincinnati, pero ningún comisionado ha aceptado hasta el presente un regreso de Rose al béisbol. Ni Fay Vincent ni Bug Selig, quien lo culpó de la muerte de Giamatti, y tampoco Rod Manfred, que reabrió el caso.

La publicación del libro My Prison Without Bars en 2004 fue la primera confesión de Rose sobre su verdadera naturaleza de apostador. En 2007, durante una entrevista en The Dan Patrick Show, dijo: “Aposté a mi equipo cada noche, no aposté a mi equipo cuatro noches por semana, aposté a mi equipo para ganar cada noche porque amaba a mi equipo, yo creía en mi equipo”.

Ahora, entre sesiones de arrepentimiento y desilusión, el viejo Pete Rose firma autógrafos por 40 o 50 dólares y en algunos escribe: “Yo aposté”. Él sabía mejor que nadie todo lo que sacrificaba cuando abría la avenida de sus fantasmas. De aquella noche del 11 de septiembre de 1985 ya quedan muy pocas cosas. Marge Shock murió en 2004, el bate de aquel hit probablemente se partió, la camiseta, quizá, fue vendida en una subasta, Reagan cambió su número telefónico y el Riverfront Stadium fue demolido el 29 de diciembre de 2002.

Pete Rose / Imagen: Hall Of Fame