La Cola / Ilustración: Pinterest

Decir miseria humana es redundante. En distintas formas, todas las miserias vienen de una misma fuente y al igual que la mayoría de los influjos que anidan en el alma no son mensurables. Hay miserias y miserias. Cuando las administraciones pensaron la justa medida (no la medida justa), en dosificar el estímulo obrero entre bicicletas chinas durante el Período Especial, viviendas, centros veraniegos, televisores soviéticos y marca Panda después, hicieron emerger lo peor de la gente respecto de la cristiana noción del prójimo. Hubo discusiones tan serias y hondas sobre quién merecía tal o cual objeto, ya fuera por su meritorio trabajo o por su recorrido ejemplar como cederista (neologismo derivado de los CDR), que enemistarse lanzando escupitajos de desprecio o negándose a saludar en un cruce, fue una actitud que duró hasta el final de algunas vidas.

Es una línea que sigue conduciendo lo psíquico de las colectividades laborales, ahora variando sus expresiones e intensidades, siendo más sofisticado y menos simiesco. De ahí que haya una redacción algo mugrosa, que queda al fondo o siempre luego del departamento de dirección. Donde hay una redacción de un periódico, hay periodistas, dicen. Donde hay periodistas, hay uno, entre varios coetáneos de la tercera edad, que usualmente viene a ser alguien que, de vez en cuando, inspira lástima: El hombre ha envejecido en la redacción, tiene los zapatos desgastados y la ropa raída, tengan por seguro que no duerme ni se alimenta bien hace más de una veintena de años y escribe notas como una máquina, sin concebirlas fuera de su programación lingüística, además de creer que cumple con sus funciones de trabajo o sencillamente no le importa si las cumple o no.

Lo que parece importarle de veras, a juzgar por cómo se le encienden los ojos, es que la cobertura a la que lo envíen incluya un almuerzo con pollo asado, moros y cristianos y vianda frita. Es lo que recomienda a los neófitos, apartado momentáneamente del tecleo irreflexivo mientras la montura de los espejuelos le resbala por el puente de la nariz.

“No dejen de ir, que hay cerveza barata, lleven una jaba y carguen para su casa”, dice para la cena sindical de fin de año. El periodista ha ido acumulando información gastronómica con el paso del tiempo y las ruedas de prensa. Aprendió, de asistir a una actividad para redactar una noticia posterior, que no es noticia ninguna, que el ministerio de las Comunicaciones puede ser más generoso, y por generoso entiéndase nutricional y por nutricional entiéndase comida chatarra, que el de Salud Pública.

Lección de bienestar espiritual, tirada definitiva: Uno no va a considerar si el ministerio es disfuncional o corrupto, si Etecsa es el robo institucionalizado o no, ni por qué se dice que este monopolio es propiedad de los militares, uno va contento con quien le ofrezca mejor alimento. Lo trascendental es llenar la barriga.

Para diciembre puede satisfacerse plenamente con que la administración cumpla. El combinado poligráfico —Granma Internacional, Trabajadores, Tribuna de La Habana— vendían subsidiados queso crema, chocolate en polvo, jamonada, galletas de soda, de sal y dulces, yogurt, especias procesadas y envasadas, mermelada y salsa Vita Nuova. La vecina dirección de Granma (nacional) repartía jabas con pollo, viandas y ron, hace un tiempo. Hoy, el órgano oficial y accidentado del Partido Comunista de Cuba, no da nada a sus trabajadores, dice una fuente, ni tampoco lo hace la agencia Prensa Latina, cuyo almuerzo llaman “simulacro”, porque no se le puede nombrar almuerzo de tan parvo que es.

Este instinto desarrollado y el jolgorio de las menudencias son a veces tan aflictivos como locuaces. Uno puede, desde su juventud, aprender a valorar los tentempiés del modo que no lo hizo nunca, llevar una bolsa en la cartera o el bolsillo para llenarla con lo que otros pasen por alto, el excedente, sea por haber calmado la gula o por preferencias estomacales o por andarse con remilgos. El más envarado de los intelectuales cubanos trae una bolsa vacía a los convites. También uno puede, en la misma edad avanzada, con la cual es menos afín el giro de conducta, abofetearse un poco a sí mismo, decirse que ha estado tirando la capacidad de razonar por la borda. Lo segundo es, sin lugar a dudas, más difícil que lo primero, porque una vez que has enfilado por la carretera gratuita o subsidiada de la harina, la manteca y la bebida gaseosa, el rumbo quedó definido, entonces se habla de conformismo, nunca de mercenarios ni de vendidos: la consciencia no provoca estas conclusiones, las bloquea al parecer. De cualquier forma, un vendido tiene siempre dos características: Es conveniente y, al unísono, dañino. El periodista que hace del almuerzo un eje de existencia, no va a poner a un funcionario contra la pared ni anotar lo negativo de nada cada vez que esto signifique perder la garantía de otra invitación. Al rato, es quien se arrellana en el asiento y agradece por las redes sociales la dicha de no hallarse en la revuelta Barcelona y sí, por el contrario, en la pacífica Habana.

Existe una ristra de dispositivos calculados y rebañegos para amarrar y estandarizar a un periodista cubano, que además no son muy elaborados. Podemos también resaltar con marcador la promesa de una vivienda en La Habana, una corresponsalía en el extranjero, la conexión doméstica a Internet de 54.6 kb/s y la compra de artículos por puntos.

Cada cierto tiempo, de doce meses en adelante, una persona madura al fondo de la redacción de un periódico, comunica animada a los neófitos que va a haber una venta por puntos.

Los periodistas son convocados a pagar alrededor de ochenta pesos cubanos a cambio de 32 puntos, un monto superado por los trabajadores de la televisión, justificados por el argumento de la apariencia ante la cámara, porque en honor a la verdad el colmo fuera otro dictamen. Así quedan registrados en la hoja de una lista.

Cada cierto tiempo, los almacenes de Berroa en La Habana abren para recibir una extensa fila de obreros de la prensa que espera comprar a piadosas rebajas lo que su salario no puede cubrir con comodidad o que, incluso, no puede cubrir de ninguna manera. Prendas de vestir, productos de perfumería y de aseo, no mucho más.

Según el procedimiento, la jefa del departamento de personal u otra persona de cargo administrativo llama a los trabajadores a pasar adentro. Los productos tienen ahí su precio en puntos. Claudia recuerda en 2015 que solo había en oferta, con un nivel elemental de estética, dignos de echarle un vistazo pero no de convencerla, unos pantalones y una camisa, y vio cómo los hombres más flacos se probaban pantalones de mujeres, equivalentes por puntos a veinte pesos cubanos (menos de un dólar), con tal de no regresarse con las manos vacías o, en su caso, con las piernas.

A Enrique, que ha adoptado como norma de prosperidad no vivir del periodismo sino mejor usarlo de complemento —la conexión a Internet del medio de prensa le sirve para colgar anuncios en el portal del mercado negro Revolico, y una vez le pagaron una comisión de doscientos dólares por ayudar a vender un apartamento (alrededor de diez veces su salario mensual)— los días de los puntos son de cierto regocijo. Enrique calcula, trocea los costos elaborando un sushi económico, los convierte al cambio en peso convertible, prevé las ganancias, negocia con sus vecinos y hace una reventa provechosa de sus adquisiciones.

A Armando todavía le duele que no le funcionó la cuenta y perdió el chance de comprar lo que consideraba buenos zapatos.

—En un solo par de zapatos se te va casi el total de los puntos, y lo que te queda tienes que completarlo con aseo personal—dice

— ¿Y si tomas un zapato nada más? ¿cómo se calcula?  —le digo.

— ¿Es en serio o es jodedera tuya?

He tratado de dar con la seriedad de todo este aparato y no lo consigo.

“Esas tiendas no son nada del otro mundo, puede que te las encuentres surtidas, puede que no. Puede que hoy haya cosas mayoritariamente para mujer, y poco de hombres o al revés”, añade Armando.

Marian quiso una crema de desriz pero la dependiente la inspeccionó de arriba abajo, la juzgó quizás muy blanca de piel, muy liso el pelo, y le respondió que ese producto no le servía, no iba con ella. Si Marian la quería para sí u otra persona de rizos indomables, la dependiente nunca se enteró. Marian completó con jabón y pasta dental, y se fue molesta.

En lo personal, la vez que me correspondió, hice una compra de la que no tuve entonces demasiadas quejas. Creo que así va funcionando el sistema. Los puntos se me fueron entre desodorante Sport —posiblemente el más débil y menos efectivo del planeta— una camisa que no uso desde que le encuentro la semejanza a la de los meseros de la heladería Coppelia, por quienes no siento simpatía alguna, y un par de pantalones. Uno de ellos se desgarró en un accidente de motocicleta. El otro es de color gris claro, de lo cual se presume que es un gran amante de todas las suciedades.