Foto: Abraham Jiménez Enoa

Foto: Abraham Jiménez Enoa

A las diez de la mañana del sábado 16, los 1000 militantes elegidos y los 280 invitados abandonan sus butacas y se ponen de pie para aplaudir la entrada de Raúl Castro y la cúpula directiva del Partido Comunista de Cuba (PCC). Es La Habana, abril de 2016, y se celebra el séptimo congreso de la historia de la organización. Después de los atronadores aplausos suena el himno nacional y los delegados vuelven a sus asientos. Fuera de las inmediaciones del Palacio de las Convenciones, sitio del cónclave, la vida sigue igual.

A la misma hora en que José Ramón Machado Ventura, segundo secretario del Partido, da por inaugurado el evento y le cede la palabra a Raúl, la gente desanda las calles de La Habana con típico rostro sabatino. No hay carteles ni pancartas de propaganda política alegóricas al congreso en ninguna de las avenidas principales. Hay turistas que, en chancleta, short, camisetas, gafas y pomos de agua en mano, caminan bajo el sol por esas mismas avenidas tomando fotos de la ciudad.

A esta hora la televisión nacional, que no está encadenada, también transmite el choque entre el Real y el Getafe, y mientras Raúl Castro lee el informe central del congreso, uno no llega a discernir entre los aplausos que bajan del graderío del Coliseum Alfonso Pérez en Madrid con los goles del equipo de Zidane y los que emiten los militantes comunistas reunidos en el Palacio de las Convenciones.

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Foto: Abraham Giménez Enoa

Foto: Abraham Jiménez Enoa

La isla no respira el ambiente partidista de antaño. Esta vez la prensa oficial no se regodeó en la conmemoración de la cita. Solo desde un par de semanas antes comenzaron a sonar las campanadas del comunismo.

Esa desidia, ese silencio sorprendente, disparó las alarmas en las redes sociales en los días previos al congreso. La fecha se acercaba y no existía ambiente de debate en los núcleos de base, los documentos a discutir no se conocían y de los militantes elegidos solo se sabían sus nombres enlistados.

El periodista del semanario Trabajadores, Francisco Rodríguez Cruz, publicó en su blog (paquitoeldecuba.com) una carta abierta dirigida a Raúl Castro, donde exigía una postergación del inicio del congreso para propiciar una verdadera discusión masiva, en la base de la estructura, que permitiera analizar los estatutos y políticas presentadas al evento.

Un par de días después, el periódico Granma, órgano oficial del PCC, respondió con un editorial en el que planteaba que el proceso de debate ya se había abierto hace cinco años con la aprobación de los “lineamientos de la política económica y social del partido y la revolución”, de los cuales el 21 % habían sido implementados, mientras que el 77 % estaba en ejecución.

Luego añadió: “Más que desplegar, a mitad de camino, un nuevo proceso de debate a escala de toda la sociedad, lo que corresponde es terminar lo iniciado, continuar la ejecución de la voluntad popular expresada hace cinco años, y seguir avanzando por el rumbo que trazó el Sexto Congreso (…) los documentos a discutir enfocan el país que queremos”.

No se sabe realmente de qué país habla Granma, pues cinco años atrás la Isla no había restablecido relaciones bilaterales con Estados Unidos y ni siquiera se sospechaba que un presidente estadounidense, después de 88 años, pasearía por las calles de La Habana y se dirigiera en una alocución en vivo al pueblo cubano.

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Al final se conoció que los documentos por los que el país se regirá en los próximos años fueron revisados solamente por 3500 personas de toda la isla, que hubo ocho versiones del mismo, y quién sabe cuántos borradores más. Al escrutinio de ese puñado de ciudadanos quedó reducido el futuro inmediato de Cuba.

–No se entiende que el pueblo, que el verdadero cubano de a pie, tenga que esperar los reportes de televisión para saber por arribita que es lo que se está debatiendo a puertas cerradas –dice Rolando Urpiano, militante activo de 62 años, quien fue miembro del Ministerio del Interior durante más de treinta años y ahora custodia por las noches la sede del Partido en el municipio Plaza de la Revolución.

El propio Raúl Castro, en su discurso leído, expresó que al cierre de 2015 el Partido contaba en sus filas con 671 344 militantes y reconoció una disminución en los procesos de crecimiento de la organización. Otro dato: el 60 % de los 1000 delegados asistentes al congreso no laboran directamente en la producción o los servicios, sino que son dirigentes o fungen como personal de apoyo técnico.

Esto habla a las claras de la falta de representatividad de los ciudadanos cubanos en el Buró Político y de una organización que, a pesar de seguir siendo la fuerza política y organizativa de la nación, no encuentra el apoyo de la inmensa mayoría de la población ni ha podido evitar muy distintas fracturas: generacional, conceptual, discursiva.

–Si miras lo que ponen en la televisión, por supuesto que se va a ver una representatividad de todos los sectores sociales y de hecho la hay, pero esa no es la cuestión, lo fundamental es que los militantes que están en el congreso viven de sus discursos y no de la práctica. Cuando salen de esas cuatro paredes todo lo que han dicho en sus bonitos discursos se les olvida. ¿Tú me vas a decir a mí que todas las propuestas de los 11 millones de cubanos llegan a las manos de Raúl? ¿Y que los delegados de verdad viven el día a día de los cubanos que más trabajo pasan? No jodas – dice Niurka Medina, doctora de un consultorio médico del Vedado, miembro de la Juventud Comunista, y quien ha rechazado iniciarse en el proceso de crecimiento del Partido.

Un rejuego que está tocando fondo. Cuba ya no es una isla en mutis. Ahora dice las cosas que le vienen a la cabeza y se desentiende por completo de los simulacros en los núcleos partidistas que durante las tardes juegan a reunirse y llenar cuartillas sin sentido, repletas de palabras vacías; o de dirigentes estalinistas cuyo mayor talento es subirse al estrado a disparar monsergas ancestrales que dan sueño y risa.

La gente suele reírse de los números publicados a raíz de este Séptimo Congreso, como el 29.2 % de militantes con menos de 45 años, por ejemplo. Todos sabemos que esos jóvenes solo serán tomados en cuenta para maquillar estadísticas y a la vez esto les garantizará permanecer como cuadros partidistas en sus puestos laborales para disfrutar de las bondades que ello brinda. Y todos sabemos que muchos de los negros que han podido sentarse en alguna butaca del Palacio de las Convenciones han llegado ahí casi solo por eso, por ser negros.

–Los jóvenes no ven al partido como la organización de antes, como la guía. La apatía es general, ha pasado demasiado tiempo y el partido no ha asumido sus errores históricos. Yo no critico a la gente que sigue la canalita de la juventud comunista y se adentra en el partido –dice Noel Sirgado, estudiante universitario de lenguas extranjeras.

El veinteañero Noel, sentado en la escalera de su edificio, añade que “esa es decisión de cada cual, lo que me molesta es que generalicen y digan que los jóvenes del partido son los jóvenes cubanos, eso no lo puedo admitir porque esos muchachos son robots automáticos con una mentalidad que no es la de los verdaderos jóvenes”.

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Idaliena Díaz Casamayor –27 años, provincia de Guantánamo– es la delegada más joven del congreso. Es instructora de arte de profesión y ha llegado a La Habana desde el Barrio Sur, casi al final de la carretera de Caimanera, una de las zonas más conflictivas del oriente del país.

Exigua, dócil, de voz baja, Idaliena es la presidenta de ese consejo popular. “Es un barrio bastante crítico en cuanto a indisciplinas sociales, hay un poco de delincuencia, pero estamos trabajando para resolver eso” dice, antes de comentar las propuestas que trae al congreso.

“Me tocó la comisión de trabajo que se va a encargar de analizar la conceptualización del modelo económico. Voy a hablar sobre la equidad social, para que haya más justicia social en nuestro pueblo y que se conserve la igualdad entre los cubanos”.

Por su parte, para Sergio Arredondo –53 años, bicitaxero de la Habana Vieja– “en este congreso no hubo un debate, sencillamente se ha perdido el respeto por la ciudadanía, parece que con Obama lo gastaron todo, la gente no sabe ni que el congreso está andando, cada cual anda en lo suyo, a su aire, al pueblo no le importa eso porque no se siente representado”.

Foto: Abraham Giménez Enoa

Foto: Abraham Jiménez Enoa

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Justo a las 12:48 pm, tras dos horas de pasar revista en modo resumen a la “evolución del país desde abril de 2011 hasta hoy”, Raúl Castro concluye la lectura de más de cuarenta páginas de discurso.

Habló de todo: del escenario internacional, de los cambios en el modelo económico cubano y las nuevas tareas para ajustar el socialismo a ellos, de la historia del partido comunista, de su hermano Fidel, de Obama y de mucho más. Pero también firmó todo un detalle.

Al comentar la división entre demócratas y republicanos en los Estados Unidos, expresó sin tapujos que en Cuba ese bipartidismo equivaldría a que “Fidel seguro escogería dirigir el Comunista y yo el otro, cualquiera que sea el nombre”. Una vez más, los presentes aplaudieron rompiéndose las palmas de las manos.