Uno se da cuenta que es un viejo cuando un grupo de adolescentes – con libros publicados – le proponen que escriba una columna «para un espacio destinado mayoritariamente al público joven». Entonces el cerebro se rebela y suelta un «¿y estos niños se creen que uno es material didáctico? ¿Que les voy a enseñar lo que me ha llevado toda la vida aprender sin siquiera darme un salario para poder pagar el asilo? De eso nada: que se vayan a hacer su noticiero pioneril a otras partes» (edité las malas palabras por respeto a mi nuevo público infanto-juvenil).

Ahí se da cuenta que no solo es un viejo, sino uno mezquino, y se compara con Esteban, el vecino de arriba, que muchas lunas atrás («muchas lunas atrás»: soy un anciano) le cogió el disco porque entró por su ventana y nunca más se lo devolvió «para que aprendiera dónde podía jugar y dónde no». Púdrete, Esteban, donde quiera que estés.

Entonces se dice que viejo sí pero como Esteban no, así que lo que le sale por la boca/teclado es un «sí, no se preocupen» mientras agrega algo que él nunca diría como «eso está querido» para que ellos vean que él también sabe usar un lenguaje propio de los jóvenes y que es merecedor de unirse «al equipo». Sí, mis niños: con la vejez se pierde la dignidad. Y los dientes. Y le salen canas. Y le da acidez por las noches… Ok, ya basta.

Pero ¿sobre qué escribir? Cuando tres párrafos atrás hacía referencia a «las cosas que me había llevado toda la vida aprender» estaba claramente mintiendo (o digamos mejor que con la edad la memoria va cambiando y uno se atribuye méritos que no le tocan): ¿qué tengo yo para compartir que no sean achaques? Los adolescentes, en su infinita candidez, aportaron propuestas: «Bueno, nos enfocamos sobre todo en Cuba, pero también podrías…» Alto ahí. Mis oídos de la tercera edad se cerraron espontáneamente: ¿»Cuba»?

Cuba es el país donde nací y viví 30 años. Es un pequeño archipiélago del Caribe, de alrededor de 11 millones de habitantes, cuya capital es La Habana… y del cual me fui sin deudas para no regresar jamás. Y no necesariamente por razones políticas (aunque también: yo soy muy bocón), sino porque Cuba y yo estuvimos destinados desde siempre (y ella lo sabe, al igual que cualquiera que me haya conocido) a separarnos en algún momento. Bastante duramos.

Pero decir eso es ser un hereje. Un canadiense puede vivir en Estados Unidos sin recordar nunca tomar sirope de arce en las mañanas, un francés puede vivir en Ecuador sin oír La Marsellesa nunca, un ruso puede vivir en Cuba sin acordarse de la nieve, pero si un cubano dice que no tiene mucho que ver con Cuba salen los machetes, las caras de asco, nos quitan las estrellitas rojas del uniforme que indicaban que éramos destacados, se nos asignan nombres preestablecidos y nos mandan erróneamente al semigrupo de Miami (que en mi cabeza es lo mismo que Cuba pero con Walmart, las consignas al revés y grados Fahrenheit).

Y por muy apasionante que pueda resultar esa unidad fragmentada en dos (o en mil) llamada Cuba, yo no le veo el encanto. Ni ese clima que no te deja razonar en paz, ni los vecinos opinando de por qué tienes el pelo largo/corto/te acuestas con no sé quién, ni el Malecón como infinita fuente de perdedera de tiempo, ni la carretera central, ni las palmas, ni el modelo económico, ni los conciertos de nadie en la Tropical, ni las fiestas de quince, ni la señora que se baja de la guagua y grita – alto y sin vergüenza porque ella está haciendo un bien social – que a dónde irá el mundo con todos esos maricones sueltos por ahí, ni esa sensación horrorosa de que el techo se encuentra demasiado rápido y no te deja seguir creciendo… Gracias, pero no.

«Afuera» no se está a salvo tampoco, ya que todo el mundo quiere hablarte de Cuba y darte su opinión, y si te hablan bien de la isla uno quiere decirles que aquello no es ese paraíso comunista que ellos se imaginan, y si te hablan mal les dices que alto ahí, que eso no es así tampoco. Y cuando intentas explicar cosas que nadie entenderá nunca (Cuba es un país de unos absurdos fabulosos, lo cual es extraordinario para la literatura pero demoledor para la vida real) y te responden algo como «lo siento, pero no creo que el precio de un motor de agua pueda ser 100 CUC si el salario de un profesional es de 18; seguro te equivocas en la conversión», llegas a un punto de exasperación tal que empiezas a decir que eres esloveno (lo hice y no me arrepiento).

No vayan a creer tampoco que soy ese snob clásico que usaba bufanda en el Festival de Cine, se cree superior a la masa obrera y «no toma agua que no sea embotellada» después que se pasó tres años becado en algún rincón de las Tunas – germen que no lo mató allá no lo va a matar aquí – y confieso sin culpas que me gustaría de vez en cuando comerme una croqueta, tomarme un guarapo o tirarme en bicicleta por la Loma del Juzgado (uno no extraña a los países: extraña a los barrios). Pero esas pequeñas cosas no son suficientes como para cambiar un estado de ánimo tan radicalizado como el mío.

Así que uno llega al punto en que concientiza que a Cuba hay que olvidarla. No perdonarla ni amarla ni entenderla: olvidarla. Y cuando lloras en el mercado al acordarte de los tuyos pasando hambre (y de ti mismo pasando hambre por 30 años con lo fácil que es conseguir un huevo en estos lares) te dices que vas a llorar pero cuando se te pase no lo vas a hacer nunca más y te vas a hacer canadiense porque Cuba ya te ha jodido bastante la vida como para seguir dejando que lo haga ahora que ya te saliste de su campo magnético. Y aprendes a usar tarjetas de crédito, a llenar cheques, a tener deudas con la conciencia tranquila, a no caerte en la nieve, a dejar el trabajo sin tener que pedir una baja que quizás no llegue nunca, a no dar explicaciones de todo lo que se hace, a no sentir que cada vez que algo bueno pasa tiene que venir algo malo después para «equilibrar», etc, etc, etc.

Y así, sin interesarte ya – ¿te interesó alguna vez? – si tus traumas de antaño son culpa del socialismo, del bloqueo imperialista o del cubano como tal, te vas olvidando de esos 30 años y te importa un carajo – pero un carajo – si los cubanos que están allá o los otros que están aquí «que siguen siendo 100 por ciento cubanos» te quitan la estrellita de destacado: tú eres extranjero ya – no canadiense ni esloveno: «extranjero» – y de cierta forma siempre te habías sentido como tal en tu propio país, así que al menos ahora que eres un viejo y estás lejos puedes hacerlo finalmente oficial.

Y resulta que ahora estos impúberes quieren que escriba «sobre Cuba». Ok, hora de coger mi andador apátrida y largarme de aquí. El viejo Esteban me enseñó muy bien dónde jugar y dónde no.

Entonces – una vez más – el temor a ser como me dije una vez que no sería, me lleva a reconsiderar mi postura. Y me pongo a pensar curiosamente en el propio Esteban. Creo que nunca he conocido a un hombre más ermitaño, gris y alejado de todo y de todos que ese. Casi se diría que era un extranjero él también. Sin embargo, en mi cabeza, representa a Marianao tanto como Alicia la del comité. Y me acordé de Sergio el de «Memorias del Subdesarrollo», y de Dulce María, y de Ramón Fonst, y de muchos otros – conocidos o desconocidos – que sin ser el «cubano clásico» no por eso han dejado de ser cubanos. Al contrario.

Un ex amigo decía que hay muchas maneras de ser cubano; el haber comido picadillo de soya es solo una de ellas. Y descubro que tiene razón (es la edad, que me hace más tolerante y menos radical. Maldita vejez). Ser cubano – como ser canadiense o esloveno – incluye muchas cosas. Incluso a mí.

Así que me devuelven mi estrellita roja porque me acabo de declarar a mí mismo tan cubano como cualquiera. Pero uno que se lo toma con calma, que tiene otros demonios, que lucha por otras cosas, que se fue y no tiene intenciones de regresar, que recibirá su pasaporte canadiense algún día sin sentirse ni como un verdadero canadiense ni como un traidor a su pasado porque en realidad en Cuba nunca se sintió como en su casa. Y no es culpa ni de Cuba ni mía. Ella es una isla y yo soy un hombre que siempre ha querido comerse al mundo; ya desde ahí estábamos condenados a no entendernos (Montreal es una isla también pero tiene puentes).

Pero nací y crecí ahí, y tanto Cuba como yo somos lo suficientemente carismáticos como para que podamos vivir 30 años juntos sin dejar marca uno en el otro. Así que si alguien me dice que no hay nadie mejor en la cama que un cubano le digo que no hable mierda pero cuando llega el desfile de las naciones en los Juegos Olímpicos sé que «los míos» van en la C (y no por Canadá, sino por Cuba). Y cuando mi amigo Brian fue allá «a un viaje de peregrinación a mis raíces» le dije que mis raíces pertenecían al mundo, no a Cuba, pero cuando me trajo una foto en el Obelisco y un refresco Piñata lloré como si no hubiera un mañana mientras Brian no paraba de ofenderme diciendo que «todo en Cuba le recordaba a mí y que ya entendía por qué yo era como era». Y si me dicen que «puedo escribir sobre Cuba pero también sobre…» grito que de eso nada, que de ese país no voy a escribir nunca, y termino escribiendo sobre él…

Así soy yo. Y creo – aunque no lo garantizo – que al describir mi «extranjería» también estoy describiendo a muchos otros cubanos. Y somos tan cubanos como los demás. Y hoy escribimos sobre Cuba y mañana no. Y la odiamos, la amamos, la olvidamos, la perdonamos, le lanzamos insultos a la cigüeña, nos consideramos extranjeros… y mañana no.

Es la vejez, mis niños, que no nos deja aferrarnos a un pensamiento único y coherente. Especialmente cuando de Cuba se trata.

PD: Dedico este post inicial al viejo Esteban, donde quiera que esté, porque sin su ejemplo no habría ni aceptado escribir esta columna ni me hubiera dado cuenta que los «extranjeros» podemos ser muy cubanos. Y también al colectivo de pioneros «Amiguitos del Periodismo» – que tienen libros publicados, que conste – por darle la oportunidad a este señor mayor de salir de su retiro y compartir sus achaques en su nuevo proyecto, dándole así la oportunidad de sentirse el joven que nunca fue. Gracias y prometo no decepcionarlos. Eso está querido.