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No desesperes pradera, todo caballo es efímero

Bandera de oración, Aryam Rodríguez Cabrera

Este texto está escrito desde el anonimato porque yo no soy libre. Las causas de mi falta de libertad, las tensiones que me atraviesan y me desgarran son como un harakiri ad infinitum que después de empuñar el acero en una dirección comienza entonces a remover y a trozar la carne y el espíritu en sentido contrario.

Esas causas son bien mías, y con ellas he llegado a hacer una suerte de pacto aciago. Yo sé que ese pacto es una situación transitoria, que nace del amor hacia dos personas en esta vida. Pero todos los días me enferma de los nervios y me avergüenza que mi libertad no sea inmediata, porque la candela es ya: hic et nunc.

El régimen cubano provoca muchos tipos de miedo. Dentro de la falta de libertad inherente al miedo, hay personas que son más libres que otras. Todo depende de por dónde te tenga agarrado el brazo de hierro del totalitarismo. El gobierno ejerce una dictadura tan violenta que puede llegar a aplastar a una persona como quien se toma un vaso de agua.

A mí no me interesaría demasiado que me aplasten, pero no puedo vivir sabiendo que yo provoqué que aplastaran a mi mamá: la desmembraran, la dejaran como a la mamá de Wendy Guerra. En mi relación con Cuba, el totalitarismo me tiene agarrada por la garganta de mi madre.

Este texto, escrito desde la cárcel que soy yo misma, está muy motivado por el artículo que escribió Carla Gloria, tipa de lengua suelta, que nos ponía a todos contra las cuerdas hace unos pocos días. Leí, me emocioné, disfruté tanto que olvidé sentir el ojo de agua que me ahoga cada vez que participo de la libertad de alguien más. Hoy, 14 de marzo, a las 3 horas y 44 minutos de la madrugada, Luis Manuel Otero Alcántara ya es libre y pisa el asfalto en la Habana. Besa a los amigos, les abraza. Sonríe, pero sin desmesura.

Yo no lo conozco, no sabría decir si parece cambiado, maduro, trastornado, postraumático, satisfecho, feliz. Sé que habla con calma, y eso es un atributo que valoro mucho en las personas. Veo las fotos, los videos, participo de todo casi en vivo, me alegro tanto como puedo de esta victoria, y pienso en Carla Gloria, y en sus dos preguntas al final del texto. Esas preguntas enhebran con maña de costurera vieja la madeja de hilo que me llena la cabeza. El texto es divino, el final impecable, y yo lo suscribo de inicio a fin, como si lo hubiera escrito.

Hay un fenómeno de la sociología al que llaman cisne negro. Consiste en un evento cuyas probabilidades de ocurrir son bajas, pero desata por otra parte un altísimo impacto. Como el coronavirus, por ejemplo. O, para no salirnos de contexto, como el triunfo de la Revolución cubana en 1959. Luis Manuel es en sí mismo un cisne salvaje, pero sus 13 días en prisión, si bien son perturbadores, son una jugada que ya estaba cantada, sobre todo después de 27 arrestos.

Los cisnes negros provocan un alto impacto porque desestructuran un continuum. Los sociólogos emparentan el concepto de cisne negro con la no linealidad de los cambios del mundo. Ello quiere decir que la mayoría de los cambios en nuestro entorno tienen lugar durante saltos repentinos. El mundo se mantiene bastante invariable durante un período prolongado de tiempo y luego, de repente, sucede algo que produce un cambio profundo.

Como yo lo veo, el impacto de lo altamente improbable se vincula, del lado de la oficialidad cubana, con la respuesta social, intelectual, de unidad y denuncia que se ha organizado alrededor del encarcelamiento de Luis Manuel. Pero del lado de los que nos movemos por fuera del Estado, el cisne negro se presenta igualmente como este momento en que acaban de liberar a Luisma. Soltándolo como quien se desembaraza de algo, como expulsándolo, sin rendir cuentas, sin dar explicaciones, en un clima de la más elevada incertidumbre. A esto Carla Gloria lo ha llamado «el factor que falla en la ecuación».

Yo apelo a la figura del cisne negro en la medida en la que la libertad de Luis Manuel nos permite pasar a la parte del aftermath de esta situación, en la que hemos sabido varias cosas que son importantes.

Primero, que le hemos robado un buen trecho al síndrome de la parálisis, ese que Anamely Ramos retrata cuando habla de los que preguntan «¿para qué haces esto, si al final no vas a cambiar nada?» Ergo, no somos continuidad ninguna. Una cosa es que la gente se conmueva, pero otra muy distinta es que se conmueva y lo exprese, que le duela y señale dónde, que le moleste y se incomode en público. Falta poco, dice un amigo.

Segundo, que la presión en las redes sociales funciona. Las redes sociales son una extensión del espacio público: herramienta valiosísima en una plaza sitiada como lo es Cuba, porque garantizan un nivel de visibilidad que es imposible desde el espacio físico real de la ciudad. Las redes sociales permiten replicar, difundir, que crezca exponencialmente un mensaje al compartirlo. Facebook y Twitter son trincheras efectivas a la hora de la denuncia porque ayudan a tejer relaciones, agrupar discursos, acortar distancias, organizar movimientos, compartir la esperanza. Luisma, con su claridad virgiliana, sabe que nos urge estar conectados porque, si un árbol se cae en medio del bosque y nadie se entera, ¿acaso se cae del todo?

Tercero, que el miedo es una niebla disipable. El desmemoriado de La misteriosa llama de la reina Loana narra su colección de citas sobre la niebla, y leemos: «había tanta niebla que parecía que hubieran quitado al mundo». Bueno, pues también hemos sabido que la presión y la agrupación son mecanismos esenciales para restaurarlo.

Cuarto, que la oficialidad va a intentarlo todo, hasta la más ridícula escaramuza, antes de dar su brazo a torcer. Esto quiere decir que probablemente no haya mucho espacio para el diálogo, sobre todo porque se ha demostrado en estos días que el dizque diálogo ocurre desde campos epistemológicos distintos e irreconciliables. La buena noticia aquí es que estos recursos desesperados (el infame «prefiero una Cuba sin alcantara» compartido sin escrúpulo alguno por los funcionarios señalados a dedo) son cada vez más débiles. Y que la ausencia de diálogo, en el terreno de las redes sociales, no es sinónimo de que se elimine de plano la voz de los que disienten.

Finalmente, y he aquí uno de los más altos impactos de este mes de marzo de 2020, laguna de cisnes negros, hemos sabido que se les puede ganar en su propio terreno. Más allá de las perretas en clave retórica de los 70: dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada. Se les puede ganar amén de la banda de gente joven que no puede ver dos pasos más allá de la propaganda política, y de los que, como yo, poco o casi nada aportamos porque tenemos miedo.

¿Cómo me duermo yo todas las noches? Sabiendo esto: que tengo miedo, pero que también tengo ganas de no tener miedo. Sabiendo que estoy lista para no tener miedo. Sabiendo que aquellos a los que pongo en peligro si salgo de mi anonimato, por los que me limito, y trago amargamente todo lo que me llena la boca, están cada día más cerca de estar en paz con mis ganas de no tener miedo.

Hoy, en esta madrugada, esos que yo siento como mi gente en La Habana festejan una victoria merecidísima, sonadísima, tremendísima. Mañana, cuando pase la resaca, y Luisma salga a quemar el adoquín con su casco azul en la cabeza rapada, mañana, Carla, sabremos más.