No sé cuál de los tres me confunde más.

A veces pienso que es el deseo de crecer de una vez y dejar de ser una niña.

Otras veces creo que es el deseo de haber nacido varón en vez de hembra.

Pero hoy me doy cuenta de que es el deseo de escribir.

Ya he hecho todo para librarme de ellos.

¿He logrado algo?

¡Qué va!

Lygia Bojunga Nunes

El bolso amarillo

Voy a cumplir 35 años y estoy casi segura de que tengo una obsesión (entre otras) con los libros para niños que leí en mi infancia. He seguido leyendo libros destinados a los niños y a los jóvenes, pero aquellos libros de formación (personal, emocional) ayudaron a definir (lo juro por la memoria de Astrid Lindgren) mis próximas lecturas, curiosidades, maneras de ver el mundo, gustos estéticos, inclinaciones (de todo tipo), necesidades, indiferencias y metas. Esos libros, dicho en pocas palabras, me ayudaron a pensar con libertad. Soy una persona libre desde que leí esos libros, lo juro por Michael Ende. Soy una persona, todo el tiempo, a punto de realizarse.

No hay mayor adrenalina que esa, la sensación de que uno está a punto de realizarse. El éxtasis de la libertad radica para mí en esa realización. Por eso, en contra de diversas opiniones, muchos niños en muchos países con sistemas políticos, económicos o sociales adversos, pueden tener una infancia feliz. El contacto con un libro te puede hacer libre, o al menos te puede dar la noción de libertad que no se encuentra en ningún otro lado. Los niños, viéndome a mí misma desde una distancia temporal que incluye una distancia espacial, son como los libros, misteriosos.

Antes de sentarme a escribir estas palabras vi algo en Facebook que me llamó la atención. Era la portada de un libro para niños llamado ¿Dónde está el niño?, y fui capaz de opinar, algo que me da miedo hacer en Facebook. Prefiero salir a la calle sin zapatos que dar mi opinión en Facebook, lo juro por la memoria de Gianni Rodari. Junto a un emoji de carita con estrellas en los ojos, afirmé: yo sé dónde está el niño. El libro al que me refiero lo escribió Sergio Andricaín y aún no lo he leído. El dibujo de portada es fabuloso y uno puede darse cuenta de que es un libro destinado a los más pequeños. Pero ese título, así de simple, incluía también un acertijo (filosófico, universal) que si lo adivináramos, alguna vez, nos haría más felices.

Así que he decidido jugar, como los niños, un juego muy peligroso. Aquel en el que decíamos lo primero que nos venía a la mente cuando veíamos una imagen. La imagen, esta vez, la buscaré en mi memoria. A veces es mejor buscar en la memoria que buscar en los lugares inmediatos, presentes. La memoria guarda imágenes impredecibles, películas enteras que no sabíamos que volveríamos a ver. Y cuando las volvemos a ver sucede algo muy emotivo, lo juro por la memoria de Tove Jansson. Algo que une pensamiento y sentimiento. Diré lo que me viene a la mente cuando veo, por ejemplo, la portada de cartón gastado de Las aventuras de Tom Sawyer (Editora Juvenil, Cuba, 1964).

Soy Becky Thatcher durante un mes. Quiero pasarme la vida masticando chicles que no pierden el sabor. Cuando era niña y algún pariente o amigo de la familia me regalaba un chicle que traía de afuera, ese chicle podía durarme un mes o más, aunque no tuviera sabor ni consistencia. Era una goma blandita que se iba desintegrando sola adentro de un vaso en el refrigerador, o posada en la tapa de un pozuelo. De vez en cuando abría el refrigerador y masticaba, inflaba globos y lo volvía a guardar. Era el único chicle de aquellos días, así que era absolutamente necesario estirar su existencia. Soy Becky Thatcher resolviendo en el aula los problemas de matemáticas, regresando de la escuela con la falda del uniforme un poco descosida, con el nudo de la pañoleta mal hecho porque se me desató y no supe volverlo a hacer, comiéndome la comida frente al televisor a las 6:30 de la tarde mientras veo los muñequitos, acostándome a la hora que me diga mi mamá, orinándome en la cama porque me desperté demasiado tarde como para salir corriendo al baño y además me da tremendo miedo ir al baño sola de noche. Quiero balancear los pies como Becky Thatcher en un columpio después de las clases mientras masticamos el mismo chicle mi novio y yo. Nos pasamos el chicle de una boca a la otra. Mi novio es muy indisciplinado pero también muy inteligente. Él vive con su tía porque no tiene padres. Él y yo seremos novios para siempre.

Después de esas aventuras nada volvió a ser lo que era antes. Cada libro se convirtió en un antes y un después. Los libros que no fueron un antes y un después ni siquiera los recuerdo. Pero sí recuerdo haber abierto sus páginas y haberme decepcionado. La sinceridad de un niño radica en su decepción, en su aburrimiento, en su maravillamiento constante. Para un escritor es indispensable ser un buen niño y luego un buen lector, y no hablo en el sentido bondadoso de la palabra, sino en el regodeo ensimismado, travieso, de la niñez. El niño que uno ha sido vendría a ser el lector fundamental de un escritor. Siempre me pregunto, durante el transcurso de la escritura de un libro, si la niña que yo fui se aburriría leyendo, si se decepcionaría, si se desencantaría de mi propio libro. Te lo juro por la memoria de Dora Alonso, un libro para niños es un objeto encantado.

Cuando veo la portada de cartón gastado de Konrad o el niño que salió de una lata de conservas (Editorial gente Nueva, Cuba, 1987) me río sin parar, me pongo seria, me vuelvo a reír, se me salen las lágrimas, salto en un solo pie, corro por la sala, hago café y me lo tomo, salgo al balcón y recito una de las estrofas populares que su autora copió en el libro y que para mí ha sido un aprendizaje, constatar que la literatura infantil es lo mismo que yo pensaba, literatura y punto. Que los niños no son tontos y que se les puede decir lo que uno quiera, mientras el contexto narrativo lo justifique. Me da vergüenza copiar la estrofa aquí pues este contexto no lo justifica, pero si a alguien le da curiosidad yo se la digo al oído. Y lo juro por la memoria de Maria Gripe, es la estrofa más divertida de la literatura infantil.

Cuando veo la portada de cartón gastado de Los niños más encantadores del mundo (Editorial Gente Nueva, Cuba, 1989) me viene a la mente un deseo grandísimo de tener otro hijo. Abandonar esta silla y esta mesa e irme a embarazarme ahora mismo. Lo digo con naturalidad porque prometí hacerlo. Yo sé que este juego es peligroso. La novela de Gina Ruck-Pauquèt trata de unos niños encantadores que no tienen padre ni madre, que se han quedado solos, y cada uno de ellos toca un instrumento distinto. Se llaman Mississippi, Missouri y Do Mayor. Para que conste por escrito, la trompeta que tengo tatuada en mi brazo es el dibujo de la trompeta que toca uno de ellos. Sebastián el deshollinador hereda a los niños y el día que recibe su herencia empieza la historia.

Cuando veo la portada de cartón gastado de El bolso amarillo (Editorial Gente Nueva, Cuba, 1997) me viene a la mente una sensación de libertad absoluta, una libertad más grande que la libertad de los hombres libres. La protagonista de esa novela tenía tres deseos: ser grande, ser varón y ser escritora. Así empezaba aquel libro, yo no podía parar de leer.

Cuando veo la portada de cartón gastado de Los pájaros de la noche (Editorial gente Nueva, Cuba, 1998) bajo la vista, no veo nada, me quedo en blanco frente a la audiencia y sola conmigo misma. Lo juro por la memoria de su autor, un escritor noruego de quien solo leí dos libros y fue suficiente, me quedo sola conmigo misma. ¿Es escribir la mayor responsabilidad que tengo? No. Para nada. Mi mayor responsabilidad es mi hijo. La vida de mi hijo y mi propia vida. Eso fue lo que aprendí al leer aquellas páginas. Frías, grises y preciosas, las palabras del noruego me hacían convertirme en una niña vieja, sin yo saberlo. Y claro, lo que aprendí solo lo reconozco ahora. Es un ejemplo del dolor que puede ocasionar un libro, sin nombrar el dolor directamente, sin dejar de ser un libro destinado a las edades adolescentes.

Estoy desayunando con mi abuela café con leche y pan, pongo Los pájaros de la noche al lado de la taza de leche y mi abuela me pregunta cómo se llama el que lo escribió. Evado el nombre de su autor, como ahora, y le digo a mi abuela lo mismo que a ustedes: tiene un nombre que no me sale.

Ya perdí la cuenta de cuántas veces he leído cada uno de estos libros, que para mí son los verdaderos superhéroes de mi vida. Confieso que leí tarde a Julio Verne, y poquito. No me gustaban los libros de aventuras, ni fantásticos, ni de ciencia ficción. Lo mío era la literatura realista, qué le vamos a hacer. A veces se me ocurre algo que me parece delicioso escrituralmente y después de escribirlo me doy cuenta de que se parece mucho a un pasaje de cualquiera de esos libros. Me digo que es normal y me enfurruño, elimino el documento (lo juro por la memoria de Tolkien) y abro el libro plagiado en la primera página. La travesura consiste en dejar de hacer lo que tenía que hacer (unas lentejas para mi hijo) y seguir leyendo sin percatarme del tiempo. He regresado a la edad de diez años, a una niña de diez años no le importan las lentejas. Pero ojo, tengo un pozuelo de frijoles colorados bajo la manga, que hice ayer por la noche, cuando era adulta y responsable.

Es la razón suprema por la cual, cuando me siento a escribir para niños, o me quedo parada en una esquina tecleando en el teléfono un poema para niños o un cuento, lo hago pensando en la niña que fui y que lee con demasiada inquietud otros libros interesantísimos. Y al mismo tiempo todos los niños son esa misma niña que lee, así que si levanto la vista hay unos ojitos mirándome, evaluándome, obligándome a escribir solo la verdad y nada más que la verdad. Una verdad triste o alegre contada con la hermosura que quiero, prefiero y puedo escribir.

El miedo me ha sobrecogido después de vivir en Miami cinco años y ver a los niños de Miami sobrevivir al caos de una frase que repetimos los adultos diariamente: no tengo tiempo. Uno en Miami no tiene tiempo. Los hombres grises de Michael Ende en la novela Momo invadieron Miami hace tiempo y la gente no tiene tiempo, ni concentración, ni energía, ni deseo, ni voluntad, ni libros.

No hablo de escritores ni de un ambiente literario más o menos regular. Hablo de gente común. Miles y miles de personas con hijos que no tienen tiempo para leerles un cuento antes de dormir o después de almuerzo o al levantarse, como debe pasar en el mundo entero.

Pero el miedo me sobrecoge estando aquí, siendo testigo de un tipo de tecnología que se come a los padres y a sus hijos por una pata, algo que aún no es masivo en Cuba. Esas tabletas Apple y Android llenas de juegos y de películas para niños y de Internet son la oportunidad de los padres para tomar un respiro. No son los libros, los cuentos o las historias de hadas quienes ofrecen un respiro a las familias, son las tabletas y los teléfonos. Una pantalla infinita. Un túnel escalofriante. Los resultados de esos respiros son catastróficos.

Como madre es un estímulo, una obligación, un nerviosismo total escribir para niños. Lo hago con sigilo y también con ansiedad, pensando en la niña que fui y en mi hijo, un pequeño lector que se sentará frente a mí mientras tecleo los poemas, o los cuentos, o lo que sea. Como hija ha sido un alivio, lo juro por la memoria de Mark Twain, pues mi mamá dice (no se cansa de decirlo) que los libros para niños que yo escribo son los únicos que le gustan de la pila de cosas raras que se me ocurren.

Al final, lo que siempre quiero decir esté donde esté, lo quiero hacer hoy desde un lugar íntimo y apacible, es prometerles, jurarles (de nuevo) por la memoria de Christine Nöstlinger, que cuando alguien me pregunte cuáles son mis influencias, me quedaré callada un minuto, fingiendo que estoy pensando y después responderé: los libros para niños que leí en mi infancia.

PD: Discúlpenme los adultos que se hayan dado cuenta, en este artículo hay ocho comos.