Foto: Daniel Mordzinski

Foto: Daniel Mordzinski

Estuvo en Cuba el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski. Llegó para hacer lo suyo: sacar fotos de escritores, retratos de grupo, big pictures. Llegó buscando autores cubanos desconocidos. Y ese gesto —retratar escritores ignorados por el resto del mundo, casi zombis— es futurista, prospectivo: conocemos sus fotografías y luego tal vez leamos sus libros. O no.

Bienvenidos al imperio del look.

Porque ser escritor, por estos días —parece querer decirnos Mordzinski—, es mucho más que escribir. Es, por ejemplo, ser fotografiado. (Habría que mostrarle el currículum de Thomas Pynchon.) Como si la “foto de solapa” fuera un elemento más de la literariedad, un idioma secreto —hecho de luz y sombra— con una intimidad vedada para las palabras. Así de sencillo y recuerda un poco al viejo mandamiento de Foucault donde el autor de una novela resulta ser responsable de algo más que su propio texto. Desde una foto de perfil hasta comentarios de discos o reseñas o links hacia sus películas preferidas. Todo vale. Es un síntoma de los tiempos: mientras el libro pierde terreno, el autor asciende a la estratósfera. Uno por otro. Es una paradoja y la confirmación de que algo va mal en nuestra cultura. Antes los escritores intuían que su rol era desaparecer en la sombra proyectada por el libro. Internet modificó drásticamente esa relación. Hemos pasado de “los raros” de Rubén Darío a “los excéntricos” de Facebook, Twitter o Instagram.

Seamos sinceros: los escritores del siglo XXI se han transformado en aliens presumidos. Y la fotogenia, como expresión aurática de lo literario, es la mejor ganzúa para atrapar lectores. Basta pensar en Karl Ove Knausgård comparado con Brad Pitt por The Wall Street Journal, en una encuesta titulada “Brad Pitt and Karl Ove Knausgaard: Separated at Birth?”. En Pierce Brown haciendo de He-Man para Random House. En Mario Vargas Llosa dando patadas de honor en partidos de fútbol. En Tao Lin —el Kafka de la generación iPhone— promocionado por la revista Canteen como una leyenda del pop. Basta pensar en la manera en que los escritores han invadido el cine con cameos, algo que revela a veces más de ellos que sus novelas: Irvine Welsh traficando con supositorios de opio en Trainspotting, de Danny Boyle; William Gibson en Palmeras salvajes —miniserie de Oliver Stone— donde confiesa estar hastiado de ser presentado como “el hombre que creó el ciberespacio”; Susan Sontag iniciando Zelig, aquel falso documental de Woody Allen sobre un hombre con la capacidad de adaptar su apariencia al medio en el que se desenvuelve. Stephenie Meyer moviéndose como un tiburón en el agua de Crepúsculo. Por supuesto —y por acá— están Reynaldo González, Pablo Armando Fernández y César López haciendo de sí mismos en El viajero inmóvil, de Tomás Piard.

Pero me desvío. La “fotografía de escritor”, un género con el mismo grupo sanguíneo del retrato, facilita también una posible hermenéutica del texto. Parece descabellado y extraliterario, pero funciona. Pensemos en las imágenes de Wendy Guerra desnuda —made in Mordzinski— como una anticipación de su literatura selfie. Vemos esas fotos hermosísimas en Soho y luego tenemos la herramienta precisa para leer Ropa interior. Esos desnudos tienen el rol de asegurarnos un protocolo de lectura. Es más, en algunos casos creo que la literatura de Wendy no es más que un intento desesperado de lucir a la altura de sus propias fotos, de poder habitar aquel imaginario que no se consolida del todo en su prosa. Wendy Guerra escribe con la cámara frontal del iPhone como si su smartphone fuera el espejo de Stendhal.

Pienso en un escritor como Pedro Juan Gutiérrez, concentrando pavorosamente sus fetiches cosméticos: el ron, el tabaco, los collares religiosos, su tatuaje, la azotea de un país en ruinas (Cartier Bresson habría hecho una fiesta con este muchacho), para fundirse con aquel universo de mártires y héroes amalditados de su Trilogía sucia de La Habana.

En Leonardo Padura fotografiado en Mantilla, tratando de ser un escritor empático, alguien que escribe desde un barrio parecido al nuestro.

Y ya fuera de Cuba: pienso en Yukio Mishima, en esa interminable y fragmentada colección de retratos suyos (concebidos como “homenaje póstumo en vida”) donde progresivamente adelantaba su propio futuro: secuestrar al comandante de las fuerzas armadas japonesas para luego suicidarse el 25 de noviembre de 1970 y ser decapitado por su amante, en ese orden. Las fotos conjeturaban una muerte violenta: Mishima ahogándose en arenas movedizas, atropellado por un camión, con un hacha clavada en el cráneo. Mishima desnudo y arrodillado, intentando abrirse el vientre con una espada. Mishima representando a San Sebastián en la misma posición en que fue pintado por el italiano Guido Reni, con el torso desnudo, atravesado por flechas: imagen que, según cuenta en Confesiones de una máscara, había propiciado su primera eyaculación.

Pienso en Pablo Katchadjian y en la forma en que la extravagancia de su bigote permite anticipar la extravagancia de sus experimentos literarios. Cosas como El Martín Fierro ordenado alfabéticamente o El aleph engordado.

En Mario Bellatin convertido en cyborg (una de sus prótesis tiene forma de garfio, otra de pene), como si la colección de todas las imágenes en torno suyo fuera en verdad la mejor bibliografía anotada que jamás tuvo. Porque la fotografía —en el caso de Mario Bellatin— es una literatura afásica.

En Cortázar vestido de vampiro.

La clave de la literatura contemporánea ya no es, como en los tiempos de Keats y Poe, la historia del fracaso del artista, sino más bien la historia de los efectos del éxito. No es un espectáculo agradable. Pero hay que verlo. La literatura hoy tiene más que ver con la cantidad de amigos en Facebook, los likes y las veces compartidas, twitteadas, esto es: con el número de post, que con el canon de Harold Bloom. Hay que ver los egos incinerarse una y otra vez. (Me pregunto cuántos likes habría logrado Kafka con El proceso.)

Por supuesto, la culpa es nuestra: no hemos podido crear o exigir un modelo de lectura que no fuera totémico con respecto al autor. El libro importa menos; los géneros centrales son álbum y selfie.

Y mientras escribo esto pienso que las fotos son un artefacto peligroso, nos recuerdan demasiado a Dorian Gray. En todo libro, uno de los dos envejece: el texto o el autor. Eso explica por qué algunos escritores cubanos parecen jovencísimos en la solapa de sus ediciones foráneas.