Ilustración: Frank Isaac García

Ilustración: Frank Isaac García

Todos los martes, todos los jueves, todos los sábados, de todas las semanas, alrededor de 700 feligreses esperan las 10 de la mañana con la barriga vacía. «Es un culto de ayuno», dice el diácono Omar Rivas en la puerta de la Iglesia Metodista Universitaria del Vedado, y explica que «para que el Espíritu Santo se apodere del cuerpo, no se pueden ingerir alimentos porque se generan desechos en el organismo». El templo radica en la intercepción de las calles 25 y K. Es grande, espacioso, está rodeado por unos jardines bien cuidados. La entrada tiene una escalera y en una de sus ventanas luce una pancarta en colores de casi dos metros de alto.

La pancarta reza: «ESTOY A FAVOR DEL DISEÑO ORIGINAL», y muestra cuatro siluetas que representan a un hombre y una mujer con dos niños de las manos. Debajo de las figuritas, otro mensaje: «LA FAMILIA COMO DIOS LA CREÓ». Luego, una imagen: un grupo de fieles celebran la unión matrimonial de una o varias parejas. Al final, una última frase: «MATRIMONIO = HOMBRE + MUJER».

Dentro, en uno de los alargados bancos de madera, una anciana tiembla mientras ora con los ojos cerrados. Su susurro se mezcla con el del resto de los devotos; una especie de zumbido altisonante se esparce por todo el recinto. Faltan aún algunos minutos para las 10:00 am, y mientras el pastor se alista para subir al estrado, algunos parroquianos predican.

A través de varios bafles, que están colgados en las paredes blancas y azules del templo, se escucha: «Te pedimos por Cuba, por los pecados de esta tierra, misericordia por los gobernantes de esta nación». Es la prédica de una señora que se mueve por toda la parte delantera del salón con un micrófono en la mano. Los feligreses del fondo levantan la vista y la posan en una de las tres enormes pantallas LED que reproducen lo que acontece.

Culto en la Iglesia metodista universitaria del Vedado / Foto: El Estornudo

Culto en la Iglesia Metodista Universitaria del Vedado / Foto: El Estornudo

Una muchacha comienza a tocar el piano. Es el turno del pastor. Su nombre es Lester Fernández, tiene 39 años, usa gafas de pasta y estará hablándole a su rebaño por dos horas.

Durante la alocución, Fernández dirá frases como esta: «Una nación se rebela contra la voluntad de Dios, y si el juicio viene en contra de la voluntad de Dios, las catástrofes naturales serán cada vez peores; entonces, necesitamos Quien nos pastoree ». O como esta: «Tus hijos siempre no van a estar bajo tu resguardo, no te aferres a ellos, la vida es un soplo; aférrate a Dios, necesitamos al Pastor».

En el culto hay momento para la oración individual. Algunos ponen sus rodillas en el suelo, otros casi se acuestan, o se viran de espaldas al estrado para apoyar el rostro y las manos en el asiento. Después cantan, bailan con el «Aleluya».

Casi al final del ayuno, el pastor Fernández dice que quiere compartir algo con los fieles. Todos hacen silencio y escuchan con atención. «Hace unos días, Dios, en una farmacia, le puso delante a Marielita Castro a una de nuestras hermanas». Los fieles gritan exacerbados después de la noticia. «¡Ay Dios mío por qué no me la pones a mí para que veas todas las cosas que le voy a decir!», exclama primero y agrega después: «Pero nuestra hermana le habló desde la génesis hasta el final y terminó diciéndole: a pesar de todo, Dios te ama».

La algarabía es infernal, la historia del encuentro entre la parroquiana de la iglesia y la hija de Raúl Castro, expresidente del país y aún primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) —único legal en el país—, sabe a triunfo en el templo.

En la puerta de la congregación se han tenido que quedar varios devotos pues el salón está repleto. Hay una frase tallada en la entrada de concreto, sobre los que se apiñan para escuchar las palabras del pastor: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».

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Fidel Castro enfermó gravemente en 2006. Un problema intestinal provocó que entregara el poder político de manera interina a su hermano Raúl Castro, quien asumió oficialmente la presidencia de la isla dos años más tarde y, en poco tiempo más, emprendió reformas en ciertos sectores de la economía nacional que, durante 49 años, su hermano —17 como Primer Ministro y 32 como Presidente— había obstruido.

Por fin, los cubanos obtuvieron la posibilidad de comprar y vender sus casas y autos, pudieron acceder libremente a todos los hoteles de la isla, comenzaron a conectarse más ampliamente a Internet y, a partir de 2013, algunos supieron lo que es montarse en un avión y estar por lo menos unos días fuera de la versión caribeña del Socialismo.

Mariela Castro, con su padre en la silla presidencial, aprovechó la coyuntura para fortalecer el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), una institución que dirige desde el 2000 y que es reconocida internacionalmente por su labor en defensa de los derechos de las personas LGBTI en Cuba. Así, una comunidad que había estado excluida del discurso político y de la agenda pública del país, comenzó a abrirse espacio.

Raúl Castro se mantuvo como mandatario durante dos periodos de cinco años. Y en abril de 2018 le entregó su cargo al ingeniero electrónico Miguel Díaz-Canel, el primer individuo no apellidado Castro que guía los hilos de la nación desde 1959.

En su discurso de despedida frente a la unicameral Asamblea Nacional, Raúl dedicó parte de sus palabras a la impronta de su gestión: una Cuba diferente y cambiante, con una Constitución añeja —de 1976, aunque modificada en 1992 y 2002— que nada tenía que ver con el país que supuestamente había estado emergiendo en los últimos años. El nuevo gobierno tendría que encargarse de reformarla y someter el nuevo texto a referéndum popular.

Un equipo de trabajo, presidido por el propio Raúl Castro, elaboró el proyecto. Los 605 diputados lo discutieron y luego, entre agosto y noviembre de 2018, fue sometido a consulta en las calles y en los centros laborales.

Según datos ofrecidos por el gobierno, se celebraron 133 mil 681 reuniones populares en las que participaron ocho millones 945 mil 521 personas de los 11.2 millones de habitantes del país. Las opiniones fueron compiladas por funcionarios del PCC y presentadas a la comisión encargada de elaborar la nueva Carta Magna, para una última revisión, y su posterior consulta definitoria en referéndum popular.

El artículo número 68 del borrador inicial, que definía al matrimonio como «la unión entre dos personas», fue el más polémico. Según cifras del gobierno, el apartado originó 192 mil 408 opiniones, el 24.57 por ciento% del total en la consulta. Además, fue mencionado en 88 mil 66 reuniones, el 66 por ciento de las mismas.

Homero Acosta, secretario del Consejo de Estado, dijo en diciembre pasado que la mayoría de las opiniones proponían «sustituir la unión concertada entre dos personas y volver a que sea entre un hombre y una mujer».

La principal voz que se alzó en contra de abrirle la puerta al matrimonio igualitario en Cuba, desde que se publicó el proyecto de reforma constitucional, fue la de diferentes grupos evangélicos que desplegaron una inusual campaña en el espacio público de un país donde la plena libertad de expresión es una utopía.

El primer gesto fue una declaración oficial en la que se unieron la Iglesia Evangélica Pentecostal Asamblea de Dios, las Convenciones Bautistas Occidental y Oriental, la Liga Evangélica de Cuba y la Iglesia Metodista en Cuba. En el documento se lee:

1-Que la familia es una institución divina creada por Dios y que el matrimonio es exclusivamente la unión de un hombre y una mujer, según enseña la Biblia, la palabra de Dios.

2-Que la ideología de género no tiene relación alguna con nuestra cultura, nuestras luchas de independencia, ni con los líderes históricos de la Revolución. De igual manera, tampoco guarda vínculo con los países comunistas, dígase la antigua Unión Soviética, China, Vietnam y menos aún Corea del Norte.

3-Que la gracia de Dios es para todos los seres humanos independientemente de su orientación sexual e ideología política o religiosa, para ser regenerados y transformados una vez que hayan procedido al arrepentimiento, por medio de la fe en Jesús Cristo.

La campaña no solo contempló la promoción de la misiva. Los representantes de estas iglesias abandonaron sus templos y salieron a la calle para esparcir su eslogan: «Estoy a favor del Diseño Original. Matrimonio = Hombre + Mujer».

En todo el país comenzaron a aparecer carteles y pegatinas con el mensaje. En las puertas de las casas, en los postes de electricidad, en las paradas de ómnibus, en los parabrisas de los autos, en cuanto sitio estuvo al alcance.

Los evangelistas organizaron además jornadas coreografiadas en las que, paralelamente, en Guantánamo, en Holguín, en Pinar del Río, en La Habana, se repartieron biblias en las principales avenidas, mientras se predicaba a viva voz la postura de Dios respecto a la composición de la familia: una posición, desde luego, contrapuesta a la idea inicial del Estado cubano de legalizar el matrimonio entre homosexuales.

Culto en la Liga Evangélica de Cuba / Foto: El Estornudo

Culto en la Liga Evangélica de Cuba / Foto: El Estornudo

Las manifestaciones más notorias acontecieron en La Habana. Una en los predios de la Iglesia Metodista de Marianao, donde se agolparon más de tres mil 500 fieles en un culto denominado «Clamor por la familia»; otra en el Malecón, organizada por la misma congregación de Marianao y por la Iglesia Metodista en Cuba.

Ambas iglesias decidieron terminar su fiesta de confirmación de votos matrimoniales frente al mar. Así, más de 200 parejas posaron, de cuello y corbata los hombres y con vestidos nupciales las mujeres, para reafirmar no solo el compromiso de «amarse hasta que la muerte los separe», sino también el postulado de que «varón y hembra» constituyen la base de la familia tal «como Dios nos creó».

Con la llegada a Cuba del servicio 3G para móviles, las redes sociales se convirtieron en otro bastión de los evangélicos para promover su campaña. Con la tecnología en función del credo, han podido visibilizar sus cultos y ceremonias más allá de los límites de sus templos y de la comunidad de sus feligreses.

Hace un par de meses, un video clip de hip hop clerical se viralizó, encendió un polvorín en las redes sociales por su letra agresiva, cargada de alegorías con mensajes de violencia y de odio. «Diseño original» es el nombre, y su director es un tal CJ Martínez, a todas luces un seudónimo. Las imágenes son en blanco y negro y está filmado en un primer plano fijo.

En cámara solo aparece un novel rapero que desliza su flow. A medida que avanza el clip, fieles evangélicos —niños, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos— van apareciendo en la propia silueta del intérprete y tararean la letra mientras se escucha por encima la voz del rapero. «Ayer fue prohibido/ hoy es aceptado/ mañana por algún motivo va a ser obligado », dice uno de los estribillos en referencia al matrimonio gay.

En el minuto tres con cinco segundos tiene lugar la siguiente escena: un adolescente sale en cámara, hace como si rapeara, estruja su rostro, pone cara de malo, mueve su cabeza al ritmo frenético de la canción y simula degollarse con su mano derecha. En ese instante la canción dice: «No quiero esta depravación en mi país/ Arranquemos el mal/ Sí/ Pero de raíz/ Quiero que mi hijo crezca en un lugar feliz».

Al parecer, el movimiento anti matrimonio homosexual liderado por una fracción de las iglesias protestantes cubanas asustó al gobierno, pues la campaña impulsada fue a su vez una campaña por el voto «NO» en el referéndum de este 24 de febrero.

Según la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI), de los 11.2 millones de habitantes en Cuba, el 10 por ciento pertenece a las iglesias evangélicas. Varios de sus representantes, al ver la posición del Estado con respecto a ampliar los derechos de los homosexuales, decidieron reunir entre 21 denominaciones más de 500 mil rúbricas para oponerse a la reforma constitucional.

El Estado, que nunca antes había recibido una confrontación tan directa, acostumbrado a imponer su voluntad política e ideológica a cualquier costo, temió que la situación se escapara de las manos, pues eventualmente no solo los evangélicos podrían decir «No». Según la ONEI, alrededor de la mitad de la población cubana sigue doctrinas regentadas por preceptos bíblicos –católicos, testigos de Jehová, entre otros grupos religiosos— y, por tanto, asumen de manera tradicional la composición de la familia. Todos ellos también eran posibles votantes del «No».

«Aquí no hay vencedores y vencidos. Lo que estaba antes es la voluntad que tenemos, pero este no era el momento para establecerla porque no hubo consenso. Pero mantenemos la intención de lograrlo en el futuro. El Código de Familia se someterá a votación porque es la forma más democrática de definirlo», declaró Homero Acosta en diciembre pasado ante la Asamblea Nacional, dejando claro el paso atrás del gobierno.

De esta manera, la comisión que elaboró el proyecto de reforma constitucional modificó el polémico artículo 68 convirtiéndolo en un nuevo apartado, el 82, en el que ahora se define el matrimonio como «una institución social y jurídica que se funda en el libre consentimiento y en la igualdad de derechos, obligaciones y capacidad legal de los cónyuges ».

No obstante, el artículo comprende una polémica disposición transitoria, según la cual una vez haya entrado en vigor la nueva Constitución, aprobada con la participación del 86.85 por ciento de los votantes, se realizará una consulta para la aprobación del Código de Familia. De manera que los derechos de la comunidad gay quedarían en manos de una mayoría. Solo entonces quedará establecida «la forma de constituir el matrimonio».

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Raúl Suárez / Foto: El Estornudo

Raúl Suárez / Foto: El Estornudo

«Es un momento muy decisivo el que se está viviendo en el país, el artículo 82 divide a la iglesia», afirma el reverendo Raúl Suárez, con voz suave, casi imperceptible, en un salón del Centro Memorial Martin Luther King, una organización macroecuménica de inspiración cristiana de la cual es director y fundador.

Raúl Suárez tiene 83 años y, aunque ya es un pastor jubilado, todavía es el rostro del protestantismo en la isla. Fue presidente del Consejo Ecuménico de Cuba y pertenece a la Iglesia Bautista Ebenezer. Es pequeño y liviano, mira fijo a los ojos, habla despacio, con puntos, comas y una exacta cadencia.

«El protestantismo llegó aquí en la década de los ochenta del siglo XIX. La primera en existir fue una iglesia evangélica episcopal sin apellido, y a partir de ahí comenzaron a unirse otras iglesias», cuenta el reverendo a modo de repaso histórico.

En Estados Unidos, en esa época, un grupo de cubanos conoció el Evangelio, se bautizó y regresó para fundar las primeras iglesias protestantes cubanas.

En 1898, con la intervención militar norteamericana a la isla y la posterior ocupación, juntas misioneras del sur y del norte de Estados Unidos organizaron nuevas iglesias en el país. Poco a poco, los norteamericanos recién llegados fueron asumiendo el liderazgo del protestantismo; discriminaban a los cubanos por su corta experiencia. Así, desde los inicios del siglo XX y hasta 1959, los principales representantes de las iglesias protestantes en Cuba fueron estadounidenses.

«Con el triunfo de la Revolución cubana en 1959 se inició un proceso de nacionalización de ese protestantismo. Los dos primeros años fueron de mucha felicidad; todo el mundo se enamoró de la Revolución. Hubo mucho bautismo y crecieron considerablemente las iglesias», dice Raúl Suárez.

Pero a partir de 1962, Fidel Castro emprendió su romance con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y en los años siguientes, amén de algún periodo de independencia relativa y de cercanía a otros postulados de izquierda, terminaría importando el modelo ideológico soviético. Pronto en las escuelas y universidades se enseñó el marxismo y se declaró, por parte de las autoridades, un Estado ateo.

«Hubo una presión ideológica muy fuerte. La gente se hacía marxista de la noche al día porque creían que era lo mismo que el ateísmo. Creció un sector ateo materialista dentro de la Revolución que entendió que los homosexuales, los delincuentes y los religiosos no estaban aptos para servir a la Patria. Así instauraron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) , con esos tres grupos. Una medida que, según me dijo Fidel, surgió de un grupo de generales dentro del ejército», rememora el pastor.

Raúl Suárez tenía 35 años cuando tocaron a la puerta de su casa. Algo en su interior le decía que ese día estaba por llegar. El rumor de que en la provincia de Camagüey estaban encerrando a las personas que el gobierno consideraba «desafectos» ya había llegado a sus oídos.

Después de abrir la puerta, le entregaron una citación, con un día, una hora, un lugar. «Lleva un cepillo y pasta dental, poca ropa, nada más», le dijeron. El día llegó, y tras varias horas de viaje un ómnibus lo depositó en una de las UMAP, los campos de trabajo forzoso que el gobierno cubano instauró de 1965 a 1968.

Allí estuvo 10 meses. Primero trabajó en la agricultura, después en la cocina y terminó como planificador en una brigada de corte de caña. Su estancia no fue de las más largas; corrió con suerte. Cuando todo indicaba que llegaría al año en aquel lugar, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) ordenaron que los mayores de 27 años podían regresar a casa.

A pesar de cargar en su espalda, y para siempre, con el peso de la discriminación, Raúl Suárez perdonó a Cuba y, sobre todo, perdonó a Fidel Castro.

«En 1984 el reverendo Jesse Jackson visitó Cuba. Organizamos un culto donde fue el predicador. Asistieron 35 denominaciones religiosas. A esa celebración Fidel también acudió y, a partir de que entró en ese templo, sin gorra, cambió el panorama de la religión en el país», dice.

Un año más tarde, por primera vez después del triunfo revolucionario, Fidel Castro sostuvo un encuentro con 14 líderes protestantes, entre ellos se encontraba el reverendo Suárez. La reunión duró alrededor de tres horas y media. Tenía la intención de limar las asperezas de antaño.

«Somos compañeros, hermanos, cubanos; tenemos que llevarnos bien todos; trabajen para que la iglesia entienda la obra de la Revolución que yo hablaré con la Revolución para que los entienda a ustedes», encomendó Castro. Luego hicieron un brindis.

Hoy, Cuba tiene reconocidas 57 denominaciones evangélicas; de ellas, 32 pertenecen al Consejo de Iglesias Ecuménicas. El resto decidió no pertenecer a la institucionalidad.

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«El matrimonio igualitario es una cuestión del Estado, que reconoce que es un derecho que tienen los homosexuales de unirse entre ellos y formar una pareja estable. Las iglesias bautistas, como la mía, ninguna se ha reunido para firmar un acuerdo en contra», aclara Raúl Suárez en alusión a la declaración pública que hicieron algunas de las iglesias evangélicas asentadas en la isla.

El reverendo es partidario de «respetar la libertad que tiene cada persona a decidir qué hacer con su vida, siempre que contribuya al bien colectivo». Pero opina que «el pueblo no ha sido instruido todavía para esto; por eso hubo tanto debate, el tema del matrimonio homosexual está verde en Cuba».

Raúl Suárez recuerda que en 1993 acudió una noche al cine. Quería ver un largometraje que había sido recién estrenado y del que todos hablaban: Fresa y Chocolate. Cuando el filme llegó a su fin, se descubrió con lágrimas en los ojos. Abandonó la sala con un pañuelo en la mano y pasándoselo por el rostro. El filme de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío lo sensibilizó.

«Educó al pueblo. Más que de tolerancia trataba de amor al prójimo; fue una película que hizo propaganda positiva», dice Raúl Suárez sobre ese clásico del cine cubano que narra la amistad entre dos jóvenes: un estudiante universitario, comunista y adoctrinado a base de prejuicios, y un artista homosexual y discriminado.

Cuando Raúl Suárez estaba aún activo como pastor, una pareja de jóvenes gays comenzó a acudir a sus cultos. El reverendo les abrió las puertas y el resto de los fieles los acogieron como hermanos de fe. Tiempo después ocurrió un encontronazo.

Un día el pastor salía del templo y se topó con la pareja que se besaba, que se abrazaba delante de la iglesia. Los llamó a contar, los regañó. Les dijo que estaba poniendo en riesgo su pastorado y que lo podían sacar de la iglesia por culpa de ellos, por su conducta impropia.

«Ustedes tienen bastante tiempo para estar solos, tienen que darse a respetar», les dijo. La pareja aceptó la crítica. Hoy siguen acudiendo a misa. Están bautizados.

La Iglesia Bautista Ebenezer se distingue por su política inclusiva. Uno de sus tres pastores actuales es homosexual y varios de sus 150 feligreses también son gays.

«A veces me preocupa que la gente crea que esta es la iglesia de los homosexuales. Ellos vienen aquí no porque lo sean, sino porque son cubanos, personas que han tomado una decisión de fe también como el resto. La Biblia no es un código de ética nada más; con ella se educa, se forma a la gente, se aprende a respetar», dice Raúl Suárez.

Antes de asumir la jubilación, otra de las acciones en favor de los homosexuales que realizó el reverendo fue invitar a su iglesia a un ginecólogo y a un psicólogo para que ofrecieran conferencias a sus fieles. «Quería que la gente entendiera que la homosexualidad no es una enfermedad ni un vicio», dice.

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Sandy Cansino / Foto: El Estornudo

Sandy Cansino / Foto: El Estornudo

«Se confunde el mensaje del cristiano con el odio. El odio tiene que ver más con un sentimiento que con una expresión», dice, sin inquietarse, Sandy Cansino, presidente de la Unidad Pastoral en La Habana.

A sus 45 años, Cansino se ha vuelto un personaje odiado por los activistas de la comunidad LGBTI en Cuba. No hay día que pase que no se pelee en las redes sociales con varios de ellos. Su perfil en Facebook es un campo de batalla, un ring de boxeo. Es, de algún modo, la insignia del evangelismo virtual, su seña y su escudo.

Es mulato, corpulento, usa espejuelos y todo el tiempo expone su criterio sin temor al debate. Sentado en uno de los bancos de madera del templo de la Liga Evangélica de Cuba expone: «A la comunidad homosexual le digo que Cuba es un paraíso para ellos. Les han abierto las posibilidades para que estén presente en la cultura, en el arte, en la televisión, tienen participación social. No encuentro la discriminación por ningún lado».

La frase anterior es la base de una teoría que ha elaborado con el paso de los años. Cansino cree que, «desgraciadamente, Cuba es un país pobre y los aliados se le están cerrando, por eso está buscando dinero por todas partes y la ONU tiene mucho para emplearlo en los derechos de los homosexuales».

Según el pastor, ciertas personas que están al más alto nivel del gobierno lo mantienen informado. Sus fuentes le han dicho que «Cuba se está preparando para ser un lugar donde puedan venir a operarse los gays, para volverse un paraíso, un sitio donde la ciencia esté en función de la diversidad».

Una circunstancia que le provoca irritación, que lo enfada hasta más no poder. Cansino piensa que los cubanos estamos, en cierto modo, dejando de ser cubanos al importar la cultura y la visión europea del mundo. De alguna manera, asocia la homosexualidad con lo europeo; entiende la expresión de libertad sexual como una imposición social.

«Esto se ha vuelto una isla de turismo sexual. Homosexuales mayores están viniendo a tener relaciones con jovencitos. Es un panorama terrible. Si se legalizan estas medidas para los gays, se instaura también la prostitución en Cuba. Por eso es que están creando estos servicios de salud», opina Cansino.

Entre las cosas que le han informado sus fuentes al pastor, se encuentra la construcción, por primera vez en la nación, de un hotel destinado a la comunidad LGBTI. Y está en lo cierto pues, a mediados de este año, la compañía Muthu Hotels & Resorts, en colaboración con Gaviota —un grupo empresarial perteneciente a las FAR—, tiene previsto abrir un hotel cinco estrellas plus de esas características en Playa Playuelas, Cayo Guillermo (centro-norte).

«La Revolución nació porque íbamos a ser el burdel de las Antillas. Ahora estamos retrocediendo a ese nivel. Toda la evolución que se ha alcanzado, tras miles de años de humanidad, hoy ya no sirve. La ideología de género no ha sido efectiva en el poco tiempo que lleva de existencia», sostiene Cansino.

Con respecto a la aprobación de la reforma constitucional y la entrada en vigor del artículo 82, el pastor evangélico comenta: «Es ambiguo, a los conservadores los mareó completamente porque piensan que ya no existe la posibilidad de matrimonio para los gays y a los cristianos les quitó todo el esfuerzo que habían hecho recogiendo firmas. Es una ley que puede repercutir en el futuro de una nación».

Sandy Cansino, como la mayoría de los cristianos que se oponen al matrimonio homosexual, asumen que Mariela Castro es la gran culpable «de lo que está ocurriendo en el país con respecto a los gays».

«Lo que ha sucedido es porque ella es la hija de Raúl Castro. ¿Por qué no se ha manifestado contra el sistema político cubano, que es heteronormativo, y nos satanizan a nosotros?”, se pregunta.

El líder protestante dice estar cansado de «los ataques infundados» de Mariela Castro, de la comunidad LGBTI y de la Seguridad del Estado. Dice que todos siempre argumentan lo mismo, sin razón, sin convencimiento: que la iglesia es contrarrevolucionaria, que recibe dinero del exterior para sus campañas, que la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) está detrás moviendo los hilos.

Las últimas cinco veces que Cansino salió del país, ha sido un embrollo. Lo han apartado de la fila de migración, le han quitado el pasaporte, lo han llevado a interrogatorio. «No tengo ningún misterio, me tienen montada una guerra psicológica. El Señor es el que me da fuerzas para salir adelante», afirma.

Según explica Cansino, la comunidad evangélica internacional tiene la vocación de servir en todo el mundo. Es por ello que recibe dinero para sus proyectos comunitarios y asegura que solamente lo pone en función de ese fin. Algunos de esos proyectos consisten en ayudar económicamente a los payasos terapeutas de los hospitales infantiles, a los damnificados de los desastres naturales, etcétera.

Uno de los mayores reclamos de los cristianos en Cuba es que el gobierno los autorice a tener una marcha pública, como mismo la tiene la comunidad LGBTI, que celebra todos los años una jornada dedicada a la lucha contra la homofobia y la transfobia.

Dice Cansino: «Nada de lo que hemos hecho se ha hecho con autorización del gobierno. Si ellos tienen una marcha, que nos den una también a nosotros. ¿Cuál es el miedo? Si ningún cristiano ha ido a tirarles piedras, a tirarles una bolsa con estiércol. Ellos sí son capaces de hacer cualquier cosa».

En la contienda virtual que cotidianamente sostiene Sandy Cansino con activistas LGBTI ha salido a relucir un rumor punzante. El pastor ha hecho caso omiso, se ha pasado con ficha para evitar una polémica que lo haga perder los estribos. Pero es un dato que sus rivales manejan como un as en su contra.

¿Es cierto que su hija es lesbiana?

«Que utilicen un recurso como ese, es una bajeza. No tengo problema alguno con el camino que puedan coger cualquiera de mis dos hijos. Son adultos y escogen lo que quieran; no controlo sus vidas íntimas. Los eduqué con principios para el beneficio social. Que me digan eso», insiste, «es una bajeza digna de las personas que lo dicen».

Cansino alega que es «el colmo de la desfachatez» que los activistas quieran quebrarlo utilizando esa arma filosa, que por esa misma razón, a pesar de que él está abierto al diálogo, ha tenido que bloquear a algunos en las redes sociales.

«Cuando me escriben por privado, me ofenden, me dicen malas palabras, me amenazan, pero lo tengo todo guardado por si un día me pasa algo», advierte. Y añade todavía: «Si tú eres hombre, hombre, no armas ese chisme; entonces, es que estás a punto de ser homosexual».

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Roberto Ramos / Foto: El Estornudo

Roberto Ramos / Foto: El Estornudo

Cuatro o cinco meses fue lo que duró. No más. Ese tiempo le bastó para hartarse. «Mucha hipocresía, mucha mentira, vergüenza me daban mis hermanos; me cansé», dice de carretilla Roberto Ramos, sin tomar apenas aire.

Roberto es un artista visual de 43 años. Está sentado encima de una patineta de skateboarding en el estudio de tatuajes “La Marca”, en La Habana Vieja, donde pasa sus días tatuando a muletas, según la vieja escuela. Tiene el pelo largo y lo lleva recogido como un samurái; es delgado como un palillo de dientes. El paso del tiempo no ha cambiado su estilo de vida.

Hace 25 años Cuba padecía los peores días de su historia reciente. El Campo Socialista se había desplomado y la isla dejó de mamar en un abrir y cerrar de ojos de las importaciones que llegaban desde Europa del Este. El Producto Interno Bruto (PIB) de la nación se contrajo en un 36 por ciento.

«No había nada que hacer, no había actividades en la calle, no había conciertos, no había nada; mucha hambre y mucho aburrimiento era lo que había», cuenta Roberto.

Entonces, un día, su hermano menor, que de vez en cuando iba con unos amigos a pescar a Tarará, un balneario al este de la capital, lo invitó a su casa de estudio religioso. Roberto llegó al culto, entró, conversó y no le desagradó. Empezó a acudir. Poco tiempo después se bautizó en la iglesia de Marianao.

«Los pastores se sienten con un poder sobre uno, tienen mucho ego y se les olvida para que uno va a la iglesia», dice ahora Roberto, y se queja de que «se supone que para aceptar al Señor o a Jesús Cristo como Salvador, hay que cambiar el modelo de vida, pero ellos no se conforman con la transformación espiritual del ser».

En su iglesia, a Roberto le empezaron a cuestionar su manera de vestir y el largo de su pelo. Los pastores sostenían que la homosexualidad es un pecado y que en la iglesia abundaban los «gays convertidos»: las personas que después de aceptar a Jesús dejan, por obligación y conciencia, de tener relaciones con otras personas de su mismo sexo, porque, si no, «Dios los aborrece».

El artista comenzó a observar por todas partes actitudes machistas; las mujeres eran colocadas en un segundo plano. Asegura que había cultos destinados a enjuiciar el comportamiento de las féminas.

«Discriminaban a la gente; la transformación también tenía que ser física y yo seguí con mi pinta grunge. Decían que es un plan divino, pero parece que el plan divino era que yo mintiera y dijera que Dios me había cambiado. Me fui apartando y me cansé», confiesa.

Roberto cree que la relación que deben tener los creyentes con la religión es personal y que no debe estar mediada por los pastores. A él, que fue evangélico, no le toma por sorpresa la posición de algunos de esos cristianos hoy en Cuba.

«De la iglesia no se puede esperar una inclusión de derechos, y eso me reafirma en mi decisión de haber salido; fue una de las cosas más sabias que hice en mi vida”, sostiene Roberto.

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Idania del Río (a la derecha) / Foto: El Estornudo

Idania del Río (a la derecha) / Foto: El Estornudo

«No estoy en contra de que cada cual tenga derecho a tener su propia fe y adorar a su propio Dios, pero de lo que sí estoy en contra es la propagación del odio y el proselitismo desvergonzado de la iglesia, sus maquinaciones y manipulaciones», dice Idania del Río, diseñadora y una de las dueñas de la tienda «Clandestina».

Idania, 37 años, se enfadó. La campaña desplegada por una parte de las iglesias evangélicas en Cuba la llevó a ingeniarse una pequeña serie de ilustraciones que ha estado colgando en Facebook y que está destinada a desacralizar la postura cristiana sobre las relaciones entre personas del mismo sexo.

Aquí van un par de ellas: 1) una santa cruz que rompe la estrella de la bandera de Cuba; 2) Dios es alumno en un instituto de diseño, pero es rechazado por su profesor debido a que solo se le ocurren ideas con personas heterosexuales.

Ilustración de Idania del Río

Ilustración de Idania del Río

Cuando los evangélicos inundaron las calles con sus carteles, Idania y un grupo de activistas también respondieron. Tomaron el propio cartel que los religiosos difundían y lo transformaron. Sustituyeron el término «diseño original» por «diseño cubano»; a las siluetas de hombre y mujer entrelazados agregaron cuatro composiciones más: mujer-mujer, hombre-hombre, mujer-hombre-mujer, hombre-mujer-hombre. Y añadieron una frase: «Una familia muy original».

Imprimieron miles de estos diseños y los distribuyeron en la propia tienda y en la red de activistas de la comunidad LGBTI.

«Estoy sorprendida del poder que ha alcanzado la iglesia evangélica en Cuba. Ha crecido aprovechándose de las carencias económicas de los barrios pobres, los lugares donde el Estado ya no llega. Van ahí y le dan comida a la gente, le dan dinero y los hacen suyos», dice Idania.

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Marta María Ramírez / Foto: El Estornudo

Marta María Ramírez / Foto: El Estornudo

«La libertad tiene muchos riesgos», reflexiona Marta María Ramírez. Su expresión viene precedida de una anécdota: «Varios amigos gays se despertaron en la mañana y tenían a personas frente a sus casas: les pegaban carteles en las fachadas de sus hogares». Eran evangélicos.

Cuando se inició la potente campaña pública de un sector del protestantismo para manifestarse en contra del matrimonio igualitario, muchos activistas de la comunidad LGBTI pidieron la intervención estatal.

Marta María, 42 años, activista y periodista, no lo tenía claro. A pesar de ser una de las voces que más ha peleado en el país en los últimos años por los derechos de los homosexuales, esta situación le generó conflicto.

«Son discursos ultra fundamentalistas, cargados de expresiones de odio. Por un lado, sé que son discursos muy riesgosos y sé a dónde pueden llegar, pero, por otro lado, no se puede pedir la intervención estatal para quitarles sus libertades. No me cabe en la cabeza darles libertades a unos para quitárselos a otros. Ese es otro riesgo», señala la activista.

Isbel Díaz, fundador de «Abra», centro social y biblioteca libertaria, también es activista LGBTI y opina sobre el asunto: «Ha sido el resultado de un pequeño intento de jugar a ser democrático. El gobierno se ha encontrado con algunas fuerzas de la sociedad civil que han expresado abiertamente su postura, convirtiéndose en un peligro para el poder».

Isbel Díaz / Foto: El Estornudo

Isbel Díaz / Foto: El Estornudo

«Es más importante mi libertad como ciudadano que el matrimonio. No sabemos hasta dónde llega la libertad de expresión, hasta dónde llega la libertad de mis derechos. Hay que mirar las tradiciones de lucha en Latinoamérica y cuestionar la democracia en sí», argumenta Isbel, quien está a favor de la manifestación pública.

Una de las últimas actividades que organizó la comunidad LGBTI, antes del referéndum constitucional, para pronunciarse a favor del matrimonio igualitario, fue «Cubacolor», una movilización promovida por activistas que se citaron en el Parque John Lennon del barrio del Vedado.

La idea fue vestirse con los colores de la bandera de orgullo gay, envolverse en ella, pintarse el cuerpo, decir «aquí estamos» frente a la sociedad. Lidia Romero, activista de 49 años, lo explica: «No queremos agredir a la iglesia, queremos que nos respeten. Quisimos hacer presencia, porque el cuerpo es político. Una manera de expresarnos desde lo pacífico».

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Jancel Moreno / Foto: El Estornudo

Jancel Moreno / Foto: El Estornudo

«La iglesia está difamando y no podemos permitirlo. Está diciendo cosas como que el sistema de educación va a empezar a enseñar a los niños a masturbarse, a ser homosexuales. Hay que hacer algo», dice preocupado Jancel Moreno, un joven de 20 años.

Jancel estaba cursando el segundo año de la carrera de Medicina en la provincia de Villa Clara cuando lo empezaron a perturbar los mensajes y las manifestaciones de los evangélicos en La Habana. «Hay que salir de las redes sociales», se dijo.

Se le ocurrieron un par de ideas y las compartió en Facebook con la comunidad LGBTI. Una de ellas era organizar una «besada» ante la Iglesia Metodista Universitaria del Vedado. Jancel viajó a la capital. Antes de bajarse del ómnibus que lo transportaba, su teléfono móvil sonó. Era la rectora de su universidad.

Tengo que verte esta noche a las 8:00 pm en mi oficina —escuchó.

Profesora, no voy a poder, estoy en La Habana.

Después de un impasse, la rectora le ordenó que fuera de inmediato a la sede del Ministerio de Salud Pública, que lo iban a estar esperando. Cuando el joven llegó, lo recibieron una doctora y dos agentes de la Seguridad del Estado.

Le comunicaron que habían revisado su perfil en las redes sociales y que habían detectado una convocatoria para una manifestación pública, que eso era ilegal en este país y que, amén de estar fuera del marco de las leyes, el acto se podía prestar para que se sumara la contrarrevolución. Además, le advirtieron que la iglesia podría reaccionar violentamente.

La convocatoria se desinfló. Apenas unos pocos activistas pudieron llegar hasta los predios de la iglesia, en 25 y K, para besarse y tomarse fotos delante de las pancartas en contra del matrimonio igualitario.

Ahora Jancel tiene otra idea: maquillarse, llenarse el rostro de golpes, de moretones, enrollarse en la bandera del orgullo gay, tomar la mano de un amigo, subir por la calle 23 del Vedado, llevar consigo un cartel que diga «No más odio», y una flor blanca, depositar esa flor en la puerta de la iglesia.