Soledad

Todos los viernes de 2013 asistí a sesiones de terapia oral para Neuróticos Anónimos. En muchos aspectos, aquellas charlas no eran muy diferentes al taller literario del Centro Onelio Jorge Cardoso. Los dos grupos consistían en gente rara que contaba sus historias. Puede que a los Neuróticos Anónimos les importara menos la “técnica”, pero aun así contaban sus historias de vida de perros con la suficiente pericia como para obtener una reacción positiva de su público. Mucha de aquella gente llevaba tantos años hablando en reuniones que al escucharlos uno oía soliloquios geniales. Actores brillantes que se interpretaban a sí mismos. Monólogos que daban fe de su instinto para revelar lentamente la información clave, para crear tensión, establecer desenlaces y captar por completo al oyente.

A fines de ese año, me contactó un representante —más enigmático que un vendedor de tulipanes— de la Organización (N.A.) con sede en Washington D.C., y me propuso hacer un libro con testimonios de los Neuróticos Anónimos cubanos. Recuerdo que me dijo con total seriedad que a menudo, un mal momento en la isla es un buen momento para la literatura cubana, y que duplicaría mi salario mensual. En dólares, dijo. Así que ahí estaba yo hace tres años, todos los viernes, de chupasangre.

Cada cual lo hace a su manera, sudar historias. Se me ocurrió pensar en Chuck Palahniuk —mientras escribía Monstruos invisibles—, llamando a números de línea erótica y pidiendo que le contaran anécdotas obscenas: “Uno puede simplemente llamar y decir: «Hola a todos, estoy buscando historias de incesto». O Bien: «cuéntame tu fantasía de travestismo»”, como si se tratara de un programa de radio impúdico.

Recordé al Palahniuk de Asfixia: “hice de voluntario con pacientes de Alzheimer. Mi tarea consistía simplemente en hacerles preguntas sobre las fotografías viejas que cada paciente guardaba en una caja en su armario. (…) Día tras día, los pacientes miraban las mismas fotografías y contaban historias distintas sobre ellas. Un día, la hermosa mujer en topless era su esposa. Al día siguiente, era una mujer a la que habían conocido en México mientras estaban en la Marina. Al día siguiente, era una vieja amiga del trabajo. (…) Tenían que inventarse una historia para explicar quién era la mujer”.

Recordé lo que alguna vez había leído en Fantasmas, una novela que es también una metáfora feroz sobre el arte literario: unos cuantos aspirantes a escritores se inscriben en un taller y terminan matándose entre ellos de formas diversas, con la automutilación y el canibalismo incluidos. Lo inquietante es que, encerrados en un teatro vacío y a merced del hambre y la violencia, se cuentan historias unos a otros. La mejor: la de una agente de policía que protege a unos maniquíes de abusos sexuales.

Y es lógico, porque buena parte de la obra de Chuck Palahniuk —y de la literatura contemporánea— está llena de textos que cruzan sus propios límites, succionando la ficción de la realidad, como si la mejor novela residiera en la vida real y no en los libros. La realidad está ahí, cercándonos, como un efecto colateral, involuntario y azaroso, pero también como materia prima; esa electricidad que ilumina los rincones oscuros de ciertos escritores (entre ellos Palahniuk, Roberto Saviano o Juan Forn, por ejemplo).

A veces pasa. A veces, un libro te golpea en la cabeza con una fuerza que eres incapaz de soportar y que no esperabas de ninguna manera: El hombre que fue viernes (Página 12, 2011), de Forn, me sacudió de un modo violento, como no me sucedía desde Los detectives salvajes (Roberto Bolaño), Canción de tumba (Julián Herbert) o, remontándome a la prehistoria, con los viejos singles de Denis Johnson.

Es imposible describir el libro completo acá. Forn hace una especie de crónica incestuosa que avanza a tientas en la oscuridad, hasta desembocar en lugares inesperados. Él mismo lo dice en alguna parte: “a mí lo que me parece más interesante es el fenómeno de sinapsis que se da: cómo un dato llama a otro dato y cómo uno lentamente va descubriendo un trazado oculto, un recorrido secreto en esa clase de derivas”. Lo interesante es que la crónica, como género, a Forn le sirve para casi todo. El hombre que fue viernes es una lección sobre la forma, 39 crónicas-haikus impecables, donde los sucesos reales (el suicidio de Sylvia Plath, la cicatriz de Agustín Lara, las dieciocho sesiones de electroshock propinadas a Guillermo Cabrera Infante, el amor tóxico entre Viktor Shklovski y Elsa Triolet, etc.) terminan siendo formas de ingresar en un lugar impenetrable: la ficción. Un territorio donde la realidad, como la energía, no se destruye, se trasforma. Porque para Juan Forn, la ficción es el corazón de la cultura. Así, El hombre que fue viernes trata de cómo la literatura contemporánea constituye la última frontera de la mitología; de cómo los escritores son chamanes dispuestos a incinerarse a sí mismos para seducirnos con sus relatos, para involucrarnos en ellos.

Por supuesto, no sé qué hacer después de todo lo anterior; de qué forma solucionar ciertas ideas recurrentes —la libertad del cronista literario para remedar la realidad, para alterarla, para vengarse de ella, por ejemplo— después de terminarlo. Porque, ¿qué hace uno después de pasar por la experiencia de una obra mayor? ¿Qué se puede leer después de El hombre que fue viernes? No lo sé. Uno se vuelve paranoico: chequeo el libro de confesiones de Raúl Martínez, Yo Publio, bautizado por Ahmel Echevarría como Cien horas con Raúl, y encuentro una historia —como los reflejos que encandilan a un conductor en la carretera— que me parece puro Forn: la cosa comienza después del triunfo de la Revolución cubana, cuando Gastón Baquero se larga de la isla, dejando abandonado uno de los mejores cuadros de Raúl Martínez: “¿Dónde quedaría mi cuadro, destruido o mutilado?”, escribe el pintor cubano en su diario. “Alguien me dijo que, en la casa de descanso [de Gastón Baquero] en Santa María del Rosario, los rebeldes que la ocuparon se entretenían en hacer prácticas de tiro sobre las estatuas que tenía en el jardín, pero, ¿a quién se le hubiera ocurrido acribillar, usando como diana, un cuadro como el mío?”. Leo sobre ese lienzo de Raúl Martínez (La anunciación) y pienso en que es material de novela, de ficción. Un cuadro fantasma, como esas páginas arrancadas al Diario de campaña de José Martí. Alguien debería escribir sobre el cuadro de Martínez, sobre quién se lo quedó. Se debería investigar, ficcionar con eso. El cuadro en pedazos, desmantelado, baleado o robado, como las obras que cada cierto tiempo desaparecen del Museo Nacional.

Pero me desvío. ¿Por qué leer a Juan Forn? Porque está lleno de astucia literaria.

Porque sus crónicas tienen títulos impares como “Un martillo para hacer canciones” o “Cómo convertir anfetaminas en teoremas”, herederos de lo más excéntrico del rock latinoamericano, de discos como Pubis angelical, de Charly García, o Drinking my own sperm, de Álvaro Peña-Rojas.

Porque es incapaz de contar una historia completamente verídica.

Porque la lucidez le alcanza para opinar cosas como esta: “Siempre me ha llamado la atención que los disidentes soviéticos (desde Ajmátova y Pasternak a Vasili Grossman y Josef Brodsky) produjeran una literatura tan potente desde la disidencia y que a los disidentes castristas les pase exactamente lo contrario: pierden su potencia literaria cuando se hacen anticastristas, sean cubanos o extranjeros”.

Porque usa casi todos los métodos de Sherezada en Las mil y una noches. Como la narración árabe, El hombre que fue viernes, tiene como motivación, por tema y pretexto, el no morir: Juan Forn comenzó a publicar las contratapas de los viernes en Página 12 para apartar la muerte, para escapar de un coma pancreático a los 40 años.

Porque nadie entendió mejor que él la relación de Clarice Lispector con los ansiolíticos: “Cuando tomo una pastilla no oigo mis gritos. Sé que estoy gritando, pero no me oigo”.

Porque no hace listas inútiles de libros, para eso ya está Harold Bloom.

Porque —y esta es una razón personal e intransferible— describió con quirurgia la enfermedad de mi madre: “Hace diez años conocí a una mujer que debía estar muerta según los cánones de la medicina. (…) A los veintiocho le habían descubierto por puro azar que la absurda cantidad y variedad de enfermedades que había sufrido desde su infancia eran en realidad una sola: una maldición llamada lupus, que en la jerga médica se conoce como mariposa negra, porque el menor aleteo que dé en cualquier rincón del cuerpo que la alberga puede generar una catástrofe en el resto de ese organismo”.

Porque dio con la historia de Freddy Barnes, sujeto del experimento 5A de las Investigaciones sobre Sexualidad, de André Breton: “en un hotel por horas, los surrealistas le darían la oportunidad de tener relaciones sexuales con una chica francesa y con una inglesa, solo que en ambos casos debía hacerlo con los ojos vendados y sin derecho a proferir palabra. Luego de consumados los actos debía dirigirse al bar de la esquina donde relataría en detalle a los surrealistas las diferencias entre el modo británico y galo de hacer el amor”.

Porque si medimos el bíceps de la crónica literaria latinoamericana, el primer texto a leer es El hombre que fue viernes. Luego, ¿Hay vida en la tierra? y Balón dividido, de Juan Villoro. Y después de eso ya estás perdido, porque todos los libros que leerás en lo adelante te parecerán mal vestidos. Ni hablar de todos esos tratados en primera persona donde lo que importa realmente es seguir la neurosis del protagonista —soy pobre o rico o marginado y sufro por ello.

Y porque escribe para poseer el lenguaje, para convertirlo en un país propio, un lugar donde las leyes del mundo se suspenden y son reemplazadas por otras que nos impresionan al igual que los trucos de un mago. El conejo no ha desaparecido. La mujer no ha sido serruchada en dos. Pero así lo creemos. Un lugar de puras posibilidades donde la semana solo tiene viernes.