Marta y Carlitos / Foto: Cortesía de la autora

Marta y Carlitos / Foto: Cortesía de la autora

Hay, en la calle Muralla #257 de la Habana Vieja, un parqueo de autos desvencijado. Dentro, debajo de un techo de zinc y madera, hay dos camas cubiertas con sábanas verdes. Un sillón blanco y un armario también blanco. Algunas cajas, algunos sacos, algunas bolsas con ropa. Una palangana con agua jabonosa. Sillas armadas a partir de otras sillas. Nada hay dispuesto. Cosas encima de otras cosas. Mugre que cubre la mugre.

Hay, al fondo de este cuadro, un hombre y una mujer. El hombre habla poco y rápido y lleva espejuelos y bigotes. La mujer es pequeña y no recuerda fechas ni detalles. El hombre anda con dificultad y desde los bolsillos de su pantalón asoman varias botellas plásticas que lleva consigo en caso de que aparezca café o refresco. La mujer es su madre. Todo lo anterior, debajo de ese techo, les pertenece.

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Sitio donde viven Marta y Carlitos / Foto: Cortesía de la autora

Sitio donde viven Marta y Carlitos / Foto: Cortesía de la autora

El viento que vino con las lluvias desprendió ventanales y arrastró vidrios y escombros desde las azoteas vecinas. El agua entró por los laterales, descubiertos, y entró por el frente, descubierto, y empapó para siempre el televisor a color y el refrigerador que aún no terminan de pagar. Al centro, entre los bultos, Martha esperó paciente el final. Los brazos delgados, cubiertos de moretones, alrededor de las piernas recogidas, y la mirada expectante.

Esa vez, el techo aguantó, pero el agua entró desde la calle y el parqueo estuvo inundado por varias horas.

Cuando pudo bajar de la cama, Martha fue directo al consultorio médico. Llevaba bajo el brazo un sobre de papel con historias clínicas, recetas caducadas y certificados médicos de tres años de dolencias. El corazón, los pulmones, la presión arterial.

-Lo que yo tengo no es bueno, te lo digo, pero no me quieren decir qué es. La doctora me manda más antibióticos y yo sigo luchando, no me achanto, pero yo sé que no tengo nada bueno.

Mientras habla, saca de uno de sus bolsillos un cigarro del que ya ha fumado otras veces y lo enciende. Chupa una, dos veces seguidas y lo apaga contra una columna, cuidando de que no se doble demasiado. Al final se dobla, se machuca, se deshace entre los dedos amarillos y cae al suelo.

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Martha no recuerda el día preciso en que vino la grúa y los sacaron por la azotea. Sabe que era agosto y sabe que era 2012. Sabe que había una ambulancia esperando para llevarla al Calixto García con la presión arterial por los cielos. Y que desde entonces toma un captopril diario. Exactamente desde el día en que, parada frente al fogón, a la hora del almuerzo, se le viniera abajo el techo del apartamento. Y con él, la vida.

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El día del derrumbe Martha durmió en el Hospital Calixto García, debutando como hipertensa. A las siete de la mañana quiso regresar a su casa pero ya no se podía entrar al lugar. El jefe del parqueo de autos donde Martha y Carlitos, su hijo menor, habían trabajado como veladores, les ofreció un espacio, un rincón por quince días, a la espera de una solución.

Primero entre los autos, que les servían de cama por las noches y luego, cuando el parqueo fue declarado inhabitable como parqueo, ubicaron sus pertenencias debajo de los zincs, cuidando especialmente que no se mojaran el televisor y el refrigerador.

Hay también una hija. Que no aparece en el cuadro porque vive en Batabanó, con el esposo. Pero estuvo el día del derrumbe y estuvo el día de la mudanza. También en el hospital, luego, cuando Carlitos se fracturó la cadera intentando reparar el techo y la caída los mantuvo en el Fructuoso Rodríguez por cinco meses, entre cirugías.

Pero la mayor parte del tiempo son solo Martha y Carlitos. Martha, de 66, y su hijo, de 41. Martha asmática, y Carlitos que la toca por las noches, la mueve, la zarandea, comprueba que respire. Martha pequeña, en los huesos, fumando sin parar, con un tratamiento de antibióticos cada seis horas, por el mal estado de sus pulmones. Carlitos alto, en los huesos, fumando sin parar, robando la electricidad de algún edificio vecino, para no ahogarse del calor por las noches. Una madrugada intentó también quemar unos trapos, para que el humo espantara a los mosquitos, pero la gente del barrio se quejó y tuvo que apagarlo.

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Es el número 212 de Muralla, entre Cuba y Aguiar. Se sube con calma, prestando atención a los escalones carcomidos y a la pared, por donde corren las aguas albañales del edificio. Se sube sin más apoyo que el equilibrio del cuerpo y la mirada atenta. Se sube detrás de Martha, pisando donde ella pisa, veintisiete veces.

Pero Martha no sube todos los días porque esta ya no es su casa. Es la última puerta a la izquierda de un único pasillo que da la vuelta al edificio y termina justo al borde de la escalera. Un puente de madera une lo que aún sigue en pie: un puñado de apartamentos minúsculos que huyen de la vegetación que ahoga las columnas y los aleros.

Protegida por un candado, una única habitación dividida en sala, cocina y baño, y una escalera de madera que lleva al cuarto, en barbacoa. Allí, donde se desplomara la viga que los desterró una cuadra más arriba, entre los autos.

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-Yo me mudé para ese apartamento cuando Carlitos tenía cinco años. Me lo asignaron por bienestar social porque los dos muchachos tienen problemas, y ya cuando aquello el edificio estaba en malas condiciones, estaba en plan derrumbe. Y yo discutía con los delegados, con todo el mundo, les decía “dame los materiales que yo tengo constructores para pasarle la mano…”, pero todas las respuestas fueron negativas.

Aun así, logró levantar la pared del baño, hacer una meseta y pagar la instalación del gas, mientras se ganaba la vida haciendo limpiezas a domicilio. Y dice que le iba bien, porque cuenta que se da a querer, que la gente la aprecia y le tiene confianza.

Antes vivió en el Vedado, en una casona que pertenecía a la familia del padre de sus hijos, un militar con el que estuvo casada por 25 años. Lo conoció mientras estaba becada en Santa Fe y era casi una adolescente que vivía con su padre constructor.

Con Juan Antonio Díaz, el esposo, tuvo entonces a Rosa Lidia, que sufrió enseguida una encefalitis y sobrevivió de milagro y, cuatro años después, a Carlitos, con trastornos psiquiátricos desde muy niño.

Pero lo que vino luego hizo que Martha cargara con los dos muchachos y se largase a donde la llevaran las piernas; a hacer de madre y padre y no esperar nada más de Juan Antonio.

-Él se fue para la URSS a cumplir misión, en el 83 o el 84, y me quedé sola con su familia. Vivíamos en una casa muy grande y la mujer de su hermano dijo que teníamos que separarnos, dentro de la misma casa. Unos para unas habitaciones y otros para otras. Y así lo hicimos. Un día ella me veló, cogió a Rosa Lidia y la metió de cabeza en la bañadera, para ahogarla. No nos quería allí. Fue la primera y única vez que estuve en un tribunal, y a ella solo le pusieron una multa.

Se fue a Luyanó, a una casita que no recuerda cómo apareció. Allí la atendían de vez en cuando, por la condición de los niños, hasta que un día la fueron a buscar para llevarla al aeropuerto. Juan Antonio había regresado.

-Él bajó del avión con una mujer. Y dije: “conforme me trajeron me llevan pa la casa, no lo recibo.” Y a él le dije: “no quiero continuar contigo, porque si tú me hiciste eso a mí, estando yo sola aquí con los dos muchachos, cuando estés aquí será peor.”

Él estuvo de acuerdo. Y se divorciaron.

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Dice Martha que Juan Antonio conoce la situación. Dice que está al tanto de cómo viven. Dice que Rosa Lidia tiene guardados cien pesos para cambiarse el apellido, porque Juan Antonio no es su padre. Su padre es ella, Martha Rodríguez Castilla.

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Marta y Carlitos / Foto: Cortesía de la autora

Marta y Carlitos / Foto: Cortesía de la autora

Unos meses después del derrumbe, una estudiante canadiense de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños encontró a Martha y quiso contar su historia en un documental. Jorge Nhils, de 34 años, fue el productor del audiovisual. Para Martha es, desde entonces, otro de sus hijos.

-Antes, cuando el parqueo funcionaba, los dueños de los autos les daban unos pesos, incluso los dejaban dormir dentro de los autos, pero ahora solo tienen la chequera de Martha –dice Nhils.

-Este que está aquí es hijo mío –dice Martha y lo golpea en el brazo–, y sus padres lo saben. “Jorgito no es de ustedes solos”, les dije una vez que él me los trajo aquí, “porque ha hecho cosas por nosotros que no ha hecho nadie. Nadie”. Oye, ¿le sirvió aquello a tu mamá?

-Sí, claro, dice que buenísimo.

-Ahora me cambiaron el antibiótico, cada seis horas.

-Tienes que comer, ahora sí tienes que comer, porque si te tomas todo eso sin comer entonces sí te va a coger.

-Estoy mandá con las pastillas…

-Sí, yo sé.

-Hace dos días que no dejo dormir a este, la otra noche pasó un sofoco conmigo, dice que le abrí los ojos, se los puse grandes…

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Martha entregó documentos y llenó planillas. La respuesta llegó al poco tiempo: un albergue en el Cotorro, una comunidad de tránsito, de las 104 que existen en La Habana. Pero Martha lo rechazó, porque asegura que para llegar al puesto médico más cercano había que caminar quince kilómetros.

-Y se imagina, comadre, ¿si me da un subión de presión o un ataque de asma? No llego viva.

Luego la visitaron un par de veces, y luego ya nada.

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-No hay respuesta en la ciudad para ubicar, en condición de tránsito, a todos los núcleos familiares con expediente abierto. Por lo tanto, iniciar el expediente no lleva consigo un tránsito inmediato. Eso se da ante la erradicación de un edificio crítico, por ejemplo, o ante un derrumbe, entonces sí lleva tramitarles, gestionarles y reubicarlos en una capacidad de albergue –dice Nancy Molinet Rivero, directora de Albergue en la Habana Vieja.

Pero lo primero es iniciar el proceso de confección del expediente, con los documentos que emite la dirección municipal de la vivienda: dictamen técnico, orden de albergue y un certifico de la propiedad. Con esos tres documentos, en el marco de un mes, se abre el expediente y se registra, a la espera de respuesta. Esto es, que se vacíe alguna capacidad en una de las 103 comunidades que existen actualmente en La Habana y que están a tope.

-El caso de Martha Rodríguez lo conocemos bien. No ha aceptado ninguna de las opciones que le hemos propuesto. La última vez que se presentó aquí defendimos la propuesta de que se le ubicara en una comunidad nueva de San Miguel del Padrón, unas casitas plásticas, con buenas condiciones y para las cuales solo se iban a aprobar núcleos con determinadas situaciones, porque están cercanos a un policlínico, porque tienen su tanque de agua… Y luego no vino más, no aceptó. Según me dicen mis compañeras, que la conocen hace más tiempo, cada vez que a ella se le dice de ir para un lugar, ella se va y no vuelve más. Lo que sucede es que ella solo quiere un espacio en la Habana Vieja y cuando se le habla de transitar hacia otro lugar, ella dice mañana estoy aquí, pero luego desaparece.

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7 mil 619 es el número de núcleos familiares con anuencia de albergue en la Habana Vieja. 517, los edificios críticos.

En una ciudad que se desmorona encima de los que la viven, Martha quiere ser la excepción.

Martha quiere, si se puede, que le asignen un local, un espacio de esos que abundan por ahí, cerrados y húmedos, de esos que ya nadie quiere, para reubicar su vida y la de sus hijos.

Y si es posible, si no es mucho pedir, que sea en la Habana Vieja.

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-¿Tú sabes cuál es el miedo mío? El miedo mío no es morirme aquí, porque yo sé que me voy a morir aquí. El miedo mío es, que cuando yo me muera, a Carlitos lo saquen de aquí a patadas, me lo boten para la calle y no tenga a dónde ir. El miedo mío no es otro.

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No hay, debajo del techo de zinc y madera, nada a la vista que pueda ser confundido con algún alimento. Ningún aparato donde cocinar. Al mediodía, entre semana, les traen algo de comida de un comedor cercano.

Algunos vecinos pasan a verla y algunos lloran. Y ella les dice que paren, que no vengan a debilitarla, que ella no necesita lágrimas, sino una mano.

Hay quien le ha dicho que no sea boba, que recoja algunos tarecos y vaya para el gobierno municipal con sus hijos y se plante allí, hasta que le resuelvan para dónde ir. Hay quien le ha propuesto alquilar un camión y vaciar todos sus bultos en la Plaza de la Revolución y hacer un escándalo. Hubo una persona que vino a contarle, bajito, que un par de cuadras más allá cerraron una vivienda porque la familia se fue pa´fuera, que cogiera un tubo y rompiera el sello, que de ahí nadie la iba a sacar.

Martha escucha. Hace tres años ya que escucha.