Periodista Luz Escobar

Periodista Luz Escobar / Foto: El Estornudo

¿Quién es? ¿Qué rostro tiene? ¿Cómo se viste y cómo anda? ¿Es hombre o mujer? ¿Joven o de avanzada edad? ¿Dónde estudió? ¿Cuál es su familia? ¿Tiene pareja? ¿Tiene hijos? Repito. ¿Tiene hijos? ¿Quién diablos es «la Seguridad del Estado»?

El castrismo no pudo haber creado un personaje mejor. Nadie sabe quién es y todos sospechan del que está al lado. No tiene rostro, pero podría tener el de cualquiera de nosotros. Tú piensas que es aquel y aquel piensa que eres tú. Es calvo, de pelo largo, tiene bigotes, se rasura, es panzón, no lo es, es sensual, es anticuada, es pepillo, es demodé, es cobarde, se pronuncia, es negro, es blanco, vive en Cuba, vive fuera, vive bien, come de la libreta de abastecimiento. Es tu novio, es tu vecino, es tu amigo, es tu amante. Es un desconocido.

La Seguridad del Estado ha separado familias, ha hecho dudar de los amigos, nos ha coqueteado, se nos sentado al lado, se nos ha metido a la cama, nos ha recomendado el psiquiatra, nos ha medicado por paranoicos. Podría ser, incluso, el psiquiatra.

¿Cómo se le explica que existe tal cosa a dos niñas cubanas de nueve y doce años? ¿Y de qué manera se les dice que tal engendro está acechando a su mamá?

Relata la periodista Luz Escobar, del diario digital 14ymedio, que durante uno de los interrogatorios a los que desde diciembre de 2018 le ha sometido la Seguridad del Estado —pongan acá un rostro, un cuerpo, un sexo…—, le dijeron: «Oye, Luz Escobar, nosotros sabemos dónde juegan tus hijas». Mientras pronunciaba la frase, esa persona iba dibujando un círculo perfecto con las manos, en referencia al parque donde pasan el tiempo Isabel y Paula, en los bajos de su edificio de Nuevo Vedado.

El agente —cuenta la reportera— también le dijo que pensara en sus hijas. «¿Pero por qué, si yo pienso en ellas?», le dijo Luz. «No, piensa en tus hijas, porque si tú sigues haciendo tu trabajo ellas van a crecer lejos de ti, porque vas a pasar un buen tiempo en la cárcel».

Periodista Luz Escobar / Foto: El Estornudo

La primera vez que Luz le explicó a las niñas qué era la Seguridad del Estado, o la policía, o ese tipo de gente, fue el domingo 28 de julio de 2019, cuando se celebraban los funerales del líder de la Iglesia Católica cubana, el Cardenal Jaime Ortega, fecha en que el gobierno de la isla hizo todo lo posible para que periodistas, activistas o católicos disidentes no se acercaran a las honras fúnebres.

Ese domingo Isabel y Paula estaban en el parque cuando un agente de la Seguridad del Estado se acercó a la madre, que iba de salida, para impedirle que diera un paso más. Ambas oyeron lo que el agente le dijo a Luz. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué tenía el derecho de impedirle algo a su mamá? ¿Y por qué incluso su mamá obedecía?

Luz recuerda que Isabel tuvo el impulso de querer llamar a la policía, y que Paula le dijo así: «Mami, él no es tu papá, él no te manda».

El pasado mes de mayo, Luz fue detenida mientras hacía entrevistas en un albergue a damnificados por el tornado categoría EF4 que arrasó a fines de enero en varios municipios de La Habana.

«Cuando yo llegué a la casa me miraron muy serias y me dijeron: “Mami, tú nos dijiste mentiras, nos dijiste que estabas en el trabajo y estabas en una unidad de policía», recuerda Luz. Sus hijas no tienen cuentas de Facebook, pero sus amigas de la escuela sí.

«Ahí tuve que explicarles y decirles la verdad, porque siempre se van a enterar. Yo les digo que son los policías, que ellos son así, que a veces cuando hay cosas importantes hacen eso para que yo no pueda hacer mi trabajo. Les explico que a la policía y al gobierno les molesta el trabajo que yo hago».

A Luz —asegura ella misma, y ahí están sus denuncias en redes sociales— la han amenazado o le han impedido salir de casa otras veces. Cuando la artista Tania Bruguera convocó a un performance en la Plaza de la Revolución o cuando los usuarios de Street Net protestaron frente al Ministerio de Comunicaciones, por ejemplo. No obstante, los episodios de «acoso» a la periodista de 42 años nunca habían sido tan frecuentes como en este mes de noviembre.

El día 16, cuando La Habana cumplió 500 años de fundada, Luz, vestida toda de negro, se dirigía con sus hijas a la casa de la abuela paterna y se encontró con un hombre haciendo la guardia en los bajos del edificio.

«Luz Escobar, tú no puedes salir», le dijo. Del diálogo que tuvieron Luz recuerda que el hombre solo decía: «Yo cumplo órdenes». Como una máquina: «Yo cumplo órdenes». Pero, ¿quién te manda?: «Yo cumplo órdenes». ¿Con qué derecho?: «Yo cumplo órdenes». ¿Usted sabe que esto es una violación?: «Yo cumplo órdenes».

Luz nunca pelearía con ninguno de estos agentes. Nunca se fajaría, digamos, con la Seguridad del Estado, y eso se lo debe, según dice, a la higiene mental que heredó de su padre, el también periodista Reinaldo Escobar.

Luz no le gritaría, no le tiraría el bolso, no le mentaría la madre. Sabe cómo controlar la impotencia. Sabe qué debe hacer una madre en estos casos.

«Ellos me amenazan con que no puedo salir y yo no salgo», asegura. «Nunca voy a poner en riesgo a mis hijas».

El siguiente sábado 23 de noviembre, cuando iba a un almuerzo familiar con Isabel y Paula, otro agente de la Seguridad del Estado estaba esperando para decirle que tampoco podía salir de casa. No tenía una orden de arresto o cualquier otro documento legal, ya La Habana había cumplido 500 años, ya se habían ido de la ciudad los reyes de España, Felipe VI y Letizia, ya había sido vandalizado el mercado de Cuatro Caminos, y todavía no llegaba el aniversario de muerte de Fidel Castro. Si no acontecía ningún suceso importante en la capital y el calendario oficial no marcaba ninguna efeméride notable, ¿cuál era ahora el motivo para impedirle salir a la calle a Luz Escobar? Nadie sabe.

Los sábados son los días en que Luz aprovecha para lavar, limpiar, recoger un poco la casa. «Es cuando menos carga tengo, porque los periodistas son como los doctores. Yo recuerdo a mi tía de niña: no tenía paz, cuando estaba en el hospital eran los pacientes y cuando estaba en la casa eran los vecinos».

Esto ha hecho Luz en cada detención domiciliaria: lavar, limpiar, recoger la casa. El lunes 25 de noviembre —un día de la semana en que Luz no suele hacer trabajo doméstico— un agente se volvió a situar en los bajos de su edificio. Eso es precisamente lo que quiere la Seguridad del Estado: que limpies, laves, recojas, todos los días y a toda hora. Cualquier cosa menos pensar.

Luz iba con Paula a comprar pan, pero quizá debía haber imaginado que la víspera del aniversario luctuoso de Fidel Castro no es precisamente un buen día para que una periodista independiente salga a comprar comida. La Seguridad del Estado no entiende que sus hijas tengan hambre, y ya es tiempo de que Luz y el resto lo sepan.

Ese lunes —cuenta— el agente se identificó como Ramsés, el agente Ramsés, quien también estaba cumpliendo órdenes, según dijo. Otra estrategia de la Seguridad del Estado: los nombres. Tienen la habilidad de nombrar para que luego la gente olvide de quién se trataba, para que el rostro o la edad no coincidan con el nombre. Nombres a secas, sin apellidos, o viceversa. Hijos de nadie. Así han existido en la larga historia de la Seguridad del Estado el agente Roberto, la agente Tania, el agente Yasmani, la agente Silvia, el agente Fong, el agente Miguel… Nombres que no dicen nada a nadie ni ofrecen pista alguna.

Según Luz Escobar, sus vecinos le han contado que, durante las largas guardias en los bajos del edificio, a los agentes les traen merienda. Dicen que en horario de almuerzo el agente de turno se llega hasta un comedor estatal cercano, mientras otro agente lo releva. Roberto a Yasmani, Yasmani a Miguel, Miguel a Ramsés, digamos. Una carrera de fondo hacia ninguna parte.

Esta vez, el agente Ramsés le comunicó a Luz —muy escuetamente, porque la Seguridad del Estado suele ser de pocas palabras— que si salía iba a ser detenida.

«Es algo crítico para una madre tener que explicar una situación así», dice Luz en un video publicado en sus redes sociales. «Lo he tratado de manejar de la mejor manera, pero ya me está creando serios problemas».

Luz no hizo el intento de salir del edificio y volvió sobre sus pasos.

«Estar encerrado en contra de la voluntad de uno es terrible», dice. «Te pone a pensar. Pero yo trato de digerir las cosas malas que me pasan, así como las vacas, trato de masticar, de procesar. Como filtrar el agua sucia para que luego salga limpia. No me la paso lamentándome, porque hay que vivir, y esto no es para llegar primero».

Periodista Luz Escobar / Foto: El Estornudo

Luz dice que no tiene miedo y realmente parece que no tiene miedo. No lo dice por mostrarse valiente. Ya lo es siendo en Cuba periodista independiente y madre de dos menores de edad. Nunca ha pensado en abandonar su trabajo. Nunca ha valorado la posibilidad de irse a vivir a otro país. Tampoco cree que su familia esté en peligro ni que a sus hijas le vaya a suceder algo. «Yo no creo que ellos se atrevan a tocar a esas niñas; sé que dicen eso para intimidarme. Estoy convencida de que no van a hacer nada contra ellas».

En eso ha fallado la Seguridad del Estado con Luz Escobar. No ha logrado sus objetivos fundamentales, o sea, no la ha enfermado de los nervios, no la ha hecho perder los estribos, no la ha condenado a tomar clordiazepóxido. La disidencia cubana —dígase artistas, periodistas, investigadores, activistas, etcétera—, que no logra ponerse de acuerdo en casi nada, tiene un patrón nervioso que sí los une: una mezcla de ansiedad, paranoia, cansancio, desequilibrio, incontinencia. La Seguridad del Estado ha tejido a mano ese disfraz y ha tratado de colocárselo a quienes se suman a esos grupos. Luego no es la persona lo que muestran al mundo, sino el personaje.

En cierto modo, Luz ha escapado. No es fácil hacerlo y ella lo ha hecho. La mayor muestra es que Luz Escobar hace amigos nuevos todo el tiempo. Cuenta que nunca desconfía de la gente que llega a su vida. La gente es eso que dice ser. Nada más.

Sin embargo, el trabajo de la Seguridad del Estado, de la policía política, del gobierno cubano, ha dado frutos: al artista Luis Manuel Otero Alcántara lo detienen otra vez y ya los medios omiten la noticia; José Daniel Ferrer, líder de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU) y preso desde el primero de octubre último, sale en la televisión cubana y ya nadie sabe si es él quien golpea la mesa o si la mesa lo golpea a él; aún quedan dudas en torno a la muerte de Oswaldo Payá, fundador del Movimiento Cristiano Liberación; Ariel Ruiz Urquiola, quien finalmente ha tenido que dejar sus tierras en Pinar del Río y se ha marchado a Alemania, presentó la semana pasada una denuncia contra el régimen castrista por, supuestamente, haberlo infectado con VIH: algunos creerán que le inocularon la enfermedad y muchos lo tildarán de promiscuo.

Hasta el primero de octubre de 2019 la Seguridad del Estado había cargado y encarcelado por motivos políticos a 125 personas, según la ONG Cuban Prisoners Defenders. La Seguridad del Estado convierte a la gente en números, en estadísticas. ¿Les suenan Glenda Lobaina Pérez, Ovidio Martín Castellano, Alexander Palacio Reyes, Cristian Pérez Carmenate, Osmani Mendoza Ferriol, Maikel Mediaceja Ramos, Maité Hernández Cejas, Melkis Faure, Emeregildo Duvergel…? A pocos les suenan esos nombres, ya nadie los recuerda, y todos han sido apresados este año.

Pocos mencionan a Roberto Quiñones Haces, periodista condenado a un año de cárcel por el delito de «Resistencia y Desobediencia». En realidad, por hacer su trabajo.

Es la apuesta de los gobiernos: hacernos perder la memoria.

En julio de 2015, en todo México solo se hablaba del caso del fotorreportero del diario Proceso, Rubén Espinosa Becerril, asesinado en su apartamento de la Colonia Narvarte del entonces Distrito Federal. En solo un año el gobierno de Enrique Peña Nieto hizo que se congelara el «Caso Narvarte»; se desvió el tema, se hizo correr la hipótesis de que los asesinatos* habían ocurrido en medio de un intento de robo, incluso en algún momento se habló de narcotraficantes colombianos solo porque una de las víctimas era de esa nacionalidad. Se trataron de reducir al máximo las voces que achacaban el caso a la labor de denuncia de Espinosa Becerril contra el gobierno de Javier Duarte en el estado de Veracruz.

En la Ciudad México, se realizaron marchas, se pegaron fotos del reportero en todas las avenidas, se reclamó durante meses en redes sociales. Ya pocos se acuerdan del caso, que sigue abierto pero estancado.

Eso, repito, intentan hacer los gobiernos. Hacernos perder la memoria. Darnos de largo. Ojalá que nunca haya un «Caso Narvarte» en Cuba. Y si llega a suceder, esperemos que la Televisión cubana y el Granma no culpen a algún cártel de la droga de Guanajay. Porque ya sería el colmo, y aun así habría quienes, una vez más, les creerían.

…………….

*Nota: Las víctimas del multihomicidio en México fueron cuatro mujeres y un hombre: la trabajadora doméstica Olivia Alejandra Negrete, la modelo colombiana Mile Virginia Martin, la estudiante Yesenia Quiroz Alfaro, la activista Nadia Vera Pérez y el fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril.