Ilustración: Frank Isaac García

Ilustración: Frank Isaac García

Una de las razones por las que más me entusiasmaba cumplir treinta años era porque siempre me habían contado que a esa edad las mujeres alcanzamos la madurez sexual. Madurez sexual dicho con cierta malicia, como para que entendiera que no tenía nada que ver con la madurez sexual de cualquier otro mamífero hembra, de una leona o una yegua, por ejemplo; que no significaba que el cuerpo se preparaba para reproducirse y surgía o se agudizaba cierto instinto maternal.

Nadie nunca explicaba en qué consistía, en concreto, esa madurez sexual: si se lubricaba mejor, se prolongaban y/o intensificaban los orgasmos, aumentaba la libido o se detectaban nuevas zonas erógenas. Sin embargo, siempre quedaba claro que era algo vinculado con el placer sexual y no con la fecundación.

El placer. ¿Qué es el placer? A los treinta años he aprendido que es posible venirse no solo con alguien que no amas sino, incluso, con alguien que ni siquiera te gusta, que es posible, sí, terminar teniendo sexo con alguien que ni siquiera te gusta. Más de una vez (gratis). Hay épocas en la vida en que una cosa lleva muy fácil a la otra: una mirada a un baile, un baile a un beso, un beso a tocarse, y tocarse, a que de pronto la ropa y el resto del mundo estorben. Un orgasmo, a veces, no es nada más complicado que la reacción del cuerpo a un estímulo o a una serie de estímulos. No siempre involucra afectos, ni los necesita. Alcanzarlo es relativamente fácil. Lo difícil es alcanzar intimidad.

La intimidad no es la situación que se crea tras quitarse la ropa. Se puede tener sexo sin tener un minuto de intimidad. Para mí, más revelador que un orgasmo, suele ser lo que siento después del orgasmo, una vez que ya sacié mis ganas de animal: ¿quiero quedarme al lado de esa persona, conversar, besar, abrazar, acariciar, o quiero simplemente hacer que desaparezca o desaparecer? Cuando existe intimidad con alguien el placer no termina con el orgasmo, al contrario. El placer se transforma en algo parecido al cariño, o a la paz, y persiste transformado.

En ocasiones incluso puedes sentir placer sin venirte. Y no placer del tipo “qué hermoso mirar el amanecer a tu lado”, sino auténtico placer sexual. Una amiga me dijo de un hombre con el que salía, con quien nunca se había dado ni un beso en la boca, que lo que más le gustaba de él era que la singaba intelectualmente. Mi amiga no ha cumplido treinta, recién cumplió 28, pero cuando hablo con ella siento que estamos viviendo la misma metamorfosis, que no tiene que ver con una edad específica sino con las experiencias y con los significados que otorgamos a nuestras experiencias.

Cada vez me importa menos qué hago y más con quién hago qué. Cada vez me importa menos cómo luce quién y más cómo me hace sentir. Cuando pienso en explorar mi sexualidad no pienso en posturas, juguetes sexuales, afrodisíacos, sustancias alucinógenas o en una orgía. Cualquiera es capaz de cualquier cosa. ¿De qué sirve experimentar todo y no disfrutar nada o no disfrutar con plenitud lo que se experimenta? Las experimentaciones pueden acabar siendo tan convencionales como los diez mandamientos de la Biblia. Si un día participara en una orgía tendría que ser porque de veras se me antoja. Se me antojan los involucrados tanto como el evento. No porque se supone que es algo que una deba vivir en la vida.

Explorar mi sexualidad tiene que ver con la relación que mantengo con otros cuerpos a partir de la relación que primero mantengo con el mío. Lo que me gusta es explorar personas como si fueran lugares, porque de cierta forma lo son. Pero no me interesan los cuerpos por sí mismos sino como medios de comunicación de las personas que me interesan. El sexo lo entiendo más como lenguaje que forma parte de un diálogo permanente con alguien que me provoca curiosidad que como un destino al que me urja llegar. En algún momento de mi vida fue esto último, pero casi siempre el placer que obtenía en esos casos me dejaba con la sensación de haberme tragado un trozo de hielo; con lo cual no quiero decir que me la hubiera pasado mal. Me la pasaba excelente. El problema es que ahora mi tolerancia a esa sensación de hielo en el estómago ha disminuido.

Me he vuelto más celosa con mi tiempo, con mis energías, con mis horas de sueño. Cuando no aprovecho una oportunidad de tener sexo no siento que me pierdo algo, que dejo de vivir. Hace poco permanecí cuatro meses sin acostarme con nadie, sin besar a nadie, y hubo un momento en que me pregunté si había algo mal conmigo. Creí que me estaba volviendo asexual. Estaba inapetente. Así que, en medio de un viaje en el que estaba, me hice una cuenta en Tinder y empecé a deslizar perfiles de hombres en la pantalla de mi celular como si fueran vestidos colgados en percheros. Este sí, este no, este sí, este no…

En menos de seis horas horas ya estaba chateando con tres. Todos mayores de cuarenta. Uno era profesor en una universidad, otro era neurocirujano y otro algo de ventas en un hotel. Concertamos citas. Con el del hotel iba a encontrarme en un bar donde tocaban jazz. Con los otros no recuerdo. Los tres me simpatizaron. No hablamos de sexo, ni siquiera filtreamos. Hablamos de nuestras vidas como se habla con cualquier amigo, aunque, claro, sabíamos por qué estábamos hablando en primer lugar. Al final, no salí con ninguno. El día de la primera cita me desperté, miré las notificaciones de mensajes que tenía en el celular y desinstalé la aplicación sin leerlos. Me provocó pereza seguir chateando, responder a los tres las mismas preguntas, hacer yo las mismas preguntas a los tres, y más pereza aún me provocó la idea de organizarme para tres citas. Lo que yo quería era pasar tiempo a solas conmigo, nada más.

Un amigo con quien conversé en ese momento me contó que a él le estaba sucediendo algo parecido. La explicación suya era que en los últimos años había tenido mucho sexo que no le había gustado y que ahora simplemente le molestaba perder su tiempo. En eso coincidimos: si no te gusta el sexo con alguien estás perdiendo el tiempo. Incluso si es bueno, porque puede ser bueno y no gustarte, estás perdiendo el tiempo. No tiene sentido. El sexo solo tiene sentido si la pasas bien. Si no la pasas bien es gimnasia. En el peor de los casos, un trabajo voluntario o un castigo.

El asunto es que cuando te percatas de que cumplir años ya no es crecer sino más bien envejecer, tu percepción del tiempo cambia, y con el cambio en tu percepción del tiempo cambian muchas cosas, entre ellas tu percepción del sexo. Porque el sexo implica tiempo. Entonces yo por lo menos ya no me pregunto solamente con quién tengo sexo sino a quién le dedico mi tiempo y con quién lo comparto; sea una hora, un día o un mes. Soy más tolerante al mal sexo que a las malas compañías. El mal sexo, por lo general, tiene solución, se corrige poco a poco en la práctica, pero la estupidez –y el machismo como su expresión más sofisticada– no.

Si los veinte fueron la impaciencia, el desenfreno, los treinta han comenzado a ser la calma. Cierto cansancio quizás también. Descubrirme de pronto las primeras canas, arrugas en la sonrisa, várices en los muslos, olores distintos, no me ha disgustado en lo absoluto. No he llegado a este punto con nada pendiente, con cosas que haya querido vivir que no haya vivido, al menos las que han dependido de mí y no de otras personas o de alineaciones en el universo.

He cometido una serie considerable de errores, de los cuales me siento tremendamente orgullosa, y espero en lo adelante continuar cometiendo otros. He hecho el rídiculo. Se me ha roto el corazón, lo he reparado, y se me ha vuelto a romper. Cuando reviso mi cuerpo no encuentro qué reprocharle. Me ha servido bien. No sería justo hacerle un inventario minucioso de sus imperfecciones, ni lamentarme por la pérdida de lo que una vez fue de una manera que ya no es. Tal vez por todo eso la calma.

Hasta ahora no disfruto el sexo más de lo que ya lo disfrutaba cinco años atrás o más de lo que lo he disfrutado siempre. Igual yo empecé a practicarlo bastante tarde. Bastante tarde teniendo en cuenta que la edad promedio a la que mis amigas empezaron fue los quince años, justo después de retratarse como quinceañeras con aquellos vestidones horrendos, porque para muchas madres era imperdonable que se retrataran envueltas en tul y encajes después de haber sido penetradas por un pene (como si el himen saliera en las fotos), mientras que yo, que por cierto también me retraté con aquellos vestidones horrendos, me mantuve “virgen” hasta los 22.

No fue algo que me propuse, no fue por falta de oportunidades, solo sucedió así. Pero a pesar de debutar tarde, o quién sabe si precisamente porque debuté tarde, que al final para mí no fue tarde sino cuando me sentí segura de quererlo, nunca viví una etapa de pudor, complejos, culpas, mucho menos de sexo sin orgasmos. No fue con un pene mediante como aprendí lo que era venirme. Desde que tenía como cinco años yo experimentaba un hormigueo entre las piernas cada vez que veía una pareja besarse y manosearse en una película o telenovela. Y desde los ocho o nueve años me tocaba. No sabía que lo primero era excitarse y lo segundo, masturbarse. Cuando yo me tocaba con ocho o nueve años no alcanzaba orgasmos, el primero lo vine a tener ya en la adolescencia, pero el caso es que cuando tuve la primera relación sexual mi clítoris no era exactamente un desconocido. La pérdida de mi “virginidad”, del himen, no supuso una iniciación en el placer sexual sino una expansión de sus posibilidades. Una continuidad.

Lo que ha cambiado en los últimos meses es que el sexo, curiosamente, ha vuelto a ser lo que era antes de haberlo vivido. No sé si a esto que me pasa se le pueda llamar madurez sexual. Es lo que me pasa a mí a los treinta, y punto. No sé si está bien o mal, tampoco me lo he preguntado, ni pienso preguntármelo. Sí sé que estoy en paz conmigo. No asumo como propias expectativas ni patrones que no me pertenecen.

Intento no ser lo que la sociedad espera de una mujer (soltera) de treinta años, ni lo contrario a lo que espera, en plan rebelde, que sería más o menos lo mismo que ser lo que espera. Tengo más claro qué quiero y qué no, qué me hace feliz y qué miserable, con cuáles circunstancias puedo lidiar y con cuáles no. Encuentro tanta libertad en traspasar mis propios límites como en permanecer dentro de ellos y tanto placer en decir que sí como en decir que no. El sexo no tiene patas para irse caminando a ninguna parte. No es cuestión de suerte sino de decisiones. ¿Es esto madurez sexual? Hm… Da igual. Benditos sean los treinta.