Marcelo Bielsa

Marcelo Bielsa / Foto: Ecos

Los responsables municipales de Leeds, una de las principales ciudades británicas, han decidido poner el nombre de Marcelo Bielsa Way a una de sus calles en señal de agradecimiento hacia el técnico argentino por haber devuelto, 16 años después, al Leeds United a la Premier League, la máxima categoría del fútbol inglés. El uso de la palabra «Way» (camino, vía) está perfectamente elegido en este caso para homenajear al protagonista. Más allá de ser un premio por el éxito conseguido, es el reconocimiento a un método, a una manera de trabajar y de entender el fútbol que ha ido sumando adeptos incondicionales en los distintos países en los que ha trabajado y que explica su reconocimiento a nivel mundial a pesar de que su palmarés no sea tan lustroso como el de otros colegas.

Uno de sus admiradores es el español Víctor Orta, director deportivo del Leeds, un club que cuenta con varios títulos nacionales y que llegó a jugar la final de la Copa de Europa en 1975, pero que llevaba mucho tiempo alejado de la élite. El dueño de la entidad, el italiano Andrea Radrizzani, le preguntó hace dos años que si pudiera fichar a cualquier entrenador, a cuál elegiría. Y Orta no tuvo dudas: «A Bielsa». Dicho y hecho. El técnico llegó en 2018 a un equipo que en la campaña anterior había quedado en el puesto 13º de Segunda, a 39 puntos del campeón. La pasada temporada ya estuvo a punto de subir a la Premier. Durante muchas jornadas fue líder y hasta cuatro partidos antes del final estuvo en puestos de ascenso directo, pero finalmente quedó tercero y se tuvo que conformar con jugar el play-off, en el que fue eliminado por el Derby County. Bielsa encontró el respaldo del club y decidió seguir. La recompensa ha llegado este año tras ganar la Championship League (la segunda división) con récord de puntos en la historia de la competición, 93, y de triunfos, 28. No es extraño que le hayan elegido el mejor técnico del año de la categoría.

Tras una corta y no muy fructífera etapa como jugador, teniendo que retirarse por una lesión de rodilla a los 25 años, Bielsa empezó a entrenar en las categorías inferiores de Newell’s, club de su ciudad, Rosario, y llegó  a dirigir al primer equipo en 1990. Desde entonces ha pasado por los mexicanos Atlas y América, el Velez Sarsfield argentino, el Espanyol de Barcelona (donde dejó el cargo después de seis partidos de Liga), las selecciones de Argentina y Chile, el Athletic Club, y los franceses Olympique de Marsella y Lille (en el que solo estuvo seis meses), antes de llegar a Leeds. Su palmarés en tres décadas de carrera en los banquillos se limita a dos títulos con Newell’s (el torneo Apertura de 1990 y el Clausura de 1992), uno con Velez (el Clausura de 1998) y a la medalla de oro con Argentina en los Juegos Olímpicos de 2004, además del ascenso con el Leeds. En su trayectoria hay que añadir también las finales perdidas por penaltis de la Copa Libertadores de 1992 con Newell’s y de la Copa América de 2004 con Argentina, y de la Europa League y la Copa del Rey con el Athletic en un gran año 2012 al que le faltó poner la guinda. Un currículum que parece estar por debajo de la fama y el prestigio que le acompaña. ¿Por qué entonces son muchos los que le sitúan como una referencia a nivel mundial?

Los primeros en ponderar sus cualidades son los jugadores que han sido sus pupilos. Es casi imposible encontrar a un futbolista que hable mal de Marcelo Bielsa. Al contrario, la gran mayoría resalta su capacidad para extraer lo mejor de cada uno, hasta llevarlos a niveles nunca alcanzados antes en su carrera. El exfutbolista argentino Roberto Ayala, que militó en el Valencia y en el Zaragoza y que jugó a sus órdenes, decía de él en una entrevista en Infobae que «Bielsa hace cosas para mejorar a sus futbolistas. Ese es el entrenador que sirve, el que hace que el futbolista se acuerde de vos porque le mejoraste algo, le diste alguna herramienta, le dijiste algo que le podía hacer cambiar su juego. Ese es el que vale, no el que solamente gana y no te deja nada. Está bueno ganar, todos jugamos para ganar. Pero también, en cierto modo, tenemos que educar y ayudar. Y Marcelo lo hace».

Uno de los integrantes de la plantilla de este año del Leeds, el portero español Kiko Casilla, señala en Mundo Deportivo otra de sus virtudes: la meticulosidad que tiene a la hora de preparar cada partido y la pasión que pone en ello. «Cuida cada detalle, cada aspecto del juego. Estudia qué ocurrirá sobre la cancha y prepara al jugador para que nada le sorprenda. Le dice, «pasará esto y esto otro». Y pasa. Se anticipa a las cosas. No he visto a nadie con la misma pasión e intensidad. Deja huella por donde ha estado». Difícilmente se podrá encontrar a otro entrenador más entregado a su profesión que él. Vive por y para el fútbol. Ejemplos de ello hay muchos, pero siempre se recuerda que durante su etapa al frente de la selección argentina, de 1998 a 2004, residió en las instalaciones de la Federación con tal de aprovechar al máximo el tiempo. Su nivel de exigencia es tan alto que lleva mal la no consecución de objetivos. La temprana eliminación del combinado albiceleste del Mundial 2002 le supuso tal frustración que se aisló varios meses en su casa. A Valdano le dijo una vez: «¿Después de perder un partido nunca has pensado en matarte?»

Uno de los atractivos de Bielsa es su propuesta de juego. Más allá de lograr mejores o peores resultados, muchos de los aficionados de los equipos o selecciones que ha dirigido le recuerdan por haber disfrutado con el fútbol desplegado durante su estancia al frente de ellos. Un estilo ofensivo, basado en la posesión del balón, en la movilidad continua de los jugadores, en llevar al equipo lo más cerca posible de la portería contraria y en lograr una recuperación rápida de la pelota tras pérdida, lo que obliga a un gran despliegue físico. Afirmaciones como «el modo de hacer las cosas, para mí, es más importante que lo que uno obtenga. Es algo prioritario», le definen y le convierten en referencia para colegas como Guardiola, que le considera «el mejor del mundo». Esa forma de juego, atractiva a los ojos del espectador, hace que haya «Bielsistas» en sitios tan distintos como Chile, Bilbao o Inglaterra. Se puede decir que es un entrenador con hinchada propia, esté donde esté.

Su obsesión por controlar todo lo que rodea a su trabajo, que le valió desde muy joven que le pusieran el apodo de El Loco, le lleva a protagonizar episodios llamativos, como su autodenuncia ante la policía por un altercado con un operario que realizó una reforma en el campo de entrenamiento de Lezama, en Bilbao, que no quedó como él quería. O como la multa de 260 mil dólares que pagó por mandar a un colaborador a espiar a un equipo rival en un entrenamiento. Su ética profesional le llevó a ordenar a sus jugadores en el Leeds que se dejaran meter un gol después de que ellos hubieran anotado uno mientras un rival estaba tendido en el césped por una lesión. Que no estamos ante un entrenador común se aprecia con detalles como obligar a los jugadores del equipo inglés a recoger durante tres horas la basura de los campos de entrenamiento con el objetivo de que entendieran el esfuerzo que muchos aficionados tienen que hacer para pagar una entrada.

El Bielsa de fuera de los campos es tan particular, metódico y transparente como el Bielsa entrenador, con convicciones que no abandona jamás. «Yo no cedo en mis ideas y no lo digo como una virtud. Es un defecto». Nunca concede entrevistas individuales a los periodistas para no establecer diferencias entre los medios poderosos y los más pequeños. A cambio no tiene problema en que las ruedas de prensa se extiendan todo lo que sea necesario. Sus largas explicaciones sobre cuestiones técnicas y tácticas han provocado que alguna vez haya dado respuestas de hasta 25 minutos. «Me llaman loco porque algunas respuestas que elijo no coinciden con las que se eligen habitualmente». 

Su rutina diaria en Leeds también le aleja de la habitual entre los protagonistas más reputados del mundo del fútbol. Pese a no saber inglés, se ha ganado a los habitantes de la ciudad, además de por su éxito deportivo, por su estilo de vida. Vive junto a su mujer Laura en Wetherby, un pequeño pueblo en las afueras, en una humilde casa de una sola habitación. Desde allí se dirige muchas veces a pie al campo de entrenamiento, que está a cinco kilómetros, un trayecto que realiza en unos 45 minutos. Muchas veces se le ve haciendo la compra en los supermercados cerca de su hogar o teniendo reuniones de trabajo con sus colaboradores en un bar. No tiene ningún problema en hacerse fotos con cualquier persona que se lo pida en la calle.

Admirador de Gandhi y el Che Guevara, no cree mucho en los políticos a pesar de tener dos hermanos que se han dedicado a esa actividad, ambos peronistas. Rafael Bielsa fue ministro de Relaciones Exteriores entre 2003 y 2005 en el Gobierno de Néstor Kirchner, y María Eugenia Bielsa es ministra de Desarrollo Territorial y Hábitat desde diciembre del pasado año. No suele hablar de temas que no sean de fútbol, pero hace unos meses, con motivo de las revueltas acontecidas en Chile, manifestó que «los chilenos son un ejemplo para el resto de los países, maltratados por sus autoridades. Ellos exigen de la manera democrática correcta. Para tener una buena democracia no solo tienes que votar».

Admirado por muchos, sobreestimado según otros, su trabajo y su presencia no deja indiferente. Pese a simplemente considerarse «un entrenador de fútbol sin poder para hablar de nada», su método deja enseñanzas para el fútbol y también para la vida. «No permitan que el fracaso les deteriore la autoestima. Cuando ganas, el mensaje de admiración es tan confuso, te estimula tanto el amor hacia uno mismo y eso deforma tanto… Y cuando pierdes sucede todo lo contrario, hay una tendencia morbosa a desprestigiarte, a ofenderte, solo porque perdiste. En cualquier tarea se puede ganar o perder, lo importante es la nobleza de los recursos utilizados, eso sí es lo importante; lo importante es el tránsito, la dignidad con que recorrí el camino en la búsqueda del objetivo».

*Este texto fue originalmente publicado por su autor Ricardo Uribarri en la revista Ctxt.