Maykel Osorbo / Foto: Facebook

Maykel Osorbo / Foto: Facebook

El pasado 17 de junio, Maykel Castillo Pérez, o Maykel Osorbo, fue detenido 24 horas por la Seguridad del Estado. Cinco días antes, lo habían igualmente detenido a unos metros de su casa, por bajarse la mascarilla para comer un pan. Ahí también se llevaron al artista Luis Manuel Otero. Al llegar a la estación de Cuba y Chacón, ambos fueron golpeados por unos diez policías que ya los esperaban afuera.

En una ocasión previa, el policía que se lo llevó esa noche había regañado a Maykel por permanecer frente a su casa sin camisa. Nada de esto es fortuito o novedoso, sino su día a día, tal como él y su amigo El Funky cantan en una de sus canciones: «… una mañana como todas las mañanas, donde todo va a cambiar, pero mañana. Otra mañana de dolor y sufrimiento, otra mañana que no aguanto una mentira más. Otra mañana caminando por mi Habana, pa´ cambiar el panorama, una mañana nuestra, una mañana cubana».

Yo también fui golpeada la noche del 12 de junio por una oficial en la estación de Cuba y Chacón. Había ido por la detención de Maykel y Luis Manuel. También fui detenida el 17 por la Seguridad del Estado y llevada a una casa/oficina en Miramar. Muchas personas cercanas ya han empezado a notar el peligro que estas similitudes significan, y me alertan. Sin embargo, estaba segura de que no fui tratada como Maykel.

A mí me llamaron profesora todo el tiempo, me elogiaron, me ofrecieron cuidarme. Yo les preguntaba por Maykel Osorbo. Y los miraba a los ojos. ¿Cuántos cubanos no habremos ya mirado a los ojos de esos oficiales a través de los años, mientras preguntábamos por un amigo? Una zambullida extraña, buscando un soplo de humanidad que los traiga de vuelta, que nos los devuelva, también a ellos, junto a la dignidad de esta sociedad que una vez proyectamos con todos y para el bien de todos.  

Sin embargo, el racismo que se agazapa en la conducta represora del sistema policial cubano, y en los Órganos de la Seguridad del Estado, esta vez lució su rostro más cínico. El relato de Maykel al ser liberado así lo evidencia: «No me encerraron en ninguna celda, ni me trataron mal, todo lo contrario. Me llevaron a una casa de descanso en Siboney, de esas casas enormes que ellos tienen. Me pusieron en un cuarto muy cómodo, con colchones de verdad, con sábanas de verdad, con televisor pantalla plana. Me dieron de comer camarones… la mejor comida de mi vida la comí allí. No entendía nada. Pero poco a poco empecé a comprender. Lo único que quieren es que no ande más con Luis Manuel Otero, que no me mezcle más con personas diferentes a mí, y que, según ellos, no me entienden».

¿Fuera de casting?

La primera vez que vi a Maykel Osorbo no me cayó bien. Me pareció alguien a medio camino entre la guapería orgullosa y un desespero inexplicable, como si se le acabara el tiempo, o como si ya hubiese perdido demasiado en la vida. Luego comprendí que mi molestia era más bien porque no paraba de decirme intelectual, como si yo no tuviera nombre, como si se conformara con esa clasificación para mí, sin más curiosidad, sin paciencia.

No obstante, no desistí con él, así que me tragué su manera de interpelarme y le deslicé un par de preguntas un poco atrevidas, pero nunca irrespetuosas. Para mi asombro, Maykel las respondió enseguida, como si se hubiese pasado la vida respondiendo ese tipo de cosas, sin filtro, sin respirar, y nunca me miró. A esa conversación breve siguieron otras más largas, donde ya ni siquiera tenía que preguntar, él hablaba sin parar, y yo no sabía si creerle todo, porque lo que oía era mucho más de lo que estaba acostumbrada oír.

Maykel fue abandonado por su mamá cuando tenía diez años, ella salió como si fuera a la esquina y nunca regresó. Había decidido irse para Estados Unidos, donde todavía reside. Dejó al niño dentro de la casa, durmiendo, sin decirle nada de sus planes. Era 1994, el Maleconazo, los balseros. A partir de ahí fue su abuela paterna quien se ocupó de él. Maykel no volvió a ver a su mamá en 22 años.

«Quisiera verte nuevamente y abrazarte fuerte, darte un besito en la boca, como acostumbraba hacerte, recuerdo en la escuela los regaños, los castigos, vieja, cuando los maestros te decían que era la candela. También recuerdo aquella mañana del 94, sentí un vacío extraño, la mirada entristecida y alguien que me dijo que quizás más nunca volverías. Inmenso el dolor que cegó los corazones de los que se marcharon porque no tuvieron más opciones».

En medio de tal desamparo, fue llevado muy pronto al Centro de Reeducación Habana del Este, justo al lado del Combinado del Este. «Yo era atendido por policías, solo me dejaban salir una vez al mes. Allí fue donde dejé de estudiar, ellos decían que yo no tenía la capacidad, no aprendía lo suficientemente rápido, por lo que me cogían para hacer mandados y otras cosas».

En el concierto que Maykel dio por las redes sociales, solo un día después de la golpiza propinada por los oficiales en Cuba y Chacón, comienza cantándole a su madre. Es como cerrar el círculo de su dolorosa historia personal, pero también de la historia de desarraigo de un país completo, que no ha dejado de ver partir a sus ciudadanos por cientos, cada semana.

Después vinieron una tras otras las causas penales, y los años preso se acumularon como si de bostezos se tratara, 16 en total. A las condenas legales se añadían todas las complicaciones que un joven tiene al llegar al ambiente de la cárcel y tener que aprender rápido a lidiar con ciertos códigos para sobrevivir. «Tuve que ponerme duro, hacer cosas que no hubiese querido… en fin, lo hice y aquí estoy, pero pagué caro por eso».

Entre las causas de Maykel, hay algunas que llaman la atención por absurdas, como la última, provocada por su intervención en un concierto en La Madriguera, donde se manifestó contra el Decreto 349. Muchos artistas, intelectuales y activistas hicimos lo mismo, pero solo Maykel fue encarcelado un año y nada pasó. Sus amigos más cercanos hicieron un perfil de Facebook para tratar de manifestarse a favor de la liberación del artista y dar noticias sobre su situación en la prisión. Allí se expresó de manera espontánea un sector del rap cubano underground, que extiende sus redes no convencionales en los barrios, con estudios de grabación humildes pero efectivos. Se trata de una red que mantiene vivos lazos de camaradería y ayuda mutua que siempre han caracterizado al movimiento de Hip Hop en Cuba y en el mundo.

En un tema dedicado al amigo preso, El Funky rapea: «Como lo prometí. Mi hermano, aquí te va tu tema, estoy rapeando solo, pero a mi nada me frena, que ya todo el mundo sabe que es injusta tu condena, porque pensar diferente aquí en Cuba es un problema. La gente se preocupa, me llaman, te escriben cartas, eso es pa´ que tú veas lo mucho que tú haces falta… Pal gobierno una amenaza, pal sistema un estorbo, libera a Maykel Osorbo. Que cuando tú hablas la verdad, se hacen los sordos, libera a Maykel Osorbo».

Cuando se ha estado preso durante 16 años en total, es casi inevitable llenarse de escudos. Aprendes a calibrar al otro según el daño que pueda hacerte y la ayuda que pueda brindarte, pero lo más preocupante no es lo que pierdes de los otros, sino lo que pierdes de ti mismo, tratando de adaptarte a circunstancias tan duras. Llega un momento en que no te relajas más allá del rol que necesitas representar en ese mundo convulso.

La cuestión no es que seas mentiroso, sino que es difícil llegar a lo que está debajo. Posiblemente allí lo que hay es miedo, una sensación de miedo a perder la poca libertad que se tiene, que en este caso puede ser la simple posibilidad de caminar por las calles, de ver a tu hija, de dar muela con un puñado de socios, de cantar y que conozcan lo que tú cantas.

Maykel Osorbo y su hija / Foto: Cortesía de la autora

Cuando Maykel canta lo que yo veo es que ese miedo, comprensible cuando se ha vivido tanto tiempo encerrado, desaparece y él es como un pez en el agua, y las palabras que a veces no sabe escribir bien (si pensamos en reglas ortográficas, porque la caligrafía es hermosa), salen como un torrente y con una gracia y una fuerza, incontrolables.

Después de algunas semanas viéndolo y oyéndolo cantar, ya me sentía a gusto a su lado. No había abandonado el calificativo de intelectual para referirse a mí, de hecho, más bien lo aumentaba poniéndome como una especie de representante de todos los intelectuales del país, pero alternaba eso con un Anita familiar y hasta cariñoso.

Luego comenzó la parte difícil: la impotencia ante sus constantes y siempre arbitrarias detenciones, la preocupación por el tiempo que permanecería en la cárcel o si saldría de ella. Nunca es igual cuando sabes en abstracto que esas cosas ocurren, que cuando le sucede a alguien que conoces. En ese momento la certeza de la represión se hace cuerpo y toma un rostro.

En 2014, un tema específico marcó la carrera de Maykel y su popularidad. En Por ti, señor, Maykel interpela directamente a Fidel Castro, y lo culpa del fracaso de la nación cubana. Hay un discurso nacionalista que se percibe de fondo, influenciado por las palabras altisonantes que pueblan los libros de historia que leemos desde niños y que inundan las noticias que escuchamos a diario en la prensa y en la televisión. Pero también se muestra una fractura esencial: la que existe entre ese discurso inflado y la realidad del cubano, llena de carencias y deseos insatisfechos.

Esa falla filtra cualquier discurso y lo lleva a su condición de posibilidad más rastrera, hasta el punto cero de la ideología. Allí no se enarbolan nuevas alternativas políticas, allí se sobrevive y, a duras penas, se protesta. El grito de Maykel contra Fidel Castro no elimina del todo la figura paterna que él significa, pero el padre malo, que oprime y se desentiende, comienza a encarnar el camino fallido de toda una sociedad: «Usted reflexiona bastante, pero su alma está vacía», le dice el rapero.

En otro de sus temas, Hasta que me muera, Maykel declara que no se va de Cuba, o del caimán, como le gusta decirle, que se queda porque valió la pena. Y me gusta que lo diga en pasado, porque es como un tipo de agradecimiento, aunque confieso que me cuesta saber qué agradece Maykel de este país, de la vida que ha tenido.

Son los mejores años en la carrera musical del rapero. En 2016 gana tres premios Puños Arriba en el festival del mismo nombre que se realizó durante 13 años. El disco en cuestión se llamaba Los más duros y lo realizó con su amigo Eliezer El Funky. Oírlo hablar de esos días da gusto, cómo recuerda todos los detalles, incluso los malos. A fin de cuentas, para él esos años fueron una manera de participar, un tanto desfasado, de ese momento glorioso del rap cubano que todos recordamos.

«Ojalá hubiese podido ver el Barbarán, con La Aldea, con Silvito el Libre y con otros que ya no están. Ojalá yo hubiese partido ese pedazo de pan y me hubiese tomado un trago de ron con Soandry y con Bian… Ojalá que, en esos tiempos, yo no hubiera ido preso, pa´ quitar caretas y ponerme a desollar pescuezos. Y ojalá la niña que yo tan feliz hice pueda decirme «papá» sin mirar mis cicatrices».

Del rap a las directas

En la navidad de 2019, a Maykel lo detuvieron arbitrariamente y le pusieron una multa, que él mismo rompió en directa desde la cárcel. Los oficiales no se percataron de quitarle el teléfono, por lo que Maykel filmó desde la celda lo que esa noche le pasaba a él y a los demás detenidos.

Entre lágrimas rompió la multa impuesta y anunció que iba a comenzar un programa sobre la realidad del país. Desde entonces, en las habituales directas de Maykel se conectan cada día alrededor de 600 personas, y en ocasiones ha llegado casi a mil. Ahí él muestra cómo vive la gente de su barrio, las colas de La Habana, los edificios que se derrumban.

El panorama, al igual que el lenguaje que utiliza, es desolador, despojado de ese rudo lirismo que tiene el rap, incluso en sus exponentes más crudos.

Desde entonces, mucha gente en las directas le da consejos a Maykel, los cuales casi siempre tienen que ver con que mejore su imagen pública, con que no salga tomando bebidas alcohólicas, con que no diga demasiadas malas palabras o con que no sea políticamente incorrecto con temas como el machismo, la homofobia, la discriminación a los orientales, etc.

A veces son cuestiones más estéticas o de lenguaje, como que cambie su alias de Osorbo. Maykel escucha, pero en el fondo no sé si lo hace realmente, no sé si Maykel puede escuchar, tal vez solo quiere que lo escuchen a él. Lo que sí es cierto, es que poco a poco se ha ganado la confianza de la gente. De hecho, creo que los dirigentes de este país deberían estudiar a Maykel para que aprendan cómo comunicar, y, de paso, para que entiendan mejor cómo viven y cuáles son los códigos con los que la gente establece sus relaciones sociales diarias.

En uno de los temas de Enemy System, su último disco inédito, Maykel dice: «Qué pasa, no me tildes de contrarrevolucionario, porque tú no entiendes mi fe por el vecindario, entonces maltratamos al cubano que pelea, porque nuestra situación mejore y no sea tan fea».

Tal vez su mayor valor sea la sistematicidad con que muestra su realidad y su vida. Al final, este ejercicio constante confirma la inmovilidad de una sociedad que ya casi no vive para sí. Miles de personas tratan de irse del país, y muchas veces, cuando lo logran, deben dedicarse entonces a ayudar a los que se quedaron. Miles de personas que se van, pero no sueltan, miles de personas que se quedan, pero su cabeza está fuera.

Hace unos días Maykel me preguntó qué cosa significaba la palabra antagonista. Le dije, y luego le pregunté: «Ven acá, ¿pero esa palabra tú no la usas en una canción?» «Sí», me dijo, «y la usé bien, por lo que tú me dices ahora. Ño, qué buena me quedó esa canción». Hay muchas maneras de saber las cosas, muchas inteligencias.