Foto: Jorge Cartaya

Foto: Jorge Cartaya

Érase una vez que yo pesaba 98 libras con un metro sesenta y cinco de estatura. Tenía una habilidad extrema para esconder el dolor, ayudada por el hecho de que los cuerpos delgados no suelen asociarse con ninguna enfermedad que no sean la anorexia y la bulimia. Por tanto, si eres delgada y no eres anoréxica o bulímica, estás lista para un poster de salud. 

No es justo tampoco decir que mi cuerpo o mi peso tuvieran algo que ver con mi dolor. Mi dolor es uno mucho más estructural, como una vértebra que no quiere nunca ajustarse a la rectitud de una columna derecha. 

Ahora soy gorda, antes era flaca. El dolor es el mismo. Cambian, si acaso, los matices. Cambia la expresión cotidiana del dolor, o sea, el dolor puntual, pero arrancan todos desde el mismo punto de partida, algo del sistema límbico y la amígdala cerebral, no sé. 

Contrario a lo que digan la ciencia y la medicina, la gente suele pensar que este dolor no es más que el resultado de mis propias decisiones. Debe venir de algo que estoy haciendo mal, como ser vaga, o gorda, o flaca pero enamorada del tipo incorrecto, o porque tengo que salir más, o salir menos. Es una conclusión fácil, cómoda. 

Ser gorda luego de ser flaca implica ser otra persona. Lo más fácil fue sustituir el clóset, lo más difícil es verme reflejada en los ojos de los que me quieren. Imagino que algo parecido le puede pasar a una víctima de un accidente de automóvil, cuya apariencia desfigurada no sólo provoca un shock en sus conocidos, sino que quizás pueda incluso confundirles.

También se confunde uno, que ha sido toda la vida una persona en su propia mente, pero ya no es esa misma persona la que devuelve la mirada desde un espejo, aun si esa mirada lleva más compasión y amor propio que la de antes. 

Cuando yo era flaca me burlaba de las gordas. «Si ustedes alguna vez me ven con esa cantidad de celulitis y en short, por favor, mátenme», decía. O bien esto: «Yo no entiendo la necesidad de ponerse así de gorda, ¿por qué no para de comer o hace ejercicios?» 

Ahora la gorda soy yo, con celulitis y short, y un constante sobresalto al verme en fotos o en el espejo, porque en la imagen de mi cabeza sigo siendo flaca, un problema de costumbre. No me he dado asco jamás, esa es la verdad más absoluta, lo cual no quiere decir que no se tambalee mi autoestima un día sí y otro también. Pero al menos ahora hay una autoestima que tambalear, una que no existía cuando era flaca.

La verdad es que, cuando yo era flaca, me sentía gorda, llena de celulitis, barrigona. Jamás le creía a un hombre que me dijera que era bonita, o que estaba rica, u otros etcéteras que no repetiré aquí. Siempre me encontré feo el pelo (que calificaba como “pasúo”), las cejas gordas, la supuesta barriga, las masas de las caderas, los labios demasiado finos para mi gusto, los senos ultrapequeños. ¡Ay, qué trauma el de los senos! 

Nadie ha dejado de quererme por haberme puesto gorda, pero la realidad es que, guste o no, las relaciones personales cambian. Si alguien hace un chiste de gordas siempre hay un amigo que te mira con un poco de pena; la familia que te vio flaca durante más de 20 años ahora te mira con cariño pero también con extrañeza; todo el mundo te aconseja bajar de peso, cómo hacerlo, qué comer, qué ejercicios hacer, si te has medido el azúcar, el riesgo de la diabetes y la hipertensión.

Todo el mundo te aconseja cómo bajar de peso porque es obvio que tú no sabes cómo, de lo contrario no estarías así de gorda. A veces cuando alguien te dice: «¡Qué gorda estás¡», provoca responder: «¡Gracias! No tenía ni idea, no tengo espejo». Después de un tiempo te acostumbras, y aunque te siga pareciendo un despropósito, respondes cordialmente. 

Más allá de lo que mi apariencia pueda sugerir sobre mi estado de salud, lo más cerca que yo estuve de la muerte fue siendo flaca. El dolor trabaja de una manera silenciosa y efectiva y no le interesa la apariencia física. Nadie sabe que una joven delgada y bonita puede estar en el último round contra las cuerdas, pero nadie se preocupó tanto por mi salud como ahora que soy gorda. 

La gordura cambia todo porque viene con sus propios códigos, sus propios problemas y soluciones, desafíos que no entiende quien no ha sido gordo. Y entonces dejas de compartir una buena parte del código que compartías con amigos y conocidos. Como si de repente fueras medio marciano, y secretamente tuvieras que lidiar con cambios en la fuerza de gravedad, la composición de la atmósfera terrestre, qué se yo. Cosas que tus amigos ignoran.

No sé qué responder a veces cuando alguien está hablando, por ejemplo, de la gordura de otro. No sé cómo decir que me preocupa romper una silla, o que no sé si quepa en la cama de ese cuarto extra, o que no puedo caminar esa distancia a ese ritmo porque son muchas más las libras que tengo que cargar conmigo. Tampoco sé participar enteramente de las conversaciones sobre apariencia física, porque el tema de la apariencia física es otra cosa que cambia de idioma cuando eres gorda.

Tampoco es demasiado dramático. No es que de repente ya no te puedas reír con los amigos. De alguna manera hay una parte de ti que no cambia, peses lo que peses, y es esa parte la que sigue sabiendo hablar el mismo idioma que tus amigos. Es la parte más importante, además. Los amigos, como los perros, en el fondo se apegan a algo que no se ve, o que solo ellos ven. 

Pero lo que no sabe nadie que te aconseja cómo terminar con tu gordura es que la gordura es también el efecto secundario de tu supervivencia, y tú tampoco es que estés tan apurada por deshacerte de eso. Porque cuando no sabías ya hacia dónde correr para protegerte, corriste hacia dentro, y tu cuerpo pagó el precio. Se extendió todo lo que pudo para hacerte espacio.

Tus estrías son eso, la moneda de cambio de la salvación, y no puedes verlas de otro modo que no sea con cariño. No vas a contar tal cosa, por supuesto, porque tendrías que empezar por explicar todo lo que le pasó a aquella muchacha de 98 libras, las largas depresiones. Incluso si tuvieras diabetes e hipertensión, seguirías más a salvo de lo que estabas antes. 

Las estrías y la celulitis pueden provocar miradas extrañas, cejas arqueadas, o servir de excusa para que una flaca le diga luego a sus amigos: «Si yo llego a ese extremo alguna vez, por favor, mátenme». Pero también son cicatrices que recuerdan todo lo que has tenido que hacer para salvarte. Son, de alguna manera, las medallas de tu supervivencia.