Chota / Foto: Yoe Suárez

Chota / Foto: Yoe Suárez

Se llama John Alexander Serna, y eso dará igual; lo importante —si es que lo fuere— es su firma: «Chota». Diré que sobrevivió a las guerrillas, los narcos, las bandas criminales; pero aun así lo olvidaríamos, porque somos como el polvo, que se amontona un rato y mañana el viento esparce.

En el timeline vital solo valen nuestros actos. Chota dice saberlo, y moja el pincel para darle color al barrio más violento del occidente de Medellín.

Hoy no es aún mañana.

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2008. Chota funda junto a unos amigos un colectivo empírico de grafiteros en la Comuna 13, bajo el nombre Chota’s Crew, una frase anglófona que habla de hermandad.

En realidad no se hacía nada productivo por el barrio. No había proyectos que vinieran a apoyar un cambio social —dice el joven, con la ciudad de fondo. Desde cerros como este, Medellín parece un cuenco deforme de color terracota.

Al principio el dinero salió de los agujereados bolsillos de los amigos.

Ahorita, con el reconocimiento, alguna gente nos colabora —asegura.

En su casa de Independencia número 1 dice tener una gran exposición. Se refiere a los muros próximos a uno de los seis tramos de escaleras mecánicas que suben el cerro. Dejar sus obras en lugares estratégicos facilita que lo identifiquen y se promueva lo que hace. Cerca de 12 mil vecinos de la zona, más un número creciente de forasteros, clavan la mirada en las coloridas piezas.

Mucha gente conoce a Chota —dice, en tercera persona—, y Chota puede ganarse la vida como grafitero, pero también lo hace pintando cuadros en lienzo.

Trip Advisor recomienda lo que ha llamado el Graffiti Tour de la Comuna 13, que recibió el Certificado de Excelencia 2016 de esa web especializada en turismo.

Comuna 13 / Foto: Yoe Suárez

Comuna 13 / Foto: Yoe Suárez

Desde hace unos pocos años abundan negocios familiares en la zona: de la artesanía a los cocteles de fruta. Los grafiteros, por ejemplo, imprimen a pedido camisetas con sus obras para sustentar su vocación y a sí mismos.

En junio de 2017 Chota se sumó a la marea de emprendimientos e inauguró con uno de sus mejores amigos Aroma Café de Barrio. Al mes, un socio le avisó que allí «había un Presidente». Se puso un pulóver y se asomó. Una decena de hombres le impedían llegar hasta su propio negocio. Les habló, y ellos machucaron el español con un gélido acento.

Pasaría un rato hasta que los escoltas del expresidente norteamericano Bill Clinton, quien, según Chota, miraba extasiado los murales que decoran el local, lo dejaran pasar.

Pidió dos expresos y una limonada de café —recuerda el artista.

El exgobernante pidió que le tomaran una foto con el joven. Luego, sus escoltas solicitaron dos vasos decorados, suvenires que se venden en el sitio. Pagaron con un billete de 50 mil pesos. Chota se quedó con el vuelto tras un gesto de Clinton. Y el gringo se alejó.

Chota y Bill Clinton / Foto: Yoe Suárez

Chota y Bill Clinton / Foto: Cortesía del entrevistado

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Imagina que tu barrio es un cuartel de hombres que creen que matando se mejoran las cosas. Algunos matan cegados por ideologías; otros lo hacen por poder político. Imagina que controlan quién entra y quién sale, y en esos retenes incorpóreos sientes que hay ojos y oídos vigilando en todo momento con quién hablas, de qué hablas, vigilando también las piernas de tu hermana o tu hija.

El 16 y 17 de octubre de 2002 fuerzas castrenses y policiales cercaron la Comuna 13 para enfrentar a grupos guerrilleros en el mayor despliegue militar urbano del país: la Operación Orión.

Chota tenía 12 años, pero las hélices de los Black Hawk pasan aún por el rasocielo de su memoria. Más de mil uniformados y varios grupos irregulares, agujereando ladrillos y cuerpos.

Empezó a las tres de la madrugada. Murió mucha gente —dice.

Chota no entendía nada con los disparos de fondo. Sin embargo, la escena inmediata de las tías y la madre gritando de un lado a otro «¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué pasa?!» le reveló que debía refugiarse.

Acabamos cobijados con nuestras camas —y hace un gesto como si se echara un saco encima—, esperando un rayito de sol al otro día.

La revista Semana publicó por entonces que la Operación Orión «no fue diseñada para aplicar pañitos de agua tibia a una situación que se salió de madre hace rato, sino para apagar un incendio que amenazaba con consumir la parte alta de la segunda ciudad más importante del país».

La Alcaldía de Medellín declaró a su vez que la confrontación había dejado unos 15 muertos y 45 heridos con arma de fuego o esquirlas. Las cifras que hoy se conocen no son esas, asustan: 72 muertos y 300 desaparecidos.

Los enfrentamientos duraron tres días. Las tiendas cerradas; la gente no fue a trabajar, ni a estudiar. Chota se la pasó en casa, encarcelado entre los nervios de las tías y la madre.

Solo había preguntas, ninguna respuesta.

El filósofo francés Jean de la Bruyère tenía sus dudas sobre si la incertidumbre hace al hombre más desgraciado que despreciable.

Durante 27 años, la incertidumbre reinante en la Comuna 13 produjo en Chota un extraño efecto.

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Comuna 13 / Foto: Yoe Suárez

Comuna 13 / Foto: Yoe Suárez

Seis años después de la batalla en la Comuna, sofocada la guerrilla, muchos jóvenes habían migrado a la delincuencia. Por esas fechas diez adolescentes comenzaron un colectivo de grafitis, en diciembre, pintando obras navideñas.

Obras navideñas…

Sí. Papá Noel, árbol de navidad —explica Chota—. Nadie hacía eso, empezamos con pinceles y pequeños vinilos.

¿Y cómo te recibió la comunidad? Quizá al principio te miraban con recelo, como quien dice: este qué está pintando en la pared del barrio.

Gracias a Dios, nunca tuvimos ese problema. Con las cosas navideñas la gente quedó «matada».

Luego los vecinos les pedían que pintaran sus fachadas y laterales, y los trazos del grupo caminaron. Han pasado ante los ojos de los paramilitares (principales herederos del espacio de violencia dejado por las guerrillas) y de las bandas criminales (Bacrim, como se les conoce mediática y popularmente).

Chota y el barrio opinan que esto último es «lo peor que pudo ocurrir». Al parecer, una violencia ideologizada, con cierta institucionalidad y cierto orden en sus principios, como el caso guerrillero, es «mejor» que una violencia total, de caos y pillaje.

Según Caracol Noticias, los índices de asesinatos de Comuna 13 han caído a niveles históricos: de 162 en 2012, pasó a 38 en 2016. Un comunicado emitido por el Comité de Derechos Humanos de Comuna 13 dice que las bandas que delinquen en esa zona llegaron a un pacto para disminuir las agresiones.

«En la ciudad hay un pacto desde el 2013 entre las Autodefensas Gaitanistas y “la Oficina”. Si hay un acuerdo sería entre bandas de ese último grupo que están confrontadas hace rato», dijo su director Fernando Quijano. Sin embargo, la ONG pro-derechos humanos Corpades aseguró que no había elementos suficientes para determinar que se hubiera firmado tal acuerdo. El hecho, al final, es que las pandillas siguen vivas, operando.

Vuelve entonces esa cuestión ontológica: ¿el arte en verdad puede cambiar al hombre y a la comunidad? ¿Qué ha hecho el grafiti por el barrio? ¿La pintura sobre decenas de paredes no es más que eso: un artilugio encubridor?

El grafiti viene con una cultura que es la del Hip Hop —comienza Chota—. En la Comuna 13 se vive de una manera muy positiva, tanto el DJ, como el MC1, el breakdancer. Ese es el impulso de las nuevas generaciones. Significa que los jóvenes estamos dejando atrás la violencia, ¿cierto? Y es mejor que un niño vea gente bailando o grafiteando que con un arma en las manos.

Alejarse de la violencia es una carrera de fondo para muchos jóvenes de la periferia. Tres de los miembros iniciales del colectivo terminaron en las Bacrim. Uno está en la cárcel, los otros dos bajo tierra.

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La mejora social a la Comuna 13 no la trajo la guerrilla, ni la militarización del lugar por Álvaro Uribe. Fueron las escaleras. Seis tramos dobles de escaleras eléctricas, con 130 metros lineales desde los pies del cerro, donde hace más de 35 años surgió la barriada, hasta casi la cumbre, donde las casas de ladrillo desgastado otean a los visitantes.

Decía Mark Twain, que nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño. ¿Cuánto más podrán ayudar al cambio las escaleras de la Comuna 13?

Por lo pronto tienen un par de méritos. Cuando en 2011 se inauguraron la gerencia de la Empresa de Desarrollo Urbano de Medellín no se equivocó al calificarlas como una solución de movilidad que ofrecería a los vecinos mejor calidad de vida. Por otro lado, han contribuido decisivamente a que la zona reciba turistas, y de ese modo se ha reconfigurado la entrada económica de las familias.

Mientras Chota mancha una pared junto a otro muchacho de la localidad, los paseantes se detienen, toman fotos y dejan caer monedas y billetes en una canequita que dice «Apoyo el arte».

Ciertamente algunos van a la Comuna buscando las huellas del terror; esa forma turismo que se ha comido los encantos de las ciudades colombianas en las mentes catalogares de los extranjeros. Pero también el arte urbano le ha otorgado un plus pintoresco al barrio.

Hace falta mucho material para esto, ¿has pensado en hacer gestiones con el gobierno o con ONGs?

No he hecho ninguna, y quizá pediría ayuda si me permiten hacer algo como esto por toda Medellín.

Los ojos le brillan como lunas cafés bajo las cejas gruesas.

Para eso, además de recursos, necesitaría otras manos como las suyas: llenas de lunares y finos chorros de color, como un fragmento de Pollock. Ahora solo pinta con Jess.

Somos nada más mi primo y mi persona.

Quizás sus amigos, los nueve del comienzo, se dice, se metieron en lo del grafiti solo por palabras; en cambio, él siente «esa pasión desde bien pequeño». Algunos también hicieron familia, otros se han marchado.

Este es mi barrio, lo respeto con su historia, la buena y la mala. Pero la historia ahorita se dice transformación, y nosotros estamos ayudando a que vista ropas nuevas pintando sus paredes.

Si alguien dijera a Chota que es la estrella del suburbio, su mulatez o su autoconfianza probablemente cubrirían el rubor.

No tanto como la estrella, sino que prefiero ser un líder positivo para la comunidad. Eso es genial. De pronto, lo mejor es si no lo buscas. Imagínate alguien que llega y que quiere ser reconocido: cuando le llegue el reconocimiento, pues, se queda ahí, se estanca.

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A la entrada de la Comuna 13 hay un mural que es un apotegma.

Unos elefantes alzan con sus trompas un pañuelo blanco.

Así hicieron en la Operación Orión las familias que rogaban por sus vidas.

La proverbial memoria de la bestia, los signos de la paz, reciben al viajero.

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Chota no ha podido desprenderse de la muerte de uno de aquellos tres amigos que se unieron a la delincuencia.

Fue una madrugada cuando gente de las Bacrim cercaron el barrio, y sacaron de sus casas a los que pertenecían a otros combos, ¿cierto? Ahí estaba mi amigo. Mucha gente miraba por las ventanas, pero nadie se atrevía a salir. Y lo mataron a punta de puñaladas entre 10 hombres.

Tanto ver, oír, conocer ciertas cosas puede marcar un destino.

Uno se contamina. Lo que quieres desde pequeño es ser violento, ¿cierto?

De pronto un niño corre hacia él; antes de alzarlo, Chota se ajusta la manga de basquetbolista que le cubre el antebrazo. El chico me mira ahora, y sonríe, a la altura de la luna, del arete con forma de luna en un lóbulo de Chota.

1 M.C. significa, dentro del mundo del rap, «master of ceremonies», es decir, «maestro de ceremonias». Se considera M.C. a todo aquel que se dedica a crear letras de rap, recitar, y que por supuesto domina las métricas. Los M.C.’s también son denominados «raperos», o «rappers» en inglés.