Ilustración: Frank Isaac Garcia

Ilustración: Frank Isaac Garcia

Carlos tiene 63 años, vive en un edificio de microbrigada, maneja una ambulancia y espera con ansias los 65 para, al fin, jubilarse. Nunca bebe mientras trabaja, por supuesto. Pero ahora, después de la jornada laboral y antes de subir dos pisos más hasta su apartamento, comparte unos tragos de ron con sus vecinos, Elsa y Alfredo.

No importa que haya algún otro testigo en la habitación. Lo importante es que ellos tres conversan y recuerdan cosas.

Desde el 15 de abril de 1961, Carlos es revolucionario. Su hermano Ernesto —recuerda— cumplía ocho años, pero el ruido y el pavor de un bombardeo aéreo interrumpieron la fiesta. La sala de su casa se vació en un instante. Un acuchillado pastel de cumpleaños quedó sobre la mesa. En un primer momento, sus padres se agazaparon y protegieron a Ernesto con sus cuerpos. La tempestad de bombas y disparos cruzados tronaba allá afuera. Carlos quedó paralizado, aterrado. Su madre lo llamaba a gritos. Entonces él corrió hacia el cuarto y se deslizó bajo la cama. Con los oídos pegados al suelo sintió la tierra temblar una y otra vez.

Y todavía soy comunista, vaya —resume Carlos, flaco, flácido, en camiseta—. Pero, como a todo el mundo, hay cosas que me encabronan.

Qué, por ejemplo —dice Alfredo, 50 años, corpulento, nariz enorme y afilada.

Por ejemplo, que la escoria… ¿Tú te acuerdas de la escoria? Que la escoria, ahora, tenga más derechos que yo, más posibilidades de hospedarse en el Habana Libre que yo. ¿Te acuerdas de los gritos? «Escoria, escoria…». Pues, mira, la escoria regresó y me partió la cara.

Alfredo y su mujer ríen a carcajadas.

A mí, que me quedé y que trabajo todavía para el Estado. Pero, ¿de qué pinga me habla este país? ¿De qué pinga me está hablando ahora este país?

Carlos dice estas cosas con el rostro serio, bebe, y después sonríe.

¿Y tú qué hiciste cuando empezó todo aquello de la escoria y el Mariel? —pregunta Elsa, 52 años, gorda, locuaz.

Yo era presidente del CDR.

Ilustración: Frank Isaac Garcia

Ilustración: Frank Isaac Garcia

I

Aquel abril de 1980 se había detenido en el calendario como ningún otro mes en su vida. Le parecía eterno. Las calles de Marianao estaban más pobladas que de costumbre. Multitudes iracundas gritaban en las esquinas «¡Pin, pon, fuera, abajo la gusanera!» a todo pulmón. Si la cosa seguía así, pensaba Carlos, terminarían incluyendo la frasecita en el himno nacional.

Era imposible permanecer ajeno a la realidad. Carlos asistía a reuniones políticas y leía el periódico Granma cada mañana. En el barrio se enteraba de todos los que se estaban yendo por el Mariel. No había que ser muy perspicaz. En Marianao los chismes vuelan más rápido que la luz.

Como presidente de su CDR ya había recibido una amonestación. ¡Qué vergüenza! ¿Una amonestación a él, precisamente a él, un cuadro destacado de la Unión de Jóvenes Comunistas, presidente del Comité con solo 25 años, trabajador ejemplar, querido por todos? Aquello había empezado con las advertencias del «Ideológico» de la cuadra: «Carlos, tenemos que organizar un mitin relámpago, que creo que Fulano y Ciclano se van». ¿Fulano? ¿Ciclano? No. ¡Qué va! Fulano y Ciclano eran buenos ciudadanos, y amigos de Carlos. Además, qué era eso de «creo». Si no los veía recogiendo o si no se lo decían personalmente, por qué un mitin de repudio. Con el paso de los días notó que su vacilación comenzaba a incomodar a unos cuantos. Entonces vino la amonestación.

Y pronto todo empeoró.

Carlos, mi hermano… me voy.

Cuando Ernesto le dijo aquello por teléfono creyó que el mundo se le caía encima. ¡Pero qué coño era eso! ¿Cómo que se iba? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Era del tipo de cosas que no se discuten por teléfono. Fue a ver a su hermano.

Es cierto que Ernesto siempre fue un descarado, un “cara de palo”, un inventor que no trabajaba para el Estado; pero nunca se había metido en política, y homosexual no era. ¡Qué va! Hasta el momento, Carlos solo sabía de personas a quienes sus familiares del Norte habían venido a buscar en alguna embarcación, o de maricones y presos comunes a quienes se los llevaban para el Mariel a la fuerza. Pero Ernesto no era nada de eso. Su hermana, en cambio, sí podía ser cualquier cosa. Gladys, la menor de los tres, era para Carlos la vergüenza de la familia, una mancha imborrable en su expediente de revolucionario ejemplar. Una puta, una vaga. Al menos Ernesto se buscaba trabajos honrados.

Me voy, Carlos, esta es la mía—dijo Ernesto con una sonrisa. Carlos vio en su cara que realmente estaba feliz de irse. El plan de su hermano era de locos. Una vez en Estados Unidos, «inventaría». Le pareció absurdo. Ernesto no sabía decir ni «My name is Ernesto», pero estaba decidido.

Conseguiría la salida gracias a su novia, una joven policía de lo más agraciada. Ella le estaba fabricando un expediente de contrarrevolucionario, así que en poco tiempo lo vendrían a buscar. ¡Qué cabrón! ¡Cómo conseguía que las mujeres hicieran cualquier cosa por él! Ernesto ya estaba preparado para su nueva vida de lumpen, de escoria, de gusano. Carlos no. Aquella fue la última vez que lo vio.

A los dos días sucedió lo imposible. Unos policías llegaron a casa de Carlos y se lo llevaron a la unidad. Él no sabía por qué. Antes de encerrarlo en el calabozo le explicaron brevemente la causa de su detención: sus hermanos. Temían que él también se fuera del país porque Ernesto ya había partido y Gladys, “un elemento desafecto”, estaba en proceso.

¿Pero qué cojones tenía que ver él con lo que hicieran sus hermanos? Él no quería irse del país. Él era revolucionario.

Estuve trancao un día nada más, pero hasta ese día duró lo de presidente del Comité. A mi hermana al final no se la llevaron. Yo tenía ganas de que se fuera pa la pinga porque con ella no podía. —Hace ahora una pausa—: A mi hermano nunca más lo vi ni supe de él. Ni cartas ni nada. Me han dicho que está viviendo por no sé dónde, pero yo no me creo nada de eso. Si lo deportaran pa acá, yo lo meto en mi casa. Ojalá esté bien.

Elsa y Alfredo se miran. Carlos está triste y el alcohol hace que se le note aún más.

Yo tenía 15 años, pero lo viví —dice ella.

II

El profesor hablaba de espaldas a un pizarrón sin espacio para otra letra. Frente a él, una treintena de muchachos de noveno grado tomaban notas con prisa. Elsa no paraba. La muñeca le dolía y entre sus manos sudadas se escurría de vez en cuando el lápiz. En eso llegó Jaqueline Curbelo, la «Jefa de Escuela» por la Organización de Pioneros en la Secundaria Nguyen Van Troi de Marianao. Desde la puerta del aula llamó al profesor y le dijo algo al oído. Fue rápido y él solo asintió con la cabeza.

Caballero, hay que salir del aula que la dirección de la escuela nos quiere a todos reunidos —dijo Jaqueline al resto de los estudiantes. Elsa dejó sus cosas en el pupitre.

Jaqueline estaba también en noveno curso y casi nunca iba a clase. Aun así, sus notas no bajaban de 100. Pero lo realmente importante era su cargo. Era «la Jefa», la líder estudiantil, la mandamás entre esos muchachos que siempre estaba reunida o en movilizaciones. Elsa no. Ella era más de ir de la escuela para su casa y de la casa para la escuela. A diferencia de Elsa, que era bajita y rechoncha, Jaqueline era muy alta y con el cuerpo de una mujer adulta. Estaba, como se decía, «muy desarrolladita». No le caía muy bien a algunos de sus compañeros. Pero era la «Jefa”», y eso bastaba.

El grupo la siguió hasta la avenida 114. Cruzaron hacia la casona de enfrente, un lugar sombrío con un enorme patio cementado en el cual se realizaban las actividades pioneriles. Elsa notó que tenía mal puesto el uniforme y, antes de que un profesor lo viera, metió los bordes de su blusa blanca dentro de la saya.

En el patio estaba el resto de los estudiantes, formados en filas, esperando por los de noveno grado. Arriba, en la tribuna, aguardaban el Consejo de Dirección de la escuela y los subalternos directos de Jaqueline. La Jefa se incorporó a su élite. Hubo una pausa. Nadie sabía para qué era aquello, aunque Elsa imaginaba con qué tenía que ver. No se hablaba de otra cosa en la calle: la Embajada del Perú, la muerte de Pedro Ortiz Cabrera, el presidente Carter, la invasión de los yanquis, la escoria, el puerto del Mariel…

Al fin se rompió el hielo. Salvador, un muchachito muy aplicado, tomó la palabra. ¿Salvador? ¿Y por qué esta vez no era Jaqueline quien hablaba? Todo estaba muy raro.

Compañeros, estamos reunidos aquí en apoyo a la Revolución, haciendo lo que los estudiantes debemos hacer en momentos como este —dijo con solemnidad. Detrás, la Directora mantenía sus brazos cruzados y el ceño fruncido.

Compañeros —continuó—, estamos aquí para hacerle un acto de repudio a una estudiante de esta escuela que se va del país. Esa estudiante es… Jaqueline Curbelo.

Entonces Salvador se abalanzó sobre Jaqueline y de un tirón le arrancó la pañoleta del cuello. Elsa no lo podía creer. Jaqueline menos. La Jefa de Escuela, «¡la Jefa!», quedó petrificada y rompió en llanto. Sus manos nerviosas palpaban una y otra vez el sitio donde antes había estado su insignia de pionera.

Ilustración: Frank Isaac Garcia

Ilustración: Frank Isaac Garcia

¡Pin, pon, fuera, abajo la gusanera!

Salvador y la Directora le gritaban, desafiantes, la consigna en la cara. Jaqueline no paraba de llorar. La escuela entera se sumó al coro.

¡Pin, pon, fuera, abajo la gusanera! ¡Pin, pon, fuera, abajo la gusanera!”

La muchacha salió corriendo con lágrimas en los ojos. Salvador y la Directora organizaron a los estudiantes para continuar el mitin. Todos irían gritando hasta la casa de Jaqueline.

Un golpe de Estado. Sí. Eso le pareció entonces a la joven Elsa: un golpe de Estado. No es que Jaqueline Curbelo fuese su amiga, pero todo aquel espectáculo le pareció mal.

Pin, pon, fuera…”.

La gente ya se había puesto en marcha. Caminaron por 45 y subieron por la calle 116, buscando la Avenida 51. Todo Marianao los miraba. ¡Qué pena! Elsa era más bien tímida, de las que no gustan hacerse notar. Se fue perdiendo de a poco en el centro del tumulto, evitando el perímetro del cuadro de estudiantes que avanzaban. En eso Ana Caridad, su mejor amiga, la tomó de la mano y la invitó a su casa. Perfecto. Tal vez nadie notaría que se habían escapado.

Ana Caridad vivía cerca, en 116 y 49. Una vez en la casa, Elsa pidió un vaso de agua.

¿Viste eso? Candela lo de Jaqueline.

Elsa, ¿tú no sabías que el padre de Jaqueline estuvo preso? —Elsa negó con la cabeza—. Sí, creo que por delitos económicos o algo de eso, y a los presos se los están llevando.

Ana Caridad lo sabía todo de todos.

Por cierto, ¿te enteraste de lo de Raisa?

Elsa tampoco sabía de lo que hablaba.

Unos días antes, la familia de Raisa había ido a la escuela para informar que la niña estaba enferma. Elsa y Ana Caridad, sus mejores amigas, intentaron verla en su casa varias veces, pero los padres siempre daban excusas. «Salió a hacer unos mandados». «Le duele la cabeza».

Mija, se fugó con el novio, ese que tiene como tres años más que ella. Ahora anda desaparecida y la están buscando. Lo que se comenta es que ella y su familia se van por el Mariel y por eso la tenían encerrada en la casa, para que no se les jodiera la salida.

La huida de Raisa duró poco tiempo. Al otro día la encontraron. Pero volvió a desaparecer, esta vez junto con su familia.

A la mañana siguiente Elsa llegó a la escuela temiendo que alguien le reprochara por haberse marchado del mitin de repudio. ¿Qué le dirían sus padres si se enteraran? Por suerte, nadie se había percatado. El aula estaba demasiado revuelta y solo se hablaba de lo que sucedió frente a casa de Jaqueline. Al parecer, el padre de la Jefa, o ex-Jefa, soltó a sus dos gigantescos pastores alemanes y todo terminó con tres estudiantes heridos y mucha gente corriendo. Las mordidas, decían quienes estuvieron, no fueron nada graves. Jaqueline, por supuesto, partió hacia el Mariel. Con ella sumaban cinco las compañeras de Elsa que abandonarían el país: Ana Elvira Puentes, Raisa, Rosa María «la Bombi», Jaqueline Curbelo y Ana Rosa Bruguera. Jamás volvió a saber de ellas.

Fue también esa semana cuando, por primera vez, vio un muerto. De lejos, apenas distinguible, pero lo vio. Se asomó al balcón de su casa cuando escuchó unos gritos. «Maricón». «Gusano». «Escoria». Todo el barrio se había dado cita frente a la casucha donde vivían una anciana y su hijo homosexual. La gente lanzaba cosas. ¿Piedras? ¿Huevos? Podían ser huevos. Los huevos estaban de moda. Frente a la muchedumbre, la vieja se defendía también a gritos. Elsa se acordó entonces de Pedrito.

Ilustración: Frank Isaac Garcia

Ilustración: Frank Isaac Garcia

Pedrito era el peluquero del barrio donde vivía su abuela, por el reparto Dinora, en Boyeros. Todo el mundo lo quería, o al menos todas las mujeres de la zona. Era un galán, quizás algo gordito, pero alto y bien parecido. Pedrito era homosexual y escandaloso, andaba con shorts cortos de colores chillones, bien apretados, exhibiendo el volumen de sus nalgas. Si no fuese porque era «pato» las novias le habrían llovido. Unos días atrás a Elsa la había llamado su abuela y le había contado sobre la detención de su peluquero. Al parecer, la policía se lo había llevado a la fuerza para el Mariel porque, simplemente, le gustaban los hombres.

Desde su balcón, Elsa seguía observando el mitin. La vieja dejó de gritar y entró a la casa. Al rato Elsa volvió a escucharla. No entendía bien lo que decía, pero aquello bastó para que la multitud se dispersara. La calle quedó desierta por un buen rato mientras la señora seguía dando gritos.

Una ambulancia se oyó a lo lejos. Elsa no imaginó que llegaría hasta la casa de su vecina. Tampoco imaginó que de allí sacarían, sobre una camilla, un cuerpo. El hijo de aquella mujer, muerto. Sucedió mientras se desarrollaba el mitin. Se había ahorcado.

Eso de los actos de repudio era todos los días. Ahora hay hasta un círculo infantil que se llama «Panchita Navia», porque ese fue el nombre de una vieja chivatona que se tiró delante del carro de uno que se iba por el Mariel. ¡Ahora es una mártir y todo!

Carlos prende un cigarro y pone su vaso de ron, vacío, en el aparador de su derecha. Alfredo hace lo mismo.

Pero, imagínate, fueron cosas del momento. Yo, a veces, entiendo a la gente.

No me jodas, Carlos. La gente estaba ciega —dice Alfredo.

Carlos vuelve a sonreír y mira a Elsa.

Mira que tu marido habla mierda.

Alfredo se levanta de su butaca y alza un brazo. Con el índice en alto, hace como si le hablara a una multitud.

-Tú debes acordarte de aquello, de cuando el tipo decía: «No los queremos. No los necesitamos. Que se vayan. Cuba es de los revolucionarios».

III

Después de mucho insistir, Esther, la presidenta del Comité, fue atendida. Había tocado a la puerta sin parar y con bastante fuerza. Alfredo se había dispuesto a abrir cuando su madre se le adelantó.

Carmen, estamos organizando un mitin relámpago. Hace falta que todos los vecinos salgan.

Esther continuó, pero Carmen parecía no oírla. Alfredo, a sus 12 años, sabía el porqué de la indiferencia. Su mamá, como todo el barrio, detestaba en silencio a aquella mujer escandalosa y a sus dos hijas, de quienes se comentaba que eran «putas». Realmente, a él, esos chismes le importaban un comino.

Mira Esther, yo ahora no… —Alfredo interrumpió a su madre y salió por la puerta con un rápido «No te preocupes, yo voy».

Carmen miró a su hijo e hizo una mueca, de esas que dicen «No estoy de acuerdo, pero allá tú». Tampoco le preocupaba eso. Aquel «allá tú» era permiso suficiente. Además, no podía esperarse menos de un pionero como él: revolucionario, fidelista y gran prospecto de líder estudiantil en Marianao.

En la calle estaban todos los vecinos, excepto sus amigos. ¿Y qué? Él era un joven comprometido y eso era algo que Esther sabía muy bien. Sí, los ojos de aquella mujer delataban una expresión triunfante, quizá por haber convocado a la juventud de la cuadra, aunque la juventud se redujera a Alfredo. Él, por su parte, sentía unas ganas tremendas de asistir a su primer acto de repudio. En los periódicos publicaban imágenes de multitudes, personas dando discursos. Parecía emocionante. De seguro algún periodista llegaría y le tomaría una foto.

También había allí gente de otros CDR. Santa Felicia entera. El tumulto le pareció poca cosa. Gentío de verdad el del sábado anterior. ¡Ese sí! ¿Un millón? ¿Dos millones? No sabía, pero era mucha gente. Él fue por la escuela, junto a sus compañeros. Antes de llegar a la «Primera Marcha del Pueblo Combatiente», los maestros les enseñaron las consignas que debían corear, pero Alfredo ya las conocía, y eso le causaba cierto orgullo. «Fidel, amigo, el pueblo está contigo». «Pin, pon, fuera, abajo la gusanera». Esa era graciosa. «Que se vayan». Esa, fácil. «Abajo la escoria». «El pueblo, unido, jamás será vencido».

Del sábado dos cosas lo dejaron sin aliento: la cantidad de personas que marchaban y la Quinta Avenida. Quinta Avenida fue para él todo un descubrimiento. ¡Qué casas! ¡Qué jardines! Le pareció un paraíso. Quizás sin tantas personas entorpeciéndole la vista hubiese podido admirar aquella calle con mayor detenimiento. ¡Las embajadas! ¿Y si de grande se hacía diplomático? ¿Viviría en lugares así? La idea lo sedujo durante toda la marcha. Sí, gritó las consignas, pero su cabeza estaba en otra parte. Algunos carteles llamaron de vez en cuando su atención. Eran bastante ocurrentes los de Carter, dibujado con dientes enormes, y los de la patada en el culo a los gusanitos, aunque a los gusanos les habían pintado colmillos, como serpientes. ¡La Quinta Avenida!

Oye, entra rápido y coge los huevos —gritó alguien del barrio. La gente a su alrededor ya se movilizaba y él seguía pensando en el sábado anterior y en la Quinta Avenida. Por su lado pasó alguien con una bolsa de huevos.

No caminaron mucho, apenas media cuadra, y se detuvieron frente al portalito de la casa de Aurora. ¿Aurora? ¿Repudio a Aurora? No. La buscó entre la gente. No la encontró. ¡Era contra Aurora! ¿Por qué, si era una pobre vieja, y sola? No del todo sola. Tenía una hija que vivía en Aguacate, la madre de Randy, amigo de Alfredo. Cuando Randy visitaba a su abuela, se ponían a jugar juntos. Pero esos eran tres o cuatro días al mes, si algo.

Alfredo conocía de sobra aquella casa. «Fredy, Fredy, hice flan». «Fredy, Fredy, toma, para que compres caramelos». A él le gustaban mucho los caramelos y Aurora siempre lo complacía. Era una especie de trato: ella lo invitaba a comer dulces o le daba dinero para caramelos y él le repasaba para que obtuviera su sexto grado. Por aquel entonces estaba la «Batalla por el Sexto Grado» y a Aurora, con 60 años encima, se le había metido en la cabeza conseguirlo. Tenía apenas un cuarto grado de escolaridad y muchos problemas en Matemáticas. Alfredo, por su parte, era muy bueno con los números. Le repasaba cuando llegaba de la escuela y, a veces, los domingos.

Estamos aquí, compañeros, para repudiar la actitud del elemento desafecto en que se convirtió la que era nuestra vecina. Aurora hoy está al servicio del enemigo. Por eso, ¡qué se vaya! ¡Cuba es de los revolucionarios!

El barrio entero le siguió el coro a Esther, que gritaba con las venas del cuello a punto de reventar. Le seguía en entusiasmo una de sus hijas, después Conte, el borrachín, y Julio «Danger», el guapo de la cuadra. La Presidenta del CDR continuó su discurso y Alfredo sintió que aquellas palabras, aquella manera de hablar, de agitar los brazos en alto, con el índice hacia el cielo, todo aquello ya lo había visto. Sí. No había dudas. Esther imitaba al Comandante.

Alfredo salió de la primera línea del mitin y se apartó hacia una esquina.

La puerta de Aurora se mantuvo cerrada. La yema y la clara del primer huevo resbalaron lentamente por una ventana. Luego se estrellaron otros dos contra la puerta. Entonces apareció una mulata gorda, en batón y con un jarro metálico y humeante en la mano, que protegía con un paño. Echaba fuego por los ojos. Todos se callaron. Aurora miró a Esther de arriba abajo, con expresión de asco.

¿Tú, descarada? ¿Con tus hijas putas? Aquí nadie tiene el valor de decirte nada porque tienen miedo de que en tu brete los eches palante. Pero yo no. ¿Con qué cara te paras tú en la puerta de mi casa? Yo soy una persona decente y tú, una desprestigiada.

Los ojos de Aurora alcanzaron a Alfredo. Él sintió un nudo en el cuello y un apretón en el pecho. Le costaba respirar. ¿Por qué se había quedado? Ya era tarde. Vergüenza. Pena. Aurora se lo había dicho todo con aquella mirada. ¿Fredy, tú?

¡Todos ustedes son unas mierdas! Amigos ni amigos. Unas mierdas. Y al que vuelva a decir algo en la puerta de mi casa le voy a echar agua caliente —dijo, y levantó el jarro humeante—. Puede que no me vaya, pero me voy a alegrar de quemar a cualquiera de ustedes. ¡Sohijoeputas, coño, que son todos!

Ilustración: Frank Isaac Garcia

Ilustración: Frank Isaac Garcia

La horda se disolvió. Cada quien se fue a su casa sin mirar atrás. Aurora los siguió un momento con la vista. A Alfredo le hizo un gesto para que se acercara. Fueron juntos hasta el comedor y se sentaron junto a la mesa. Aurora no dijo nada. Solo puso unos caramelos «rompequijá» sobre el mantel. Eran sus favoritos y ella lo sabía.

Aurora, discúlpame.

Quería llorar.

No, mijo, no te preocupes. Los niños no tienen nada que ver con esto.

Ella siguió.

Fredy, escúchame. Solo quiero que sepas que no me voy porque odie Cuba, ni porque soy gusana. Estoy vieja, mi hija ya hizo su vida, y yo quiero continuar con la mía. Mi esposo vino a buscarme. ¿Tú me entiendes?

Carlos, Elsa y Alfredo conversan un rato más esa noche, de otras cosas, hasta que terminan con la botella de Havana Club Añejo 3 Años.