En la capital de México, Rodolfo solo estuvo dos noches antes de tomar un vuelo de la aerolínea Interjet hacia Ciudad Juárez. Se reunió con un par de amigos, incluido un antiguo cliente suyo en Cuba, y apenas conoció un fragmento del Paseo de la Reforma y los tacos de canasta en una esquina de la colonia Roma.

«En ese vuelo no había más cubanos, y yo llego con mi pasaporte y el “amparo” [antes inútil]. Y ya cuando pasa toda la fila del avión y nos quedamos solo los que teníamos problemas, el funcionario coge mis papeles y se dirige a una oficina… Pero cuando da cinco pasos regresa y me devuelve los documentos. Le di las gracias y me dijo: “Vete”. Al final sirvió el amparo», dice Rodolfo, con alivio retrospectivo.

A mediados de mayo de 2019, Rodolfo estaba listo para presentarse ante las autoridades estadounidenses. Con suerte, permanecería varias semanas encerrado en un centro de detención de migrantes, mientras aprovechaba para darle los toques finales a su coartada. Su familia le había hecho llegar documentos de su proceso legal en Cuba, y algunos los había llenado él mismo —como si fuese el instructor de su propio caso— en Ciudad de México. Ahora memorizaría no solo el «cuento» que iba a hacer, sino también las preguntas y respuestas imaginables, a fin de convencer a los oficiales de que la suya era una biografía al menos digna de ser considerada por una corte migratoria. Su ficticia «historia personal» tendría que abrirle —como Elegguá hace para sus fieles— el camino hacia ese pedazo de «sueño americano» que es la Ley de Ajuste Cubano. Ese era el plan. La frontera estaba ahí delante.

Juárez es una ciudad tradicionalmente violenta y México no lo había tratado bien, pero ahora el problema de Rodolfo era otro. Había llegado a un lugar saturado de compatriotas suyos, todos con la misma obsesión y el mismo gran dilema: Estados Unidos ya no estaba tan dispuesto a abrir sus puertas a los cubanos.

Y justo por entonces México decidía colaborar formalmente —si a fin de cuentas esto iba a asegurar la estabilidad de los mercados— con la visión de Trump en asuntos migratorios.

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En marzo último, la Corte Suprema estadounidense confirmó la vigencia del MPP («Remain in Mexico») impulsado por la administración Trump, luego de que esa política fuera bloqueada en febrero por un tribunal de apelaciones.

Dicho «muro»legal —que mantiene a decenas de miles de migrantes al sur de su demarcación fronteriza a la espera de resolución sobre sus peticiones de asilo—, junto al despliegue mexicano para contener el flujo de viajeros indocumentados, ha surtido un amplio efecto que sin dudas complacerá tanto al ocupante del Despacho Oval como a sus asesores más extremistas, al estilo de Stephen Miller.

Río Bravo, Nuevo Laredo, México

Río Bravo, Nuevo Laredo, México / Foto: Jesús Adonis Martínez

Durante el año fiscal 2019 (octubre/2018-septiembre/2019) fueron aprehendidos[1] en la frontera suroeste de Estados Unidos —según el U.S Custom and Border Protection (CBP) del Departamento de Seguridad Interior—, 851 mil 508 individuos, con picos en los meses previos al acuerdo con México (marzo, abril, mayo y junio) y un mínimo alcanzado en septiembre (52 mil 546). En el período fiscal 2020, se habían realizado hasta febrero pasado 161 mil 051 «aprehensiones», con promedios mensuales ligeramente superiores a 30 mil.

Al comparar las cifras de «inadmisibles»[2] en la frontera suroeste durante el año fiscal 2019 (126 mil 001) y hasta febrero del 2020 (41 mil 177) también se aprecia una ligera pero consistente disminución en la media mensual.

En cuanto a los cubanos inadmisibles, los datos de CBP para la frontera suroeste indican un aumento en el curso fiscal 2019 (21 mil 499) con respecto a los dos anteriores bajo la administración Trump (solo los dos últimos tercios del primero): 15 mil 383 en 2017 y siete mil 79 en 2018. Hasta febrero del año fiscal 2020 se habían declarado inadmisibles en esos puestos fronterizos tres mil 313 cubanos, una media también inferior a la de 2019.

Río Bravo, Nuevo Laredo, México

Río Bravo, Nuevo Laredo, México / Foto: Jesús Adonis Martínez

Asimismo, resulta notable que en los años correspondientes al deshielo entre La Habana y Washington la cifra de inadmisibles provenientes de la mayor isla caribeña fue mucho más alta (28 mil 642 en 2015 y, sobre todo, 41 mil 523 en 2016), lo que se debería a la ansiedad migratoria de aquel momento, que derivó en crisis debido a la presunción, luego hecha realidad, de que se acabaría la política de admisión automática denominada «pies secos, pies mojados».

Precisamente, el epígrafe dedicado a los cubanos en la web de CBP explicita un compromiso con «la migración segura, legal y ordenada desde Cuba bajo nuestros Acuerdos Migratorios», que se hicieron efectivos el 12 de enero de 2017, ocho días antes de que Barack Obama dejara la presidencia en manos de Trump. La nota señala que en esa fecha cesó la «special parole policy, also known as the “wet-foot/dry-foot”», vigente desde mediados de los noventa. «Desde entonces, los nacionales cubanos que intentan entrar ilegalmente en Estados Unidos están sujetos a remoción, consistente con nuestras prioridades. Esas acciones son parte de la normalización de relaciones en curso [¡!] entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba…»

En virtud de ello, ciudadanos cubanos también han sido deportados a la isla, tal como indican reportes del Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, siglas en inglés).

De acuerdo con Chicago Tribune, Trump ha estado sacando bastante provecho del legado migratoria de Obama en lo concerniente a Cuba (unas cinco mil órdenes de deportación entre enero 2017 y septiembre 2019; mil 300 efectuadas, según el ICE). Sin embargo, Cuba se considera aún entre los países «recalcitrantes» en este aspecto.

El año pasado marcó un récord absoluto en cuanto a deportaciones de cubanos, las cuales aumentaron un 600 por ciento y sumaron desde inicios de 2017 unas mil 800.

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Rodolfo (XII)

«Me anoté en la lista de Migración de México, que da los turnos; hay páginas en Facebook para “solicitantes de asilo”, y ahí van actualizando el número en que se quedó: cuántas personas pasaron cada día. Cuando llegué a Juárez pasaban 60, 80 personas diarias». Según Rodolfo, hacia agosto de 2019 solo pasaba una decena cada día. Por entonces él tenía un número alrededor del 14 mil; los admitidos para procesamiento en ese punto fronterizo iban por 11 mil 500, mientras que los turnos entregados rondaban un total de 17 mil.

Número del último migrante admitido en la frontera de Ciudad Juárez

Número del último migrante admitido en la frontera de Ciudad Juárez cuando Rodolfo estuvo allí / Foto: Cortesía del entrevistado

Rodolfo supo de «un socio» que cruzó por Santa Teresa: «Ya a las dos horas estaba con el grillete, pero en Estados Unidos». Entonces él decidió no esperar e intentarlo de ese modo.

«Yo fui cuatro veces, pero no me atendieron». Primero, le dijeron simplemente que no podía pasar. Fue otro día a las 6:00 am, la hora, dice, en que abren los puestos fronterizos, y esa vez fue con un taxista mexicano. La idea era que el chofer sirviera de testigo de un supuesto asalto sufrido mientras esperaba su turno. Rodolfo le daría 200 dólares al hombre. Entonces le dijeron que eso podía complicar al taxista por delito de tráfico de personas.

A la mañana siguiente regresó solo, pero estaban los mismos oficiales del día anterior, y uno de ellos, mexicano, «tiró la podrida», según Rodolfo.

«Dijo que no podía ser. “Si tu entras, yo te voy a entrar a golpes”. Y ese hijo de puta me dijo que me fuera». [No queda claro en este caso si clasificaría como «apprehension» o «inadmissible», o ni una cosa ni otra].

Volvió. Pero había una larga cola de carros… «Y los mismos americanos me hicieron señas para que me fuera».

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Freddy (VII)

«Luego de cerrar el trato con el Licenciado, contactamos con otro coyote en México. Él vivía en Estados Unidos, y su mujer, una mexicana de 19 años, nos recibió y nos presentó los conectos para cruzar por la cerca que divide esa parte de Juárez con Estados Unidos».

El hermano del nuevo coyote, «El Negro», era quien se dedicaba a sacar a la gente por la valla divisoria.

«Nos fuimos del hotel y nos trasladamos a un condominio», recuerda Freddy. La chica organizaba todo. En el lugar había unos 20 cubanos. Dormían en el suelo. «Ahí me pasé casi un mes y luego nos trasladaron a una casa en construcción, a unos 300 metros de la cerca fronteriza».

Según Freddy, le cobraron a cada uno tres mil dólares. «La mujer del coyote dijo entonces a Rogelio que su novio había caído preso en Estados Unidos, y que necesitaba otros mil 300 dólares». La operación se encarecía.

Finalmente, el cuñado de la chica lo ayudó a cruzar una noche. Freddy y siete mexicanos.

«En el primer intento, me habían parado los federales estadounidenses y me regresaron a Juárez [«apprehension»]. En el segundo, lo conseguí. Debíamos correr por el desierto y alcanzar una camioneta que nos esperaba entre unas malezas».

Trasladaron al grupo hasta un hotel en El Paso, Texas, donde muy pronto Freddy fue recogido por Blanca, quien se encargaría de él personalmente.

«Blanca era mexicana, de unos 35 años, tenía dos niñas y con ella estuve dos días», cuenta Freddy.

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Yailín y Jorge Luis

Entre los cubanos que sí han ingresado en el último año y medio por la frontera sur de Estados Unidos, están los esposos Jorge Luis Consuegra, 29 años, y Yailín Carmona[3], 26, naturales de la provincia de Camagüey.

Ambos viven actualmente en Austin, Texas, pero sus caminos migratorios se bifurcaron en mayo de 2019. En pocos días lograron atravesar México, coyotes mediante, hasta Ciudad Juárez. Allí pagaron para no hacer la cola de solicitantes de asilo y se presentaron ante los oficiales estadounidenses en El Paso.

Esa misma noche enviaron a Jorge Luis hacia un centro de detención en Nuevo México. Yailín no fue trasladada, sino que la recluyeron en unas carpas allí mismo junto a otras mujeres.

Él fue a parar a una celda para ocho donde había 21 personas. Durante las siguientes 16 fechas no se bañaría ni una vez y solo comería barras de granola y sopas instantáneas Maruchan. No sabía cuándo era el día o la noche; tenía que estar de pie la mayor parte del tiempo porque faltaba espacio y el aire acondicionado le calaba los huesos. Los presos llamaban a aquel lugar «La Hielera».

A ella le daban un pan en las mañanas y un hot dog en las tardes; agua de la llave; la cobija era un nylon plateado «como los que se usan para envolver regalos». El nylon no dejaba de sonar. Fuera de aquellas carpas estaban quienes viajaban en familia. Padres e hijos dormían a la intemperie, cuenta Yailín, incluso bajo la lluvia. Las mujeres de las carpas no querían que los niños entraran porque tenían piojos. Ella estuvo allí 46 días. Se bañó tres veces.

En Nuevo México, Jorge Luis fue procesado; le hicieron muchas preguntas. Allí, explica, te ubicaban en dos canales: a) directo a corte con un juez de migración, b) a demostrar «miedo creíble» en Cuba, con un oficial de asilo. A él lo entrevistaron por la primera opción, y le concedieron una fianza. Eso implicaba que debía continuar presentándose a cortes y que podía ser deportado. Al menos, estaría en libertad dentro de Estados Unidos, pero sin permiso de trabajo.

Yailín fue incluida en el programa MPP (Remain in Mexico) y tuvo que regresar a Juárez, el 21 de junio, bajo el mismo criterio que Jorge Luis. Un mes después tendría su primera corte… Entonces alega «miedo creíble» por el hecho de estar sola en México, pero su declaración es rechazada. En agosto asiste a la segunda cita con un juez de migración; esta vez con un abogado que ha contratado por su marido. El abogado pide a las autoridades volverla a someter a «miedo creíble». Ella dice entre otras cosas que la policía mexicana es muy corrupta, que un día salió a comprar agua y un policía la detuvo y la obligó a darle todo su dinero. El juez acepta esta vez.

A continuación, Yailín es trasladada al centro de detención de Sierra Blanca, Texas, donde estuvo tres días, antes de su internamiento en Corley Detention Facility, Houston, donde pasaría los siguientes siete meses. (Por las mismas fechas, se conoció a través de la prensa independiente cubana el caso del periodista Yariel Valdés[4], de la revista Tremenda Nota, recluido en Bossier Parish Medium Security Facility).

Mientras tanto, Jorge Luis trabaja como ilegal en «una ponchera», donde elimina los pinchazos y equilibra las cantidades de aire en las llantas de los autos.

Durante su encarcelamiento, Yailín asistirá a tres audiencias. Primero, el 7 de noviembre: solicita una fianza, como Jorge Luis, y se la niegan. Luego, el 6 de febrero de 2020, entrega cinco cuartillas con su «historia» personal y le solicitan pruebas que deberá presentar el 23 de marzo.

En procura de su salida de prisión y el posterior ajuste migratorio en Estados Unidos, Yailín prepara un testimonio basado parcialmente en el de su esposo. En mayo de 2019, Jorge Luis había pedido a una conocida suya que le escribiera su «historia» sobre la cual fundar su inminente petición de asilo.

El texto elaborado por Yailín comienza señalando su pertenencia a «una familia que ha sufrido el asedio, la hostigación [sic] y la persecución de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR)», y concluye asegurando: «Tuvimos que huir de Cuba yo y mi esposo y temo por mi seguridad tanto como por mi vida si es que tuviera que regresar. Le imploro a este tribunal que considere mi solicitud y me permita permanecer a salvo».

Esta es la historia[5] fabricada en mayo de 2019 —con muchos referencias a la realidad política y a la prensa independiente en Cuba— para que Jorge Luis Consuegra la interiorizara y, llegado el momento, la reprodujera en busca de su particular American dream:

Hola. Yo soy de una región del oriente de cuba donde no hay desarrollo ninguno.

Yo estudiaba medicina y En segundo año de la carrera me botaron de la universidad por no participar en las reuniones de la UJC [Unión de Jóvenes Comunistas].

Eso implicaba que en todas partes me miraban mal, me costaba conseguir trabajo y me había quedado sin carrera universitaria.

En Camagüey se han dado muchos actos contra los periodistas disidentes, y en diciembre de 2017, cuando apresaron a Iris Mariño por trabajar en La Hora de Cuba, hicimos una protesta, ella era amiga de mi prima que también es periodista.

Pero aquello terminó en que la policía nos dio una paliza, porque la información había salido en radio Martí, que es una emisora de Miami y allá siempre han tratado como traidor a todo el que habla para Radio Martí, o hace un acto que sea trasmitido por esa emisora.

A mí me llevaron a una estación y me golpearon y me dijeron que me tenían chequeado. A mi esposa la botaron del trabajo porque su marido era considerado un traidor y decidimos que no queríamos crear una familia ahí.

Nos fuimos a La Habana, 600 km al occidente y nos mudamos a un barrio muy pobre, porque no teníamos dinero para alquilar en otro lugar mejor.

Sin embargo, comencé mi negocio de venta de helados y cuando aprendí a hacerlos bien saqué mi licencia como cuentapropista. Mi esposa y yo hacíamos helados por las noches y en la mañana salía a venderlos.

Pero el huracán Michael en octubre del pasado año nos tumbó parte de la casa y nos quedamos viviendo en un espacio muy reducido, en la sala, que fue lo que quedó más sano. Las lluvias afectaron el techo completo y ahora cuando llueve se moja.

Cuando el gobierno fue a ver los daños ocasionados por el ciclón en nuestro barrio salimos a protestar, no teníamos comida y estábamos viviendo en condiciones extremas, y las ayudas humanitarias que gente de otros países mandaban ellos las estaban vendiendo. (Huracán Michael fue el 12 de octubre de 2018).

Me llevaron preso por decir eso, ya había denuncias en Internet de las ventas de la ayuda humanitaria que el gobierno debía regalar, y en cambio ellos las vendían.

Me llevaron a 100 y Aldabó, en Boyeros, y me golpearon y me dijeron que yo era un revoltoso y que ya estaban cansados de mí. Que no buscara más problemas.

Al día siguiente me dejaron salir y me amenazaron, que si volvían a saber de otra revuelta me iban a meter preso. Eso fue sábado y el lunes el jefe de sector, que es el jefe de la policía allá, me tocó a la puerta de la casa. Me dijo que no me metiera en problemas y yo le dije q si me estaba amenazando.

El miércoles, fueron dos hombres vestidos de civil, de ropa normal, y me amenazaron, que sabían lo que yo hacía.

A la semana siguiente, después de recuperar un poco el negocio del helado después del huracán, Cuando salí a vender los helados un policía me pidió la licencia. Y me decomisó toda la mercancía.

Tuve que esperar otra semana para poder salir a vender porque me quede sin fondos para comprar la leche y los saborizantes.

A la siguiente semana volví a salir con mi carro de helados y la policía volvió a revisarme, me registraron hasta los zapatos y yo les dije que me tenían cansado. Que estaba hartos de ellos y del gobierno cubano, que eran unos corruptos y unos dictadores.

Me dieron una paliza nuevamente, me pegaron con sus bastones y me cayeron a patadas, me dejaron ahí tirado al lado del carrito de helados y se fueron.

Y así ha seguido la cosa al punto que me tuve que ir varias semanas para casa de una tía que vive en otro barrio de la habana. Todo esto no solo me ha afectado emocionalmente, sino también económicamente. No es fácil vivir con miedo y con esa persecución. Por eso vine aquí a pedir asilo político. Porque siento que mi caso es una cuestión política.

A raíz de las protestas que realizamos en Oriente por la detención de varios periodistas, como Iris (ella trabaja en La Hora de Cuba, una publicación independiente), Sol García Basulto y Henry Constantín, y luego mi denuncia ante los representantes del gobierno porque ellos estaban vendiendo la ayuda humanitaria del huracán, he sido víctima constante de acoso, he estado detenido dos veces y tengo varias advertencias en mi contra. Además de que ya no puedo ejercer mi negocio de forma segura.

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Rodolfo (XIII)

Tras sus fallidos intentos de ingreso en Estados Unidos, Rodolfo readecuó sus expectativas.

No esperó más su turno y se concentró —al igual que miles de cubanos en Juárez, que continúan esperando— en ganarse la vida el tiempo que permaneciera varado.

Puente fronterizo, Ciudad Juárez, México

Puente fronterizo, Ciudad Juárez, México / Foto: Cortesía del entrevistado

Cuando llegó a Ciudad Juárez estuvo en el Hotel Moon Palace. Pronto se fue a «una rinconera» con otros cubanos, a 30 pesos la noche. No fue a parar a la llamada «Casa del Migrante», una iglesia más bien pequeña que ha acogido la desventura más o menos infinita de miles de personas. Pero sí conoció el acoso infinitesimal de las tormentas en el desierto. «Era de pinga el arenero».

Allí aguantó 20 días nada más. «Los cubanos en esa casa eran malacabezas», dice. «Se iban a fumar marihuana, y a mí ese ambiente no me gusta. Ahí llegué por cuenta de un socio que conocí allá abajo en la cárcel de Siglo XXI».

En el momento en que hablamos[6], Rodolfo lleva un mes y medio rentando un cuarto, por tres mil pesos mensuales, en la casa de quien ahora es su jefa en un pequeño corporativo que regenta un spa y organiza eventos (bodas, etc.).

A primera vista, la carta de navegación de Rodolfo en Ciudad Juárez marca dos coordenadas principales: a) su cuarto seguro y su trabajo de logística y contabilidad en una oficina «con aire acondicionado» que queda a diez minutos de camino; b) su matrimonio por papeles con la hija de su jefa y casera.

«El trámite», explica, «me sale en tres mil 500, pero con pasaporte, y en solo un mes. Hace una semana que nos casamos, pero con el pasaporte ya voy echando… Di mil 750, y cuando me entreguen el pasaporte son otros mil 750».

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Yailín y Jorge Luis (II)

Yailín nunca comió lo que daban en prisión. A lo largo de siete meses vio a las otras mujeres comer frijoles hervidos en una lata… Pero ella, no. Ella tomaba una «comisaria» («GEO Corley Commisary Order Form») y entonces pedía, quizá, cinco sopas Maruchan y un sobre de carne. La comida y las llamadas telefónicas costaban unos cien dólares semanales, que Jorge Luis depositaba puntualmente.

La comisaria es un papel con columnas de color rosa claro; en esas columnas están los códigos («item code») de las mercancías solicitadas («merchandise requested»). Era solo cuestión de marcar en la casilla justa. Las llamadas telefónicas también se solicitaban con antelación: al abogado… a Jorge Luis… Los números y el nombre de la persona, etcétera, se anotaban en una hoja de seis columnas y treinta filas numeradas que cada interna debía firmar junto a la fecha correspondiente.

«comisaria» («GEO Corley Commisary Order Form»)

«Comisaria» («GEO Corley Commisary Order Form») / Foto: Cortesía de la entrevistada

Eran, dice Yailín, celdas para 12 personas. Y el ambiente allí era violento. «Te tratan mal para que pidas deportación». A cada rato, por ejemplo, te pedían tu identificación (ID). Te despertaban solo para eso. «No podías dormir».

Para recibir atención médica, debías enviar también un request y, si era grave, acudían… Si no lo era demasiado, te atendían, digamos, 17 días después.

Así lo cuenta Yailín. Solicitó ibuprofeno mediante la comisaria. A partir de ahí, si le daba fiebre, se tomaba uno… y listo.

Dice Yailín que cuando empezó el asunto del coronavirus, durante sus últimas semanas detenida, les apagaban la televisión para que los internos no se alteraran con las noticias.

Los hombres eran quienes cocinaban en Corley, y entraron en huelga a raíz del avance de la epidemia en Estados Unidos. Así que no hubo comida durante un par de días.

Yailín aún tiene ojeras por el agotamiento de esos meses. Dice que no se le quitan.

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Rodolfo (XIV)

En los meses por venir, la burocracia mexicana dará nuevas pruebas de que las cosas en ese país nunca son tan fáciles como imagina el migrante desesperado. La dilación y los enredos legales son un buen negocio. Por tanto, Rodolfo deberá invertir más tiempo y más dinero.

Pero su plan maestro, que un año atrás no existía, y que siete u ocho meses atrás apenas era, si acaso, una idea peregrina, una esperanza o una ilusión, y que cuando llegó a la frontera norte de México no había siquiera madurado, ese plan ahora resulta nítido, indiscutible aun cuando a veces Rodolfo sea presa de una enorme impaciencia.

Dice que está enamorado. Como un deux ex machina, su camino definitivo ha ido fraguándose en paralelo a las dificultades de la ruta migratoria y la desesperación que hemos narrado hasta aquí.

«Ya yo lo que quiero es irme para Italia», dice Rodolfo a finales de agosto de 2019.

Unos días antes lo ha visitado la chica italiana con quien retomó contacto desde Panamá. Durante meses habían alimentado su relación a distancia, y ahora todo se ha consolidado en Juárez.

Ella vive en Roma. Le ha impresionado Ciudad Juárez, la frontera norte de México, dice ella, dice Rodolfo. Le han impresionado sobre todo los rostros de las personas. Su tristeza.

En cualquier caso, si Rodolfo no consiguiera regularizar pronto su estatus en México o si ello no le permitiera obtener una visa inmediata para viajar a Europa, ella dice, Rodolfo dice, la chica italiana se mudará a México, por un tiempo al menos.

De hecho, Rodolfo se pasará el mes de noviembre de 2019 averiguando desde Juárez si sus conocidos en la capital mexicana saben de algún buen departamento en renta. A buen precio y en buena zona.

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Hay quien consigue evitar la onerosa ruta migratoria mexicana y toma un atajo, diríamos, de lujo.

Acaso la vía más amable para acceder al ajuste que promete la Cuban Adjustment Act, luego de que fuera eliminada la política de «pies secos, pies mojados», es la obtención de una visa de turismo o de cualquier otro tipo para viajar a Estados Unidos. Una vez en suelo estadounidense, el interesado agotará su estancia legal y sumará a continuación algunos meses sin documentos hasta cumplir un año desde su entrada al país.

Ese trámite largo y silencioso permite aspirar a la regularización de estatus a quienes provienen de Cuba. Poco tiempo después de salir a la luz, el migrante cubano debería obtener su permiso de residencia.

Así lo hizo D.[7], 30 años, quien es residente en Estados Unidos, desde hace casi dos años. Obtuvo su visado gracias una invitación para participar en un evento profesional en Florida. Viajó a Miami justo en los días en que Obama liquidaba «pies secos, pies mojados». Decidió quedarse.

También es el caso de L., un joven pastor que asistía a una escuela religiosa en el estado de Wyoming. Mientras tomaba clases sobre la Biblia, hacía labor pastoral y trabajaba en el campo, L. cumplió los 12 meses imprescindibles para aplicar a la Ley de Ajuste Cubano. Su residencia llegó el verano pasado y ya viajó a Cuba para visitar a su madre enferma.

Por último, ese era el proyecto inmediato de Y., una treintañera que obtuvo en la Ciudad de México una visa de turismo para viajar a Estados Unidos. Tras el otorgamiento del documento, contaba con tres meses para hacerlo efectivo. Pero el cierre de fronteras debido a la pandemia del nuevo coronavirus la ha obligado a diferir sus planes.

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Freddy (VIII)

Tres días después de su entrada ilegal en Estados Unidos, Blanca sacó a Freddy de El Paso y lo llevó hasta otra ciudad de Texas que él no reconoció. Blanca se hizo pasar por su esposa cuando atravesaron un Check Point en ese estado fronterizo.

«Ambos corrimos riesgo: yo estaba ilegal, y ella también», dice Freddy. «Me entregó a mi primo y nos cobró mil dólares más. Nos fuimos a Miami».

Cuenta Freddy que Blanca continuó haciendo ese recorrido con otros migrantes (hasta Miami eran tres mil dólares) hasta que la detuvieron en el Check Point y la deportaron. «Está en México».

«Lo peor», confiesa Freddy, «fue el miedo en las montañas de Centroamérica, donde tuve que montar en burra, junto a esos hombres armados. Había malandros que atacaban a los coyotes, porque sabían que los cubanos traíamos dinero arriba… Ver niños deshidratados, vomitando sangre. Vi pelos, zapatos, restos de otros migrantes; no vi cuerpos, pero sentía que ahí estaban».

Freddy enseñando béisbol a niños en Miami

Freddy enseñando béisbol a niños en Miami / Foto: Cortesía del entrevistado

Freddy ha trabajado en Miami cargando camiones con paquetes de Amazon. Ahora es aprendiz de mecánico de tráileres y los fines de semana enseña a jugar béisbol a varios niños. Diez dólares por gorra la clase.

Dice Freddy, por último: «Un día en Juárez conocí al Licenciado Robert. Era bajito, trabaíto, como yo, pero con pelos. Una persona instruida».

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Yailín y Jorge Luis (III)

El 23 de marzo de 2019, Yailín llevó a corte las pruebas que sustentan su particular biografía del miedo creíble. Entre los documentos entregados había varias declaraciones que atestiguaban hechos antes descritos por Yailín; uno de esos testimonios fue escrito por la misma persona que creó la «historia» de Jorge Luis.

Justo antes de esa tercera corte, Yailín llevaba tres noches sin dormir. Últimamente habían denegado a todas las mujeres.

Durante la sesión, una fiscal se la «comió a preguntas», mientras el juez bebía agua y miraba para cualquier lado. Al final, él preguntó algo, y Yailín contestó:

—Desenmascarar al gobierno [cubano].

De inmediato el juez afirmó que había visto suficiente. «Una fuerte persecución en su contra». Y otorgó el asilo.

—Señora, bienvenida a los Estados Unidos. Espero que pronto traiga a su hija y que su esposo también pueda acogerse al asilo.

Dice Yailín que entonces no le vinieron ganas de llorar de la emoción, porque en realidad le había costado mucho mentir así. Llegó a decir que la violaron. Todavía dice que ella no sabe decir mentiras.

No sabe, asegura, cómo dejó a su hija atrás. Pero ya tiene todos los papeles: permiso de trabajo, la Green Card deberían entregársela el 23 de marzo del año próximo. Jorge Luis ya no tiene que ir más a cortes; puede acogerse al estatus de su mujer.

Tienen dos años para reunirse con su hija en Estados Unidos. Yailín llenó la solicitud.

Dice: «Los tiempos de Dios son perfectos».

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Rodolfo (XV)

Para diciembre de 2019, casi un año exacto después de haber salido de Cuba, un año después de haberse despedido de su hija, los rejuegos legales por fin han dado sus frutos. Rodolfo tiene su residencia mexicana.

Viaja a la Ciudad de México, se presenta en el Consulado de Italia y obtiene la visa correspondiente. Con antelación ha debido comprar un pasaje con destino a Roma. Y ahora podrá usarlo.

Antes de marcharse a Europa asiste con un amigo a una sesión de la lucha libre mexicana y visita el antiguo Palacio de Chapultepec. Es un turista más en gran ciudad.  

Rodolfo llegará a tiempo para celebrar las Navidades en la vieja Roma, cuartel general en la Tierra del Gran Atormentado que inspiró meses atrás la performática crucifixión de un compatriota suyo en Tapachula.

A la vuelta de tres meses, Rodolfo estará casándose nuevamente en una ceremonia con testigos, pero sin invitados. En fotos la pareja se ve feliz, inmarchitable, mientras la gran epidemia asuela de norte a sur toda la península itálica.


[1] Aprehension, según CBP: «physical control or temporary detainment of a person who is not lawfully in the U.S. which may or may not result in an arrest».

[2] Inadmisibles, según CBP: «individuals encountered at ports of entry who are seeking lawful admission into the United States but are determined to be inadmissible, individuals presenting themselves to seek humanitarian protection under our laws, and individuals who withdraw an application for admission and return to their countries of origin within a short timeframe».

[3] Las identidades de ambos protagonistas de esta historia han sido protegidos debido a presumibles consecuencias legales en sus respectivos caminos hacia la total legalidad en Estados Unidos.

[4] Valdés, que había entrado por Mexicali el 27 de marzo de 2019, recibió finalmente asilo político el 18 de septiembre de 2019, pero debió permanecer bajo custodia del ICE en River Correctional Center, de Nueva Orleans, mientras esa institución apelaba la decisión de un juez. La apelación fue rechazada el 28 de febrero de 2020.

[5] Aquí se incluyen nombres de personas (al igual publicaciones, etc.) reales, pero los actos y dichos referidos no necesariamente coinciden con la realidad.

[6] El grueso de este testimonio tiene como fecha agosto de 2019, aunque hubo múltiples conversaciones antes y después de esa fecha.

[7] En cada caso se emplea sola la inicial del nombre a fin de proteger la identidad de estas personas. Algunas de ellas están ahora mismo en medio del proceso descrito en este epígrafe.

*Yeanny González Peña contribuyó en la reportería de este texto.

**Este reportaje fue realizado con el apoyo de Espacio Público (Chile).