José Antonio, Odisleidi y Flavia / Foto: El Estornudo

José Antonio, Odisleidi y Flavia / Foto: El Estornudo

IV

El segundo alumbramiento de Odisleidi fue casi una copia del primero. Solo después de tres días de intento de parto, tras conocer la historia de José Antonio, los doctores decidieron practicarle una cesárea. Flavia nació sana y con un peso adecuado.

–Fueron muchos dolores físicos y mentales. Pensé que mi hija sufriría lo mismo que José Antonio, o peor, porque podría morir. Entonces supuse que algo andaba mal en mí como mujer –recuerda Odisleidi varios años después.

Su madre, una mujer de carácter fuerte para quien «nada resulta más sagrado que la Revolución», en varias ocasiones le dijo que el niño discapacitado, la pobreza y las escasas probabilidades de prosperar no eran más que el resultado de su irresponsabilidad y su «vida poco estable».

–Claro que no tenía una vida estable, si los hombres de los que me enamoré al final se desentendían de mi situación. Los hombres siempre tienen la opción de desentenderse; las madres, no. Yo me casé y me separé varias veces, viví en Camagüey, viví un tiempo en La Habana, regresé a Palma Soriano, anduve de aquí para allá. Pero, ¿qué iba a hacer?, si no tenía nada mío, si dependía de otros y, a la vez, mis niños dependían de mí. A José Antonio nadie lo ayudó nunca. Esto es una regla: la gente prefiere juzgar antes de entender.

En agosto de 2014 nació Kristell, el tercero. Finalmente, pensó Odisleidi, su estancia en un hospital materno no sería otra trágica y dolorosa experiencia. Dos días después de la operación, sin embargo, las piernas se hincharon más de lo normal. Sintió fuertes dolores abdominales y un hilo de sangre comenzó a salirle de la herida.

–Terminé de nuevo en el salón de operaciones porque la costura de mi peritoneo estaba mal hecha y se reventó. Tuve un sangrado inmenso que llenó todo mi abdomen. El hospital se puso patas arriba cuando un médico se enteró de que una estudiante había hecho las suturas. Me volvieron a abrir para limpiarme por dentro. Fue muy desagradable y me sentí como un cerdo en un matadero. Para colmo, debido a todo aquello, tuve una parálisis intestinal que me tuvo muy grave durante 15 días. Tardé mucho en recuperarme y ya no sé si fue mala suerte o mal trabajo de los médicos. Simplemente, no me lo explico.

La cesárea, como toda intervención quirúrgica, conlleva riesgos. Las autoridades sanitarias cubanas, por protocolo, la practican solo si no queda más remedio. En una entrevista concedida al periódico Granma en septiembre de 2018, el doctor en Ciencias Médicas y especialista en Ginecología y Obstetricia, Danilo Nápoles Méndez, declaró que el perfeccionamiento técnico de las operaciones de cesárea ha condicionado una falsa confiabilidad y un uso irracional de esta. Según datos ofrecidos en la entrevista, en Cuba hay una relación que va del 56% al 78% entre el riesgo de morbilidad y mortalidad materna y la práctica de la cesárea.

***

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En 2001, por muy poco, no fue uno de los dos mil 350 niños que integraron la tasa de mortalidad perinatal en Cuba. Para el Censo de Población y Vivienda de 2012, formaba parte de los 61 mil 596 casos de retraso mental en el país. Antes de mudarse de Palma Soriano, José Antonio pertenecía al 9.6 por ciento de la población del municipio con acceso a agua potable, pero no al 17.4 por ciento que contaba con un sistema de saneamiento distinto a las fosas y letrinas. Tampoco formaba parte de los 357 alumnos distribuidos en las cuatro escuelas especiales del municipio, ni de los 377 discapacitados beneficiarios de la asistencia social en la localidad.

José Antonio y su hermana Flavia / Foto: El Estornudo

José Antonio y su hermana Flavia / Foto: El Estornudo

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En 2012, era una de las cinco mil 750 santiagueras desocupadas laboralmente. En 2019, se sumó a la principal corriente de migración interprovincial, siendo una de las mil 318 mujeres que ese año abandonaron Santiago de Cuba para establecerse en la capital. En el nuevo destino había más posibilidades de tratar a su hijo. En 2008, por ejemplo, Santiago de Cuba contaba con tres Centros Comunitarios de Salud Mental, diez menos que La Habana.

Odisleidi es una mujer negra, soltera, emigrante, pobre, desempleada, sin una vivienda digna, hija de una señora devota del sistema castrista y madre de un niño de dos años que habita el cuerpo de un hombre de 19. En su vida confluyen muchas de las peores caras del país.

V

José Antonio no habla, pero ha aprendido unos cuantos gestos básicos que le sirven para comunicarse. Si se acaricia el abdomen, significa que tiene hambre. Si coloca el pulgar entre los labios, tiene sed. Si jala con suavidad su pelo afro, quiere un corte. Estas ideas elementales, cuanto puede decir, las debe más a la paciencia de su abuelo paterno y de su madre que a las tres escuelas en las cuales matriculó a lo largo de su vida.

Con su familia paterna de Holguín compartió en dos ocasiones, justo cuando su madre iba a otras provincias en busca de trabajo y dinero. Primero a las playas de Varadero y luego a La Habana. Los viajes de Odisleidi duraban muy poco, y siempre regresaba acompañada de una nueva pareja. Con una de ellas se fueron a vivir a Camagüey.

Allí, en su primera escuela, donde compartía con niños de distintas discapacidades, José Antonio no parecía encajar. Hubo quienes aprendieron incluso a leer y a escribir. No fue su caso. Mientras el resto de los estudiantes realizaban manualidades en disciplinado silencio, él correteaba por el aula dando gritos o se escondía en cualquier recoveco de la instalación. Cierta tarde, al recogerlo, Odisleidi lo encontró cubierto de hollín, pues se había escapado de la clase en un descuido, yendo a dar a la cocina, donde se entretuvo con los calderos tiznados, entre los cuchillos y el fogón.

Los médicos le aterran, así como salir a la calle o encontrarse con extraños. Tampoco puede separarse de su madre. Si ella demora en alguna casa del barrio, él empieza a dar brincos, golpes, gritos, e incluso ha llegado a desnudarse en el portalito de tierra frente a su puerta. Con el tiempo, los vecinos pasaron de escandalizarse a tenderle una mano. En cuestión de un año José Antonio se ha vuelto uno de los personajes más conocidos de su comunidad. «Ah, sí, el muchachito con problemas. Pobrecitos él y su mamá. Ellos viven allí atrás», responden a quien pregunte por él.

Durante sus últimas crisis, José Antonio se muerde con saña las muñecas, o se pega con el puño cerrado en la cabeza. Sus mordidas le provocan heridas que apenas tienen tiempo de cicatrizar antes de que aparezca la siguiente. Cuando las lesiones aumentan, su madre le administra algunas pastillas recomendadas por el psiquiatra. Entonces entra en un letargo y se tumba en el sofá.

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–En ese estado no podemos tenerlo mucho tiempo ingresado –dijo la doctora.

Odisleidi miraba a su hijo, sentado en una silla, al fin calmado y con la mirada perdida en la pared.

–¿Entonces qué hago? –preguntó.

–Seguir el tratamiento desde casa ¡Es que ha acabado con el hospital! Ahora la psiquiatra le dará algo y así se lo podrá llevar más tranquilo. Es necesario que lo cuide. Si mejora, perfecto. Si no mejora, pues lo trae otra vez.

Foto: El Estornudo

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Ni siquiera los malestares propios del zika habían logrado mantener a José Antonio en cama durante su ingreso. Confundido como estaba, hizo del pabellón de La Benéfica un caos difícil de controlar para el personal médico, e insoportable para los demás enfermos. Ya de alta, caminó un corto tramo de vuelta a casa antes de desplomarse por el efecto conjunto del diazepán, la benadrilina y el alprazolam. Odisleidi tuvo que cargarlo hasta el taxi rutero.

Desde que están en La Habana, Odisleidi ha intentado iniciar los trámites para el ingreso de su hijo en un centro de salud mental. Así tendría tiempo para encontrar un empleo y poder dedicarse a Flavia al final del día, pero los trámites han sido lentos, tortuosos, interrumpidos por prolongados períodos de crisis de José Antonio, documentos mal redactados o pruebas incorrectas que exigen comenzar desde cero.

Una de los obstáculos fundamentales que Odisleidi ha enfrentado para internar a su hijo radica en que debe trasladarlo a hospitales y al policlínico para realizarle las pruebas neurológicas y los psicométricos necesarios.

–Me piden papeles y más papeles, pruebas y más pruebas, y luego debo esperar que su caso sea elevado para ver si le otorgan una plaza en algún centro. Si conocen mi situación, ¿no sería más fácil que le hicieran aquí en la casa todas las pruebas que no sean con máquinas? Hay una en la que tiene que escribir y completar unas figuritas. Aunque tampoco serviría de mucho. No creo que José entienda siquiera para qué es el lápiz –dice Odisleidi. Luego se levanta del sillón y camina hasta el refrigerador.

–Si vinieran aquí –continúa–, entenderían. Si vieran este refrigerador. Las abolladuras en la puerta son golpes suyos. Cuando guardo algo más que agua fría tengo que asegurar la puerta porque me causa un destrozo. También tengo que esconder el arroz que compro, los frijoles, lo que sea, porque lo tira por el suelo o por la ventana o en el tanque del agua.

***

No pocos han cuestionado la decisión de Odisleidi de internar a su hijo, argumentando que podría encontrar soluciones menos drásticas.

De hecho, desde 1995 la política del país para las personas con discapacidades mentales severas orienta el tratamiento principalmente hacia la comunidad. Ahí debe confluir la acción de los Centros Comunitarios de Salud Mental, los policlínicos, los Trabajadores Sociales y las organizaciones de masas. En teoría, el tratamiento en el hogar y la atención en el sistema primario de salud sería la salida más fácil para José Antonio.

Según el especialista en psiquiatría Israel Fagundo Pino, «el sistema, analizado desde sus protocolos, es eficiente y trata de abarcar la mayor cantidad de situaciones posibles, pero siempre va a haber quien no quepa. La situación biopsicosocial de cada cual es en extremo compleja y única. En los casos de retraso mental ligeros y moderados hay un espectro de posibilidades de aprendizaje y adaptación al medio. En los casos severos, como el de este joven, no.

José Antonio y Flavia / Foto: El Estornudo

José Antonio y Flavia / Foto: El Estornudo

«Quienes padecen este retraso mental severo nunca podrán valerse por sí mismos y necesitan vigilancia y atención constante. Si se hospitalizan es por otras cuestiones como problemas bucales, circulatorios y hasta psicosis, pero no por su condición en sí. La idea es que puedan convivir en su comunidad, no crear reservorios de discapacitados mentales porque eso sería inhumano. Solo se procede a internarlos a tiempo completo cuando sus padres o tutores sufren de otras discapacidades o han muerto. Siempre se trata de situaciones excepcionales».

El Sistema de Salud Mental cubano ha sido reconocido y elogiado por la Organización Mundial de la Salud luego del informe presentado por la isla en el 2011, pero el documento señala algunas deficiencias, entre las que destacan, además del embargo económico, la falta de personal médico para este servicio y las estadísticas insuficientes respecto al Sistema(1).

Antes de la llegada del coronavirus, Odisleidi había iniciado los trámites para internar a su hijo en el Centro Médico Psicopedagógico «Hogar Victoria Laredo», en Santa Catalina y Vento.

–Yo no me quiero deshacer de mi hijo, como cuentan por ahí. Justo porque quiero su seguridad y la de mi hija, tomé esta decisión. No es fácil, pero es necesario. Al final, hice bien en venir con mi familia a La Habana. Creo que tardé mucho. Ahora tengo una esperanza.

VI

Dos Palmas tenía algo particular para José Antonio: el silencio. Además de los médicos, los extraños y la muchedumbre, los ruidos suelen alterarlo. Por eso Odisleidi trató de encontrar en La Habana un sitio no muy poblado, rodeado de campo, cuyo precio también se ajustara a su presupuesto. La ira de su hijo igualmente se desata si le ocupan su asiento o interrumpen alguna de sus rutinas.

Cierta vez Odisleidi puso algo de música, un grupo que se escuchaba en todas partes, pero después de dos temas decidió quitarlo. Nunca le gustaron las canciones con contenido político, ni las malas palabras, ni la sonoridad del rap, justo lo que eran Los Aldeanos. Sin embargo, al apagar la música, José Antonio pareció molestarse, así que volvió a reproducir el disco y esta vez se mantuvo pendiente de las reacciones de su hijo. Los Aldeanos, para su sorpresa, tenían en él un efecto similar a las pastillas recomendadas por los psiquiatras. Durante los siguientes días intentó acumular varios CD con temas de este grupo y de otros que encontrase por ahí, siempre que fuesen de rap. Cuando necesitaba salir o descansar, le bastaba encender la reproductora para que José Antonio se quedase tranquilo en una silla, moviendo únicamente la cabeza al ritmo de la música.

Cuando organizaron en Dos Palmas la entrega del servicio de telefonía en algunos hogares, Odisleidi intentó convencer a los funcionarios del Consejo Popular para que la priorizaran. Fue en vano. Su madre, fría e imperturbable, le reprochó:

–No te lo dan porque molestas a los vecinos poniendo música alta, sobre todo del grupito ese.

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–Hola, se ha comunicado con el uno cero tres, Línea Confidencial Antidrogas. En breve le atenderemos… –escucha Odisleidi del otro lado del teléfono. Luego sigue las instrucciones del servicio de ayuda psicológica habilitado desde que el coronavirus llegó a Cuba.

–Buenas, ¿en qué puedo servirle?– le dice una mujer, presumiblemente psicóloga, y Odisleidi comienza a hablar.

Cuenta una versión reducida de su vida, casi limitada a los avatares de estos últimos días. La línea de ayuda se ha abierto para las personas que les ha costado sobrellevar la pandemia. Ella ha llamado dos o tres veces en las últimas dos o tres semanas. Que alguien se detenga a oírla, dice, le reconforta, aunque también confiesa que ayudar, lo que se dice ayudar, no pasa mucho. Para estos casos, los psicólogos piden que las cosas sean tomadas con calma.

Las narraciones de Odisleidi son también un cúmulo de omisiones. Cuando recrea su vida, obvia los meses que pasó en Varadero, donde trabajó de pantrista y repartió tarjetas publicitarias de restaurantes por las playas repletas de turistas extranjeros. Apenas habla de su vida en Camagüey, aunque sí menciona la escuela especial en la que trataron a su hijo.

José Antonio, Odisleidi y Flavia / Foto: El Estornudo

José Antonio, Odisleidi y Flavia / Foto: El Estornudo

La primera vez que vino a La Habana ya traía a José Antonio. El niño la acompañó unas pocas semanas, y luego fue enviado a Holguín junto a su familia paterna. Odisleidi cuenta que en aquel tiempo sobrevivía a duras penas como empleada doméstica y mil cosas más. Entre el pago del alquiler y la comida del día se le iba el dinero que ganaba. Estaba ya a punto de desistir y volver a Oriente cuando Paolo apareció en su vida. El italiano, quien le llevaba varios años, se enamoró de ella, en ese entonces delgada, sin las cicatrices de su segunda cesárea.

–Nos casamos y volví con él a Palma Soriano. Me ayudaba mucho, incluso cuando no estaba en Cuba. Gracias a él, por ejemplo, tuve casa propia, pero no todo fue bien. Estuvimos tres años que me parecieron mil, y tuve que aguantarle horrores de cosas para no morirme de hambre. Aguanté, sí, aguanté mucho, pero exploté cuando comenzaron los problemas con mi hijo –dice.

José Antonio le pareció a Paolo solo un pequeño contratiempo que podría sobrellevar con tal de mantener su relación con Odisleidi. Un día, sin embargo, empezó a sentir celos del niño, quien no se despegaba jamás de su madre, ni siquiera cuando esta tomaba una ducha. Con los meses, los celos se volvieron enfermizos y absurdos, al punto de hacerle gritar un día que, en verdad, José Antonio sufría algún trastorno sexual, que estaba enamorado de su madre.

Para una mujer en su situación es mejor estar sola que sometida a un hombre, dice Odisleidi hoy. Por lo pronto no piensa en tener pareja alguna, aunque desde esas redes hechas «para ligar», que en realidad usa para que le recarguen el móvil, no faltan propuestas. Allí habla con varios hombres. Algunos, tan ridículos, le divierten con invenciones poéticas falsamente auto atribuidas. Otros piden que les ofenda por escrito para satisfacer algún fetiche.

–Hay mucho loco por ahí. Te sorprenderías –dice y sonríe–. Pero ese perro no me muerde otra vez. Cuando todo esto acabe, cuando el país vuelva a la normalidad, tal vez yo pueda tener una vida normal como mujer independiente y trabajadora. Lo haré por mis hijos, pero también por mí, que ya viene siendo hora.

Notas

1. Cuba también fue uno de los pocos países, junto a Anguila y Granada, que en la región de las Américas no presentó en su informe a la OMS datos sobre el presupuesto de salud designado a los servicios de salud mental.